Donde caen los reyes (Ofem 1) Capítulo 6
11%

Capítulo 6

Melod y

Dolor.

Solo sentía dolor.

Y lo peor de todo es que no era físico.

Analicé todo mi entorno.

Yacía en lo que parecía una camilla de hospital, envuelta en una sábana blanca que me cubría por completo. A mi izquierda se encontraba otra cama en la que descansaba una chica aparentemente de mi edad.

¿Por qué estaba en el hospital? Quien debería estar allí era mi padre…

Mi padre.

—¡Papá! —chillé.

Y entonces noté una presencia. Desvié mi mirada hacia la puerta con rapidez, como si algo dentro de mí me hubiera empujado a centrar mi atención en él .

Era un chico… y estaba apoyado contra el marco. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, desapareció.

Parpadeé, confusa. Ni siquiera tuve tiempo de procesar su rostro; lo único que se quedó en mi memoria fueron sus ojos.

Verde esmeralda.

Percibí el eco de unos pasos acercándose por los pasillos. En menos de un pestañeo se situaron frente a mí una enfermera, un sanador, un guardia y un hombre del cual no podía distinguir nada.

Sin embargo, seguí algo aturdida mientras pensaba en esos ojos… ¿Los había imaginado? No. Imposible.

—Señorita SinClair —me llamó el guardia.

Lo reconocí: era uno de los que me había conducido hasta allí, hasta mi padre. Sus ojos azules me miraron con cierta preocupación. Su cabello rojizo era poco común, y eso que yo poseía un marrón teja que, al contacto con el sol, parecía pelirrojo. Pero el suyo era diferente: totalmente naranja.

—¿Y mi padre?

Todos los presentes se miraron entre ellos, con unas muecas que no me gustaron nada.

—Señorita… —empezó la enfermera—. Tuvo un desmayo debido a…

—Me da igual lo que yo tenga —la interrumpí—. ¿Dónde… dónde coño está…?

—¡Señorita! —pronunció ella, llevándose las manos al rostro.

A la mierda. Las formalidades me eran completamente indiferentes.

—Señorita SinClair —intervino el guardia—. Tal vez me recuerde.

—Por supuesto que le recuerdo. Usted me llevó allí .

Me incorporé, dispuesta a levantarme de la cama. Era absurdo. ¿Nadie pensaba darme información? Bien. Entonces la conseguiría por mis propios métodos.

—Sabemos que es una situación complicada —añadió apresuradamente el guardia, bloqueando mi avance.

—Permanezca en la camilla —intervino el sanador—. Todavía es demasiado pronto para que se incorpore.

—¿Dónde está mi padre? —repetí sin ocultar mi desespero.

Hacía apenas unos segundos que me había despertado de un sueño profundo y mi cabeza todavía daba mil vueltas. La vista me fallaba y mis manos temblaban.

—No podemos decirle… —empezó a pronunciar el hombre misterioso, pero el guardia lo interrumpió.

—Esto es absurdo. ¿Acaso no la ha visto?

Su nerviosismo era palpable. Quizá se debiera a la presencia del otro hombre. Me hubiera atrevido a decir que se trataba de alguien importante. De no ser así, el guardia no habría dudado tanto.

—Usted no tiene autoridad para compartir esa información —replicó.

Su mirada hizo que el guardia se estremeciera y guardara silencio de inmediato.

—¿Puedo saber quién es usted? —inquirí—. ¿Sabe qué? No me importa. Me da igual quién sea. Dígame dónde está mi padre. Ahora.

La reacción del guardia no hizo sino confirmar mis sospechas: aquel hombre ostentaba un cargo de relevancia. Tal vez alguien a quien no convenía dirigirse en tales términos, pero yo tampoco estaba dispuesta a tolerar que me ocultaran información sobre mi padre.

—Señorita —me advirtió el guardia.

El hombre avanzó un paso. Sus labios se curvaron en una minúscula sonrisa y sus ojos verdes se hundieron en los míos, provocándome un escalofrío.

—Dado que no le importa saber quién soy, no tendrá el privilegio de descubrirlo.

—Lo único que quiero saber es dónde está mi padre, pedazo de…

—¡Señorita! —me interrumpió el guardia.

—Le recomiendo, señorita SinClair, que mantenga los modales —añadió él—. Sería una pena que otra persona de la familia SinClair acabara con un destino trágico.

A la mierda.

Todo sucedió demasiado rápido: el codazo que le di, el grito de la enfermera, los brazos del guardia sujetándome contra mi voluntad y mil palabras que no eran para nada apropiadas saliendo de mi boca.

—¿Está… está…? —balbuceó el guardia mientras me mantenía inmóvil.

—Tranquilo —dijo él, deslizando sus dedos por la mejilla, justo donde había impactado mi brazo—. Estoy seguro de que la señorita SinClair solo está afectada por los fármacos.

Pese a su explicación, la respiración del guardia seguía siendo irregular, y sus ojos reflejaban… ¿tristeza? ¿Compasión, tal vez? Fuera lo que fuera, logró estremecerme.

—La información que quiere, señorita SinClair —prosiguió el hombre, ajustándose el cuello de su camisa—, le será revelada próximamente.

—Maldito hijo de…

¿Cómo se atrevía a decirme eso? ¿Próximamente? ¿Cuándo diablos era próximamente?

Le dedicó un gesto con la mano al guardia y a la enfermera, que no dudaron en obedecer como si fuera su dueño. Sus pasos lo condujeron hasta la puerta. Sin embargo, antes de salir por ella, se detuvo.

—Ah, un dato más —añadió sin mirarme siquiera—. Es curioso… hasta hoy no queda nadie con vida que haya hecho algo que me desagrade.

Parpadeé, notando un peso amargo caer en mi pecho.

—Descanse, señorita, mientras pueda.

Esas fueron sus últimas palabras.

Y las que se quedaron grabadas en mi cabeza.