Capítulo 3
Melody
—Diez .
—Siete.
Los ojos grises del señor Chong me retuvieron la mirada, desafiantes.
—Ocho —dictó, y por su tono deduje que era su respuesta definitiva.
Sonreí.
—Trato hecho.
Le di las monedas y él me tendió el libro, satisfecho.
—Hasta mañana, señor Chong —me despedí a toda prisa.
Y seguidamente, me deslicé entre la multitud del mercado.
Llegaba tarde a casa, como de costumbre .
Por suerte, hoy no sería la única en llegar con retraso, pues papá y Sloane también habían salido.
Me había entretenido más de la cuenta lidiando con el señor Chong, mi viejo amigo cascarrabias con un talento especial para triplicar el precio de cualquier libro. La mayoría de los habitantes de Banglad caían en sus trampas sin pestañear, pero yo había aprendido a no dejarme engañar.
El viaje de regreso a casa me había costado veintisiete valiosos minutos de mi vida.
Nada más entrar, dejé el libro que había comprado sobre la encimera.
Mis ojos se desviaron hacia la izquierda, donde se encontraba un extraño papel doblado.
Alargué el brazo y lo cogí con cierta curiosidad.
A simple vista parecía una nota. La abrí sin preocuparme siquiera por saber si estaba dirigida a mí, al fin y al cabo, me daba igual.
Lo primero que reconocí al desplegarla fue la caligrafía de papá.
Querida Melody,
La modista nos ha llamado. Le ha surgido hueco libre a las tres para tomar medidas a tu hermana.
Esperamos volver antes de las siete, aunque tal vez aprovechemos para hacer un par de recados más.
Nos vemos luego.
Papá
Sloane estaría encantadísima. Supuse que Edward había hecho uso de sus contactos para adelantar el encuentro. Privilegios de ser un duque .
Solté la nota y me dirigí hacia la cocina cuando, de pronto, un fuerte ruido me detuvo en mitad del pasillo. Desvié la mirada hacia la figura que se dibujaba tras el vidrio que complementaba la puerta de entrada. Un presentimiento extraño asomó por mi mente, aunque no quise darle importancia.
Lo primero que vi tras abrir la puerta fueron dos hombres.
Llevaban el uniforme azul oscuro de la Guardia Real, con el escudo de Banglad bordado en el pecho y botones dorados que brillaban bajo la luz del sol.
Permanecían completamente rectos, con una mano a la espalda y la otra junto a la espada que colgaba de su cintura.
Ambos me miraban fijamente y no pude evitar estremecerme.
¿Guardias reales? ¿Qué demonios hacían en mi casa?
—Señorita SinClair —pronunció el alto y pelirrojo.
Fruncí el ceño, pero me obligué a asentir.
—Soy yo.
Vi un destello de algo extraño en su mirada antes de que hiciera un gesto con la mano.
—Debe de acompañarnos —me informó con el semblante serio.
Acompañarlos… ¿Con qué fin?
Iba a preguntar, pero su mirada de advertencia me obligó a mantenerme callada. No podía negarme, al fin y al cabo se trataba de la guardia de palacio.
—Está bien —terminé respondiendo, demasiado confusa como para pensar con claridad.
Los hombres uniformados se giraron y los seguí hasta el carruaje que habían aparcado frente a mi hogar. Miré de reojo el par de caballos negros que lo lideraba. No me gustaban esos animales. Hacían demasiado ruido al caminar y me creaban un molesto estrés.
Antes de subir al carruaje, sentí la necesidad de dejar ir la pregunta que llevaba un minuto rondando por mi mente.
—Disculpen, ¿qué…?
—No le daremos explicaciones hasta llegar al lugar de los hechos —me interrumpió el pelirrojo con un tono que me resultó innecesariamente cortante.
Estaba segura de que, en esta misma situación, si el que hubiera preguntado fuera un hombre, no hubieran tenido problema alguno en responder. Pero, en cambio, a mí no me habían dado ni la oportunidad de pronunciar mi duda.
Durante el trayecto no intercambiamos ni una sola palabra. Ni siquiera se me pasó por la cabeza volver a intentar sacarles algo de información.
Finalmente, el carruaje se detuvo en la calle más concurrida de Banglad. Bajé siguiendo el movimiento de los guardias, aún desconcertada por aquella inesperada situación.
¿Y si había hecho algo mal? Estaba de acuerdo en que no había sido el modelo de joven perfecta que cumple las normas de la sociedad, pero, ¿mis pequeñas rebeldías eran para tanto? No. Desde luego que no.
—Señorita SinClair —me llamó uno de los guardias.
Giré sobre mis talones para encararme a él cuando, sin previo aviso, algo irrumpió en mi ángulo de visión.
Parecía una concentración de gente en mitad de la calle. Entrecerré los ojos, confusa. Supuse que algo muy impactante debía de haber ocurrido para causar tal alboroto. Los vendedores habían dejado de lado sus pequeños negocios para contemplar la escena que se producía en el centro de la masa .
—Síganos —me ordenó el otro guardia.
Hice lo que me pedían sin rechistar. Nos fuimos adentrando poco a poco entre la gente. Vi por el rabillo del ojo cómo una señora sujetaba a su hijo mientras le tapaba los ojos. Conseguimos apartar a un par de personas que nos impedían avanzar hasta lo que iba a resultar una catástrofe.
Y, al fin, nos situamos ante mi peor pesadilla.
—Señorita… —comenzó a pronunciar un guardia.
Pero no pude seguir escuchando.
Porque los latidos de mi corazón se habían detenido y mi mente acababa de colapsar en mil pedazos.
Porque, frente a mí, se encontraba… Se encontraba el cuerpo de mi padre.
Tumbado sobre los adoquines.
Con un charco de sangre que los manchaba.
Parecía…
No.
No podía ser.
Mi padre no… no podía estar… No podía estar muerto.
Pero lo parecía.
Me hubiera caído desplomada si no fuera porque alguien me cogió al vuelo.
Lo último que vi fueron unos ojos verdes que me miraron como si todo fuese a ir bien. Esa fue la primera mentira que descubrí.
Porque, a partir de ese momento, ya nada iría bien.