Capítulo 2
Melody
—Me gustaría escribir a tía Beatrix.
Papá alzó la mirada, dejando a un lado lo que fuera que estuviera leyendo.
No solía entrar en su despacho. De hecho, ni mi hermana ni yo nos acercábamos. No es que lo tuviéramos prohibido ni nada por el estilo, pero resultaba algo ajeno para las dos.
—Está bien —contestó, levantándose de la silla tras el escritorio—. Podemos enviarle una carta a finales de semana. Se alegrará de conocer vuestras novedades.
Me mordí el labio, dubitativa.
—Le enviasteis la invitación de boda, ¿cierto ?
—Lo hicimos —me aseguró—. Aunque dudo que valore siquiera aceptarla.
No pude evitar que un pinchazo de decepción me recorriera el pecho.
Semanas atrás convencí a Sloane de invitar a nuestra tía a su tan aclamada boda. Porque si fuera por Edward, solo asistirían las familias más poderosas del reino. Y tía Beatrix estaba bastante lejos de posicionarse en ese grupo.
Ella vivía sola en Ambolia, una pequeña aldea a las afueras de Banglad.
Durante los primeros ocho años de mi vida la acompañábamos Sloane, papá y yo.
Mi madre, en cambio, murió cuando yo no tenía más de un par de años.
Para nuestra tía fue desgarrador perderla.
A diferencia de mi madre, ella nunca llegó a casarse y, por lo que parecía, no tenía intención alguna de hacerlo.
En algunos aspectos me recordaban a Sloane y a mí.
Eran muchas las veces en las que pensaba en mi tía y en Ambolia, pues añoraba aquel lugar y sus grandes praderas entre las montañas. Tenía muy buenos recuerdos de mi infancia allí, de todos los vecinos y sus hijos. Imaginaba que habrían crecido y que ahora estarían irreconocibles.
De vez en cuando, tía Beatrix me respondía a alguna carta con anécdotas relacionadas con los aldeanos, como cuando un perro entró dentro de la carnicería de los Calloway.
Era divertido ver que aún estaba entretenida y, de alguna forma, me aliviaba.
No la solíamos visitar porque le resultaba demasiado doloroso lo mucho que le recordábamos a mamá.
Aunque me aliviaba a mí misma pensando que todo sería cuestión de tiempo y que, en algún momento, podríamos volver a la aldea .
—Quizá te sorprendas —contesté, volviendo a la conversación.
La mirada de papá me dejó claro que él no opinaba lo mismo, pero no me importó. Nunca perdía las esperanzas.
—A Sloane le gustaría que fueras a tomar el té con ella a la mansión de los Attaway —dijo, desviando el tema de conversación.
A Sloane le gustaría que hubiera hecho muchas cosas que no estaba dispuesta a realizar.
—Y a mí me gustaría que salieras de la biblioteca —murmuró, masajeándose el puente de la nariz antes de dejar que la mano descendiera hasta su bigote canoso.
«Salgo de la biblioteca, aunque desconozcas esa parte de mí», pensé.
Mis escapadas nocturnas estaban totalmente prohibidas. Por algún motivo que no lograba entender, mi padre creía que era sumamente peligroso que saliéramos durante más de un par de horas de casa sin acompañante.
Para Sloane eso no era ningún problema, su vida social era de todo menos nula. La mía, en cambio, se podría describir de un modo muy distinto.
—Ahora no estoy en la biblioteca.
Mi respuesta le provocó un suspiro abatido.
—Deberías disfrutar más allá de las páginas de un libro de fantasía, Mel. Años atrás te divertías y reías. Salías con tus amigos. —Hizo una pausa, pensativo—. Entiendo tu fascinación por las historias, y me encanta ver tu amor hacia ellas pero la vida es mucho más que leyendas sobre Ofem.
Nunca le pregunté a mi padre si creía en las historias de Ofem y sus Dioses. Ese hubiera sido un buen momento para hacerlo, aunque dudo que hubiera llegado a darme una respuesta clara.
—Años atrás vivíamos en un lugar maravilloso, ahora somos un número más dentro de la alta sociedad.
Una mueca robó sus labios, aunque no deberían sorprenderle mis palabras. Sabía perfectamente lo que pensaba de nuestra mudanza al centro de Banglad.
—Mi único deseo es volver a ver a esa niña en ti —respondió finalmente, e hizo que mi corazón se agrietara un poco más.
No fui capaz de sostenerle la mirada. Asentí bajando el mentón y salí de su despacho. Seguidamente, me dirigí a la cocina para preparar el almuerzo, pero al entrar en ella me encontré con algo que me dejó con la boca abierta.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —inquirí, avanzando hasta mi hermana.
Sloane dejó el saco de harina sobre la mesa, aunque ya se había tirado todo su contenido encima: pelo, cara, hombros y vestido. Su cuerpo entero estaba cubierto de una capa blanca.
Solté una carcajada.
—¡No te mofes de mí! —me espetó, cruzándose de brazos—. Intentaba preparar tus malditos bollos de cacao pero este saco —lo señaló acusatoriamente—, me ha atacado.
«¿Que el saco qué?»
—Un saco de harina no te puede atacar.
—No estabas aquí, por lo tanto no puedes opinar sobre ello —soltó un resoplido que levantó una nube de polvo blanco frente a su nariz—. Nunca más vuelvo a meter las manos en la cocina.
Cogí un trapo del segundo cajón y lo restregué por su rostro mientras ella mascullaba algún que otro insulto sobre la harina.
—¿No deberías estar en la mansión de los Attaway? —pregunté, confusa.
—No me lo recuerdes. Me arrepiento enormemente de no estar tomando el té allí —murmuró mientras sacudía la harina de su vestido.
Noté cómo se me apretaba un poco el pecho y, sin poder evitarlo, la envolví entre mis brazos. Su cuerpo se mantuvo rígido al principio, pero no tardó en ceder y responder a mi abrazo. Este tipo de gestos no eran recurrentes entre nosotras.
—Seguía sintiéndome mal por lo ocurrido ayer.
Me separé un poco de ella para mirarla a los ojos.
—Está todo arreglado. —Volví mi atención al estropicio que había provocado—. Aunque te agradecería que no volvieras a montar semejante escena en nuestra cocina.
Sloane podía ser el prototipo de esposa perfecta, pero en cuanto a recetas se refería, era un desastre con patas.
—Debería haber dejado que lo preparara papá.
—Hubiera sido lo más sabio —coincidí—. Pero creo que con un par de manos más nos las apañaremos.
Su mirada se iluminó, o quizá fueron imaginaciones mías. En cualquier paso, pasar una tarde con mi hermana preparando bollos me resultó la mejor idea del mundo.
La observé de reojo. La harina seguía decorando gran parte de su cabello y tenía una mancha de masa en la mejilla, pero parecía feliz. Más feliz de lo que la había visto en semanas.
Y eso debería haberme alegrado. Sin embargo, la parte egoísta de mí no podía evitar preguntarse cuánto tiempo más quedaba antes de que me arrebataran momentos así junto a ella.
Finalmente, nos pusimos manos a la obra y empezamos a seguir la receta como es debido.
—¿Tienes miedo? —pregunté de pronto.
Ella dejó de amasar.
—¿De la boda?
Asentí.
Pensaba que se reiría o que respondería que no tenía sentido tener miedo pero, en lugar de eso, bajó la vista hacia sus manos.
—Sí.
La sinceridad de su respuesta me sorprendió.
—¿De verdad?
—Claro que sí, Mel. Voy a dejar esta casa y voy a convertirme en esposa. Todo el mundo espera mucho de mí. Seré la encargada de preparar varias de las fiestas más importantes del reino y la acompañante de Edward en diversos actos de gran importancia. Quizá incluso conozca a la familia real.
—Pero eres perfecta para eso —señalé.
Sus labios se curvaron en una pequeña aunque débil sonrisa.
—Sí. Supongo que sí.
Sus dudas me hicieron darme cuenta de que nos parecíamos más de lo que creía.
Durante los siguientes minutos nos dedicamos a continuar con la receta. Yo le daba las indicaciones y ella las seguía pacientemente hasta que, al fin, conseguimos hornear los bollos .
Sloane probó uno con entusiasmo, orgullosa de sí misma por haberlo conseguido, aunque fuera con mi ayuda. Yo hice lo mismo.
Y mientras lo degustaba, me limité a guardar el recuerdo a buen recaudo en mi memoria. Porque sabía que, algún día, recordaría aquella tarde como una de las últimas antes de que todo cambiara.