Capítulo 1 #2
A diferencia de muchos de los habitantes de Banglad, a mí me fascinaban los demás reinos y su magia. Y mi padre era un buen conocedor de mi admiración.
Algunos pensaban que mencionar el resto de reinos era casi un insulto para Banglad. Otros, en cambio, ni siquiera creían en ellos.
Había leído millones de historias sobre Floresten, Ombria y Northem, los lugares a los que, supuestamente, los Dioses de Ofem decidieron otorgar su magia mil ochocientos noventa y siete años atrás, con la formación del mar.
Mi reino favorito era Northem. Amaba leer sobre sus paisajes nevados y sus grandes criaturas. Aunque no podía evitar dudar de su existencia. A fin de cuentas, nadie había salido de Banglad para comprobarlo; no había nada que pudiera afirmar que eran algo más que leyendas.
Aún así, yo decidí creer.
Si todo era parte de una gran mentira, prefería seguir nadando en sus historias antes que ahogarme en mi realidad.
Fui a mi habitación y disfruté de horas de lectura hasta que, al caer la noche, el sonido de un puño golpeando la puerta me sobresaltó.
—¿Mel?
Reconocí la voz de mi hermana al otro lado y dudé antes de levantarme para abrir la puerta. Sloane entró con la barbilla mirando al suelo, un gesto poco habitual en ella.
—Quería disculparme —pronunció.
Arqueé las cejas.
¿Disculparse? ¿Ella?
Avanzó hasta mi cama y se sentó sobre el colchón, deslizando una mano entre sus mechones castaños de cabello.
—No debería haber insistido. Sé que no deseas contraer matrimonio.
—No —coincidí—. Aunque puedo llegar a entender por qué lo hiciste.
Porque sabía que, en el fondo, se preocupaba por mí. Era su manera de asegurarse de que no fuera una fracasada. De que el resto me viera como una señorita admirable en lugar de una decepción.
—Es que siempre estás sola —continuó, negando levemente con la cabeza—. No acudes a bailes ni a eventos sociales. Ya sé que te gusta tu estilo de vida, pero es tan —frunció los labios, buscando las palabras exactas—, nocivo para tu reputación.
—No tengo ninguna reputación.
—¡Exacto!
Me crucé de brazos. Slone colocó ambas manos sobre su vestido amarillo y suspiró.
—Si esto forma parte de tu disculpa, déjame decirte que se queda muy lejos de lo que debería ser.
—Me he disculpado como es debido. Pero también tenía que dejar clara mi postura.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Acepto tus disculpas.
Sus hombros se destensaron y el bloque de hielo que había estado oculto tras su mirada, se derritió.
—Está bien —se incorporó para regresar a su dormitorio—, descansa, Melody. Y, por favor, no te largues a media noche. No creo que papá pueda soportar más salidas de las tuyas.
Alcé las manos, mostrando una falsa inocencia.
—Por supuesto que no.
Pese a no aparentar convicción, se marchó cerrando la puerta tras de sí.
No negaré que mis actos fueran incorrectos, pero solo así podía dejar de lado lo conocido y embarcarme en lo más parecido a una aventura, como aquellas que leía continuamente en los libros.
Sloane no entendía mi interés en leer historias con romances, misterios y tragedias. Según ella, la lectura era un instrumento útil para aprender a ser una buena esposa — aunque su pasatiempo favorito fuera leer los cotilleos semanales—.
No tenía dudas de que sería una gran esposa, una de aquellas de las que puedes alardear.
Todos pensaban que ella era la afortunada…
yo creía que el afortunado era Edward. Sloane se había estado preparando para ser esposa desde que era niña.
Recuerdo que el deseo que pidió en su décimo aniversario fue casarse con un noble de alto rango.
Si había alguien que podía conseguir lo que se proponía, esa era mi hermana.
Su boda sería exactamente como siempre había soñado: impecable, deslumbrante, perfecta y con una lista de invitados digna de la realeza.
Su rango social, además, iba a cambiar por completo pasado el gran día. Mi padre y yo también íbamos a salir victoriosos, ya que según lo establecido nos darían una parte de su fortuna, aunque mi padre se negara rotundamente. Aumentar nuestra riqueza atraería las miradas curiosas del barrio.
No es que Banglad fuera horrible, no. Pero estaba construido por y para los ricos. Estar entre ellos me hacía sentir atada a una vida ajena a mí.
En mis pequeñas escapadas podía observar el mundo real: niños trabajando desde los seis años para sostener negocios familiares, y sirvientes atados a una familia que los sobreexplotaba a cambio de un mínimo alimento.
La vida no era justa. Y la familia real sabía aprovecharse de esas injusticias .
Mi hermana, en menor medida, también formaba parte de ese mundo.
Su boda sería la más impresionante que Banglad hubiera visto en años.
Había planeado cada pequeño detalle: lámparas de cristal, tonos blancos combinados con dorado y, por supuesto, lujo en cada rincón.
Por no hablar del vestido… Ni siquiera lo había visto, pero sabía que tendría la cola más larga que cualquier costurera hubiera confeccionado jamás.
Cuando el silencio cubrió cada pequeño rincón de la casa, salí de mi dormitorio y crucé el pasillo hasta llegar a la despensa.
Abrí la ventana y salí por ella. Repetí el recorrido de siempre; caminé cautelosamente por el tejado del porche, salté sobre el banco junto a la pared y salí por un hueco demasiado ancho en la verja del jardín, llegando al fin a mi libertad.
No estaría fuera más de unas pocas horas, pero durante ese tiempo, podría saciar mi curiosidad.