Capítulo 1
Melod y
—Te he encontrado.
Los ojos del pequeño ratón me miraron fijamente durante un par de segundos.
—¿Puedes dejar de hablar con roedores? —masculló Sloane tras de mí—. Cualquiera pensaría que has perdido la cordura.
Solté un resoplido y me incorporé mientras volvía la cabeza hacia ella.
Mi hermana seguía en la misma posición que unos minutos antes; tumbada en el sofá, con su revista de cotilleos semanales en mano.
—Y —continuó, sin darme espacio a respuesta—, ya que estás ahí, podrías sacar a ese monstruo de casa. Gracias.
Monstruo. Qué palabra tan extraña para definir a un animalito de ojos saltones.
—Ahora mismo —contesté, aunque dudé de si me había escuchado.
Me arrodillé nuevamente frente al roedor para cogerlo. El ratón retrocedió varios pasos hasta chocar contra la esquina de la sala de estar y, finalmente, subió en mi mano.
Mientras caminaba hacia el jardín, me pregunté qué cara pondría Sloane si dejara al ratón libre por su habitación. Me reí solo de pensarlo.
—Bueno —murmuré, dejando a la criatura junto a un jarrón—, ya eres libre. Y yo en tu lugar, evitaría volver a entrar en esta casa. No sabes lo despiadada que puede llegar a ser mi hermana.
El ratón me respondió con una última mirada y, por algún motivo, pensé que me había entendido. Qué tontería.
Justo entonces reconocí el sonido de los pasos firmes de un caballo acercarse. El carruaje de Edward, tan espléndido como las últimas veces, se detuvo frente a nuestra casa, al otro lado de la verja.
Ni siquiera le había dado tiempo a bajar cuando escuché el grito de mi hermana.
—¡Edward!
Sloane me dio un empujón involuntario al pasar por mi lado para abrirle el portal a su prometido.
Me quedé plantada en mitad del jardín, observando a la feliz pareja como una simple espectadora. No me sorprendía que el reino entero estuviera ansioso por su boda.
Se me hacía extraño. En apenas diez meses mi hermana se iría con Edward, dejándome sola con papá.
Porque yo, obviamente, no tenía a un hombre a mis pies.
Estaría bien con mi padre, un poco aburrida, sí, pero bien.
Aunque, por qué negarlo, iba a extrañar a Sloane y probablemente maldeciría cada noche a Edward por robármela.
Sabía que, de no haber sido Edward Richard Brown, se habría comprometido con cualquiera de los otros caballeros que estaban en lista de espera.
Pobres criaturas. Los adinerados se marchaban quejándose por lo bajo, dejando tras de sí la belleza inigualable de Sloane; los menos privilegiados no solo perdían la oportunidad de estar junto a ella, sino también la posibilidad de mejorar su fortuna.
No es que la nuestra fuera una familia especialmente rica, pero vivíamos con cierta comodidad.
Papá siempre quiso que nos casáramos por amor, sin importar el dinero.
Yo no podía estar más de acuerdo. A mi hermana, en cambio, parecía importarle bastante menos.
No es que no le gustase Edward, seguro que sí.
Pero me temo que lo que más la atraía era su enorme casa en el centro de Banglad.
Siempre fue ambiciosa; a veces me preguntaba si debería parecerme un poco más a ella.
Todo el vecindario se quedó boquiabierto con la noticia: la hija mayor de los SinClair se iba a casar con un duque.
Sí, dicho así impresiona, y supongo que por eso a mi hermana no le costó decidirse.
Un duque, el título más alto de la nobleza.
Antes de conocer a Edward, Sloane nos había contado que un marqués había intentado cortejarla.
En aquel momento dudé de ella, pero viendo cómo habían terminado las cosas, tenía claro que jamás volvería a cuestionar su palabra.
Papá estaba feliz, aunque no podía evitar notar ciertos fallos en su mirada hacia Edward. Él era respetable, educado, caballeroso… pe ro ¿la amaba? ¿Sería un buen padre? ¿Cómo podía una persona criada entre tanto lujo ser lo suficientemente humilde?
Esas eran las preguntas que, aunque no verbalizara, rondaban por su cabeza. Lo entendía, a mí me inquietaban las mismas, y aún así estaba feliz por Sloane y quería que siguiera su propio camino si eso la hacía feliz.
Nos habían educado para ser esposas pero papá nos enseñó algo más. Ser esposa está bien y es honorable, pero si la vida me pedía algo distinto, si podía ofrecer más, ¿por qué no hacerlo?
Me invitaron varias veces a bailes para presentarme ante los hombres solteros de la ciudad, y fueron las mismas ocasiones las que los rechacé uno a uno sin dudar.
La primera vez que presencié un cortejo fue cuando yo tenía doce años y Sloane quince.
Un vizconde se nos acercó y besó su mano.
Al principio reímos pensando que sería un amigo de nuestro padre que quería jugar con nosotras; no fue hasta que empezó a acaparar y absorber a mi hermana cuando me di cuenta de lo que realmente ocurría.
Miré a mi alrededor, pero nadie hacía nada, para ellos era normal que un hombre de mediana edad cortejara a una niña.
Entonces, atacada por la furia, pisé al vizconde, haciendo así que emitiera un grave grito.
Muchas personas me dedicaron miradas de desprecio, pero entre todas ellas vi una de orgullo: la de mi hermana.
Después de eso no volví a asistir a ningún baile y nadie intentó pedirme la mano. Se corrió el rumor de que era una rebelde que no pretendía casarse.
Nunca me importó demasiado. Y quizá por eso era la persona más extraña del reino .
—Señorita SinClair.
Parpadeé, saliendo de mis pensamientos.
Edward, tan alto y moreno como lo recordaba, lucía una amplia aunque exagerada sonrisa sobre sus labios.
—Señor Brown.
Le dediqué una sutil reverencia.
—¿Alguna novedad? —preguntó con cortesía.
—Nada que sea merecedor de palabras.
Asintió en silencio, como si esa respuesta le gustara más que cualquier información que pudiera haberle dado.
—¿Dónde se encuentra vuestro padre? —preguntó una vez hubo entrado en casa.
Sloane lo condujo hasta la sala de estar, donde le tendió una taza de té que él aceptó con amabilidad. Ambos se sentaron en el sofá, cada uno en el extremo opuesto pese a estar prometidos.
—Se ha marchado hace un par de horas —contesté, porque dudaba que Sloane se hubiera percatado de su ausencia—. No recuerdo que haya nombrado el motivo.
—Probablemente haya ido a aclarar asuntos en relación a la boda —añadió mi hermana.
Ambos asentimos en silencio.
No me sorprendería nada que mi padre se estuviera encargando de aspectos que le correspondían a Sloane.
—¿Cuándo iréis a buscar el vestido? —pregunté.
Mi hermana frunció los labios.
—Tenemos que esperar a que nos llame la modista. Espero que no tarde en demasía.
—Hablaré con ella —intervino Edward—. La Señorita Fletcher es amiga de la familia. Quizá pueda hacernos un favor y adelantar vuestro encuentro.
Los ojos de Sloane se iluminaron.
—Oh, eso sería espléndido.
Me disponía a salir de la sala cuando la voz del Señor Brown me detuvo.
—Señorita SinClair.
Me giré hacia él, arqueando levemente las cejas.
—¿Sí?
—Lo cierto es que quería hablar con usted —contestó, mirando de reojo a mi hermana—. Tengo un par de amigos que pretenden encontrar esposa durante los próximos meses. Si quisiera, estaría encantado de hablarles de usted y programar una velada entre ambos.
Ni de coña.
Sentí cómo la sangre que recorría mi cuerpo se helaba lentamente. No me pasó desapercibida la sonrisa esperanzadora de Sloane, que probablemente estaba detrás de aquello.
—No será necesario —contesté al cabo de unos largos segundos, tragando el nudo que se había formado en mi garganta.
—Pero…
—Se lo agradezco de todos modos.
No me detuve demasiado a analizar la sorpresa en su expresión. Giré sobre mis talones y me dirigí hacia la cocina.
Típico de Sloane. Pese a ser plenamente consciente de mi rechazo hacia el matrimonio, necesitaba intentarlo. Dirigir mi vida porque, en mayor o menor medida, le afectaba a la suya .
Cogí un bollo de cacao y le di un buen mordisco para calmarme. Por desgracia, mi hermana no tardó en aparecer por la puerta, con una mirada que dejaba claro su descontento.
—Vuelve y rectifica tus palabras.
Negué con la cabeza.
—Melody.
—No —pronuncié mientras masticaba—. No pienso decirle a tu prometido que me busque marido, pero gracias por la sugerencia.
—No es una sugerencia.
Arqueé una ceja.
—¿Perdona?
Ella soltó un suspiro.
—¿Sabes qué? —Dejó caer los brazos en un gesto exagerado—. Me rindo. He intentado reconducir tu vida y borrar esa maldita imagen de chica rebelde que permitiste que se crearan todos de ti, pero estoy harta.
—Genial. Ya somos dos.
Sus ojos se encendieron más, si es que era acaso posible.
—Esto no es gracioso, Mel. Tienes veintiún años y ni un solo pretendiente. Deberías avergonzarte de ello.
—Debería —repetí, encogiéndome levemente de hombros para sacarla de quicio.
Y esa fue la gota que colmó el vaso. Sloane me arrancó el bollo de cacao de los dedos con un tirón.
—¡Eh!
—¿Qué ocurre?
Ambas nos detuvimos al escuchar la voz de nuestro padre, que permanecía observándonos bajo el umbral de la puerta.
—Nada —contestó Sloane, dejando el bollo sobre la mesa de madera y saliendo por la puerta como si tuviera prisa.
Papá la miró de reojo y, cuando se marchó, avanzó hasta mí.
—Edward nos ha visitado.
Me resultó gracioso que me lo recordara. No hubiera sido la primera vez que ignoraba a los invitados.
—Lo sé. Lo he recibido junto a Sloane.
Sus ojos azules me retuvieron la mirada durante un par de segundos antes de pronunciar:
—¿Puedo saber qué ocurría?
—¿Puedo saber dónde has estado? —pregunté de vuelta.
Sus labios se curvaron en una sonrisa divertida. Pero, en lugar de contestar, asintió y salió de la cocina, como si hubiéramos zanjado el tema sin palabras.
No fue hasta que su cuerpo desapareció por el pasillo, cuando reparé en el libro que había dejado sobre la mesa.
Sonreí para mis adentros al cogerlo y empezar a pasar varias páginas polvorientas. Hablaba sobre las criaturas de Floresten, uno de los reinos que formaban el mar de Ofem.
¿Quién necesitaba un marido teniendo un buen libro?