Donde caen los reyes (Ofem 1) 25/06/1884
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25/06/1884

Melody

Todos los niños me miraban; era mi turno.

Cerré los ojos y empecé a contar hasta treinta, dejando que los demás se escondieran. Siempre añadía unos segundos extra por si alguno necesitaba un poco más de tiempo. Mis párpados se abrieron al llegar al número indicado y me giré, lista para cumplir con mi función.

El escondite era, sin duda alguna, mi juego favorito. Siempre me ofrecía para contar porque me encantaba dar con los demás.

Empecé mi búsqueda por Ambolia. Me resultó tremendamente sencillo encontrar al hijo de los Calloway entre un par de arbustos, a las gemelas Gwendoline y Clementine Davenport escondidas tras unos troncos, a Cameron Grenville dentro de los establos, a Elisabeth Montgomery corriendo sin un lugar donde ocultarse, a Adeline Templeton en lo alto de las ramas de un árbol y a los hijos de los Blackwell dentro de la casita del bosque.

Llevaba nueve.

Eso quería decir que… me faltaba uno. ¿De quién me había olvidado?

—Kensington ha ganado —farfulló Cameron a mi lado.

¡El hijo de los Kensington! Lo había pasado por alto, pero no era demasiado tarde para dar con él.

Apreté los labios con determinación, sintiendo cómo la impaciencia me recorría durante un instante.

—No ha ganado —sentencié—. Lo encontraré antes del anochecer.

Un murmullo de comentarios recorrió el aire, pero apenas lo escuché. Tenía mi misión clara. Mis pasos apresurados me llevaron hasta todos y cada uno de los rincones de la aldea.

Yo era la mejor jugando al escondite. Iba a encontrar al hijo de los Kensington, aunque fuera lo último que hiciera.

Recorrí todas las casas vecinas, exploré el bosque de principio a fin e incluso llegué hasta el riachuelo. Ni rastro de él.

Cuando el atardecer cayó sobre la aldea, tía Beatrix me ordenó entrar en casa y darme por vencida. Lo hice a regañadientes, avergonzada de mí misma por no haber podido encontrarlo.

—Vaya, sí que se le da bien jugar al escondite —comentó papá, apoyando los codos sobre la mesa de madera.

Mientras los demás degustaban sus caldos, mi mirada se desvió hacia la ventana.

—Ya no eres la mejor, hermanita —rio Sloane, dándome un codazo más fuerte de lo que me hubiera gustado .

No respondí. En su lugar, admiré el paisaje que se extendía ante mis ojos.

Los latidos de mi corazón se detuvieron al ver lo que había afuera. Tras las casas se alzaba una pequeña colina, la más alta de la aldea. Y allí, en su cima, se dibujaba la silueta de un niño.

Era él. El hijo de los Kensington.

—Te he encontrado —pensé, aunque demasiado tarde.

Había dado con todos los demás niños y, sin embargo, no me había fijado en el que estaba más a la vista.