26/06/1884
Melody
— P apá —lo llamé.
Él estaba ocupado preparando mi desayuno favorito: bollos con cacao. Casi nunca los hacía porque, según él, prepararlos todos los días les quitaría su valor. A mí no me convencía esa filosofía. Si dependiera de mí, comería bollos de cacao todos los días durante el resto de mi vida.
—Melody. —Sonrió—. ¿Ya estás despierta? Todavía no he terminado, cariño.
—No he dormido nada —admití, dejando escapar un bostezo—. Y me aburría en la cama.
Sus labios se torcieron en una mueca mientras negaba con la cabeza.
—Dime, hija… ¿Sigues pensando en el juego de ayer?
«Ups. Me conocía demasiado bien».
—Verás, papá… —empecé a explicar—. Mientras cenábamos lo vi. El hijo de los Kensington estaba en la cima de la colina. ¡A la vista de todos! ¿Cómo pude ser tan despistada?
Papá se limpió las manos, cubiertas de harina, con un pañuelo antes de acercarse y colocar su gran mano sobre mi hombro.
—Ay, cariño —suspiró, mirándome directamente a los ojos—. Desgraciadamente, eso le pasa a la mayoría de la gente.
—¿El qué, papá? —pregunté, frunciendo el ceño—. ¿No encontrar al hijo de los Kensington?
Él rio, removiendo mi despeinada melena con suavidad.
—Sí, amor mío.