Capítulo 22
Saqué los calcetines de la guantera a las cinco y cuarenta y dos de la mañana.
Seguían detrás de la linterna y la bolsa de primeros auxilios, dentro de una caja blanca demasiado grande para ellos.
Abrirla con la mano derecha fue fácil. Volver a encajar la tapa mientras el brazo izquierdo permanecía sujeto al pecho por el inmovilizador me llevó tres intentos y una conversación poco amable con el cartón.
—Puedes cooperar o quedarte aquí otros tres meses —le dije.
La caja cooperó.
La guardé en el bolsillo derecho de la chaqueta. Después bajé el parasol de la camioneta y encontré la servilleta doblada donde la había dejado en marzo. El papel estaba blando en los pliegues y olía apenas al pino desodorizante del vehículo. Las cuatro palabras seguían legibles.
No me busques. — K
La metí en el bolsillo interior, lejos de la caja.
Kate había escrito a las nueve y diecisiete de la noche anterior.
Quiero hablar contigo. Mañana, seis y media, en Green Lake. Si tú también quieres.
Le había respondido ocho minutos después: Sí. Estaré allí.
Ocho minutos era lo que había tardado en escribir dos frases y borrar otras nueve.
La versión final no decía que la extrañaba, que había visto su nombre en cada notificación durante una semana ni que llevaba días ensayando una manera de pedirle otra oportunidad sin ofrecerle a cambio mi contrato, mi casa o un calendario de vuelos.
Solo decía que iría.
El auto que había pedido llegó a las cinco y cincuenta.
Dejé la camioneta junto a la casa y subí con la caja contra el costado derecho.
Todavía no podía conducir. Podía vestirme solo si elegía una camiseta amplia, cortar comida blanda y dormir durante dos horas seguidas antes de que el hombro me despertara.
Mi cuerpo había reducido sus ambiciones.
En Green Lake, el puesto de café acababa de abrir. Pedí el de Kate con leche de avena y sin azúcar, y el mío negro. La muchacha de la ventanilla encajó los vasos en un portavasos de cartón después de observar mi inmovilizador.
—¿Necesita ayuda para llevarlo?
—Puedo con esto.
El portavasos se inclinó en cuanto lo tomé.
—Agradecería ayuda hasta el banco —corregí.
No me felicitó por aprender. Caminó conmigo los veinte metros y dejó los cafés en una mesa junto al sendero.
La niebla flotaba baja sobre el agua. Las ruedas de una bicicleta siseaban sobre el pavimento húmedo y un ganso picoteaba algo entre las raíces de un árbol. La madera del banco enfrió la parte posterior de mis muslos cuando me senté.
A las seis y veintisiete, Kate apareció por el sendero.
Llevaba pantalones negros, zapatillas y una chaqueta ligera cerrada hasta la garganta. El pelo estaba recogido en una cola baja. Había vuelto al granate oscuro en las uñas.
Se acercó más despacio al verme el brazo.
—Hola —dijo.
—Hola.
Miró el segundo vaso.
—¿Ese es mío?
—Leche de avena, sin azúcar. Si cambiaste de opinión durante la separación, puedo culpar a la falta de transparencia.
El chiste llegó débil. Kate bajó la vista al café.
—Sigue siendo el correcto.
Le ofrecí el vaso con la mano derecha. Sus dedos rozaron los míos y los dos retiramos la mano demasiado rápido. Kate se sentó en el extremo opuesto del banco, con espacio suficiente para otra persona entre nosotros.
Probó el café.
—Está caliente.
—Pedí que lo hicieran así.
—Ambicioso.
—Estoy diversificando mis habilidades.
La comisura de su boca se movió y volvió a su sitio.
Un corredor pasó con un perro pequeño que intentó enfrentarse al ganso. El dueño tuvo que tirar de la correa mientras el ganso abría las alas con absoluta confianza. Kate siguió la escena hasta que ambos desaparecieron por la curva.
—Vi el comunicado del equipo —dijo—. Sobre el hombro.
—Separación acromioclavicular de segundo grado. El labrum está irritado, pero todavía no saben cuánto.
—¿Cuánto tiempo?
—Cuatro semanas sin contacto. Quizá seis.
Sus dedos se cerraron alrededor del vaso.
—¿La final?
—No juego.
—Cole...
—Marcus dice que el equipo demostró que puede ganar sin mi heroísmo, lo cual considera ofensivo para mi marca personal.
Kate no sonrió esta vez.
—Podrías habérmelo dicho.
El café me quemó la lengua. Lo apoyé sobre la mesa.
—Quería hacerlo. No sabía si contarte la lesión era respetar el pacto o usarla para abrir una puerta que habías cerrado.
—No la cerré.
—Pediste espacio sin fecha. Yo lo convertí en una salida.
Kate miró sus uñas. El esmalte estaba impecable salvo por una pequeña marca en el pulgar derecho.
—Te pedí algo imposible —dijo—. Quería que respetaras el espacio y que, al mismo tiempo, me detuvieras. Después de acusarte de convertir el cuidado en control.
—Yo acepté demasiado rápido porque así no tenía que decirte que no quería que te fueras.
—¿No querías?
La pregunta salió más baja que el ruido de las ruedas sobre el sendero.
—No. Quería que te quedaras. Quería que encontráramos una forma, y me asustó que cualquier forma que propusiera se pareciera a otro sacrificio que nadie me había pedido.
Kate levantó la vista.
—Yo hice que todas tus respuestas fueran incorrectas.
—Y yo intenté resolver una pelea ofreciendo partes de mi vida. Lo que dijiste sobre ser imprescindible dolió porque era verdad.
—Lo usé para herirte.
—Sí.
La palabra quedó allí. Kate apoyó el vaso entre sus pies y frotó una gota de café del borde de la tapa.
—Lo que dijiste de mí también era verdad —dijo—. Construí una opción que nadie pudiera tocar. Y cuando me pediste que negociara, decidí que eso significaba hacerme pequeña antes de comprobarlo.
—¿Lo comprobaste?
—Ayer.
Esperé. Ella había convocado la conversación; no iba a arrancarle la noticia para llenar la pausa.
Kate cruzó las manos sobre las rodillas.
—Acepté Nueva York.
El estómago se me tensó. Había sabido que esa posibilidad seguía allí. Saberlo no hizo más fácil oírlo.
—Bien —dije, y mi voz no consiguió esconder el golpe—. Te eligieron porque tu propuesta era la mejor.
—Renegocié las condiciones antes de firmar. Las primeras diez semanas estaré allí a tiempo completo. Después, si abrimos los tres circuitos y funcionan, pasaré tres semanas en Nueva York y una en Seattle. Nueve meses. Cualquier extensión necesitará otro acuerdo.
La miré.
—¿Eso es lo que querías?
—Sí.
No explicó para quién lo había hecho. No necesitaba hacerlo.
—Entonces me alegro por ti —dije.
—Pudieron retirar la oferta.
—Pero preguntaste.
—Pregunté.
El orgullo me llegó antes que el miedo a las diez semanas sin ella y me calentó la voz, aunque Kate siguiera sentada lejos de mí.
—Estoy orgulloso de ti, peligro.
Kate apretó los labios. La piel bajo sus ojos se enrojeció.
—No uses esa palabra si no quieres que llore otra vez.
—Puedo retirarla.
—No.
El aire frío le movió un mechón junto a la mejilla. Se lo acomodó detrás de la oreja y miró el lago.
—Ayer habría sido la ecografía de veinte semanas —dijo.
El sonido del sendero se alejó. Sentí la caja contra mis costillas, dentro del bolsillo.
—No lo sabía.
—Yo tampoco, hasta que apareció el recordatorio. Había dejado la cita en mi calendario.
Kate se inclinó hacia delante. Sus manos quedaron entre las rodillas.
—Saqué las imágenes —continuó—. Pensé en lo que habríamos visto. En si yo habría querido saber el sexo. Lloré durante tanto tiempo que retrasé una reunión con Diane.
Tuve que tragar dos veces.
—Yo habría querido saberlo.
Kate giró la cabeza hacia mí.
—¿Sí?
—Habría dicho que podía esperar y después habría intentado leer la pantalla antes de que la técnica nos preguntara.
—Eso suena probable.
—También habría comprado algo del color equivocado.
La frase rozó la caja en mi bolsillo. Saqué la mano antes de tocarla.
—Hay algo que necesito enseñarte —dije—. No para cambiar lo que acabas de contarme. Tampoco para demostrar nada sobre lo que querías entonces.
Kate observó mi mano derecha, vacía sobre el muslo.
—De acuerdo.
—Está en mi bolsillo. Necesito que tú saques la caja o que me dejes pelear con la chaqueta durante un rato.
La primera risa de verdad le escapó corta, acompañada de lágrimas.
—¿Puedo?
—Sí.
Kate se acercó por el banco. Metió dos dedos en el bolsillo derecho de mi chaqueta y sacó la caja blanca. El contacto fue breve; aun así, la cercanía de su hombro al mío me dejó consciente de cada centímetro que no nos tocábamos.
Puso la caja sobre sus piernas.
—La compré la mañana después de la ecografía de abril —dije—. Estaba en una farmacia buscando cinta para las costillas. Los vi junto a la caja y los compré.
Kate levantó la tapa.
Los calcetines amarillos seguían doblados uno encima del otro. Bajo la luz gris del amanecer parecían más pequeños que en la tienda.
Ella no los tocó.
—¿Por qué no me los enseñaste?
—Porque todavía no habíamos decidido. Porque no quería que mi esperanza se convirtiera en presión para ti. Después de la pérdida, no supe qué hacer con ellos. Los dejé en la guantera.
Kate pasó el pulgar por el borde de la caja.
—¿Los compraste antes de la foto?
—Sí. Antes de la pelea con Tessa. Antes de que intentara hacer público algo que tú no habías elegido.
—Y no dijiste nada.
—No. Eran míos. Mi esperanza, no una prueba sobre la tuya.
La garganta me dolió al decirlo. Kate miró los calcetines durante varios segundos. Un niño pasó en un patinete y golpeó una grieta del pavimento; las ruedas traquetearon hasta perderse.
—¿Quieres tocarlos? —pregunté—. Puedes dejarlos en la caja. También puedo guardarlos otra vez. Tú decides qué pasa con ellos ahora que los has visto.
Kate deslizó un dedo bajo el calcetín de arriba. Lo levantó con cuidado y lo sostuvo en la palma.
El talón no llegaba a cubrirle la primera falange del índice.
—Son muy amarillos —dijo.
—Era la opción menos intimidante.
—¿Cuál era la más intimidante?
—Unos con balones de rugby y la frase «futuro capitán».
—Habría iniciado acciones legales.
—Por eso elegí bien bajo presión.
Kate soltó aire por la nariz. Después dobló el calcetín sobre el otro y cerró los dedos alrededor de ambos.