Capítulo 21 #2
Durante un rato escuchamos el murmullo del climatizador y el rodar de un carrito por el pasillo.
Priya se frotó el pulgar contra un raspón en la mesa.
Yo había esperado que la fecha doliera. No había previsto que trajera consigo una versión entera del día: el gel frío, una pantalla inclinada hacia nosotros, la mano de Cole demasiado grande alrededor de la mía.
—Creí que, si me dolía así, significaba que había mentido —dije.
Priya giró la cabeza.
—¿Sobre qué?
—Sobre que no encajaba. Sobre el alivio. Pensé que tenía que ordenar una cosa detrás de la otra hasta que fueran coherentes.
—Eso suena agotador incluso para ti.
Solté una risa húmeda y breve. Priya empujó la caja de pañuelos hacia el centro, sin sacar uno.
Tomé dos.
—Lamento este embarazo —dije—. Lamento que terminara y lamento el día que no vamos a tener hoy. En abril también sabía que no estaba lista para ser madre.
La garganta volvió a cerrárseme. Esperé. Priya no llenó la pausa.
—Y ahora sé que quiero conservar esa posibilidad —continué—. Algún día quiero poder elegirla.
Mi propia voz me dejó inmóvil.
La palabra quiero quedó resonando entre las dos. Hasta entonces había repartido el deseo entre futuros hipotéticos para que ninguno pudiera reclamarme.
—Bien —dijo Priya.
—¿Bien?
—Sí. Es una palabra permitida, Kate. No tengo una pancarta.
—Me decepcionas.
—Puedo conseguir brillantina en quince minutos, pero la aspiraremos hasta diciembre.
Me limpié la nariz. El pañuelo raspaba.
—Quiero esperar —dije—. Y, si algún día lo intento, será una decisión compartida, no un modo de recuperar a Cole.
—Claro.
—La decisión que estaba tomando en abril seguía siendo válida.
—Sí.
—El resultado tampoco estará garantizado.
Priya tomó un pañuelo para ella.
—Eso parece lo más honesto que has dicho esta semana.
Miré la propuesta. Las palabras «revisión de presencia» se veían a través de la cubierta traslúcida.
—Le pedí a Halcyon diez semanas completas en Nueva York y después una semana al mes en Seattle, sujeta a los hitos. Nueve meses, sin extensión automática.
—¿Eso quieres?
La pregunta llegó sin una recomendación escondida.
—Sí.
—Entonces espero que acepten.
—Pueden decir que no.
—También.
No añadió que todo saldría bien. Se quedó hasta que pude respirar sin dolor en la garganta. Después volvió a su escritorio y yo a mi oficina.
A las tres y diecisiete, Diane llamó.
—El comité acepta las diez semanas —dijo—. Después, tres semanas en Nueva York y una en Seattle, siempre que los tres primeros circuitos superen la prueba completa de derivación. La extensión requerirá acuerdo escrito a los ocho meses.
Me puse de pie detrás del escritorio.
—¿Qué quieren a cambio?
—Una revisión presencial adicional si dos clínicas fallan el mismo mes y un informe semanal durante la fase híbrida.
—El informe será quincenal. Los fallos ya tendrán un protocolo de escalada inmediato; un documento semanal solo duplica trabajo.
Diane tardó un segundo en responder. Casi pude oír su satisfacción.
—Voy a decirles que aceptarás un resumen semanal durante el primer mes híbrido y quincenal después.
—Eso funciona.
—La carta revisada llegará antes de las cuatro. Y, Kate...
Esperé.
—Gracias por decírmelo.
Miré la puerta cerrada de mi oficina.
—Gracias por no usarlo para decidir por mí.
La nueva carta llegó a las tres y treinta y ocho.
Leí cada línea, incluidos los anexos. La fecha de inicio seguía siendo el cinco de agosto.
La autoridad sobre contrataciones y presupuesto no había cambiado.
Seattle aparecía ahora en el documento como base de una semana operativa al mes después de la décima semana, no como concesión personal ni visita tolerada.
Firmé a las cuatro y doce.
El borde duro del escritorio me presionó la palma. El cansancio se había instalado detrás de los ojos.
Había pedido. Habían respondido. Yo había elegido.
* * *
La farmacia tenía tres tonos de granate y una dependienta que consideró su deber explicarme la diferencia entre «vino profundo» y «ciruela de medianoche».
—Ese —dije, señalando el que se parecía al color que llevaba en marzo.
—¿Vino profundo?
—El que no tiene brillantina.
En casa abrí la ventana de la cocina. Entró aire tibio, el olor a asfalto después del riego de la calle y cuatro notas torcidas de la trompeta del vecino. Puse el esmalte junto a la carta firmada y preparé un vaso de agua.
Mi madre llamó mientras retiraba los restos del esmalte transparente.
—Solo quería saber cómo fue la decisión —dijo.
—Acepté Nueva York.
Linda gritó algo lejos del teléfono. Greg respondió desde otra habitación.
—Perdona —dijo ella—. Eso era celebración doméstica. ¿Estás feliz?
Miré mis uñas desnudas.
—Sí. También agotada.
—Pueden coexistir.
La frase no intentó enseñarme nada. Era una observación que ambas habíamos pagado.
—Renegocié la estructura —dije—. Diez semanas allí. Después, una semana al mes en Seattle si cumplimos los hitos.
—¿Por Cole?
Era la segunda vez que me lo preguntaban y la respuesta ya no necesitó corrección.
—Por mí. Cole forma parte de lo que quiero, pero no sé si todavía puedo tenerlo.
Linda tardó en contestar.
—¿Vas a averiguarlo?
—Sí.
Terminé la llamada antes de ponerle una fecha a esa decisión y empecé con la mano izquierda.
El primer trazo quedó desigual junto a la cutícula. Estuve a punto de quitarlo. Giré el pincel dentro del frasco, descargué el exceso en el borde y cubrí la uña con una segunda capa.
El granate oscureció al secarse.
Dejé las manos extendidas sobre la mesa para no arruinarlo. El cepillo de dientes de Cole seguía junto al mío en el baño. El sobre blanco estaba sobre la mesa de noche. La carta de Nueva York descansaba delante de mí.
Cuando el esmalte dejó de pegarse, tomé el teléfono.
Escribí: Acepté Nueva York. Cambié las condiciones antes de hacerlo. Quiero contártelo.
Lo borré.
Escribí otra vez.
Kate: Quiero hablar contigo. Mañana, seis y media, en Green Lake. Si tú también quieres.
Leí el mensaje una vez. No tres.
Lo envié.