Donde aterrizamos Capítulo 19
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Capítulo 19

Diane cerró la puerta de la sala de reuniones y dejó dos carpetas idénticas sobre la mesa.

Sasha ocupaba la silla frente a mí. Llevaba el cabello recogido en la misma trenza impecable de la entrevista, pero había arrancado la funda de cartón de su vaso de café y la doblaba en tiras estrechas. El chirrido de un marcador llegó desde la sala contigua.

—Quedan ustedes dos —dijo Diane.

Ninguna reaccionó de inmediato. En la pantalla de la pared seguía congelado un mapa de Nueva York con seis puntos azules y fechas debajo. El climatizador soplaba sobre mis manos.

—Eso explica la invitación tan acogedora —dije.

Sasha dejó de doblar el cartón.

—Yo esperaba un duelo con espadas.

—Legal no lo aprobó —respondió Diane—. Pedí que lo reconsideraran.

Fue el único chiste. Diane se sentó en la cabecera y abrió su copia del documento.

—El comité quiere una propuesta final de implementación para el viernes. No busca otra presentación de capacidades. Ya sabe que las dos pueden hacer el trabajo. Quiere saber cómo lo harían y qué condiciones necesitan para sostenerlo.

Necesitan. La palabra me incomodó más que competir con Sasha.

Diane repasó las fechas. La persona elegida empezaría tres semanas después de aceptar el puesto.

La base en Nueva York sería obligatoria durante los primeros seis meses; después, el comité admitiría una revisión de presencia según las aperturas.

Los cuatro viajes mensuales a Seattle podían usarse cualquier día, pero no acumularse.

La extensión hasta catorce meses seguía sujeta a resultados.

Todo cabía en una hoja. Ninguna línea mencionaba qué ocurría con una casa, una relación o un cuerpo que jugaba cada sábado en otra zona horaria.

—Pueden retirarse sin afectar sus cargos actuales —terminó Diane—. Y pueden pedir cambios. No prometo que el comité los acepte.

Sasha tomó su carpeta.

—¿La decisión será solo entre nosotras?

—Sí.

El cartón doblado quedó junto a su mano, una hilera de rectángulos irregulares. Yo había supuesto que Sasha estaría tan compuesta como siempre. La evidencia sobre la mesa decía otra cosa.

—¿Alguna pregunta? —dijo Diane.

Tenía varias. Cuánto valía una exigencia antes de parecer menos disponible. Cuánta ambición se podía conservar al pedir que una oportunidad cambiara de forma. Cuál de las dos sería más fácil de enviar lejos.

—No por ahora —respondí.

Sasha dijo lo mismo.

Salimos juntas. En el pasillo, el vidrio devolvía una ciudad blanca de sol, transbordadores pequeños sobre la bahía y grúas detenidas sobre los edificios. Sasha caminó conmigo hasta la máquina de espresso y pulsó el botón de agua caliente.

—No voy a retirarme —dijo.

La miré.

—No te lo pedí.

—No. Pero llevas tres minutos tratando esa carpeta como si pudiera morder a alguien.

—Eso es una lectura excesiva de mi lenguaje corporal.

—Eres muy legible cuando quieres parecer una estatua.

La máquina siseó. Sasha dejó caer una bolsita de té en el vaso.

—Crecí en Queens —continuó—. Mis padres siguen allí. Me fui a los veinticuatro porque estaba convencida de que el éxito tenía que ocurrirme en otro código postal. Volver no sería un sacrificio para mí.

No había mencionado nada de eso en las semanas de competencia. Yo tampoco le había contado que cuatro viajes podían significar cuatro regresos a un apartamento vacío.

—¿Quieres el puesto por eso? —pregunté.

—Quiero el puesto porque llevo seis años viendo cómo Halcyon compra soluciones y después le pide a Operaciones que las haga funcionar con cinta adhesiva.

—Sacó la bolsita y la dejó en una servilleta—.

Estar cerca de mi familia es una razón adicional.

No una explicación sentimental para que el comité me elija.

—No pensé que lo fuera.

—Bien. Tampoco quiero que tú te retires porque tu vida se complicó.

El golpe fue preciso porque no tenía malicia.

—No voy a hacerlo.

Sasha sostuvo mi mirada durante un segundo y asintió.

—Entonces que gane la propuesta que necesite menos cinta adhesiva.

Se alejó con su té. Yo volví a mi oficina y puse la carpeta junto al teclado, sin alinearla con el borde.

Cole había enviado un mensaje once minutos antes.

Cole: Seattle aceptará hablar del traspaso. Tengo condiciones. Llámame cuando puedas.

La palabra aceptará me dejó las palmas frías.

Marqué su número antes de abrir mi calendario.

* * *

El director deportivo de Seattle deslizó una hoja por la mesa y Rick la atrapó antes de que llegara a mí.

La oficina olía a café recalentado y al linimento que se pegaba a la ropa desde el pasillo de fisioterapia. En una pared colgaban fotografías de equipos anteriores; en otra, un pizarrón mostraba la alineación probable para la semifinal del sábado. Mi nombre estaba escrito junto al número siete.

Rick leyó la primera página sin sentarse.

—Liberación al cierre de la temporada, sujeta al examen médico de San Diego —dijo—. Sin compensación adicional si renuncian a igualar la oferta. Eso es lo que pedimos.

El director deportivo cruzó los brazos.

—Es lo que aceptamos. No significa que queramos perderlo.

—Significa que no le ofrecen una renovación —replicó Rick.

—Significa que no vamos a fijar dos años garantizados antes de ver cómo termina el hombro.

Mi hombro izquierdo latía bajo la cinta aun sin moverlo. Había pasado la mañana haciendo contactos limitados y fingiendo que cada golpe se apagaba al siguiente.

—¿Y si rechazo San Diego? —pregunté.

El director deportivo me miró a mí por primera vez desde que había empezado la reunión.

—Hablamos después de la temporada. Un año, probablemente, con incentivos por partidos. No voy a mentirte sobre eso.

Un año probable. Dos garantizados al sur. La diferencia podía medirse sin una hoja de cálculo.

Rick dejó el documento frente a mí.

—San Diego necesita la autorización firmada antes del lunes para programar el examen. Si la firma, Seattle no bloquea la operación cuando termine la temporada.

—Si llegamos a la final —dijo el director deportivo—, no viaja hasta después.

—Eso también está escrito —respondió Rick.

Pasé la página con la mano derecha. El período de examen era de cuarenta y ocho horas.

La cláusula del hombro seguía allí, pero limitada al tercer año opcional; los dos primeros quedarían garantizados si superaba la evaluación inicial.

Seattle se comprometía a entregar los informes médicos completos.

Era una salida. No una llamada, no una herramienta de presión. Una puerta con fecha.

—Necesito hablar con Kate —dije.

Rick consultó su reloj.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta mañana.

El director deportivo se recostó en la silla.

—La semifinal no cambia por esto, Cole.

—Ya lo sé.

—Te necesito aquí.

La frase habría funcionado conmigo durante casi toda mi vida. Esa tarde solo me dejó cansado.

Doblé la hoja sobre las demás y la guardé en la carpeta.

—Estaré aquí el sábado —dije.

En el pasillo, Marcus salía de la sala de pesas con una toalla alrededor del cuello. Miró la carpeta, luego mi cara.

—¿Quieres que pregunte o que finja que es el menú del almuerzo?

—Es lo de San Diego.

Marcus apoyó un hombro contra la pared.

—¿Ya es real?

—Sí.

—¿Y eso es bueno?

La pregunta se quedó entre el golpe de las bolsas de placaje y el silbido de una ducha al fondo.

—Es seguro —dije.

Marcus se secó la nuca con la toalla.

—No te pregunté eso.

No tuve una respuesta mejor. Saqué el teléfono y vi la llamada de Kate antes de que sonara por segunda vez.

—Hola, peligro.

—Quedamos Sasha y yo —dijo sin saludo—. Y Seattle aceptó hablar.

Me detuve junto a la puerta de fisioterapia.

—Sí.

—Ven esta noche. Trae todo.

—Voy después del tratamiento.

—A tu casa —añadió—. Necesitamos espacio.

Miré la puerta metálica, la cinta que asomaba bajo la manga y la carpeta sujeta contra mi costado.

—De acuerdo.

* * *

La impresora de Cole expulsó la tercera tabla de vuelos y empezó a parpadear en rojo.

—Se quedó sin papel —dije.

—Creo que está juzgándonos.

Estábamos en el cuarto de atrás de la casa del lago.

El banco de pesas ocupaba una pared; un archivador gris sostenía la impresora; por la ventana se veía el cedro que rozaba el alero cuando soplaba viento.

Cole se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la cama de invitados.

La carpeta de San Diego descansaba sobre su muslo derecho y una bolsa de hielo le cubría el hombro izquierdo.

Yo tenía el portátil abierto frente a mí. Nueva York a San Diego: seis horas y veinte minutos sin escalas, cuando existía un vuelo directo. Nueva York a Seattle: seis horas y diez, más el traslado desde el aeropuerto. Cuatro viajes cubiertos no equivalían a tiempo.

—Si acepto Nueva York y tú San Diego, podríamos vernos dos fines de semana al mes —dije—. Suponiendo que no juegues fuera y que Halcyon no programe mis viajes entre semana.

Cole consultó el calendario del equipo.

—En agosto tengo tres partidos fuera. Septiembre no está cerrado.

—Y durante los primeros noventa días yo tendría que estar allí de lunes a viernes, como mínimo.

—Puedo volar a Nueva York después de los partidos en casa.

—Con el hombro así.

—El hombro no va a estar así para siempre.

—No lo sabes.

Cole hundió el pulgar derecho en el borde de la carpeta y luego lo apartó. No discutió el dato.

—Podemos pagar los vuelos que Halcyon no cubra.

—No es el dinero.

—Ya sé que no es el dinero.

La respuesta salió con un borde que no había tenido al principio. Llevábamos dos horas haciendo que cada posibilidad fracasara por un motivo distinto.

San Diego y Nueva York nos dejaban en extremos opuestos del país.

Nueva York y Seattle convertían los descansos de Cole en aeropuertos mientras su club seguía sin ofrecerle seguridad.

Seattle y yo significaba rechazar el puesto antes de saber si podía transformarlo.

San Diego y mi cargo actual mantenían una costa entre los dos y borraban la oportunidad que había construido.