Capítulo 18 #2
No era una oferta. Todavía no. Era el documento que Halcyon enviaba a las personas que seguían en la fase final antes de reducir la selección: fecha de inicio prevista tres semanas después de la aceptación, apartamento corporativo durante los primeros noventa días, presupuesto de contratación, autoridad sobre el equipo local y cuatro viajes mensuales cubiertos a Seattle durante el lanzamiento.
La posible extensión seguía allí. Cinco meses adicionales, sujetos a la apertura de tres clínicas y a una revisión del consejo.
Diane permaneció de pie junto a mi escritorio mientras yo leía. Tras ella, la pizarra de la colaboración con los Sentinels estaba llena de nombres de clínicas y marcas verdes. El climatizador me enfriaba los dedos.
—Quieren una respuesta antes de las diez de mañana —dijo—. Solo para confirmar que sigues disponible bajo estas condiciones.
Me detuve en la línea de los viajes. Cuatro al mes. Una cifra diseñada para sonar abundante mientras convertía una relación en fines de semana contabilizados.
—¿Cuántas personas quedan? —pregunté.
—Te diré eso cuando el comité cierre la fase.
—Entonces más de dos.
Diane no sonrió.
—Léelo esta noche. Si algo no funciona, anótalo. No prometas flexibilidad antes de saber qué necesitas.
El impulso de decir que podía con todo me llegó a la lengua. Cerré la carpeta.
—Te respondo mañana.
—Eso esperaba.
Diane se marchó. Yo miré el teléfono junto al teclado.
No había aceptado nada. Tampoco había pedido más tiempo, negociado condiciones ni señalado que cuatro viajes eran insuficientes. El siguiente paso era responder que quería seguir disponible.
Abrí el chat con Cole y escribí: Llegaron las condiciones completas de NYC. Tengo que confirmar mañana si continúo. ¿Puedes hablar cuando salgas de fisioterapia?
No añadí que no era una oferta. No usé la palabra quizá para reducirla.
La respuesta llegó mientras aún tenía la conversación abierta.
Cole: Sí. Y San Diego envió lo suyo. No he respondido. Te llamo en doce minutos.
Doce minutos después, mi teléfono sonó.
—Hola —dije.
—Hola.
Detrás de su voz se oía una puerta metálica, luego el golpe sordo de una bolsa de placaje. Debía de estar en el pasillo que comunicaba fisioterapia con el vestuario.
—Puedes cambiarte primero —dije.
—Ya estoy cambiado. Me senté porque la última vez que tuvimos esta conversación mientras me vestía salió regular.
Me apoyé contra el escritorio. El vidrio de la ventana devolvía mi reflejo sobre las luces del piso.
—Anotado.
Cole guardó silencio. Esperaba que yo empezara; había recibido mi mensaje primero.
—No es una oferta todavía —dije—. Es el documento final antes de que reduzcan la selección.
Inicio tres semanas después de la aceptación, apartamento por noventa días, cuatro viajes mensuales a Seattle y autoridad para contratar el equipo.
La extensión sigue siendo de cinco meses.
Tengo que confirmar mañana si acepto continuar con esas condiciones.
—¿Quieres continuar?
Miré la carpeta. La respuesta profesional era tan fácil que casi tapaba todo lo demás.
—Sí. Quiero llegar a la decisión.
—Bien.
—No he dicho que vaya a aceptar si me lo ofrecen.
—Lo sé.
—Y cuatro viajes al mes no son cuatro fines de semana. Pueden programarlos para reuniones, entre semana.
—Lo sé, Kate.
Me callé. Había empezado a construir una defensa que él no me había pedido.
—Perdón —dije—. Continúa tú.
Escuché cómo exhalaba, esta vez sin alivio ni impaciencia.
—San Diego envió el borrador completo. Dos años garantizados, opción del club para el tercero y examen médico antes de cerrar.
Quieren que les diga el jueves si autorizo a Rick a pedir una vía formal de traspaso.
Si digo que sí, todavía tiene que hablar Seattle.
Si digo que no, se acaba la conversación.
—¿Quieres que la pida?
—Sí. Quiero saber si Seattle va a hacerme una oferta real o si solo le gusta que espere.
La respuesta me dolió por motivos que no eran una objeción. Cole había pasado toda la temporada poniendo el cuerpo mientras otros medían cuánto quedaba de él. Pedir una propuesta no era elegir San Diego. Pero la volvía una ciudad posible.
—Entonces deberías decir que sí —dije.
—Eso pienso.
Ninguno habló durante unos segundos. Al otro lado de mi pared de vidrio, Priya cruzó el pasillo con una carpeta contra el pecho. Me vio al teléfono y siguió caminando.
—Hemos cumplido el pacto —dije.
La frase sonó más pequeña de lo que esperaba.
—Sí —respondió Cole.
—No me siento mejor.
—Yo tampoco.
Apoyé la frente en el vidrio frío.
—Ven esta noche.
—Estaré allí a las siete.
No dijo que llevaría comida. Yo no le pregunté si tenía un plan.
* * *
A las siete y veinte, los dos documentos ocupaban mi mesa junto a una caja de comida tailandesa.
Cole había impreso el suyo en las instalaciones.
El escudo de San Diego aparecía en la esquina superior de cada página; el logotipo de Halcyon se repetía en el pie de las mías.
Habíamos empezado a comer sin hablar de ninguno.
La trompeta del vecino dejó escapar una nota grave a través del suelo. Cole enrolló fideos en el tenedor y los perdió antes de llevarlos a la boca.
—Eso fue doloroso de ver —dije.
—Estoy bajo presión.
—Eres atleta profesional.
—No de fideos.
Fue nuestro único intento de humor. Después, Cole dejó el tenedor y acercó la carpeta de Nueva York.
—Cuatro viajes —dijo.
—Pagados. No elegidos.
—¿Puedes negociar que se acumulen?
—Tal vez. No quiero negociar todavía una vida entera antes de saber si me eligen.
Cole asintió. No abrió el calendario. No calculó vuelos ni ofreció seguirme durante la temporada. Yo había temido exactamente eso y, al verlo contenerse, tuve que resistir el impulso de proponer por él todas las soluciones que no me había pedido.
Tomé el borrador de San Diego.
—El examen médico puede cambiar la garantía del segundo año.
—Rick quiere quitar esa cláusula.
—¿Puede?
—Puede intentarlo.
Pasé la página. La fecha límite del jueves estaba en negrita. Debajo había una referencia al cierre de la temporada de Seattle y al período de negociación. No era una mudanza mañana. Tampoco era una abstracción.
—Voy a confirmar que sigo disponible —dije.
Cole sostuvo mi mirada.
—Voy a autorizar a Rick a hablar con Seattle.
Esperé a que apareciera el impulso de pedirle algo. Quédate. Recházalo. Dime que escogerías esto si te obligaran. No dije ninguna de las tres.
—De acuerdo.
Él tomó mi mano sobre la mesa y presionó el pulgar contra la base del índice.
—De acuerdo no significa que sea fácil.
—Ya lo sé.
—Ni que no vaya a importar lo que tú quieras cuando tengamos que decidir.
—También lo sé.
Cole giró su vaso hasta alinear una pequeña marca del vidrio con el borde del mantel individual. Yo abrí y cerré el broche del reloj una vez.
Los dos vimos los gestos. Ninguno fingió que eran otra cosa.
Puse mi teléfono boca arriba entre las carpetas. Cole hizo lo mismo.
Redacté la respuesta a Diane. Él abrió el mensaje para Rick. No nos mostramos las pantallas antes de enviar; ya no necesitábamos convertir la transparencia en supervisión.
Pulsé primero.
Cole lo hizo un segundo después.
Los mensajes salieron. Sobre la mesa quedaron una fecha de inicio en Nueva York, una autorización para abrir el traspaso a San Diego y dos cajas de comida que ya se habían enfriado.