Donde aterrizamos Capítulo 17 #2
76%

Capítulo 17 #2

Kate llegó diez minutos después. Había cambiado la camiseta de dormir por jeans, zapatos planos y un blazer oscuro que no necesitaba un sábado. Bajó del auto que la había llevado hasta allí con el teléfono en una mano y una carpeta delgada en la otra.

—Veo que viniste relajada —dije.

Miró el blazer.

—No me critiques. Tú llevas hielo sujeto al cuerpo con una venda.

—Es moda de alto rendimiento.

Kate se acercó. Sus ojos bajaron a la bolsa de hielo sobre mi hombro.

—¿Qué tan mal?

—Lo suficiente para que mañana me revisen. No lo suficiente para mentirte y decir que nada.

La comisura de su boca se movió. No era una sonrisa completa, pero tampoco tenía que serlo.

—Progreso agresivo —dijo.

Entramos por la puerta trasera. Se atascó, como había advertido, y Kate tuvo que empujar mientras yo levantaba la manija. En la cocina, el saco de tierra de Gene seguía junto a la pared. Los dos miramos la isla, el lugar de los platos, los teléfonos boca abajo y las frases a medias.

—Afuera —dijo Kate.

No discutí.

El muelle estaba húmedo y las tablas cedieron con un crujido bajo mi peso.

Caminamos hasta el banco del extremo. Kate pasó la mano por la madera, comprobó que no estuviera empapada y se sentó.

Yo bajé a su lado con menos dignidad de la que habría preferido.

El lago olía a algas y cedro mojado. Desde la otra orilla llegó el motor grave de una lancha.

Kate dejó la carpeta entre nosotros.

—Son los términos preliminares —dijo—. Puedes leerlos si quieres. No para que me des permiso.

—Quiero leerlos.

Me entregó las hojas. Nueve meses. Posible extensión de cinco. Base temporal en Nueva York. Autoridad de contratación y presupuesto propio. La clase de oportunidad que no aparecía dos veces porque una relación nueva tenía pésimo sentido del calendario.

—Es grande —dije.

—Sí.

—Y se parece a ti.

Kate miró el agua.

—Eso también me asusta.

Le devolví la carpeta. Luego saqué el teléfono y abrí el documento que Rick me había enviado. Kate leyó las cifras sin cambiar de expresión, pero se detuvo en la opción del club y volvió a leer la cláusula médica.

—Esto les permite salir después del segundo año si tu hombro empeora —dijo.

—O si encuentran a alguien de veinticuatro que se cure como el pasto.

—Reyes va a tener que empezar a dormir con un ojo abierto.

—No puede. Se presenta a entrenar con zapatos distintos.

El chiste cayó entre los dos y, por unos segundos, solo escuchamos el agua contra los pilotes.

Kate me devolvió el teléfono.

—No quiero enterarme por otra persona de algo que puede cambiar dónde vives —dijo—. Aunque todavía sea una posibilidad.

—Yo tampoco.

—Y no quiero que “contarlo” signifique que tengo que tranquilizarte, darte una respuesta o reorganizar mi vida en el mismo momento.

—De acuerdo.

—No he terminado.

—Me emocioné.

Kate giró la carpeta noventa grados y la alineó con el borde del banco. Esta vez no retiró la mano.

—Tampoco quiero un reporte de cada llamada de tu agente. Tienes derecho a pensar antes de hablar. Eso es privacidad. Pero cuando das un paso que vuelve real una opción, deja de afectarte solo a ti.

—Aceptar una reunión.

—Entrar en una lista corta. Recibir condiciones. Cualquier cosa que nos obligaría a cambiar fechas, ciudad o planes si llega al siguiente paso.

—Se lo contamos primero al otro.

Kate frunció el ceño.

—Antes de que lo publique un periodista o lo sepa medio piso veintidós, sí. Pero no quiero competir con Rick ni con Diane por el primer lugar.

—No es una clasificación. Rick va a saber cosas antes porque es mi agente.

—Lo sé. Me refiero a que no quiero que todo el mundo viva dentro de una posibilidad mientras yo vivo al lado sin saber que existe.

La frase me golpeó bajo las costillas vendadas. Había hecho exactamente eso. Le había dado a un club, a Rick y a cualquier persona con una fuente la oportunidad de imaginar mi vida antes que a Kate.

—Entendido —dije.

—Si no podemos hablar en ese momento, decimos que existe y acordamos cuándo retomarlo. No usamos “no hay nada cerrado” como sedante.

El motor de la lancha se perdió hacia el norte. Me incliné hacia delante, con los antebrazos sobre las rodillas. La bolsa de hielo resbaló. Kate la sujetó antes de que cayera al muelle y esperó a que yo acomodara la venda por mi cuenta.

—Todo eso son reglas —dije—. Buenas reglas. Pero no es lo que nos hizo callar.

Kate dejó la mano sobre el banco, cerca de la mía.

—No.

—Yo pensé que, si te mostraba una vida en la que podía irme, tú ibas a salir primero. No porque me hayas dicho que lo harías. Porque sé que cerrar una puerta antes de que alguien se vaya te hace sentir menos atrapada.

Kate no apartó la vista del lago.

—Y yo pensé que ibas a convertir Nueva York en un problema de calendario. Vuelos, fines de semana, fechas. Que ibas a hacer que pareciera posible antes de preguntarme si lo quería.

—Probablemente habría empezado por los vuelos.

—Lo sé.

—Pero habría preguntado.

Ella tardó un momento en asentir.

—También lo sé. Por eso no te lo conté. No confié en que pudiera escucharte sin convertir cada opción que ofrecieras en una presión. Era más fácil decidir sola cuánto espacio debía ocupar esto entre nosotros.

Moví la mano hasta rozar su dedo meñique. Kate no se acercó más, pero tampoco se retiró.

—No quiero que me protejas de tener una opinión —dije.

—Yo no quiero que me protejas de preocuparme.

—Eso va a ser más difícil.

—No dije que el pacto tuviera que ser cómodo.

—¿Ahora es un pacto?

Kate miró nuestras manos.

—“Procedimiento de divulgación de amenazas geográficas” no cabía en una conversación normal.

Me reí y el movimiento tiró de las costillas. Hice una mueca. Kate esperó hasta que se me pasó sin preguntarme tres veces si estaba bien.

—El pacto, entonces —dije—. Las cosas que pueden cambiar nuestra vida se dicen antes de que avancemos otro paso. Contarlas no pide permiso ni una solución inmediata. Podemos pedir tiempo, pero no fingir que no existen.

—Y no decidimos por el otro qué puede soportar.

—Eso también.

Kate giró la mano y entrelazó los dedos con los míos.

—No arregla las ciudades.

—No.

—Puede que recibamos dos ofertas que no quepan en la misma vida.

El miedo apareció sin pedir ayuda: un hueco seco detrás del esternón, la mano de Kate dentro de la mía y ninguna promesa útil. Dejé que estuviera allí.

—Entonces las miramos antes de escoger —dije.

Kate apretó mis dedos.

Volvimos a la cocina cuando empezó a bajar la temperatura. Ella abrió el correo de Diane; yo busqué la conversación con Rick. No revisamos el texto del otro ni pedimos aprobación.

Kate escribió que quería recibir la oferta completa.

Yo confirmé que la llamada del lunes seguía en pie y pedí todas las condiciones por escrito.

Nos mostramos las pantallas. Después pulsamos enviar.

Los dos teléfonos quedaron boca arriba sobre la isla.