Donde aterrizamos Capítulo 17
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Capítulo 17

Cole estaba atándose los zapatos cuando puse mi teléfono sobre la mesa.

La pantalla seguía abierta en el titular. San Diego. Dos años. Opción para un tercero. Una fotografía tomada desde lejos: camiseta azul, mochila y su nombre bajo una cifra que nadie había confirmado.

Él levantó la vista desde el borde de la cama. Tenía el cabello aplastado de un lado y una marca de almohada cerca de la sien. Por un segundo, pareció que iba a preguntar qué pasaba. Luego vio la pantalla.

No terminó el nudo.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

La trompeta del piso de abajo atacó tres notas y abandonó la cuarta. Afuera, una llanta pasó sobre el pavimento mojado con un siseo largo. Cole apoyó los antebrazos en las rodillas, cuidando el hombro izquierdo.

—Rick me llamó el martes. San Diego quería saber si yo escucharía una propuesta.

—¿Y escuchaste?

—Dije que hablaría con ellos. El viernes trajo el marco. Dos años y la opción del club. La llamada formal es el lunes.

Había dormido junto a mí con toda esa información dentro. Había cortado ajo, lavado platos y puesto el teléfono boca abajo entre los dos.

El cierre del reloj se abrió bajo mi pulgar.

—Así que el titular es correcto.

—En lo esencial, sí. No hay una oferta completa ni he aceptado nada.

—No te pregunté si habías aceptado.

Cole terminó de atarse el zapato. Lo hizo despacio, sin usar el tiempo para preparar una defensa visible. Después se enderezó.

—No. Me preguntaste desde cuándo.

—Y ya tengo la respuesta.

Mi voz había adquirido la limpieza que usaba en reuniones cuando alguien acababa de presentar una cifra falsa. La reconocí por la forma en que Cole dejó las manos abiertas sobre los muslos.

—Kate, debí contártelo el viernes.

—El martes.

—El martes era una llamada.

—El martes decidiste escuchar. El viernes tu agente llevó condiciones a las instalaciones. Anoche dijiste que había hablado con gente.

Cole miró el teléfono. No intentó tocarlo.

—Sí.

La ausencia de excusas me quitó la superficie más fácil para pelear. Caminé hasta la ventana y abrí un poco la persiana. La mañana entró gris, con el edificio de enfrente recortado sobre un cielo sin profundidad. En el alféizar, los tallos nuevos de la albahaca se inclinaban hacia el vidrio.

—¿Pensabas decírmelo después de la llamada? —pregunté.

—Pensaba decírtelo cuando supiera si podía convertirse en una oferta.

—Ya podía.

—Lo sé.

Me volví. Cole no se había levantado. Con su tamaño, quedarse sentado era una decisión; evitaba que yo tuviera que inclinar la cabeza para sostenerle la mirada.

—¿Por qué? —pregunté.

Se frotó la palma derecha contra el pantalón deportivo.

—Al principio, porque no quería poner otra cosa sobre ti cuando podía desaparecer en dos días. Después...

Esperé. La trompeta volvió a empezar la escala desde abajo.

—Después ya no era por ti —dijo Cole—. Era porque, si te lo contaba, tenía que admitir que podía irme. No quería ver qué hacía eso aquí.

Señaló el espacio entre nosotros, no mi apartamento.

El teléfono continuaba encendido sobre la mesa. Toqué la pantalla para bloquearla.

—Me dejaste enterarme por una alerta.

—Sí.

El enojo me subió por el cuello. La piel empezó a arderme bajo el borde de la camiseta. No podía impedir las manchas rojas. Podía impedir que él las viera si volvía a la ventana, y no lo hice.

—No necesitabas protegerme de una conversación, Cole. Ya no estabas evitando un rumor. Estabas decidiendo qué parte de tu vida podía conocer mientras dormías en mi cama.

—Tienes razón.

—Deja de darme la razón como si eso arreglara algo.

Él se puso de pie. El movimiento le arrancó una contracción breve en la boca cuando el hombro soportó el peso. No se acercó.

—No sé qué respuesta no va a sonar a defensa. Me asusté y lo escondí. Pensé que decirte “quizá me vaya” podía convertirlo en lo primero que vieras cada vez que me miraras. Pensé que ibas a empezar a preparar la salida antes de que yo supiera si había una puerta.

La precisión del golpe me dejó quieta.

—Eso no es justo.

—No. Tampoco fue justo no contártelo.

Me crucé de brazos y el reloj se clavó contra el hueso de la muñeca. Cole esperó. No dijo que jamás me habría ido sin hablar. Los dos sabíamos que mi versión de prepararme para una pérdida consistía en producirla a una escala que pudiera controlar.

Tomé aire. Olía a café viejo y al limón de la cena que seguía en el cubo de basura.

—Estoy en la ronda final para Nueva York —dije.

Cole no cambió de postura. Solo dejó de frotarse la palma.

—¿Los viajes de la salida a bolsa?

—No. Otra cosa. Dirigir la expansión operativa. Nueve meses con base allí, quizá catorce. Equipo propio. Inicio a finales de junio o principios de julio.

El silencio fue lo bastante largo para que la trompeta completara la escala por primera vez.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.

—La lista corta, desde el martes. Los términos preliminares llegaron anoche. El lunes tengo que decidir si quiero la oferta completa.

Cole miró hacia la silla donde había dejado su chaqueta. Luego volvió a mirarme.

—Anoche me preguntaste por Rick.

—Sí.

—Y yo te pregunté si habías tenido un día horrible.

—Sí.

—Dijiste que había sido largo.

—Tú dijiste que no había nada cerrado.

La frase salió más rápida de lo que pude detenerla. Cole se pasó la lengua por el incisivo con funda, un gesto que ya sabía leer como el inicio de una respuesta que prefería morder.

—No quiero que esto se convierta en un empate —dijo.

—No intento empatar.

—Acabas de usar mi mentira para sostener la tuya.

—No te mentí.

—Yo tampoco dije una frase falsa. Ese es el problema.

Di un paso hacia la mesa. Alineé el teléfono con la veta de la madera y, al ver mis propios dedos, retiré la mano.

—No sabía si iba a llegar a la ronda final.

—Yo no sabía si San Diego iba a poner condiciones sobre la mesa.

—No quería obligarte a pensar en una mudanza que quizá no exista.

—Yo no quería obligarte a pensar en lo mismo.

—No es lo mismo.

Cole inclinó la cabeza.

—Explícame por qué.

Abrí la boca. Tenía argumentos: su contrato acababa, mi puesto seguía en Seattle, él había permitido que un agente y un club avanzaran mientras yo confundía discreción con inexistencia. Todos eran ciertos. Ninguno borraba el correo guardado en mi teléfono.

—No lo es en los detalles —dije—. En lo demás, se parece demasiado.

Cole se sentó otra vez, esta vez en la silla junto a la mesa. La cama quedó sin hacer detrás de él, la sábana torcida hacia mi lado. Consultó la hora en su reloj.

—Tengo que salir en treinta y cinco minutos.

—No voy a terminar esta conversación porque tienes un partido.

—No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo cuánto tiempo tenemos antes de que el entrenador mande a alguien a sacarme de aquí.

Tomé la otra silla. La madera estaba fría bajo mis piernas desnudas.

—Quería tener algo completo antes de contártelo —dije—. Fechas, condiciones, una propuesta que mereciera alterar la semana. Pero cuando llegó, pensé en tu hombro, en el partido, en que no era una buena noche. Elegí esperar.

—¿Para cuidarme?

La pregunta no llevaba sarcasmo. Eso la volvió más difícil.

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Miré mis uñas. El granate se había desprendido en el índice hasta dejar una media luna desnuda.

—No quería saber qué ibas a pedirme.

Cole apoyó los codos en las rodillas.

—No tenía derecho a pedirte que rechazaras Nueva York.

—Lo sé. Pero podías pedirme que pensara en nosotros mientras decidía. Y yo no sabía si iba a resentirte por hacerlo.

La frase me raspó la garganta. La dejé allí, sin corregirla.

Cole se quedó inmóvil. Luego preguntó:

—¿Quieres ir?

—Quiero que me hagan la oferta.

—No es lo mismo.

—Es la respuesta que tengo.

Él asintió. La aceptó sin exigir una versión más limpia.

—Yo quiero una propuesta que Seattle tenga que mirar —dijo—. No sé si quiero San Diego. Sé que no puedo terminar la temporada esperando a que mi cuerpo pierda valor para negociar.

La rabia se aflojó lo suficiente para dejar sitio a otra cosa. No alivio. El mapa seguía teniendo dos costas.

—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunté.

Cole miró la hora otra vez y se levantó.

—Ahora voy a jugar. Después, si todavía quieres verme, hablamos hasta que tengamos una respuesta que no sea esconder los teléfonos.

—¿Y si no la encontramos?

Tomó la chaqueta con la mano derecha.

—Entonces al menos lo sabremos los dos.

No era consuelo. Por eso le creí.

* * *

El hombro empezó a latirme antes de que terminara la primera mitad.

En el vestuario, durante el descanso, la fisioterapeuta me pegó una tira nueva de cinta desde el pecho hasta la espalda y me dijo que no intentara convertirme en mártir.

Marcus, sentado en el banco de enfrente, sugirió que ya era tarde para intervenir sobre mi personalidad.

Le lancé una toalla. Fallé por medio metro.

Ganamos por cuatro puntos. Reyes anotó en la esquina después de recibir el balón con los codos exactamente donde debían estar, y yo acabé el partido con pasto dentro de una media y un moretón que iba a ponerse feo sobre la cadera.

En el túnel, Tessa me apartó de dos periodistas que querían preguntar por San Diego.

—Sin comentarios sobre conversaciones contractuales —dijo antes de que yo abriera la boca—. Rick puede odiarme en horario de oficina.

—Gracias.

—No me lo agradezcas. Solo no publiques una ubicación desde el aeropuerto de San Diego y estaremos bien.

La broma no me hizo gracia. Tessa lo notó y no trató de arreglarla.

Kate no había ido al estadio. Tampoco se lo había pedido. Cuando encendí el teléfono después de ducharme, encontré un mensaje suyo.

Kate: Termina tu trabajo. Hablamos en tu casa.

Leí la frase dos veces antes de responder.

Cole: Salgo en veinte. La puerta trasera se atasca si llegas primero.

Kate: Anotado. Parece una metáfora y la ignoraré por respeto.

La camioneta olía a cinta deportiva, cuero mojado y las papas fritas que Reyes había derramado la semana anterior. Conduje hasta Seward Park con la ventanilla abierta un centímetro para no dormirme. La lluvia había parado. Entre las nubes quedaba una franja clara sobre el lago.