Donde aterrizamos Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Nos refugiamos en un rincón de la cocina, junto a los frascos de té que nadie usaba. Priya partió un panecillo por la mitad y me pasó la porción menos cubierta de glaseado.

—Diane salió de una reunión con esa cara de “he decidido algo, pero voy a obligarte a sufrir cuarenta y ocho horas antes de decírtelo”. ¿Cómo fue?

Mastiqué. La canela me dejó una capa seca en la lengua.

—Quieren que siga en el proceso para Nueva York.

—Eso ya lo sabía. Quieren enviarte a construir un imperio de derivaciones con más metros cuadrados y peor pizza. ¿Qué pasó en realidad?

Miré los bordes de la bolsa de papel. Estaban marcados por la mantequilla.

—Nueve meses. Quizá catorce. No los viajes de la salida a bolsa. Estar allá.

Priya no dijo nada durante un momento. Se limpió un poco de glaseado del pulgar con una servilleta.

—Eso es grande.

—Es un comité. Todavía no es nada.

—Kate.

La forma en que dijo mi nombre era una mano en la nuca, no un reproche. Clavé la uña descascarada en la bolsa.

—Es una posibilidad. No quiero construir una conversación con Cole alrededor de una posibilidad que puede desaparecer el viernes.

—¿Cole sabe que existe esa posibilidad?

—Sabe que estoy trabajando en expansión. Sabe que viajo a Nueva York dos veces al mes.

—No te pregunté eso.

Doblé la servilleta una vez, luego otra.

—No.

Priya apoyó los codos en la encimera.

—No voy a darte una lección porque estás a punto de tirarme un panecillo. Pero decide si no se lo cuentas porque aún no es información o porque no quieres ver su cara cuando lo sea.

—Qué forma tan amable de arruinar un alimento horneado.

—Tengo muchos talentos.

El correo llegó a las seis y doce, cuando la mayor parte del piso se había apagado y las luces de los despachos vacíos convertían los pasillos en acuarios.

El comité quería llevarme a la ronda final.

Había un borrador de condiciones adjunto: base en Nueva York durante nueve meses, un equipo propio para contratar, una revisión al noveno mes que podía alargar la asignación cinco más.

El lunes debía decir si deseaba recibir la oferta completa.

Leí el documento de pie, junto a la impresora. Había estado esperando algo que pudiera medir. Fechas. Ciudad. Una cláusula de extensión. El tipo de información que transformaba una fantasía profesional en una caja que había que empezar a llenar.

Cole debería saberlo, pensé.

La frase se instaló con una precisión que no podía discutir.

Luego miré la hora. Él seguía en tratamiento hasta tarde antes del partido.

Yo no sabía si el hombro le dolía cuando levantaba el brazo, si Rick había vuelto a llamar, si esa tarde era una buena tarde para poner Nueva York entre los dos.

Podía escribirle: Tenemos que hablar. Podía escribir algo menos dramático.

Podía esperar a tener una oferta y no obligarnos a imaginar una vida que quizá no tendríamos que decidir.

Guardé el teléfono en el bolsillo.

Eso también era una decisión. Lo supe antes de apagar la luz de mi oficina.

* * *

El vecino de abajo practicaba una escala de trompeta cuando Cole llegó al tercer piso de mi edificio. Las notas subían por la escalera con una obstinación metálica. Abrí la puerta antes de que tocara por segunda vez.

—Si dices que te gusta la música, voy a dejarte en el rellano —dije.

Cole levantó una bolsa de comestibles.

—Traje fideos. Estoy dispuesto a negociar el resto de mis opiniones.

Tenía el pelo húmedo de la lluvia y una sombra de cansancio bajo los ojos.

La cinta no se veía bajo la camiseta gris, pero al colgar la chaqueta usó el brazo izquierdo con cuidado.

Registré el movimiento y no pregunté de inmediato.

Habíamos llegado a un lugar extraño en el que cuidar no significaba abrir una carpeta.

—Eso es inteligencia situacional —dije, dejándolo pasar.

En la cocina, la albahaca replantada con la tierra de Gene ocupaba el alféizar como una paciente en observación. Dos tallos nuevos asomaban junto a las hojas viejas. Cole se inclinó para mirarla mientras yo sacaba dos sartenes del armario.

—¿Está viva? —preguntó.

—No hagas preguntas que puedan ofenderla.

—Me parece más resistente que yo.

El modo en que lo dijo habría pasado por una broma si no hubiera sido tan breve. Puse una olla al fuego y esperé a que el agua empezara a temblar.

—¿Cómo fue la revisión? —pregunté entonces.

—Nada roto. Menos contactos hasta el sábado. El médico tiene una relación complicada con la diversión.

—Qué tirano.

—Inhumano.

Cole dejó los fideos sobre la encimera y abrió el refrigerador sin preguntar. Ese detalle, la naturalidad de sus manos entre mis estantes, me provocó un tirón leve bajo las costillas. Apoyé la palma sobre el borde frío de la cocina.

—¿Y Rick? —pregunté.

Cole sacó un limón y lo rodó bajo la mano derecha antes de cortarlo.

—Sigue siendo Rick.

No parecía una respuesta. Tampoco era una mentira que pudiera señalar con el dedo.

—Eso no responde nada.

—Ha hablado con gente. Yo he hablado con él. No hay nada cerrado.

Observé la espalda de Cole mientras picaba ajo. Los hombros anchos, la inclinación mínima con que protegía el lado izquierdo, el cuchillo subiendo y bajando sobre la tabla. Era fácil dejar que la frase bastara. Nada cerrado. Eso era lo que yo misma habría dicho sobre Nueva York esa mañana.

—Entendido —dije.

El agua hirvió. Eché los fideos y dejé que el vapor me humedeciera la cara.

Cole no añadió detalles. Yo no mencioné el correo.

Cocinamos con una coordinación torpe y conocida: él quiso colar la pasta antes de que encontrara el escurridor, le quité la cuchara de madera cuando amenazó con poner demasiada sal y, en un momento, nuestras manos se tocaron sobre el mango de la sartén.

Cole bajó la vista hacia mis dedos.

—¿Día horrible? —preguntó.

Pensé en Diane, en el documento abierto sobre mi escritorio, en la palabra base escrita junto a Nueva York. Podía contarle una parte sin explicar el resto. Podía decir que había entrevistado para algo. Podía hacer que él preguntara.

—Un día largo —dije.

Cole asintió, como si conociera el peso exacto de esa respuesta. No insistió. Besó el costado de mi frente, cerca de la sien, y siguió removiendo la salsa.

Comimos en la mesa pequeña junto a la ventana.

Afuera, los faros atravesaban la lluvia de Capitol Hill y la trompeta, por fin, había dejado de buscar la misma nota.

Cole contó que Reyes había llegado con dos zapatillas diferentes al vestuario y había intentado defenderse diciendo que ambas eran negras.

Me reí hasta que tuve que dejar el tenedor.

—Eso no es una defensa —dije.

—Se lo dijimos. Marcus propuso ascenderlo a instalación artística.

—Tu equipo necesita supervisión adulta.

—Te sorprendería cuánto cobran por eso.

El teléfono de Cole vibró sobre la mesa. Lo miró una vez y lo dejó boca abajo sin leer el nombre. Hice lo mismo con el mío. Los dos dispositivos quedaron entre los platos, oscuros y sin reclamarse.

Más tarde, Cole lavó mientras yo secaba, aunque se quejó de que era una tarea diseñada para castigar a la gente alta. Cuando terminó, se quedó de pie detrás de mí, sin tocarme todavía.

—¿Quieres que me quede? —preguntó.

La pregunta seguía importando. Me volví. Cole tenía una gota de agua en el antebrazo y el cansancio no había desaparecido de su cara, solo se había escondido bajo una sonrisa pequeña.

—Sí.

No dije: tengo que contarte que quizá me vaya a Nueva York. No dije: ¿con quién ha estado hablando Rick? Le pasé una mano por la nuca y lo besé con lentitud, lo suficiente para sentir cómo Cole aflojaba el peso sobre el hombro antes de rodearme la cintura.

Esa noche, ya con las luces apagadas, el celular vibró sobre la mesa de noche.

Pensé que sería Priya, una corrección tardía o un recordatorio del calendario. Cole dormía de espaldas a mí, con una mano abierta sobre la sábana. Tomé el teléfono para silenciarlo.

La alerta venía de una cuenta deportiva que seguía desde que Cole se había convertido en parte de mi vida.

Fuentes de la liga: San Diego avanza en conversaciones con Cole Callahan.

Contrato de dos años y opción del club para un tercero sobre la mesa.

Las partes esperan una llamada formal esta semana.

Había una foto de Cole saliendo de las instalaciones, tomada desde demasiado lejos.

Llevaba la misma chaqueta azul que había dejado colgada en mi recibidor.

Debajo, los comentarios se multiplicaban con avidez, gente que discutía ciudades, salario y lealtades como si ninguna de esas palabras tuviera un cuerpo dentro.

Leí el titular dos veces. Después abrí el hilo, aunque sabía que no encontraría nada que volviera menos real la primera línea. Rick había hablado con gente. No había nada cerrado.

Yo también tenía una carpeta con fechas, una ciudad y una posible extensión. También había decidido que no era momento de decirlo.

El celular se calentó en mi mano. Escribí: ¿Cuándo pensabas contarme lo de San Diego?

No pulsé enviar.

Miré a Cole, el perfil apenas dibujado por la luz de la calle. Luego borré el mensaje, dejé el teléfono boca abajo y me quedé despierta escuchando la lluvia contra el vidrio.