Donde aterrizamos Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

El ruido de los placajes subió desde el campo. Cole miró hacia Marcus, que estaba esperando su turno junto a un escudo azul. Reyes le decía algo al oído. Ninguno volvió la vista hacia mí.

—¿Estás bien con ellos aquí? —preguntó Cole.

La pregunta era directa. No escondía una solución detrás.

Podría haber dicho que sí y dejarla ahí. Era una respuesta eficiente. También era una mentira demasiado pequeña para merecer el esfuerzo.

—Estoy mejor que hace veinte minutos —dije—. No necesito que hagas nada.

—Entendido.

—Y si alguna vez hacen que esto se sienta distinto, te lo diré. No quiero que te adelantes a una conversación que todavía no existe.

Cole asintió.

—No me adelanto.

Tessa nos llamó para la foto de grupo. Me coloqué entre Sasha y una coordinadora de clínica que sostenía el mapa por un extremo.

Cole quedó dos personas más allá, junto a Marcus.

No nos tocamos. Cuando el fotógrafo pidió una toma más relajada, Marcus dijo algo que no alcancé a oír y Cole se rió.

Yo también. La cámara capturó el segundo antes de que pudiera decidir si mi cara estaba lista para aparecer en una publicación.

Por la tarde, Tessa me envió el enlace desde una cuenta del club.

La imagen llevaba un pie de foto sobre ocho circuitos, equipos locales y seguimiento después de las altas.

Mi sonrisa era pequeña, de verdad. Cole estaba al fondo, inclinado hacia Marcus, todavía riéndose de algo que no me concernía.

Nadie había escrito mi nombre fuera del programa. Nadie había preguntado nada más.

Guardé el teléfono en el bolso y volví a mi trabajo.

* * *

El sábado, Cole detuvo la camioneta junto al inicio del sendero de Rattlesnake Ledge y apagó el motor.

El estacionamiento estaba lleno de barro seco, vehículos con portabicicletas y dos perros que ladraban desde una camioneta vecina.

Más allá de la caseta de información, los cedros cerraban el camino con troncos húmedos y ramas bajas.

—Todavía podemos dar media vuelta —dijo Cole, con una mochila pequeña sobre un hombro.

Miré el letrero de la ruta. Dos millas de subida. Nada que no pudiera manejar. Mi cuerpo había tenido semanas más difíciles que una colina, pero no se lo dije.

—Me puse botas por una razón. No conviertas esto en una junta de decisión.

—De acuerdo. Solo estaba confirmando que la directora de operaciones no iba a demandarme por condiciones de terreno.

—La directora de operaciones ya detectó que tu plan de gestión de riesgos incluye una barra de cereal y exceso de confianza.

—La barra tiene frutos secos. Es un sistema completo.

Esa fue nuestra discusión de apertura. Me gustó que no necesitara esconder bajo ella nada más.

El sendero subía pronto, entre raíces gruesas y escalones de madera oscurecidos por la lluvia.

A los veinte minutos, el borde de mi camiseta se me pegaba a la espalda.

Olía a tierra mojada y a agujas de pino calentadas por un sol que apenas atravesaba las copas.

Cole caminaba a mi lado, no delante. Había ajustado el paso al mío sin anunciarlo.

No me ofreció agua a los tres minutos ni preguntó por mis piernas. Esperó hasta que me detuve junto a un banco de madera, saqué mi propia botella de la mochila y bebí.

—¿Te duelen las costillas? —pregunté.

Cole apoyó una mano sobre la correa de su mochila.

—Un poco. No lo suficiente para quejarme de forma interesante.

—Esa no era la pregunta.

—Lo sé. Van mejor. El fisio me dio permiso para caminar cuesta arriba con una mujer que parece capaz de romperle un silbato a un jugador profesional.

—Marcus se lo ganó.

—Marcus siempre se gana algo.

Seguimos. Los pájaros se llamaban desde algún lugar que no podía ver.

Una pareja bajó por el costado del sendero y nos cedió el paso; la mujer llevaba un bebé dormido contra el pecho.

No hice de esa imagen una prueba de nada.

La registré, como registraba una rama caída o una piedra suelta, y dejé que desapareciera cuando el camino dobló.

La pendiente final exigía manos y atención. La madera de una baranda estaba áspera bajo mi palma. Al sacar el pie de una raíz, la suela resbaló sobre musgo húmedo. Mi peso se fue hacia atrás antes de que lograra encontrar apoyo.

—¿Quieres mi mano? —preguntó Cole.

No intentó agarrarme sin esperar.

—Sí.

Su mano cerró la mía con firmeza, tibia y seca. Me ayudó a recuperar el equilibrio y la soltó cuando mis botas volvieron a asentarse sobre la tierra.

—Gracias.

—Para eso sirve tener manos grandes.

—Y aquí yo pensando que era para cargar ollas de sopa.

—Sigo sin haber traído sopa.

No sonó como una broma hecha para borrar algo. Solo como información compartida.

En la cima, el bosque se abrió de golpe.

El lago quedaba abajo, ancho y gris azulado, con una franja de luz sobre el agua.

Las laderas del otro lado se sucedían hasta una línea de nubes bajas.

El viento me enfrió la nuca húmeda y me trajo el olor limpio de las agujas de pino aplastadas bajo las botas de otros caminantes.

No había un lugar vacío para sentarse, pero encontramos una roca plana junto a un abeto joven. Cole dejó la mochila entre los dos y sacó dos mandarinas, no una comida organizada en recipientes etiquetados. Me dio una sin comentario.

La cáscara se quebró bajo mis uñas. El olor cítrico se me quedó en los dedos.

—Esto es bonito —dije.

Cole miró el lago, no mi cara.

—Sí.

—Y no lo digo porque tenga que justificar el trayecto.

—Me alegra oírlo. La montaña se toma muy mal las evaluaciones de desempeño.

Sonreí. Una sonrisa completa, tan poco vigilada que me dejó quieta durante un segundo.

El viento tiró de un mechón de mi pelo. Lo sujeté detrás de la oreja y miré a la gente que se movía por el borde del mirador: un grupo de adolescentes turnándose para una foto, un perro que se negaba a alejarse de una bolsa de comida, una mujer con un impermeable amarillo levantando la cara hacia el aire.

Nadie esperaba nada de mí. Nadie necesitaba que explicara qué clase de mañana estaba teniendo.

—No sabía si podía hacer algo así —dije.

Cole se volvió hacia mí.

—¿Subir una cuesta?

—No seas insoportable.

—Puedo intentarlo, pero no es mi mejor deporte.

—Me refiero a pasarlo bien sin pensar que estoy traicionando algo.

La pulpa de mandarina se me pegó al pulgar. La limpié contra la servilleta que había sacado de la mochila, una vez, dos veces. Cole no me quitó la mano. No llenó el espacio con la primera frase tranquilizadora que encontrara.

—No creo que estés traicionando nada —dijo al fin—. Creo que estás sentada en una roca comiendo una mandarina conmigo. Eso es suficiente para hoy.

La sencillez de la respuesta me apretó la garganta. Bajé la vista hacia nuestras botas. Las mías tenían barro en los cordones. Las de Cole estaban gastadas en la punta, como si hubiera intentado seguir jugando con ellas hasta que alguien se lo prohibiera.

—No quiero que todos nuestros planes sean por el embarazo o por la pérdida —dije—. Tampoco quiero fingir que no pasó. Solo...

—Solo quieres saber qué hacemos cuando no estamos arreglando una crisis.

Levanté la mirada. No le había dado esa frase. La había encontrado mirando su boca y luego el lago, como si fuera lo más difícil que iba a permitirle ver de mí.

—Sí.

Cole abrió la mano sobre la roca, entre los dos. Esperó.

Puse la mía encima. No tenía sentido estratégico. Eso ayudó.

—Hoy caminamos —dijo—. La próxima vez podemos hacer otra cosa. No hace falta decidir la temporada completa desde esta roca.

—Te agradecería que no usaras vocabulario de rugby para una conversación humana.

—Me estás pidiendo que cambie demasiado rápido.

La risa me salió con el viento. Cole cerró los dedos alrededor de los míos. No miró el teléfono cuando vibró en su bolsillo. No tuve que preguntarle quién era.

Bajamos despacio. A mitad del sendero, una llovizna fina empezó a caer entre las ramas.

No alcanzó a empaparnos, pero dejó puntos oscuros en los hombros de mi chaqueta.

Cole me ofreció su gorra cuando llegamos a una zona abierta.

La acepté. Me quedaba enorme y olía a detergente, pasto y algo que era solo él.

En el estacionamiento, me quité las botas junto a la puerta del acompañante y sacudí el barro de los calcetines antes de subir. Cole dejó la mochila en la caja trasera de la camioneta. Cuando se sentó al volante, no arrancó.

—¿Te gustaría cenar conmigo el miércoles? —preguntó.

Lo miré. Había una gota de lluvia colgada de la cicatriz de su ceja. En lugar de borrarla, apoyó las manos sobre el volante y esperó la respuesta.

El miércoles no era un chequeo, una reunión de trabajo ni una noche en la que uno de los dos necesitara que el otro sostuviera algo insoportable. Era una fecha en el calendario y una pregunta limpia.

—Sí —dije—. Pero esta vez se llama cita.

Cole sonrió, lento.

—Cita. Miércoles. Sin sopa.

—No hagas promesas que no puedas cumplir.

Me puse su gorra otra vez antes de que pudiera arrepentirme de estar sonriendo. Cole encendió el motor. El limpiaparabrisas apartó la primera capa de lluvia y la carretera se abrió delante de nosotros, húmeda y ordinaria.