Donde aterrizamos Capítulo 14
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Capítulo 14

Mi padre estaba debajo del tractor, insultando a una llave inglesa, cuando Kate abrió la puerta de mi camioneta.

El camino de grava había dejado una línea de polvo en los guardabarros y en la punta de sus botas.

Durante las dos horas desde Seattle habíamos hablado de la cena del miércoles —la primera que los dos habíamos llamado cita sin discutir la palabra— y de una panadería que ella había localizado en Cle Elum.

A Kate le indignaba que las tartas costaran más que una cena decente.

Ahora miraba el galpón de empaque, las hileras de manzanos detrás de él y el aspersor que giraba junto a la cerca.

El agua golpeaba las hojas con un ruido fino.

En el aire había tierra caliente, gasolina vieja y manzana caída.

—¿Tu padre siempre discute con la maquinaria? —preguntó.

—Solo con la que le cae mal.

—¿Y quién suele ganar?

—La maquinaria. Tiene mejores argumentos.

Kate soltó una risa y se ajustó la correa de la mochila. Llevaba vaqueros, una camiseta blanca bajo una chaqueta ligera y el pelo recogido sin el rigor de una mañana en Halcyon. La habían invitado a pasar un fin de semana, no a rendir una entrevista. Repetirme eso no ayudó demasiado.

—Papá —dije.

Una bota salió primero de debajo del tractor. Después apareció Gene, con una mancha de grasa en la muñeca y la expresión de quien acababa de descubrir que el mundo insistía en moverse sin consultarlo. Me miró a mí, miró a Kate y se secó las manos en un trapo que empeoró la situación.

—Llegaron —dijo.

—Ciertamente —contesté.

—No te hagas el listo.

Kate le tendió la mano antes de que yo encontrara una manera de intervenir.

—Kate Mercer. Gracias por recibirnos.

Mi padre le estrechó la mano con cuidado. No sonrió, pero se enderezó un poco.

—Gene Callahan. Si Cole te ofreció ayudarte con el equipaje, ignóralo. Su fisioterapeuta lo tiene en una bola de cristal desde que se fracturó las costillas. Yo lo haré.

—No se preocupe —dijo Kate—. Estoy al tanto de su informe de capacidad de carga.

La boca de mi padre hizo algo breve, casi una sonrisa. Fue tan rápido que pude haberlo inventado.

La puerta de la casa se abrió antes de que pudiera disfrutarlo. Mi madre salió al porche con un paño de cocina sobre un hombro y harina en la mejilla. Bajó los tres escalones sin prisa, pero sus ojos tomaron nota de todo: Kate, la mochila, mi mano todavía cerca de la espalda de Kate sin tocarla.

—Tú debes de ser Kate —dijo Joanne. Le dio un abrazo corto, dejando espacio para que Kate correspondiera o no—. Soy Joanne. Hay limonada en la cocina y nadie va a hacerte preguntas incómodas hasta que hayas bebido algo frío.

—Eso parece una norma familiar útil —dijo Kate.

—No siempre la cumplimos, pero nos gusta tenerla escrita en alguna parte.

Mi madre llevó a Kate hacia la casa. Kate miró atrás una vez, no porque necesitara rescate. Solo buscó mis ojos. Le levanté las llaves de la camioneta como una promesa absurda de que seguía allí. Ella negó con la cabeza y siguió a Joanne.

Mi padre señaló el tractor con el trapo.

—La correa está floja.

—Eso dijiste por mensaje.

—Entonces deja de conversar y tráeme la llave diecisiete.

La encontré en la caja de herramientas. El metal estaba tibio por el sol.

Me arrodillé junto a él y el dolor bajo las costillas me recordó que la fisioterapia no me había concedido una segunda temporada.

Mi padre no dijo nada al verme cambiar de postura.

Solo tomó la llave cuando se la pasé y aflojó dos pernos.

—¿La chica de Halcyon? —preguntó.

—Sí.

—La que sale en las fotos del programa del club.

—También.

—No pregunté si salen.

—No.

El silencio que siguió no era cómodo, pero tampoco necesitaba serlo. Detrás de nosotros, una puerta de malla golpeó una vez. Mi madre debía de estar moviendo platos en la cocina.

—Parece lista para decirte que no —dijo al fin.

—Sí.

—Eso no es malo.

—No. No lo es.

Apretó el último perno y se puso de pie con un gruñido bajo. Yo seguía agachado. Me ofreció el antebrazo y tiró de mí antes de que pudiera rechazarlo.

—No cargues cajas hoy —dijo.

—No pensaba hacerlo.

—Claro que sí.

No había afecto en la frase, al menos no de la clase que él reconocería. Me llevó hasta el galpón y señaló una carretilla vacía, como si acabara de demostrar una teoría.

* * *

Por la mañana, mi madre puso pan de masa madre sobre la mesa y mi padre abrió el periódico sin leerlo.

Kate tenía una taza de café entre las manos.

Había dormido en el cuarto de huéspedes, al final del pasillo, y yo había pasado la noche en mi habitación de adolescencia, donde las paredes todavía tenían marcas de la cinta que sostenía antiguos calendarios de partidos.

Ninguno de los dos había hecho del arreglo una conversación.

—Cole me dijo que trabajas en salud —dijo mi madre mientras cortaba una manzana para la avena.

—En operaciones. Paso mucho tiempo intentando que las personas no tengan que contar su historia cuatro veces para recibir ayuda.

—Eso suena agotador.

—También es más interesante de lo que parece en las reuniones.

Mi padre dejó el periódico a un lado.

—¿Y funciona?

Kate miró las rodajas de manzana, ordenadas sobre el plato con una precisión que no era casual.

—A veces. Cuando alguien no decide que una cifra bonita vale más que una puerta que realmente se abre.

—Las cifras bonitas no siempre representan calidad —dijo él.

—Exactamente.

Mi madre sonrió sobre la cafetera. Yo casi lo hice también. Kate me vio y alzó una ceja, como si acabáramos de sobrevivir a una prueba ridículamente específica.

Después del desayuno, Joanne me pidió que le llevara una caja de frascos al galpón de conservas. Kate se ofreció a ayudar. Mi padre señaló hacia los árboles antes de que yo pudiera decidir si la caja era demasiado pesada para las costillas.

—No —dijo—. Tú vas conmigo.

Su voz no dejaba mucho margen para la negociación. Caminamos entre las filas mientras el sol subía. Las ramas jóvenes tenían pequeñas bolsas de papel sobre algunos frutos. Más allá, dos trabajadores revisaban una manguera de riego. Las suelas se hundían apenas en la tierra húmeda.

Mi padre se detuvo frente a un manzano bajo, sujeto por dos estacas. A su lado había un hueco cubierto de astillas claras.

—¿Qué pasó aquí? —pregunté.

—Fuego bacteriano. Lo sacamos en invierno.

La palabra se quedó un momento entre nosotros. Mi padre pateó una piedra hasta dejarla junto al borde del riego.

—¿Vas a plantar otro? —pregunté.

—No en ese sitio. La tierra necesita tiempo. Y si pones un árbol nuevo donde el otro se enfermó, le das el mismo problema con raíces limpias.

No me miró al decirlo. Sacó una navaja del bolsillo y limpió con el pulgar la savia seca de una rama. El gesto era práctico. Eso lo hacía peor.

—¿Y este? —pregunté, señalando el árbol de las estacas.

—Lo injerté de un McIntosh viejo que plantó mi abuelo. No va a dar fruta buena enseguida. Primero tiene que agarrarse.

—Suena lento.

—Lo es.

No añadió que había cosas que no se arreglaban con fuerza ni con una respuesta rápida. No era su manera. Se agachó para tensar una de las cintas que sujetaban el tronco y después me entregó la navaja.

—Corta esa punta seca.

—¿Cuál?

—La que te está mirando.

Me habría reído si no hubiera sabido que lo decía en serio. Corté la rama indicada. Una gota de savia me quedó pegada al pulgar.

Cuando volvimos a la casa, Joanne y Kate estaban sentadas en el porche. Habían puesto los frascos junto a una silla y habían dejado de hablar en el segundo exacto en que nos vieron. Kate tenía las rodillas juntas y las manos alrededor de un vaso. Mi madre le tocaba el codo, sin apretar.

Joanne se levantó.

—Gene necesita que le ayudes con las cajas —le dijo a mi padre.

—No necesito—

—Las cajas, Gene.

Mi padre miró a Kate, luego a mí, y obedeció. Nunca había visto que la obediencia de mi padre sonara tan parecida a una puerta cerrándose con cuidado.

Me senté en el escalón de abajo. Kate no habló. El aspersor seguía girando al otro lado del huerto.

—No tienes que explicarme nada —dijo mi madre.

Kate levantó la mirada.

—No estaba explicando.

—Lo sé. Solo estaba intentando no hacerlo peor.

Eso le arrancó a Kate una exhalación que pudo haber sido una risa.

Joanne se sentó de nuevo, a una distancia que no invadía el banco.

—He vivido lo suficiente para saber cuándo una persona se mueve como si tuviera que pedir permiso para ocupar espacio —dijo—. No necesito saber por qué. Y no voy a preguntarte si no quieres decirlo.

Vi que Kate cerraba los dedos sobre el vaso. Esperé a que me mirara antes de acercar mi mano. Ella la buscó por sí misma y dejó los dedos entre los míos.

—Hemos tenido semanas difíciles —dijo al cabo de un momento.

Mi madre asintió. Nada más.

—Bueno —dijo Joanne—. Entonces pueden sentarse aquí todo lo que quieran. O podemos pelar manzanas. Ambas opciones están disponibles.

—¿Pelar manzanas es una trampa? —preguntó Kate.

—Solo si Cole se ofrece a usar un cuchillo.

—Eso es difamación —dije.

—Eso es historia familiar —respondió mi madre.

Kate apretó mi mano una vez y se puso de pie. Fue a la cocina con Joanne. No le expliqué a mi madre qué había pasado. No le di una versión con bordes limpios para que pudiera sentir que sabía cómo tratarnos. Dejé que Kate hubiera dicho exactamente lo que quería decir.

Antes de que nos fuéramos, mi padre apareció junto a la camioneta con una caja de manzanas y un saco pequeño de tierra para macetas.

—Para la albahaca —dijo, señalando a Kate.

—Mi albahaca no tiene salvación —dijo ella.

—La mía tampoco la tenía y sigue allí.

Kate tomó el saco con las dos manos y, por primera vez desde que llegamos, su sonrisa no tuvo que llegar con cuidado.

—Gracias, Gene.

Él hizo un gesto con la cabeza. Después abrió la puerta del copiloto para ella porque la camioneta era demasiado alta, y se alejó antes de que cualquiera pudiera convertirlo en una escena.

* * *