Donde aterrizamos Capítulo 12
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Capítulo 12

El mensaje de Kate llegó cuando todavía tenía la camiseta pegada a la espalda y una bolsa de hielo contra las costillas.

Kate: Te vi jugar. ¿Puedes venir mañana?

Marcus estaba a mi izquierda, con una toalla sobre los hombros, fingiendo que no miraba mi teléfono.

Reyes buscaba algo en su casillero con el volumen de un hombre que quería dejar claro que no estaba escuchando.

El vestuario olía a linimento, pasto húmedo y las hamburguesas que alguien había pedido para celebrar una victoria por dos puntos.

No respondí enseguida. No porque quisiera castigarla por los días de distancia.

No porque necesitara que formulara una invitación mejor.

La semana anterior habría escrito Voy y después habría parado en tres sitios: comida, farmacia, cualquier tienda que me permitiera llegar con las manos llenas y una excusa para no pensar en las costillas ni en el hueco que el partido no había tocado.

Yo: Sí. ¿Quieres que lleve sopa?

La respuesta tardó menos de un minuto.

Kate: No.

Yo: ¿A qué hora?

Kate: A las dos. Y no traigas sopa disfrazada de otra cosa.

Me reí por la nariz. Marcus levantó la vista.

—¿Buenas noticias? —preguntó.

—No hagas que tenga que definirlas.

—Qué manera tan romántica de evitar una respuesta.

Reyes cerró su casillero.

—¿Te vas a ir o vas a seguir ocupando todo el banco con esa costilla de lujo?

Les mostré un dedo sin mirarlos. No hubo más preguntas.

Eso también era algo que debía recordar antes de llegar al apartamento de Kate: Marcus y Reyes habían guardado silencio.

El problema no era que hubieran fallado.

El problema era que ella no había podido elegir si los dejaba entrar en esa parte de su vida.

* * *

Al día siguiente, a la una y cincuenta y ocho, estaba sentado en la camioneta frente al edificio de Kate, con las llaves en el contacto y las manos vacías sobre los muslos.

Había dejado el bolso de entrenamiento en casa.

No llevaba comida. No llevaba una lista en el teléfono.

Solo una botella de agua para mí, porque mi fisioterapeuta se ponía insoportable si la orina de un jugador parecía té helado, y mi cartera en el bolsillo trasero.

El hueco de la escalera olía a limpiador de limón. En el segundo rellano bajé la vista: la cinta asomaba bajo el cuello de la camiseta y el moretón amarillo junto a la clavícula. Me acomodé el cuello de la camiseta una vez. No ocultó nada. Tampoco tenía por qué hacerlo.

Kate abrió antes de que tocara el timbre por segunda vez.

Llevaba pantalón negro ancho, calcetines grises y una camiseta azul marino que le caía hasta medio muslo.

El pelo le llegaba suelto a los hombros.

Vi sus uñas antes que sus ojos: el esmalte granate había desaparecido de dos dedos y en el pulgar quedaba una media luna oscura.

Detrás de ella, la lámpara de pie encendida junto al sofá y la albahaca del alféizar hacían que la sala pareciera menos vacía que la última vez que estuve allí.

—Llegaste puntual —dijo.

—Tú dijiste dos.

—La puntualidad no es una cualidad moral, Cole.

—Eso se lo dices a la mujer que me citó a una hora exacta.

Una esquina de su boca se movió. No alcanzó a ser sonrisa, pero me dejó entrar.

Mi cuerpo conocía el camino: el perchero junto a la puerta, el pasillo corto, la mesa de la cocina con dos sillas. Colgué la chaqueta en el respaldo de una de ellas y me quedé de pie. Kate cerró la puerta. El clic del cerrojo llenó el recibidor.

—¿Cómo están las costillas? —preguntó.

—Hoy son un tema aburrido.

—Eso no contesta nada.

—Molestan. El médico dice que mejoran. Esa es toda la versión que tengo.

Kate asintió. No hizo la pregunta siguiente, aunque podía verla reuniéndose detrás de sus dientes. Se pasó el pulgar por el borde del reloj de oro, abierto sobre la mesa junto a una taza con manchas de café seco.

—No te invité para revisar tu ficha médica —dijo.

—Menos mal. Vine sin gráficos.

—¿Eso incluye mapas de calor?

—Solo guardo esos para las visitas importantes.

Esta vez sonrió de verdad, breve y cansada. Después señaló el sofá.

—Siéntate.

Lo hice, dejando espacio entre nosotros cuando se acomodó en el otro extremo. La tela del sofá se hundió bajo mi peso. En la repisa, una foto pequeña de Kate con Priya frente a un cartel de neón estaba inclinada hacia la pared. Kate la enderezó con dos dedos y dejó la mano sobre su rodilla.

No sabía cómo empezar. La frase tenía que llegar antes de que una caricia, un beso o una excusa para posponerla la convirtieran en otra cosa.

—Hay algo que debí decirte antes —dije.

Kate dejó de mover el reloj.

—Ese comienzo casi nunca anuncia que alguien lavó los platos.

—No lavé los platos. Y no traje sopa.

—Bien por ti.

—Le conté a Marcus y a Reyes lo del embarazo. Y lo de la pérdida.

El aire acondicionado arrancó con un zumbido bajo. Kate no apartó la mirada de mí, pero se puso muy recta.

—¿Cuándo?

—El martes, cuando llegué tarde al entrenamiento. Antes de que viniera a tu casa esa noche.

—¿Les dijiste mi nombre?

No había una forma elegante de responder. Tampoco debía haberla.

—Sí.

Kate bajó los ojos hacia sus manos. El pulgar encontró una zona de piel sin esmalte y la raspó con la uña del índice.

—¿Qué más les dijiste?

—Que eras Kate. Que habíamos tenido un embarazo. Que lo perdiste el domingo. Que no sabíamos qué íbamos a hacer antes de eso. Nada más.

—No necesito un inventario de daños.

—Lo sé. Te lo digo porque te debo la verdad completa.

Kate se incorporó y cruzó los brazos. La tela azul se tensó sobre sus codos.

—Lo hice porque no pude entrar al entrenamiento y hacer como si el lunes hubiera sido normal. Marcus preguntó. Reyes estaba ahí. Necesitaba decirlo en voz alta para no volverme loco.

—Está bien.

—¿Sí?

Kate miró la ventana. Afuera, un autobús frenó en la esquina y alguien subió una persiana metálica. La luz de la tarde le tocaba la mejilla, sin suavizarle el gesto.

—Priya también lo sabía.

—No voy a pedirte que hagas duelo solo. Sería cruel y también absurdo. Solo no quiero que mi historia circule por todas partes y encontrarme con una mirada de lástima cada vez que vea a alguien. Ni siquiera sé si merezco esa lástima; al fin y al cabo, ya había decidido no tenerlo.

—No va a circular —dije—. Marcus y Reyes no se lo han dicho a nadie, y yo no voy a contárselo a nadie más sin hablar contigo primero.

Kate no respondió enseguida.

—¿Por qué Marcus y Reyes? —preguntó al fin.

—Porque son los que me vieron ese día. Marcus me conoce desde hace años. Reyes estaba sentado a dos bancos de distancia y me miraba como si pensara que había chocado la camioneta contra una pared. No quería mentirles.

Kate soltó el aire despacio. No era perdón. Era cansancio, quizá. Se levantó y fue a la cocina. Yo no la seguí hasta que llenó dos vasos en el fregadero y me tendió uno desde la distancia que dejaba la barra.

—¿Quieres agua? —preguntó.

Era una pregunta sencilla. La acepté como si fuera más de lo que parecía.

—Sí, gracias.

El vaso estaba frío. Bebí y sentí que las costillas protestaban al inclinarme.

Kate apoyó la cadera contra la encimera.

—No tienes que pedirme permiso para tener gente que te quiera —dijo—. Sé que eso no es lo que estoy diciendo.

—Lo sé.

Kate pasó una mano por el cabello y la retiró rápido, como si el gesto hubiera revelado demasiado.

—Puedes hablar de tu pérdida —continuó—. Puedes decir que estabas triste, que te dolía, que no podías jugar bien. Puedes decir que hubo un embarazo y que se perdió, si necesitas nombrarlo. Pero si van a saber quién soy yo o qué parte de mí estuvo en esa historia, me lo preguntas antes. No después.

—Hecho.

Nos quedamos en la cocina sin hacer nada. La nevera vibraba. En algún apartamento cercano, una aspiradora golpeó dos veces contra un zócalo. El vaso de Kate dejaba humedad sobre la encimera. Mi mano quiso recoger una servilleta para secarla. La dejé quieta junto a mi costado.

—¿Te quedas? —preguntó.

—Sí.

—No significa que vayamos a tener una conversación perfecta.

—No sabría reconocer una si se sentara en mi regazo.

—Eso suena como un problema de rugby.

—Casi todos lo son.

Volvimos al sofá. Esta vez Kate se sentó a mi lado, no lejos, con una pierna doblada debajo de ella. Su rodilla tocó la mía a través de la tela. No la movió. Yo tampoco.

—La doctora dijo que físicamente todo seguía bien —dijo, mirando la foto de la repisa en lugar de mirarme—. Que podía volver a correr cuando tuviera fuerza. Que podía hacer... lo que quisiera cuando me sintiera lista. Me molestó que sonara tan simple.

—No tiene que ser simple.

—No. Pero tampoco quiero que todo lo que hago se convierta en una prueba de que estoy mal.

—No lo será conmigo.

Kate soltó una risa sin alegría.

—Tienes un historial reciente que sugiere lo contrario.

—Justo. Me toca ganarme esa frase con hechos, no discutirla.

La rodilla de Kate presionó la mía un poco más. La casa se me hizo demasiado pequeña para el recuerdo de las dos imágenes guardadas en su mesa de noche. No miré hacia el pasillo.

—¿En qué pensabas? —preguntó.

—¿Ahora?

—Antes. Cuando sabíamos que había un latido y seguíamos fingiendo que no teníamos que pensar más allá de la próxima cita.

Me senté más derecho. No por las costillas. Porque la pregunta merecía que no la respondiera con una frase cómoda.

—Pensaba que tenía que renovar el suelo del cuarto de atrás —dije al cabo de un momento—. La madera hace ruido cada vez que alguien cruza por ahí. Me imaginé a un bebé dormido y a mí tratando de caminar como un ladrón por mi propia casa. Y pensé que quizá movería el banco de pesas al garaje.

Kate se quedó mirando mis manos.

—Eso es muy específico.

—No sé hacer esperanzas vagas. Me sale peor que la sopa.

—No hables mal de la sopa. Solo de la forma en que la convertiste en infraestructura crítica.

—Justo.

La broma se instaló un segundo entre los dos. Luego Kate tomó el borde de su camiseta.

—Yo busqué guarderías.

No dije nada.

—Tres. Cerca de la oficina, cerca de aquí y una que tenía una lista de espera absurda. Me enfureció la lista de espera. Como si un bebé fuera a llegar con un calendario de proyectos y alguien hubiera olvidado incluirme.

—¿Te gustaba alguna?

—Una tenía un patio feísimo y parecía muy segura. La descarté porque me irritó que el formulario preguntara por alergias antes de que yo pudiera llenar el nombre.

—Suena como un sistema defectuoso.

—Era un sistema defectuoso.

La sonrisa se le quebró enseguida. Kate se llevó una mano a la boca. No apartó el rostro cuando las lágrimas empezaron a caer, pero tampoco intentó convertirlas en una conversación clara. Me quedé donde estaba.

—No significa que quería hacerlo —dijo—. No significa que ya hubiera cambiado de opinión.

—Lo sé.

—Significa que una parte de mí miró hacia adelante. Y ahora me siento como si hubiera perdido a alguien y como si hubiera perdido una versión de mi vida que todavía no había aceptado. Las dos cosas al mismo tiempo. Es insoportable.

—Puedo entender las dos cosas. No necesito escoger una por ti.

Kate bajó la mano. Sus ojos estaban rojos, las pestañas húmedas.

—¿De verdad?

—De verdad.

No le prometí que iba a saber hacerlo siempre. Las promesas de ese tipo me estaban empezando a parecer una forma elegante de pedir perdón por adelantado.

Kate se acercó hasta que su hombro tocó el mío. Tenía la piel fría en el antebrazo. Esperé. Ella miró mi boca. Después me miró a los ojos.

—Quiero besarte —dijo—. ¿Te parece bien?

La pregunta me dejó la garganta seca. Apoyé una mano, abierta, sobre el sofá entre los dos.

—Sí. Mucho. Pero si cambias de idea, aunque sea a mitad de una frase, paramos.

—No quiero que me hables como si pudiera romperme.

—No lo hago. Te hablo como si pudieras decidir.

Kate miró mi mano. La tomó y entrelazó sus dedos con los míos.

—Entonces bésame, Callahan.

La besé despacio. Primero con la boca cerrada, solo el roce tibio de sus labios y su respiración corta contra mi cara.

Cuando ella me agarró de la nuca, respondí con más presión.

Su pulgar tocó la cicatriz sobre mi ceja.

El contacto me hizo inclinarme hacia ella hasta que las costillas me recordaron que seguían allí.

Kate se apartó unos centímetros.

—¿Te hice daño?

—No. Me recordaste que tengo cuerpo, que es distinto.

—Qué concepto revolucionario.

—Estoy aprendiendo mucho esta semana.

La risa le salió pequeña, pero se quedó.

Me besó otra vez, con menos cuidado del que había usado para preguntar.

No era prisa. Era hambre, y yo la reconocí porque también la tenía: la de su boca, la de que volviera a elegir acercarse, la de no convertir ese deseo en una obligación de llegar a ninguna parte.

—¿Quieres ir al dormitorio? —pregunté cuando su frente descansó contra la mía.

Kate tragó. Sus dedos permanecieron en mi cuello.

—Sí. Pero aún no puedo...

—Iremos despacio.

—Solo besos. Como si estuviéramos en la secundaria.

—Hace años que no hacía algo tan emocionante.

Se puso de pie y tiró de mi mano. En el pasillo, la luz de la sala quedó atrás.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta.

La cama tenía una colcha gris, estirada hasta las almohadas, y una camisa suya colgaba del respaldo de la silla.

Kate cerró la puerta con la punta del pie antes de volver hacia mí.

Se sentó en el borde de la cama y me hizo sitio a su lado. La besé sin quitarle la camiseta ni llevar las manos más allá de su cintura. Kate me sostuvo por la nuca y marcó el ritmo. Cuando el deseo se le mezcló con un llanto breve, detuve la boca y esperé hasta que levantó la cabeza.

—No estoy triste porque estés aquí —dijo.

—No necesito que lo aclares.

—Yo sí.

Asentí.