Capítulo 11
La primera sonrisa del día se me quedó pegada en la cara cuando Diane dijo que el consejo había aprobado la hoja de ruta.
No era una noticia mala. La pantalla de la sala de conferencias mostraba el calendario de implementación con sus bloques azules, las flechas de derivación y el presupuesto que Sasha y yo habíamos defendido durante tres semanas.
Había vasos de agua junto a cada carpeta, una jarra de café que olía a quemado y el reflejo de la lluvia sobre las ventanas del piso veintidós.
Priya estaba sentada al fondo con su portátil abierto.
Diane permanecía de pie junto a la pantalla, una mano en el bolsillo de su pantalón gris.
—El consejo quiere que empecemos en junio —dijo Diane—. Eso significa que las primeras contrataciones y los acuerdos con las clínicas deben estar listos antes del quince de mayo.
Sonreí otra vez. Esa fue la segunda.
—Lo estarán.
Sasha me miró desde el otro extremo de la mesa. Llevaba un vestido verde oscuro y un lápiz atravesado en el moño. Tenía una página llena de anotaciones, aunque conocía las cifras mejor que cualquiera en esa habitación.
—Siempre que no convirtamos el programa de intérpretes en una nota al pie —dijo—. La red no funciona si el seguimiento solo ocurre en inglés.
—No lo haremos —respondió Diane—. Kate, quiero que presentes la secuencia de contratación.
La tercera sonrisa era para la sala. Ya no quedaba ninguna para mí, así que dejé de contar.
Me puse de pie. El borde de la mesa me tocó la rodilla al salir y el pequeño golpe me ayudó a recordar dónde estaba.
Tenía las tarjetas con los puntos principales ordenadas frente al portátil: coordinadores comunitarios, soporte telefónico, acuerdos de datos.
Las había escrito la noche anterior después de dormir dos horas y media, cuando el radiador empezó a golpear y la trompeta del vecino todavía no había comenzado con sus escalas.
—Los primeros doce contratos no se van a repartir por volumen —dije—. Vamos a priorizar los vecindarios donde ya existen socios que puedan recibir derivaciones en cuarenta y ocho horas. Si contratamos antes de asegurar esos circuitos, vamos a crear una lista de teléfonos, no una ruta de cuidado.
El director financiero, al que solo veía en reuniones donde había que defender cada dólar dos veces, inclinó la cabeza.
—¿Y si no llegamos al número de centros en mayo?
—Reducimos el despliegue, no el modelo. Prefiero empezar con ocho centros que funcionen a anunciar quince y dejar que la gente se pierda entre sistemas.
La respuesta salió limpia. Mi voz no tembló. Ni siquiera cuando una oleada de calor me subió desde el cuello hasta las sienes y dejó la tela de la blusa pegada a mi espalda.
Diane asintió.
—Eso es lo que quería oír.
Anotado. Suficiente para la sala.
El resto de la reunión se llenó de preguntas que sí sabía responder.
Fechas de formación. Licencias de software.
Quién iba a firmar la primera versión de los acuerdos con los hospitales.
Cada respuesta era una puerta con una cerradura y yo tenía la llave correcta.
Me aferré a ese mecanismo con una gratitud tan intensa que me dieron ganas de llorar.
No lo hice.
Cuando terminamos, el director financiero cerró su carpeta y miró a Diane.
—La vicepresidenta Mercer tiene buen pulso para esto.
—Lo tiene —dijo Diane.
Mi cuarto intento de sonrisa fue más fácil. Duró lo necesario. Nadie notó que, debajo de la mesa, tenía el pulgar hundido contra el cierre de mi reloj hasta dejar una marca en la piel.
Las sillas comenzaron a moverse. Priya recogió sus cables. Sasha se acercó con una pila de documentos contra el pecho.
—La página dieciséis necesita que alguien revise el orden de las fechas —me dijo en voz baja—. Hay dos hitos de mayo que se pisan.
—Lo veo esta tarde.
—No tienes que hacerlo sola. Puedo encargarme de los proveedores si quieres.
La oferta era razonable. Precisamente por eso me irritó.
—No hace falta.
Sasha no cambió la expresión. Solo me entregó las páginas.
—Entonces te mando mis notas. No tienes que responder hoy.
Se alejó antes de que pudiera pedirle perdón por un tono que ni siquiera había usado. Yo acomodé los documentos con los bordes perfectamente alineados. Uno, dos, tres golpes contra la mesa. Cuando terminé, seguían siendo papeles. No una cuerda. No una salida.
Diane esperó a que Priya se marchara para cerrar la puerta.
El sonido del pestillo me dejó tensa antes de que pudiera disimularlo.
—No estás en problemas —dijo.
—Eso suele ser lo que dice la gente antes de explicar por qué sí lo estás.
La boca de Diane se movió apenas. No llegó a una sonrisa.
—Estás haciendo buen trabajo. El consejo también lo ve. Pero llevas dos semanas entrando antes que todos y saliendo después que casi todos. Te fuiste de una reunión con Manhattan el jueves sin avisar a nadie. Ayer corregiste un presupuesto a las dos de la mañana.
—El presupuesto estaba mal.
—No dudo de que lo estuviera.
La lluvia golpeaba el vidrio con un sonido fino, constante. Diane se sentó en la silla frente a mí. No era un gesto de superioridad. Era peor: parecía que estaba intentando hablar conmigo como con una persona y no como con una pieza del calendario.
—Cuando te pedí que lideraras esto, no te pedí que demostraras que podías hacerlo sin cuerpo, sin horarios y sin que nadie te cubriera un día. Necesito saber que podrás sostener la exposición que viene.
El aire acondicionado sopló sobre mis antebrazos. Tenía calor y frío al mismo tiempo, una estupidez del cuerpo que se negaba a elegir un único mensaje.
—Puedo sostenerla.
Diane me observó un momento.
—Bien. Entonces no me obligues a adivinar cuándo estás llegando a tu límite.
La frase no era cruel. Venía acompañada de un compromiso: si yo decía que necesitaba dos días, ella encontraría a alguien para firmar las facturas.
Si yo decía que no podía viajar, movería una reunión.
El problema era que tenía que decirlo. Y para decirlo tendría que admitir que había algo que gestionar, algo más que una mala semana y un sueño insuficiente.
—No volverá a pasar —dije.
Diane no pareció satisfecha, pero aceptó la respuesta.
—A las tres necesitamos tu versión final del cronograma para Nueva York. No tienes que prepararla ahora. Almuerza primero.
—Claro.
Se levantó. Cuando llegó a la puerta, añadió:
—Kate, el puesto no se vuelve menos tuyo porque alguien vea que estás cansada.
Esperé a que saliera. Después miré la pantalla apagada de la sala de conferencias hasta que mi cara dejó de parecerse a la de alguien que podía sostener una conversación más.
* * *
El baño del piso veintidós tenía cuatro cubículos, dos lavabos y un espejo largo que hacía imposible ocultarse si entraba alguien.
Elegí el último cubículo, cerré la puerta y bajé la tapa antes de sentarme.
La cerradura era de metal barato. La moví dos veces.
A la tercera, mis dedos dejaron de obedecer.
No estaba sangrando. Eso era lo que me había repetido desde la revisión de First Hill, como si el final del sangrado fuera una aprobación final.
La doctora Mehta había dicho que el cansancio y los cambios de ánimo podían tardar.
Había usado palabras más médicas que no anoté porque no cabían en ninguna casilla útil.
Nadie me había explicado que una mañana podía empezar con una sala llena de adultos asentando ante tus ideas y terminar con el corazón acelerado frente a un dispensador de toallas de papel.
Abrí el bolso. Saqué el teléfono. Tenía un mensaje de Priya.
Priya: Estoy abajo. ¿Te traigo algo que no sea café de máquina?
El nombre de Cole estaba tres conversaciones más abajo. Después del control del jueves, le había escrito que físicamente estaba bien y que necesitaba unos días. Él respondió: Tómate el tiempo. Estoy aquí. No volvió a insistir.
La pantalla se volvió borrosa. Pensé que era una notificación. Luego una gota cayó sobre el teléfono.
Me llevé las manos a la cara. El primer sollozo salió con un ruido seco, feo, imposible de confundir con una alergia.
Me cubrí la boca y aun así siguió. Me doblé sobre mis rodillas.
El suelo tenía un mosaico gris con manchas de humedad junto a la base del inodoro; fijé la vista en una línea de lechada hasta que se partió en dos por las lágrimas.
No lloraba por lo que Diane acababa de decir ni por el correo de Nueva York que esperaba a las tres.
Lloraba porque había comprado una crema facial nueva y el olor a cítricos me había dado náuseas esa mañana.
Porque el domingo había dejado de usar las toallas grandes que recomendaba la clínica y seguían dos paquetes enteros en el estante de abajo.
Porque el reloj de mi abuela estaba apretado contra mi muñeca y yo no podía abrirlo sin pensar en el ocho de abril, cuando Cole había esperado a que le diera mi mano.
El teléfono vibró otra vez.
Priya: ¿Kate?
No contesté. La culpa por preocuparla ocupó un lugar limpio y práctico en mi cabeza. Era más fácil que cualquier otra cosa. Abrí el grifo cuando por fin pude ponerme de pie. El agua fría me cruzó las muñecas. Me lavé la cara, sequé el borde del teléfono con papel y escribí:
Yo: Lo siento. Me sentí mal. Ya bajo.
Priya: No te disculpes. Estoy en el ascensor.
La puerta del cubículo se abrió antes de que pudiera responder. Priya entró con una bolsa de papel arrugada en una mano y dos tés helados en la otra. Llevaba zapatillas blancas, pantalón ancho y una camisa azul que hacía parecer que no había pasado tres horas pegada a una hoja de cálculo.
Se detuvo al verme. No dijo estás bien. Era una de las razones por las que seguía siendo mi amiga.
—Traje arroz con verduras —dijo—. El local de abajo me aseguró que no tiene personalidad.
La risa se me escapó convertida en hipo. Me odié un poco por eso. Priya dejó la bolsa sobre el lavabo y soltó los tés.
—No tienes que comerlo ahora.
—Diane cree que debería almorzar.
—Diane tiene razón sobre muchas cosas. No le demos un trofeo por una.