Capítulo 10 #2
—No voy a responder correos por ti —dije, más alto de lo que quería—. Ni voy a llamar a tu jefa. Pero no puedo fingir que esto es una mañana cualquiera.
Kate se quedó de espaldas a mí en el rellano. El hueco de la escalera olía a polvo húmedo y a la basura que alguien había sacado demasiado pronto.
—No te he pedido que finjas nada, Cole —dijo—. Te he pedido que pares.
Bajó un escalón. Luego otro. La puerta del edificio se cerró con un golpe opaco y yo seguí de pie en su sala, sosteniendo las cuarenta horas como si fueran algo que podía usar para impedir que se fuera.
A las siete, envié un mensaje al entrenador.
Iba a llegar tarde. A las ocho, Priya contestó que Kate había llegado a la junta y que el material estaba cubierto.
También me pidió que no construyera una guardia alrededor de Kate.
No le pregunté cómo la había visto. A las ocho y diez abrí una nota nueva y escribí: martes, llevar comida; miércoles, llamada de terapia; jueves, clínica.
La releí. Parecía un plan de rehabilitación para un hombro lesionado.
La borré. Luego la escribí otra vez en papel, porque las manos me picaban si no hacían nada.
Cuando llegué a Georgetown, el entrenamiento ya había empezado. El pasto olía a tierra cortada y el rocío me subió por los calcetines en la primera carrera. El entrenador no me preguntó por qué había llegado tarde. Me asignó ejercicios de contacto ligero y me gritó que dejara de anticipar el pase.
No podía. Cada vez que Reyes amagaba a la izquierda, yo veía una ruta posible antes de que él la eligiera. Cada vez me equivocaba.
—Callahan —dijo el entrenador al final—. Ducha. Sala de vídeo. Y come algo que no venga en un vaso.
Asentí. No tenía energía para fingir que el comentario era nuevo.
Marcus me encontró junto a mi casillero, todavía con el barro seco en los tobillos.
Había sacado una camiseta limpia, pero no me la había puesto.
Reyes estaba dos bancos más allá, quitándose la cinta de los dedos.
La música de alguien sonaba detrás de una puerta cerrada y el vapor del baño de hielo se colaba por el pasillo.
—¿Qué pasó? —preguntó Marcus.
—Nada que afecte al equipo.
Marcus recogió una venda del banco y la enrolló entre los dedos. No se fue.
—No te pregunté por el equipo.
Miré el nombre de mi camiseta cosido sobre el casillero. CALLAHAN. Letras negras sobre una placa azul. Había mil formas de rodear la frase. Podía decir que Kate tenía una emergencia, que estaba fuera, que me había quedado sin dormir. Ninguna era cierta de una manera que sirviera.
—¿Te acuerdas de la mujer con la que salí del Huxley?
Marcus dejó de enrollar la venda.
—Sí.
—Se llama Kate. Volvimos a vernos unas semanas después porque me llamó. Estaba embarazada. No se lo habíamos dicho a nadie y todavía no sabíamos qué íbamos a hacer. Lo perdió el domingo.
Reyes se quedó con una tira de cinta colgando entre las manos.
El ventilador industrial siguió haciendo su ruido de motor viejo. Marcus apoyó la mano sobre mi hombro izquierdo, con cuidado de no rozar el costado vendado.
—Lo siento, hermano.
Asentí. Tragué una vez, pero la garganta siguió cerrada.
—No tenía idea —dijo Marcus.
—Nadie lo sabía. Íbamos a hablar después del siguiente control y ahora... —Tuve que sentarme para terminar—. Ahora ya no hay nada que decidir.
Reyes enrolló la cinta sobre sí misma y la dejó en el banco.
—No voy a decir nada —dijo.
—Yo tampoco —añadió Marcus.
Marcus retiró la mano. No me pidió detalles. No dijo que sabía cómo me sentía. Se sentó a dos metros de distancia, en el banco de enfrente, y se quedó allí hasta que terminé de cambiarme.
* * *
La luz de la cocina de Kate estaba encendida cuando llegué a su edificio esa noche.
Había comprado sopa de un lugar tailandés en vez de cocinar.
La bolsa de papel me calentaba los dedos a través de la humedad de la calle.
Subí los tres pisos sin mandarle mensaje.
En el segundo descanso pensé que eso también era una forma de decidir por ella y me detuve.
El teléfono vibró antes de que pudiera escribir.
Kate: Estoy en casa. Necesito mi bolso. Creo que lo dejé en tu camioneta.
Yo: Estoy afuera con él.
Pasaron casi dos minutos. La cerradura giró. Kate abrió apenas lo suficiente para tomar el bolso, pero la bolsa de comida y mi hombro ocuparon el resto del marco.
Llevaba la misma blusa que por la mañana, ahora arrugada en los codos. El broche del reloj estaba cerrado. Tenía la cara lavada y una mancha roja cerca de la nariz, como si se la hubiera frotado durante horas.
—Gracias —dijo, agarrando el bolso.
—Traje cena.
—No te pedí cena.
—Lo sé. Puedo llevármela.
Kate miró la bolsa. Luego se hizo a un lado.
—Cinco minutos.
La cocina estaba igual que al amanecer, salvo por la hoja de terapeutas encima de la mesa.
Kate la había sacado de debajo del frutero.
Una taza sin lavar tenía un aro oscuro junto al fregadero.
Sobre la encimera, los recipientes que yo había preparado seguían cerrados, con trozos de cinta adhesiva donde había escrito las horas.
No recordaba haber dejado las etiquetas a la vista.
Kate tocó una con la punta de un dedo.
—¿Qué es esto?
—Comida. Para que no tengas que decidir cada vez.
—¿Y esto? —Levantó la hoja.
—Terapeutas. No tienes que llamar a nadie.
—Pero ya encontraste el horario, el seguro, las reseñas. Ya llamaste a Priya para saber qué puedo comer. Ya contaste las horas. ¿Qué sigue, Cole? ¿Un calendario pegado al refrigerador?
Puse la bolsa de sopa sobre la mesa. El vapor escapó por una esquina y dejó un círculo de humedad en el papel.
—Estoy intentando que no cargues con todo sola.
—No. Estás poniendo todo en orden para que tú puedas soportarlo.
La frase me atravesó con una exactitud que me dejó un segundo sin respuesta. Kate no apartó la vista. Sus dedos habían arrugado el borde de la hoja de terapeutas.
—No puedo ver cómo sufres y quedarme sin hacer nada —dije.
—Eso no es lo mismo que ayudarme.
—¿Qué es ayudar, entonces? Dímelo y lo hago.
Kate dejó la hoja sobre la mesa con más cuidado del que merecía.
—No puedes convertir esto en una lista de opciones.
—Entonces explícame qué hacer.
La respuesta salió más dura de lo que quería. Kate cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, el color ya le había subido por el cuello.
—No lo sé. Ese es el problema.
El comedor del vecino se oyó a través de la pared: una silla que raspaba el suelo, una voz infantil preguntando algo que no alcancé a entender. Kate miró los recipientes etiquetados y luego la hoja de terapeutas.
—Antes del domingo ya sabía que un bebé no encajaba en mi vida —dijo—. No te lo había dicho. Seguía aplazando la conversación hasta la próxima ecografía porque era más fácil que decirlo en voz alta.
No me moví. La humedad de la bolsa de sopa me enfriaba los dedos.
—Cuando la doctora dijo que lo había perdido, sentí alivio —continuó—.
Solo un segundo. Ya no tendría que decírtelo ni tomar una decisión que podía cambiarlo todo.
Después vi la pantalla apagada y... —Se apretó una mano contra el estómago—.
Creí que saber que no quería un bebé ahora haría esto más fácil. No lo hizo.
Dejé la bolsa sobre la encimera. El papel cedió bajo una de las asas, pero la sostuve antes de que cayera.
—No sabía que ya lo habías decidido.
—Yo tampoco quería saberlo. —Kate pasó el pulgar por la uña granate descascarada—. Y ahora no puedo controlar lo que hace mi cuerpo ni lo que siento por lo que perdí. Esto me desestabilizó mucho más de lo que esperaba.
Kate sostuvo mi mirada.
—Y he sido grosera contigo. Lo siento.
—No tienes que disculparte por pedirme que pare.
—Por eso no. Por tratarte como si fueras otro problema que tenía que sacar de mi apartamento.
Me senté en la silla de enfrente, sin acercarla.
—Yo te traté como un problema que podía resolver con comida y horarios.
—Me cuesta delegar hasta una hoja de cálculo —dijo Kate—. Esto... no sé cómo pedir ayuda. Cuando no tengo el control, me siento perdida. Y ahora ni siquiera sé si estoy triste de la forma correcta.
—No hay una forma correcta.
—Lo sé en teoría.
La frase habría sido una broma en otra semana. Esa noche terminó con su voz rota. Kate abrió el broche del reloj y dejó la muñeca sobre la mesa.
—No sé dónde poner lo que te duele —dijo.
—No tienes que ponerlo en ningún sitio. Solo necesito poder decir que me duele.
Kate asintió.
—Entonces dilo.
Miré la hoja de terapeutas, las etiquetas y la sopa que había vuelto a llevar sin preguntarle. Todo lo que había usado para no pronunciar una frase sencilla.
—Me duele —dije—. Y estoy perdido también.
El radiador golpeó una vez. Kate dejó la mano abierta sobre la mesa, cerca de la mía.
—No quiero estar sola esta noche —dijo—. Pero no hagas nada. No prepares nada. No me preguntes qué necesito durante un rato.
—Puedo hacer eso.
No tomé su mano. Me quedé sentado frente a ella, con las manos vacías sobre la mesa.