Capítulo 10
La primera vez que Kate me pidió que no entrara al baño, tenía una olla de sopa apagándose sobre su cocina.
—¿Quieres agua? —pregunté desde el pasillo.
—No.
—¿Las pastillas están cerca?
—Sí.
—¿Quieres que llame a la clínica?
Del otro lado de la puerta no respondió. El radiador golpeó dos veces bajo la ventana. En el alféizar, una planta de albahaca se inclinaba hacia el vidrio como si también necesitara que alguien se ocupara de ella.
Esperé con el vaso en una mano y el teléfono en la otra.
Habíamos vuelto de First Hill unas horas antes.
Kate se había quitado el abrigo, se había sentado en el borde de la cama y había dicho que quería una ducha.
Después había salido con el pelo mojado, se había puesto una camiseta enorme y me había pedido que me quedara.
No había añadido cuánto tiempo. No le pregunté.
La sopa llevaba zanahoria, jengibre y pollo desmenuzado. La había preparado sin preguntarle qué le apetecía. Empecé a ver el problema mientras llenaba dos recipientes de vidrio.
La puerta se abrió. Kate salió sujetándose del marco con una mano. Tenía los labios secos y los ojos hinchados, pero su voz conservaba ese filo bajo que usaba cuando estaba intentando impedir que algo se convirtiera en un asunto.
—No quiero sopa.
—Está bien.
—No quiero que me mires como si fuera a romperme.
Dejé el vaso sobre la encimera. El agua tembló un poco dentro.
—No te estoy mirando así.
Kate pasó junto a mí sin rozarme. Caminó hasta la cama y se sentó con los pies en el suelo, los hombros curvados dentro de la camiseta. Su reloj yacía sobre la mesa de noche, abierto. A un lado, el sobre blanco de las ecografías asomaba bajo los papeles de la clínica. No había tocado nada.
—Cole —dijo.
Me quedé donde estaba.
—¿Sí?
—No sé qué necesito.
El dolor me llegó primero al estómago, compacto y bajo. No era mi cuerpo el que se retorcía con cólicos ni era mi sangre la que había cambiado las sábanas. Aun así, mi cabeza seguía buscando una tarea que pudiera terminar con las manos.
—Está bien —dije—. Yo puedo no saberlo contigo.
Kate se cubrió la cara. No lloró. Los dedos se le quedaron quietos sobre la frente, con una uña granate descascarada en el borde.
—¿Puedes poner una alarma? —preguntó—. Solo para las pastillas. La enfermera dijo que no las tomara con el estómago vacío.
—Sí.
Eso sí sabía hacerlo. Programé una alarma para tres horas después y otra para la mañana.
Escribí la hora de la cita, la hora de la llamada de la enfermera y la hora en que había empezado el sangrado en una nota del teléfono.
Once y veintisiete. Doce y diez. Dos y cuarenta y cinco.
Números limpios. Una fila detrás de otra.
Cuando levanté la vista, Kate me estaba mirando.
—No hagas un registro de esto.
La pantalla se volvió pesada en mi mano.
—Solo era para no equivocarme con las pastillas.
—Pon la alarma y ya está.
—De acuerdo.
Borré la nota. No le enseñé que, antes de hacerlo, había copiado el teléfono de una terapeuta que la clínica mencionaba en el portal. No tenía un plan completo. Solo una lista de sitios por los que podía empezar a buscar uno.
Esa noche dormí en su sofá con la lámpara de la sala encendida.
A través de la pared escuché el agua del baño correr dos veces y luego el suelo de madera quejándose cuando Kate volvía a la cama.
Cada vez me incorporaba antes de decidir si debía llamar a la puerta.
Cada vez me quedaba sentado, con las manos sobre las rodillas, esperando que ella dijera mi nombre.
No lo hizo.
Por la mañana, el olor a café de los vecinos subió por el patio interior.
Kate seguía dormida. Dejé una rebanada de pan tostado y un plato con galletas saladas sobre la mesa baja.
Escribí Come algo si puedes en una nota y la arranqué antes de pegarla.
Me quedé mirándola dentro de mi mano hasta que la rompí en tiras pequeñas.
El teléfono vibró. Era el fisioterapeuta del equipo.
Fisio: El entrenador pregunta si vienes a recuperación. No hace falta explicar. Confirma cuando puedas.
Escribí que no podía ir. Borré no puedo. Mandé Tengo un asunto personal. Estaré pendiente.
Luego abrí la aplicación de reparto. Pedí leche, fruta, arroz, yogur, más galletas saladas. Añadí flores y las quité del carrito. No quería que llegara una bolsa de peonías a su puerta como si una empresa pudiera resolver una pérdida con papel de seda.
Priya me respondió a media mañana. Yo le había escrito primero porque sabía que Kate no iba a contestar mi pregunta si la formulaba en voz alta.
Yo: Está durmiendo. La clínica habló de esperar y vigilar. ¿Sabes qué comida suele tolerar cuando está así?
Priya: Tostadas, sopa si no la presionas, y ninguna conversación que empiece con «deberías».
Miré el recipiente de sopa sobre la encimera.
Yo: Anotado.
Priya: ¿Está contigo?
Yo: Sí.
Priya: Entonces quédate. Pero no construyas una central de mando en su cocina, Cole.
No era una broma. No contesté enseguida.
El repartidor llegó a las once. Guardé los alimentos en los estantes que ya conocía: el arroz detrás de los frascos de té, el yogur donde Kate dejaba las ensaladas que compraba para olvidar en la oficina.
Su teléfono estaba sobre la mesa, boca abajo.
Llevaba siete horas sin entrar un correo de trabajo porque yo había silenciado las notificaciones mientras ella dormía.
Lo encendí otra vez. No tenía derecho a decidir ese tipo de cosas.
Antes de guardar mi móvil, busqué terapeutas especializados en duelo perinatal.
Abrí seis páginas. Dos no aceptaban pacientes nuevos.
Una tenía disponibilidad por videollamada el miércoles.
Copié nombres, horarios y seguros en una hoja.
Me detuve cuando el papel quedó lleno hasta la mitad.
El bolígrafo había atravesado la hoja y marcado la mesa de Kate con una hendidura mínima.
Esa tarde, ella salió del dormitorio con pantalones deportivos y una manta sobre los hombros. Se sentó en una de las sillas de la cocina. Yo estaba picando cebolla demasiado despacio.
—¿Por qué huele a restaurante? —preguntó.
—Porque quemé el primer lote y tuve que empezar de nuevo.
Kate miró la tabla de cortar. Había trozos de cebolla en el suelo, junto al zócalo.
—Eso sí parece grave.
La frase no tenía humor. Pero tampoco era nada peor. Me aferré a ella.
—Puedo pedir algo.
—No quiero que pidas nada.
—Está bien.
Dejé el cuchillo sobre la encimera. Kate acercó la silla unos centímetros, apoyando el antebrazo en la mesa.
—¿Fuiste al entrenamiento?
—No.
—No deberías faltar por mí.
—No falté por ti. Falté porque no podía mirar una pantalla de jugadas hoy.
Ella hizo un gesto breve con la cabeza. En otra semana habría preguntado qué partido teníamos, cuánto dolían mis costillas, qué había dicho el entrenador. Ahora su mirada se quedó en el hueco del asa de la taza.
—La doctora llamó —dijo—. Quiere que vaya el jueves para revisar que todo esté bien.
—¿Quieres que te acompañe?
—No lo sé.
La respuesta debería haberme detenido. En cambio, la convertí en una puerta que tenía que mantener abierta.
—Puedo conducir. Priya también puede venir si prefieres que te acompañe una mujer. Puedo hablar con mi entrenador y...
Kate levantó la mano.
—No hables como si estuvieras organizando un plan de jugadas o como sea que se llame.
Me quedé mirando el cuchillo. La punta tocaba una línea húmeda de cebolla sobre la tabla.
Kate se apretó la manta contra el pecho.
—¿Y mi madre?
—Linda podría venir si se lo pidieras.
—No voy a pedírselo.
Kate se levantó. La manta cayó al suelo y no hizo el menor intento de recogerla.
—Voy a acostarme.
—Kate.
Ella no volteó.
La puerta del dormitorio se cerró. Me agaché por la manta y tardé demasiado en doblarla.
* * *
Las cuarenta horas se cumplieron a las tres y veintisiete de la mañana del martes.
Lo sabía porque había vuelto a escribirlo, esta vez en un trozo de papel que guardaba doblado en el bolsillo de mi sudadera.
La lámpara de la sala seguía encendida. Me había quedado dormido con un brazo sobre la cara y las zapatillas puestas.
El ruido de la puerta del dormitorio me despertó.
Kate llevaba pantalón negro, una blusa color crema y el cabello recogido en un moño bajo que no lograba ocultar las ojeras. Tenía su bolso en un hombro y el reloj cerrado en la muñeca. La pantalla del teléfono le iluminaba la mano.
Me incorporé demasiado rápido.
—¿Adónde vas?
—A trabajar.
Miré el reloj del horno. Tres y treinta y uno.
—Kate.
—La junta empieza a las ocho. Quiero estar antes de que llegue todo el mundo.
—No tienes que ir.
—Sí tengo.
Me puse de pie. El sofá dejó una marca en mi camiseta. En la mesa había tres recipientes de comida, una bolsa de farmacia y la hoja de terapeutas medio escondida bajo el frutero. Todo lo que había hecho mientras ella dormía ocupaba su cocina como una invasión de bajo presupuesto.
—Ayer dijiste que no podías volver el lunes.
—No es lunes.
—Han pasado cuarenta horas.
Kate miró hacia el papel que asomaba de mi bolsillo. Su cara cambió apenas. Eso fue peor que si hubiera gritado.
—¿Las estás contando?
—No así.
—Acabas de decir el número exacto.
—Porque estoy preocupado.
—No eres mi supervisor.
La frase hizo que mis manos se cerraran a los lados. No por ella. Contra mí.
—No. Pero no estás bien.
—¿Y qué significa estar bien, según tú? ¿Comer la sopa a la hora correcta? ¿Escoger un terapeuta de tu lista? ¿Esperar a que mi madre se presente en mi apartamento con una maleta?
—No dije que debería venir.
—Lo sugeriste.
Detrás de la puerta, el vecino del piso de abajo tosió. Kate respiró por la nariz y bajó la mirada. Por un segundo pensé que iba a sentarse. En lugar de eso, acomodó la correa del bolso sobre su hombro.
—Necesito salir de aquí.
—¿Quieres que te lleve?
—No.
—¿Llamaste un coche?
—Sí.
Su teléfono vibró. Kate miró la pantalla y abrió la puerta antes de que pudiera decir otra cosa.