Capítulo 8
La cinta de mi muñeca derecha se despegó en el primer placaje de la mañana y se me quedó colgando como una lengua blanca sobre el dorso de la mano.
—Otra vez —gritó el entrenador desde la línea lateral.
El pasto estaba húmedo y bajo las suelas se abría en terrones oscuros.
Reyes me encaró con la pelota bajo el brazo, once años más joven y con suficiente velocidad para recordármelo cada martes.
Bajé el centro de gravedad, esperé a que intentara pasar por fuera y le cerré el paso con el hombro izquierdo.
Reyes cayó sobre un costado, se levantó antes de que el silbato terminara de sonar y me ofreció una mano.
—Eso ha sido innecesariamente personal —dijo.
—Tú elegiste correr hacia mí.
—La próxima vez voy a elegir una carrera administrativa.
—No durarías una semana.
—Con las reuniones que tienen ustedes, tampoco sería tan malo morir joven.
Le solté la mano y volví a mi marca. La cinta seguía colgando. La arranqué con los dientes cuando el entrenador nos mandó beber agua.
El vestuario olía a linimento, césped mojado y ropa que había pasado demasiado tiempo dentro de bolsas deportivas. Marcus estaba sentado en el banco de enfrente, con una bolsa de hielo apoyada sobre una rodilla y una banana a medio pelar en la mano.
—Estás raro —dijo.
—Qué observación tan útil.
—Llevas una hora intentando placar a Reyes como si te debiera dinero.
—Me debe una jugada de la semana pasada.
—Eso fue hace dos días.
—Tengo memoria larga.
Marcus mordió la banana. A nuestro alrededor, los chicos discutían el entrenamiento y alguien había puesto música desde una bocina que sonaba como si la hubieran sumergido en una piscina antes de traerla.
—También te reíste cuando la entrenadora dijo «cargas de trabajo» —añadió Marcus—. Nadie se ríe de eso.
—Tal vez estoy madurando.
—Eso sí me preocupa.
No tenía una respuesta para él. Desde la mañana anterior, una porción de mi cabeza seguía sentada en una sala fría de First Hill, mirando un punto en una pantalla y tratando de entender por qué ciento dieciséis latidos por minuto podían ocupar tanto espacio.
En el casillero de al lado, uno de los delanteros mostraba un video sin sonido. Solo vi una mesa de cocina, dos manos infantiles pintadas de azul y un hombre intentando dejar un pastel sobre una bandeja sin que se le cayera encima.
—Mi hija dice que para que mi hermana tenga suerte con la prueba tiene que dormir con un calcetín dentro de la funda de la almohada —dijo él a nadie en particular.
—Eso no tiene sentido —dijo Reyes, mientras sacudía tierra de una de sus botas.
—No sabe leer aún. Tiene cuatro años. No necesita que tenga sentido.
—¿Y funciona?
El delantero se encogió de hombros.
—Mi hermana tiene la prueba hoy. Así que duerme con el calcetín.
Marcus me miró de reojo. Yo me concentré en despegar la cinta vieja de mi muñeca.
El equipo estaba lleno de reglas absurdas.
Algunos se afeitaban antes de los partidos importantes.
Otros se negaban a cambiar de asiento en el autobús hasta que una racha perdía el nombre de racha.
Yo solía pensar que la superstición era el recurso de quienes no habían visto suficientes sesiones de video.
Esa mañana me pareció una mala teoría.
El teléfono vibró dentro del casillero. Lo saqué esperando un mensaje de Rick o el recordatorio de terapia física. Era Tessa.
Tessa: ¿Puedes subir a mi oficina cuando termines? Necesito hablar de una foto.
Debajo había una captura de pantalla.
Me vi de perfil, con la mano sobre la puerta de la cafetería de First Hill.
Kate estaba saliendo delante de mí, el sobre de la ecografía escondido contra su abrigo.
La foto estaba tomada desde la otra acera, a través de una lluvia fina que había convertido los bordes en manchas.
No mostraba nada que no pudiera explicarse. Mostraba demasiado de todos modos.
El texto decía: ¿NUEVA ROMANCE PARA CALLAHAN? EL CAPITÁN ASISTENTE SALE DEL CENTRO MÉDICO CON UNA MUJER MISTERIOSA.
La publicación había acumulado comentarios durante la última hora. No abrí ninguno.
Marcus dejó la banana sobre el banco.
—¿Mala noticia?
—No lo sé todavía.
Era mentira, pero no la clase que estaba dispuesto a reparar en un vestuario lleno de hombres que conocían mis costillas, mi hombro y mi número de camiseta, pero no la parte de mi vida que llevaba meses guardada fuera de vista.
Me cambié la camiseta sin mirar otra vez el teléfono. El adhesivo de la cinta me tiró del vello de la muñeca. Hice una mueca. Marcus no dijo nada más, lo cual fue peor que si hubiera preguntado.
* * *
La oficina de Tessa daba al campo secundario.
Desde su ventana se veían los postes blancos, las redes enrolladas y una fila de conos naranjas que el personal había dejado junto a la valla.
Sobre el escritorio había tres teléfonos, una taza con café seco en el fondo y una pared completa cubierta de portadas antiguas de los Sentinels.
Tessa empujó su tableta hacia mí.
—La cuenta original tiene una fotógrafa que vende material a dos sitios locales. Uno ya pidió comentario. El otro quiere saber si la mujer es alguien de Halcyon, por lo de la colaboración.
Me quedé de pie junto a la puerta. La imagen volvía a ocupar la pantalla.
—No deberían publicar su nombre.
—No lo han hecho. Todavía.
—Entonces no les demos uno.
Tessa cruzó las manos sobre la mesa. Era más joven de lo que parecía cuando estaba rodeada de jugadores, pero no tenía el tipo de paciencia que se confundiera con miedo.
—Cole, si no les damos una línea, van a escribir la que les convenga. Puedo decir que saliste a tomar café con una conocida. Puedo decir que no comentamos asuntos personales. También necesito saber si debo hablar con Halcyon antes de que alguien conecte los puntos.
—No hables con Halcyon.
—¿Ella trabaja allí?
No contesté. Tessa soltó el aire y apartó la tableta.
—No tienes que confiarme detalles. Pero si ella está vinculada al programa y esa foto se convierte en una historia de relaciones públicas, ambos lados van a querer protegerse. Eso incluye a ella.
La frase me molestó porque era sensata.
—No quiero que la llamen una mujer misteriosa.
—Entonces no permitas que la conviertan en una mujer pública por una frase que tú quieres decir para sentirte mejor.
Tessa no levantó la voz. No tenía que hacerlo.
Miré de nuevo la foto. Kate estaba girando la cabeza hacia mí, probablemente porque le había dicho algo sobre un autobús que nos había salpicado en la acera.
A través del vidrio mojado, la imagen parecía íntima.
Parecía que sabíamos exactamente qué éramos.
—Dame una hora —dije.
—Te puedo dar hasta el final de la tarde. Después tendrán suficiente inventado para no necesitarme.
Salí con el teléfono en la mano y el cuello demasiado apretado dentro de la camiseta de entrenamiento.
En el pasillo, dos voluntarios cargaban cajas de folletos para el programa comunitario.
Una llevaba el logotipo de Halcyon impreso junto al escudo del club.
Aparté la mirada antes de que alguien notara que estaba mirándola.
Le escribí a Kate desde el estacionamiento.
Yo: Hay una foto de nosotros afuera de la cafetería de ayer. Tessa necesita una respuesta antes de la tarde. ¿Podemos hablar?
Tardó cuatro minutos. Durante esos cuatro minutos giré el vaso de agua que había dejado en el portavasos de la camioneta hasta que el logotipo quedara alineado con la puerta.
Kate: Estoy en una reunión. Llego a Georgetown a las cuatro para lo del piloto. Podemos hablar antes.
Yo: De acuerdo.
Kate: No digas nada hasta entonces.
No tenía signos de exclamación. No los necesitaba.
Yo: No voy a decir nada.
Guardé el teléfono. El silencio que dejaba detrás no se parecía al de la clínica.
Aquel había tenido una pantalla, una mano, una médica diciendo lo que sí podía afirmar.
Este era una foto borrosa y la posibilidad de que alguien más hiciera de nosotros un rumor antes de que aprendiéramos a ser una conversación.
Conduje sin decidir a dónde iba. Al final aparqué frente a una tienda pequeña entre una lavandería y un local de reparaciones de teléfonos. En la ventana había cochecitos, mantas dobladas por colores y un letrero de cartón que decía REGALOS PARA RECIÉN NACIDOS.
Seguí de largo hasta la esquina. Esperé el semáforo. Volví.
No tenía una explicación para entrar. El dependiente no necesitaba una. Me saludó desde el mostrador y continuó pegando etiquetas de precio a una pila de baberos.
La tienda olía a detergente suave y cartón nuevo. Había un estante de madera con zapatitos tan pequeños que parecían parte de un disfraz. Una pared entera de monos de algodón me hizo sentir como si hubiera entrado en la vida de otra persona por la puerta equivocada.
Vi los calcetines en una cesta baja cerca de la caja. Amarillos. Lisos, salvo por un borde blanco en los tobillos. La etiqueta decía de cero a tres meses.
Los tomé antes de que pudiera hacer una lista de razones para no hacerlo.
El dependiente los pasó por el lector sin levantar la vista.
—¿Quiere la bolsa de regalo?
—No.
Pagué con el teléfono. Cuando me tendió el recibo, los calcetines cabían en mi palma cerrada. Los guardé en el bolsillo de la chaqueta, como si la tela amarilla fuera algo que pudiera estropearse con el aire.
En la camioneta los saqué una vez más. Eran suaves. Ridículamente suaves. Pensé en Kate mirando la imagen de la ecografía como si fuera un informe con cifras que no había solicitado. Pensé en el corazón que hacía ruido en una pantalla sin que nadie lo oyera de verdad.
Abrí la guantera, aparté el manual del vehículo y la bolsa de primeros auxilios. Dejé los calcetines detrás de una linterna, donde no los vería cada vez que buscara papeles.
No saqué una foto. No se los enseñé a nadie. Cerré la guantera con una mano que no acababa de quedarse quieta.
* * *