Capítulo 7 #3
La frase me irritó antes de que pudiera reconocer que no era un ataque. Sasha conocía el trabajo. Había salvado la cifra de los intérpretes hacía quince minutos. Diane no nos estaba poniendo a competir por un asiento; nos estaba mirando medir el tamaño de uno que todavía no existía.
—Lo revisaré —dije, más despacio—. Quiero ver las fechas de cada hito antes de comprometer un equipo.
Diane asintió.
—Eso es lo que esperaba que dijeras. Te envío la versión completa esta tarde. El lunes quiero una recomendación, no una promesa heroica.
No debió importarme que me permitiera unos días. Me importó.
La reunión se disolvió. Sasha recogió sus papeles y se detuvo a mi lado.
—¿Estás bien? —preguntó.
La pregunta llegó limpia, sin una insinuación detrás.
—Sí. Solo fue una mañana larga.
Sasha miró el borde de mi bolso, donde un pico del sobre blanco se había asomado sin que yo lo notara. No preguntó qué era.
—Entonces no hagas que la tarde sea una demostración de resistencia —dijo—. Te mando mi análisis de riesgos. Puedes discutirlo mañana.
—Gracias.
—De nada.
Se fue antes de que pudiera convertir su decencia en una deuda.
Priya me encontró veinte minutos después en mi oficina. Llevaba un vaso de yogur y una cuchara de plástico, porque conocía mis hábitos lo suficiente para no aparecer con un discurso.
—No he venido a invadir —anunció desde el marco de la puerta—. Solo traigo comida que no tiene personalidad.
—Eso es una promesa bastante fuerte para un yogur.
—Lo probé. No la merece, pero sirve.
Dejé el lápiz sobre el escritorio. Había alineado la carpeta de Nueva York con el borde del teclado y el bolígrafo con la carpeta. Priya se fijó, por supuesto. No comentó nada.
—¿Cómo fue? —preguntó.
Abrí el bolso. El sobre blanco hizo un ruido seco contra el forro cuando lo saqué. Priya cerró la puerta con suavidad.
—Hay actividad cardíaca —dije.
Sus ojos se llenaron de agua sin que cambiara la expresión de su boca.
—¿Está bien?
—La doctora dijo que por ahora las medidas corresponden. Que es temprano. Que volvemos en unas semanas.
Priya asentía como si estuviera guardando cada frase en un cajón distinto para no mezclarlas.
—Y la fecha estimada es el dos de diciembre.
—Diciembre —repitió.
—Sí.
Me senté porque las piernas habían dejado de cumplir su parte del trato. Priya ocupó la silla frente a mí, sin tocar la foto todavía.
—¿Quieres que mire?
La pregunta me hizo apretar el sobre entre las manos. Pensé en la pantalla en grises, en Cole sin intentar llenar el espacio, en las fechas azules de Nueva York.
—Sí.
Priya se inclinó. Miró la imagen como si fuera una pieza de evidencia delicada y no una respuesta que iba a ordenar mis próximos meses.
—Parece una semilla —dijo, muy bajo.
—Parece una mancha de tinta cara.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
No me reí. Esta vez, la emoción me llegó primero: calor en la cara, la presión húmeda detrás de los ojos, una contracción leve y obstinada en la garganta. Giré la silla hacia la ventana antes de que Priya tuviera que ver cómo se me desarmaba la cara.
El centro de Seattle seguía ahí abajo, ordenado en bloques de vidrio y calles húmedas. Un repartidor avanzaba contra la pendiente con una mochila cuadrada a la espalda. En la oficina de al lado, alguien discutía el color de una campaña.
—No sé qué sentir —dije.
Priya no se levantó para abrazarme. Dejó el yogur sobre mi escritorio y esperó.
—No tienes que decidirlo hoy.
La frase era casi la misma que me había dicho en el estacionamiento, pero ya no pertenecía a la misma semana.
Miré la foto otra vez. Abajo, junto a una línea de medidas, la fecha de la clínica ocupaba el papel con una seguridad administrativa que me molestó.
—Hasta ayer todo tenía un «si» delante —dije—: si seguía, si decidíamos continuar. Ahora todos hablan de la próxima cita, de diciembre, de vuelos. Como si el «si» se hubiera convertido en «cuando» sin preguntarme.
Priya apoyó los codos en las rodillas.
—¿Qué palabra?
Quise decir bebé. Quise decir futuro. Ninguna cruzó.
—Cuando.
El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de Cole llenó la pantalla.
Cole: Salí del entrenamiento. No hace falta que respondas. Solo quería saber cómo te fue al volver.
Priya leyó la pregunta en mi cara, no en el teléfono.
—¿Es él?
—Sí.
—¿Es decente todavía?
Miré el mensaje. Pensé en la mano que no se había movido durante el silencio de Marisol. En su forma de decir que no tenía un plan sólido, solo té malo y tiempo. En los cuadros azules que ocupaban el verano sin haberme pedido opinión.
—Hasta ahora —dije.
Priya asintió. Abrió el yogur y me tendió la cuchara.
—Evaluación provisional mantenida, entonces.
Tomé la cuchara. El primer bocado sabía a vainilla artificial y a nada más.
Antes de poder pensarlo demasiado, respondí a Cole.
Yo: Salió bien. Estoy trabajando. Te llamo esta noche.
Guardé la foto en el sobre y el sobre en el cajón central de mi escritorio. No estaba lista para llevarlo a casa, ni para dejarlo a la vista, ni para decidir qué lugar iba a ocupar en ninguna agenda.
Pero cuando cerré el cajón, mis dedos se quedaron sobre la manija un segundo más.