Capítulo 8 #2
Kate llegó a Georgetown con un blazer azul marino, el pelo recogido y una carpeta bajo el brazo. Vi su coche desde la ventana de la sala de reuniones y salí al pasillo antes de que Priya, Joel o cualquier persona con oídos decentes pudiera enterarse de que necesitábamos hablar.
—¿Dónde? —preguntó Kate.
—Hay una escalera al final del corredor.
—Qué romántico.
—Tessa estaría orgullosa de tu capacidad para encontrar titulares.
—No le demos más trabajo.
La puerta cortafuegos se cerró detrás de nosotros con un golpe metálico.
El hueco de la escalera olía a concreto húmedo y pintura fresca.
Una luz de emergencia dejaba una mancha verdosa sobre los escalones.
Kate se quedó un peldaño más arriba que yo, con el cuerpo hacia la salida.
No había sitio para fingir que aquello era casual.
Le mostré la foto en mi teléfono.
No hizo preguntas al principio. Su cara apenas cambió, pero el pulgar fue al cierre del reloj y lo abrió. Después lo cerró.
—¿Quién la tiene?
—Una fotógrafa. Dos sitios locales han preguntado. Tessa quiere saber qué línea usamos.
—No usamos ninguna.
—Eso le dije.
Kate bajó un escalón. Me devolvió el teléfono sin rozarme los dedos.
—Entonces ya está resuelto.
—No del todo.
—¿Qué quieres decir?
La puerta de algún piso se abrió más abajo. Se oyeron pasos, luego una tos y el golpe de otra puerta. Esperé a que el ruido se apagara.
—No quiero que te llamen «mujer misteriosa» como si fueras una bebida de temporada.
El color subió por el cuello de Kate. Miró la pared, no a mí.
—Estoy de acuerdo. Es repugnante.
—Podría decir que eres importante para mí y que no voy a hablar de tu vida privada.
Sus ojos volvieron a los míos.
—No, Cole.
—No tendría que decir nada más.
—Ya estarías diciendo demasiado.
—Solo sería verdad.
Kate apretó la carpeta contra el pecho. El borde de cartón se dobló un poco bajo sus dedos.
—¿Cuál verdad? ¿Que fuimos juntos a una cita médica porque tuve una aventura contigo y ahora estamos intentando decidir qué hacemos con un embarazo? ¿O la versión donde parecemos una pareja para que nadie haga preguntas incómodas?
—No quiero fingir que no te conozco.
—Yo tampoco quiero fingir. Quiero que no tengan derecho a saberlo.
La frase llegó rápido y después se quedó entre nosotros. Afuera, alguien dejó caer un carrito de limpieza. Las ruedas vibraron sobre el cemento.
—La foto ya existe —dije.
—Sí. Y no puedo borrarla. Pero no tienes que ayudarles a convertirla en una historia.
Quise decir que no se trataba solo de la foto.
Que, desde ayer, era difícil mirar mi camioneta sin pensar en una fecha de diciembre.
Que había comprado algo estúpido y amarillo porque me asustaba que no hacerlo fuera una manera de traición.
Nada de eso defendía el derecho de otra persona a mirar dentro de su vida.
—No estoy intentando ayudarles —dije.
Kate soltó una risa sin humor.
—Estás intentando que te duela menos.
Me quedé inmóvil. Ella también. La forma en que sostenía la carpeta dijo que ya sabía que había cruzado una línea y que no iba a retirarla.
Tenía razón. La idea de que alguien mirara esa foto y creyera que yo era un hombre que salía de una cafetería con una desconocida me había raspado algo feo. No porque necesitara que me vieran como bueno. Porque no quería que Kate pareciera una parte intercambiable de una noticia sobre mí.
El problema era que ambas cosas podían ser ciertas y una no me daba permiso para escoger por ella.
—Tienes razón —dije.
Kate parpadeó. El cierre del reloj quedó abierto bajo su muñeca.
—No esperaba que dijeras eso tan rápido.
—No significa que me guste.
—Eso sí te lo creo.
Se me escapó una risa breve. A Kate no, pero los hombros se le aflojaron un poco.
—Estaba pensando en el titular y en cómo se siente leerlo —dije—. No en lo que te cuesta a ti si respondo. Ni en Halcyon. Ni en que ayer fue una cita médica y no una invitación a que gente desconocida opine sobre tu cuerpo.
Kate bajó la carpeta. Durante un segundo, miró mis manos.
—Gracias por decirlo.
—Voy a decirle a Tessa que no hay comentario. Que tampoco mencionen a Halcyon.
—¿No se va a enfadar?
—Tessa lleva años trabajando con deportistas. Tiene un buen repertorio de enfados útiles.
—Qué suerte tenemos.
—Ella lo llamaría gestión de crisis.
—No lo digas como si fuera un cumplido.
Esta vez sonrió. Fue poco, pero no necesitaba más para saber que la discusión no había roto algo que no íbamos a poder recoger.
—No me gusta que esto exista —dijo Kate, devolviendo los ojos a la pantalla apagada del teléfono—. La foto, digo. Me hace sentir como si hubiera llegado tarde a una reunión sobre mi propia vida.
—A mí también.
—Pero no voy a dejar que una página de deportes me obligue a decidir qué somos.
—No deberías.
Kate guardó una mano en el bolsillo del blazer y cerró el reloj con la otra.
—¿Podemos ir a la reunión antes de que Priya venga a buscarnos y nos dé una conferencia sobre comunicación preventiva?
—Eso es una amenaza creíble.
—Lo sé. Trabajo con ella.
Abrí la puerta cortafuegos y la dejé pasar. Kate no rozó mi brazo al salir. Pero al llegar al pasillo, esperó a que caminara a su lado.
* * *
La reunión del piloto duró cincuenta y siete minutos. Yo lo supe porque Kate marcó los últimos tres pendientes en su cuaderno antes de que Joel terminara de agradecerle a todo el mundo por no convertir la reunión en una sesión de fotos.
Priya había llegado con una caja de muestras de alimentos para las jornadas y la abrió como si nos estuviera ofreciendo pruebas de laboratorio.
—Esto dice que es una barra de avena con manzana —anunció—. No veo manzana. Veo cartón.
—En mi familia eso se consideraría un insulto grave —dije.
Kate levantó la vista de sus notas.
—Tu familia cultiva manzanas. No tiene jurisdicción sobre las barras de avena.
—Tiene jurisdicción moral.
Priya me miró, luego a Kate. No encontró nada que decir y eso fue casi un milagro.
Al terminar, Tessa me esperaba junto a la recepción. Había guardado la tableta bajo el brazo y tenía la boca apretada de una forma que ya conocía.
—Tengo una respuesta —le dije antes de que hablara—. No comentamos asuntos personales. No menciones a Halcyon ni confirmes la identidad de nadie.
Tessa sostuvo mi mirada un instante.
—¿Es lo que ella quiere?
—Sí.
—Entonces es lo que enviamos.
No me felicitó. No hacía falta. Sacó el teléfono y empezó a escribir mientras caminaba hacia su oficina.
Mi teléfono vibró a los pocos segundos. La publicación seguía ahí, compartida por personas que no conocía y comentada por otras que tampoco. No abrí los mensajes. Puse el aparato boca abajo sobre el mostrador de recepción hasta que Tessa volvió a aparecer por la esquina.
—Listo —dijo—. Ahora intenta no darle a nadie una segunda foto hoy.
—Haré lo posible.
—Esa frase es exactamente la razón por la que tengo canas antes de tiempo.
La vi alejarse con su tableta. Afuera, la tarde había aclarado y el campo parecía demasiado verde después de la lluvia.
Kate estaba junto a su coche, hablando por teléfono con alguien de Halcyon.
No me buscó. No necesitaba hacerlo. Cuando terminó la llamada, levantó una mano sin mirar del todo hacia mí.
Yo hice lo mismo.
Más tarde, ya de noche, aparqué la camioneta bajo el cobertizo de casa. La luz amarilla del porche se reflejó en el parabrisas. Saqué las llaves, revisé por costumbre la pantalla del teléfono y encontré un mensaje de Kate.
Kate: Gracias por no hablar por mí.
Leí la frase dos veces. Escribí una respuesta y la borré. Escribí otra.
Yo: Gracias por decírmelo antes de que lo hiciera mal.
La respuesta no llegó enseguida. Dejé el teléfono en el asiento y abrí la guantera para buscar la linterna que usaba cuando una rata se metía bajo el muelle.
Los calcetines estaban detrás de la bolsa de primeros auxilios, dos trozos de amarillo en la oscuridad del compartimento.
Los empujé más al fondo y cerré la guantera.