Capítulo 7
—Mercer, Kate. La doctora Mehta lleva unos minutos de retraso, pero la ecografista ya puede verla.
La recepcionista dijo mi nombre con el mismo tono con que habría anunciado una limpieza dental. Yo asentí, porque mi garganta había decidido quedarse fuera de servicio desde que entramos en la Clínica de Mujeres de First Hill.
La sala de espera olía a desinfectante con lavanda.
Junto a la pared había una pecera alta donde dos peces naranjas atravesaban un castillo de plástico sin darse cuenta de que alguien había decidido que eso se pareciera a un hogar.
Cole estaba sentado a mi izquierda, con las rodillas demasiado juntas para la silla y una chaqueta azul oscuro doblada sobre el antebrazo. No hablaba. Tampoco miraba su teléfono.
Cuando la recepcionista se alejó, él inclinó apenas la cabeza hacia mí.
—¿Quieres que entre contigo?
La pregunta tenía una salida incorporada. Podía decir que no y él se quedaría en la pecera, haciendo exactamente lo que le pidiera.
Miré las puertas cerradas del pasillo. Una llevaba un letrero con un bebé dormido; otra, una fotografía de montañas que habría resultado tranquilizadora si yo no hubiera tenido ganas de arrancarla de la pared.
—Sí.
Cole se puso de pie. No me tomó la mano. Sus dedos rozaron los míos al recoger su chaqueta del asiento y se apartaron antes de que el contacto necesitara nombre.
—Bien —dijo—. Entonces entro contigo.
La enfermera que nos condujo al fondo del pasillo se llamaba Marisol, según la placa sujeta a su bata. Me pesó, me tomó la presión y me entregó una bata de papel doblada en un cuadrado demasiado pequeño.
—Puede desvestirse de la cintura hacia abajo. El baño está ahí. Su acompañante puede quedarse mientras se cambia o esperar afuera, como prefiera.
La última opción estaba dirigida a mí. Cole miró una lámpara articulada junto a la camilla, como si no tuviera interés en escoger por mí.
—Quédate —dije.
No fue una frase elegante. Me gustó que no tuviera tiempo de serlo.
El papel de la bata raspó la parte posterior de mis muslos cuando salí del baño.
La sala era más fría de lo que esperaba.
Había una pantalla grande en un brazo móvil, un taburete con ruedas y una lámina enmarcada de un bosque de abedules.
Cole se había sentado en una silla junto a mi hombro, dejando suficiente espacio para que el borde de la camilla no lo tocara.
Su presencia ocupaba la habitación de todos modos: el olor limpio de jabón, el ruido leve de su rodilla al cambiar de posición, el tamaño de sus manos cerradas sobre la chaqueta.
Me subí a la camilla y apoyé los talones en los estribos. El cierre del reloj me pellizcó la muñeca. Lo abrí, lo cerré y lo abrí otra vez.
—Señora Mercer, vamos a hacer una ecografía transvaginal porque está al inicio del embarazo —explicó Marisol—. La sonda tendrá una cubierta y gel. Puede decirme que pare en cualquier momento.
—Entendido.
Mi voz de sala de juntas funcionó. Era un alivio menor y vergonzoso.
Cole miró mi cara, no la pantalla apagada.
—¿Quieres que te dé mi mano?
El reloj pesaba entre mis dedos. Podía haber dicho que no. Podía haber mantenido las dos manos encima de mi abdomen, como si aquella postura fuera una decisión clínica.
Le tendí la izquierda.
Cole la tomó sin apretar. La cinta deportiva que llevaba en la muñeca tenía un borde áspero bajo mi pulgar. Fijé la mirada en ese borde mientras Marisol ajustaba la luz y me hablaba de lo que iba a hacer.
No dolió. Fue incómodo y preciso, una invasión pequeña a la que mi cuerpo no le encontró metáfora. El ventilador de techo giraba con un zumbido de oficina. Afuera, un carrito pasó por el pasillo y sus ruedas tropezaron con una junta del suelo.
La pantalla se encendió en grises.
Marisol no dijo nada durante varios segundos. Movió la sonda con cuidado, pulsó dos teclas y acercó una imagen. Yo conocía ese silencio de las reuniones cuando alguien acababa de descubrir que un número estaba equivocado y aún no decidía si podía salvarlo.
La mano de Cole no se movió.
—Aquí está el saco gestacional —dijo por fin Marisol—. Está dentro del útero, como esperamos. Y aquí está el saco vitelino.
Señaló una mancha oscura rodeada de blanco. Si aquello era una respuesta, estaba escrita en un idioma que no hablaba.
—¿Eso es bueno? —pregunté.
Marisol giró un poco la pantalla hacia mí.
—Sí. Es lo que queremos ver a esta edad gestacional.
Cole soltó aire por la nariz, casi sin sonido. Yo seguí buscando una forma reconocible en el monitor. Había una curva mínima al lado de un círculo. Nada se parecía a las fotografías de los anuncios ni a las imágenes que mi teléfono habría podido mostrarme si me hubiera permitido buscar.
Marisol acercó la imagen una vez más. Su dedo dejó de moverse sobre el teclado.
—También hay actividad cardíaca temprana.
La frase quedó suspendida entre el zumbido del ventilador y el roce de la bata bajo mi espalda.
—¿Actividad? —repetí.
—El corazón está latiendo. Es temprano, así que lo medimos en pantalla. Está en ciento dieciséis latidos por minuto.
No hubo una música. No llenaron la habitación con un sonido dramático que nos explicara qué hacer con las caras. En el monitor apareció un destello diminuto, una pulsación regular donde Marisol había puesto una línea.
Cole me apretó los dedos una vez. Esperó a que yo le devolviera la presión antes de hacerlo de nuevo.
Miré el punto que se encendía y se apagaba. Mi estómago se hundió, no por miedo exactamente, sino por la velocidad con que el miedo había encontrado algo a lo que aferrarse.
—¿Está bien? —preguntó Cole.
No me miró al hacer la pregunta. Se la hizo a Marisol, con la voz baja y firme.
—Ahora mismo, las medidas corresponden aproximadamente a seis semanas y hay actividad cardíaca. Eso es una buena señal. Seguiremos controlando el embarazo como corresponde; una ecografía de hoy no puede prometerles todo el camino.
Gracias, pensé, antes de poder impedirlo. Gracias por no convertir una mañana en una garantía.
La puerta se abrió después de un golpe suave. La doctora Mehta entró con una tableta en la mano y el cabello recogido en una trenza baja. Me saludó primero a mí, luego a Cole, sin hacer del orden una declaración.
—He revisado las imágenes. Coincido con Marisol: embarazo intrauterino temprano, de unas seis semanas, con actividad cardíaca. La fecha estimada de parto sería el dos de diciembre, aunque la confirmaremos en la próxima cita.
Dos de diciembre.
La fecha cayó con un peso absurdo. Diciembre era la campaña de fin de año de Halcyon, los calendarios cerrados, el cumpleaños de mi hermano Danny, para el que mi madre siempre cocinaba demasiado. No era una estación nebulosa ni una idea. Era un miércoles que aún no existía.
La doctora siguió hablando de vitaminas prenatales, síntomas que requerían una llamada y una próxima ecografía dentro de unas semanas.
Yo asentí en los momentos adecuados. Cole preguntó si había algo que debiéramos evitar, y la doctora respondió sin dramatismo.
Evitar alcohol. Tomar el suplemento. Llamar si había sangrado abundante, dolor intenso o fiebre. Vivir con normalidad en lo demás.
Normalidad. Anotado.
Cuando Marisol terminó, imprimió dos imágenes en papel brillante y las puso en un sobre blanco. Cole no estiró la mano hacia él. La doctora me lo entregó a mí.
—¿Preguntas por ahora?
Tenía tantas que ninguna conseguía cruzar mis dientes. ¿Qué pasa si el próximo control no muestra lo mismo? ¿Cómo se presupone una vida sin ponerle una jaula? ¿En qué momento dejas de hablar de una posibilidad y empiezas a hablar de una persona?
—No —dije—. Por ahora, no.
La doctora Mehta asintió como si esa fuera una respuesta completa.
—Entonces vístase con calma. Marisol les dará las indicaciones de la próxima cita.
Cole soltó mi mano cuando tuve que bajar de la camilla. La ausencia del contacto me dejó una marca de calor en la palma. Entré al baño con el sobre pegado al pecho y cerré el pestillo.
La mujer del espejo tenía el pelo aplastado detrás de las orejas y una bata de papel que no había logrado atar bien. El reloj seguía abierto sobre el lavabo. Lo cerré. El clic sonó demasiado fuerte en el cubículo.
No lloré. Eso habría sido una acción concreta, casi útil. Me quedé mirando el sobre hasta que alguien tocó la puerta con los nudillos.
—Kate —dijo Cole desde el otro lado—. No tenemos que ir a ninguna parte rápido.
Me vestí antes de responder.
—Tengo una reunión a las once.
El silencio de él duró medio segundo más de lo habitual.
—Claro. Podemos salir cuando estés lista.
No dijo que no debía ir. No dijo que Diane sobreviviría sin mí. Lo agradecí y lo odié un poco por saber exactamente dónde no presionar.
* * *
El café de la esquina estaba lleno de médicos con batas debajo de abrigos y gente que hablaba demasiado alto por videollamadas.
Cole y yo encontramos una mesa junto al vidrio, cerca de una máquina de espresso que siseaba cada pocos minutos.
Yo había pedido té de menta porque era lo único que no exigía tomar una decisión.
Él tenía café negro y lo dejó enfriarse sin probarlo.
El sobre blanco estaba entre nosotros.
—No sabía que las fotos fueran a ser tan... abstractas —dije.
Cole miró el borde del sobre, no la imagen.
—Parece un mapa mal impreso.
—Un mapa muy caro.
—El peor sistema de orientación que he visto.
Una risa corta se me escapó antes de que pudiera detenerla. Tres mujeres de una mesa cercana se volvieron. Bajé la vista al té, que olía a pasta dental tibia.
Cole sonrió apenas, con una cautela que no le conocía cuando hablaba de su equipo.
—Lo siento. Era una broma mediocre.
—No. Es una evaluación precisa.
—Eso me preocupa más.
La cafetera volvió a soltar vapor. Afuera, una ambulancia pasó por Madison con la sirena amortiguada por la lluvia fina. Cole tomó el sobre entre dos dedos y lo acercó un centímetro hacia mí, sin abrirlo.
—¿Quieres mirarlo otra vez?
—No sé.
—Está bien.
—Tampoco sé qué se supone que hagamos ahora.