Donde aterrizamos Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—No fuiste tú. Es la palabra «plan». Antes significaba que algo estaba bajo control. Ahora no sé si hablar de la próxima semana es sensato o una forma de fingir que nada puede salir mal.

No intenté corregirla. Afuera, el muelle golpeó una vez contra el agua.

—Mi mamá dice que mi padre no estaba listo —continuó.

No era una conversación que pudiera empujar. Me quedé donde estaba.

—Cuando se fue, digo. Después de que nació mi hermano. Yo tenía seis años y él tardó dos días en volver. Mi mamá hizo bolsas de ropa y fingió que era una limpieza. Luego convirtió todo en una frase útil: algunos hombres no saben encajar las sorpresas.

El pan se enfrió entre los dos. Kate hablaba mirando el centro de la mesa, como si las vetas de la madera pudieran sostener la conversación por ella.

—Eso es una cosa cruel para ponerle a una niña encima —dije.

—No lo dijo para ser cruel. Lo dijo porque estaba cansada y porque él era un cobarde. Pero yo entendí otra cosa. Entendí que una sorpresa era una prueba y que desear que alguien se quedara era el tipo de error que hacía que te dejaran.

No había nada que responder que no sonara a defensa de mi propia especie. No quería decirle que yo no me iría como si la diferencia fuera una promesa fácil. Kate no necesitaba palabras con forma de colchón.

—¿Y ahora? —pregunté.

Ella soltó una risa sin humor.

—Ahora estoy embarazada de un hombre que apenas conozco y que tiene una casa al lado de un lago, un equipo de rugby y demasiada harina. ¿Qué parte de eso te parece un plan responsable?

—La harina está bajo control.

Kate se cubrió la boca. La risa que salió esta vez fue pequeña y se le quebró al final. Se frotó los ojos con los pulgares antes de que una lágrima pudiera bajar del todo. Verla hacerlo me dejó una presión seca detrás de las costillas.

—Lo siento —dijo.

—No tienes que disculparte.

—No quiero que esto sea lo que soy para ti.

La frase cayó sobre la mesa. Me recosté en la silla porque inclinarme hacia ella habría sido una decisión tomada por mi cuerpo, no por ella.

—No lo es.

Kate negó con la cabeza.

—Ni siquiera sé qué es para mí. A veces pienso que, si quisiera esto, sería una versión de mí que no reconozco. Una mujer que deja que una noche decida por ella. Una mujer que necesita que alguien se quede.

—Necesitar a alguien no te vuelve menos capaz.

—No. Pero me vuelve vulnerable a la misma estupidez.

—No fue estupidez que tu papá se fuera. Fue decisión de él.

La miré cuando dije eso. Sus ojos se habían puesto rojos alrededor de los bordes, y había una mancha de color subiéndole por el cuello. Se veía furiosa por tener un cuerpo que la delataba.

—Lo sé —dijo. La frase fue casi un susurro—. Lo sé en teoría.

—La teoría a veces llega tarde.

Kate apoyó las palmas sobre la mesa. Yo mantuve las mías sobre mis piernas.

—¿Y tú? —preguntó—. No me digas que eres bueno con las sorpresas. Ya vi la libreta.

El golpe fue limpio. Merecido.

—No soy bueno con nada que no pueda arreglar.

—Eso también lo vi.

—Mi papá entrenaba. Cuando yo era chico, si me lastimaba, primero preguntaba si podía seguir jugando. Después si necesitaba hielo. A veces la segunda pregunta llegaba bastante después.

Kate esperó. No apartó la mirada.

—Cuando terminé Berkeley, creí que tendría que convencerlo de que el rugby era un trabajo de verdad.

Él solo me preguntó cuánto pagaban. No era codicia.

Era su manera de averiguar si estaba a salvo.

En su cabeza, proveer era cuidar. Si podía conseguirte algo, organizarte algo, pagarte algo, entonces no tenía que sentarse contigo cuando las cosas eran malas.

—¿Y tú aprendiste el idioma?

—Lo hablo demasiado bien.

La lluvia se había vuelto más fuerte. En el vidrio, el reflejo de la lámpara nos dejaba a los dos con la mesa entre medio y el lago detrás.

—Eso no significa que seas él —dijo Kate.

—No. Pero significa que tengo que prestar atención cuando empiezo a actuar como si lo fuera.

Ella miró el cajón donde había escondido la libreta, aunque no podía saber qué guardaba ahí. Después volvió a mí.

—¿Qué pensaste cuando te llamé?

La pregunta me dejó con el tenedor suspendido. Lo puse sobre el plato.

—Que quería ir a tu casa. Que quería saber quién era tu médica. Que quería comprar cosas. Que quería hacer una lista hasta que el miedo tuviera casillas y pudiera marcar una por una.

—Eso es exactamente lo que temía.

—Sí.

—¿Y ahora?

El pan recién horneado se había enfriado tanto que al partirlo soltó una costra seca.

Pensé en la cocina de mis padres, en Joanne guardando manzanas pequeñas para el puré y en Gene haciendo cuentas de la cosecha incluso cuando ya no había luz suficiente para leerlas.

Pensé en Kate en mi rellano de la mañana, escribiendo sí sin una cláusula detrás.

—Ahora sigo queriendo arreglarlo —dije—. Solo que sé que no puedo. Y sé que si me dejas estar, tengo que aprender otra cosa.

Kate bajó la vista.

—¿Qué cosa?

—Quedarme sentado aquí cuando no puedo hacer nada útil.

No dijo que eso le bastara. Habría sido demasiado sencillo. Pero aflojó los hombros.

Terminamos de cenar sin terminar del todo la conversación.

Hablamos del piloto de Halcyon, de las cafeterías terribles alrededor de First Hill y de la vez que Marcus intentó hacer pan sin levadura y culpó al horno.

Kate comió media porción más. Cuando insistí en guardar el resto para que se lo llevara, me miró hasta que levanté las manos.

—No es una obligación —dije.

—Lo sé. Dame el recipiente.

Encontré uno de vidrio con tapa azul. Kate lo sostuvo mientras yo pasaba la pasta con una cuchara grande. Sus dedos tocaron los míos cuando intentó cerrar la tapa antes de tiempo. El contacto duró un segundo. Esta vez ella no fue la única que se quedó inmóvil.

—Perdón —dije.

—No tienes que pedir perdón por tener manos.

—Es una buena regla general.

—No la lleves a un tatuaje.

La sonrisa regresó a su boca, más cansada que antes pero presente.

Dejé el recipiente sobre la encimera y lavé los platos.

Kate se ofreció a ayudar. Le pasé un paño, no porque necesitara que secara una taza sino porque quedarse en la cocina con otra persona era menos raro cuando ambos tenían algo que hacer.

—¿Puedo preguntarte algo sin que suene como una encuesta? —dijo mientras secaba el borde de un plato.

—Puedes intentarlo.

—¿Tu familia sabe de mí?

—No.

—¿Ni siquiera tu mamá, que supervisa harina?

—Ni siquiera ella.

Kate asintió y retorció el paño entre los dedos.

—Mi mamá sabe que estoy ocupada —dijo—. Esa es su versión favorita de mi vida.

—¿Quieres que sigamos así por ahora? Sin decirlo a nadie más.

—Sí.

—Entonces así será.

—Y si cambias de opinión, me lo dices antes de convertirlo en una conversación familiar.

—Lo haré.

Kate dejó la taza en el escurridor. El paño quedó arrugado bajo su mano.

—No debería tener que pedirte eso.

—No. Pero pedirlo no lo vuelve menos válido.

Me miró como si fuera a discutir. En vez de hacerlo, tomó aire y asintió.

El reloj del horno marcaba las nueve y veintidós.

La lluvia había bajado a un goteo intermitente.

Kate se puso las botas de nuevo, despacio, sentada en el banco de la entrada.

Le alcancé el abrigo, sosteniéndolo abierto.

Ella metió los brazos y se quedó frente a mí con el cuello levantado hasta la barbilla.

—Gracias por la cena que no fue una cita —dijo.

—Gracias por el pan de respaldo.

—No vuelvas a llamarlo así.

—Nunca.

La acompañé hasta su coche. El muelle crujió detrás de la casa y una luz de la otra orilla se movió sobre el agua. Kate dejó el recipiente de pasta en el asiento del copiloto. Luego se volvió hacia mí.

—Mañana puede ser... raro —dijo.

—Probablemente.

—No quiero que prepares un discurso.

—No lo haré.

—Ni que mires la pantalla y decidas algo por mí.

—No lo haré.

Kate apretó los labios. Buscó las llaves dentro del bolsillo del abrigo y las dejó caer una vez sobre la gravilla. Las recogió de inmediato, como si la caída no hubiera pasado.

—¿Y si hay un latido? —preguntó.

No era una pregunta que una respuesta pudiera acomodar. La lluvia fría había calado el borde de mis mangas. Me quedé donde estaba, a un paso de ella.

—Entonces lo escuchamos —dije.

—¿Y si no?

Tragué, pero no salió nada útil. Miré sus manos, luego su cara.

—Entonces también estoy contigo.

Kate no se acercó. No hizo falta. Sus ojos bajaron a mi boca y volvieron a subir. Sentí el impulso de tocarle la mejilla, de pedirle un beso, de convertir el miedo en algo que conocía mejor. No lo hice.

—Nos vemos a las ocho y media —dijo.

—A las ocho y media.

Se sentó en el coche y cerró la puerta. Esperé hasta que encendió las luces y bajó por la calle hacia el agua. Cuando desapareció entre los árboles, regresé a la cocina.

La casa olía a pan y tomate. Sobre la mesa quedaban dos vasos con marcas de agua y las migas que Kate había dejado junto a su plato. Apagué la lámpara, revisé el cierre de la puerta una vez y dejé la mano sobre el pestillo hasta que el metal se enfrió bajo mis dedos.

No podía hacer una lista para la mañana.

Por primera vez, no la hice.