Donde aterrizamos Capítulo 6
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Capítulo 6

La masa de pan ya había duplicado su tamaño cuando Kate escribió que llegaría a las siete y cuarto.

No había llamado a la cena una cita. Tampoco yo. Le había mandado un mensaje a las cuatro y diecisiete: Tengo comida. Puedes venir si quieres. No hay agenda ni preguntas obligatorias.

Ella había tardado once minutos en responder.

Kate: ¿Qué tipo de comida?

Yo: La que no tiene instrucciones sobre tu futuro.

Kate: Ese criterio elimina bastantes restaurantes.

Yo: Por eso cocino.

Kate: Llegaré a las siete y cuarto. No es una cita.

Yo: A las siete y cuarto. No es una cita.

El intercambio no me había vuelto menos consciente de la hora. A las seis y media ya había revisado la salsa de tomate tres veces, sacado una botella de agua con gas que quizá ella no quería y guardado la libreta de la mesa del comedor dentro de un cajón que no necesitaba abrir.

La casa olía a ajo tostado, pan caliente y cedro húmedo.

Desde la cocina se veía una porción del lago entre los árboles, gris bajo el cielo de abril.

La lluvia golpeaba el techo de metal del cobertizo y después caía a chorros por la canaleta.

Puse música baja. La cambié dos veces. Al final la apagué.

No estaba preparando una cena importante. Estaba haciendo pasta con verduras y un pan que probablemente saldría demasiado denso porque lo había amasado con más fuerza de la necesaria.

El timbre sonó a las siete y diecisiete.

Dejé el cuchillo sobre la tabla, me sequé las manos en el paño y abrí la puerta.

Kate tenía el cabello suelto, oscuro sobre el cuello de su abrigo. Llevaba pantalón negro, botas mojadas y una bolsa de papel de una panadería apretada contra el costado. La luz del porche le marcaba las sombras bajo los ojos. Su reloj no estaba.

—Llegas temprano —dije.

—Son siete y diecisiete.

—Sí. Me gusta establecer expectativas alcanzables.

—Eso explica muchas cosas.

Se quedó en el umbral un instante. La lluvia le había dejado gotas pequeñas sobre los hombros del abrigo. Detrás de mí, el temporizador del horno empezó a pitar.

—¿Vas a dejarme entrar o esa es la parte de la experiencia donde evalúas mi puntualidad? —preguntó.

Me aparté.

—Pasa. Antes de que el pan decida quemarse por principios.

Kate entró y colgó el abrigo en el mismo gancho que había usado en marzo, sin preguntarme dónde dejarlo. Su mirada pasó por el pasillo del dormitorio y regresó a la cocina. Después señaló la caja de herramientas que ocupaba media mesa junto a la ventana.

—Eso no estaba ahí la otra vez.

—La casa ha perdido disciplina desde tu última inspección.

—Nunca aprobé la primera.

La sonrisa de Kate se dibujó y se fue antes de ocuparle toda la cara. Dejó la bolsa de papel sobre la encimera.

—Traje pan.

Miré el horno.

—También hice pan.

—Bueno. Entonces hemos confirmado que no sabemos calibrar las porciones.

—Podemos alimentar a Marcus.

—¿Tu amigo que quería saber por qué el mundo era pequeño?

—Ese mismo.

Kate se quitó las botas junto al felpudo. No se las llevé al armario. No porque fueran pesadas. Porque si tomaba el abrigo, las botas, la bolsa y la cena antes de que ella cruzara la cocina, iba a convertirme en el hombre que ella esperaba que fuera.

Le señalé una bandeja junto a la pared.

—Puedes dejarlas ahí. Hay calcetines limpios en el cajón del baño si quieres.

Kate miró sus medias oscuras, empapadas en los talones.

—¿Tienes calcetines de invitada?

—Tengo muchos calcetines. El deporte exige una rotación absurda.

—Eso no responde la pregunta.

—No son de invitada. Son de supervivencia.

Su risa salió baja. Me hizo querer decir algo mejor. Me mordí la lengua y fui hacia el horno.

—¿Te molesta si termino esto? —pregunté.

—¿La comida? Me parece una propuesta razonable.

La masa había dorado bien en los bordes. La saqué con guantes y la dejé sobre la rejilla. Kate se acercó a la encimera y se quedó a medio metro de mí. El agua de la olla hervía con un sonido insistente. Afuera, una rama rozaba el vidrio de la puerta trasera.

—Huele bien —dijo.

—Es una estrategia de distracción.

—¿Funciona?

—No lo sé. Nunca cocino para personas difíciles.

Kate apoyó las manos en el borde de granito.

—Qué pena. Te estás perdiendo un mercado enorme.

Abrí un cajón y saqué un cuchillo para el pan. Ella vio cómo lo escogía, cómo probaba el filo contra la yema del pulgar. Bajó la mirada a mis manos.

—¿Puedo hacer algo? —preguntó.

—Sí. Puedes decirme si quieres agua con gas, agua del grifo o una salida de emergencia.

—Con gas.

—La salida de emergencia está por allá.

—Anotado.

Llené dos vasos. El suyo lo dejé junto a una tabla de cortar, sin empujárselo hasta que pudiera tomarlo si quería. Ella bebió un sorbo y volvió a mirar la lluvia.

—No recordaba que el agua se oyera desde la cocina —dijo.

—La otra vez no pasamos mucho tiempo escuchándola.

—Eso fue por diseño.

—Sí.

La palabra no tuvo borde, pero nos dejó a ambos mirando otro sitio. Agregué los espárragos a la sartén. El aceite chisporroteó. Kate tomó la bolsa de la panadería y la abrió.

—Compré pan de centeno —dijo—. No sabía que ibas a hacer tu propia versión.

—Mi mamá mandó harina de Yakima la semana pasada. Si no la uso, me llama para preguntarme por qué.

—¿Tu mamá lleva control de tu consumo de harina?

—Mi mamá lleva control de cosas más extrañas.

—Eso explica todavía más cosas.

La miré de reojo. Tenía una miga en el pulgar y el abrigo seguía doblado con demasiado cuidado sobre el respaldo de una silla. Por primera vez desde que había llegado, no estaba buscando la puerta.

—¿Cómo estuvo tu día? —pregunté.

—Extremadamente lleno de gente que usa la palabra «sinergia» sin pagar ninguna multa por ello.

—Qué sistema tan roto.

—Priya consiguió que Tessa aceptara intérpretes en las jornadas. Joel está reuniendo datos de los centros juveniles. Diane quiere una propuesta de piloto el lunes, porque al parecer su agenda la redactó una persona que cree que los fines de semana son un fallo moral.

—¿Y tú qué quieres?

Kate apoyó la cadera en la encimera. No respondió enseguida. Eso ya era algo.

—Quiero que no sea solo una manera de poner sus caras en un cartel. —Señaló con la barbilla hacia la ventana, en dirección imposible a Georgetown—. Quiero que, cuando alguien salga de un hospital con una bolsa de medicamentos y una hoja que no entiende, haya alguien que conteste. Nada glamoroso.

—Eso suena bastante importante.

—Lo es. Y es aburrido explicarlo en una sala llena de gente que quiere hablar de alcance de marca.

—A mí me gustó escucharlo.

Kate dejó el vaso en la encimera. No se protegió con una respuesta rápida. El silencio duró lo suficiente para que la salsa necesitara atención.

—Gracias —dijo.

Escurrí la pasta y la pasé a la sartén. El vapor subió entre nosotros, con olor a tomate y albahaca. Cuando se acercó para mirar, su hombro rozó mi brazo. No se apartó enseguida. Yo tampoco.

—¿Siempre cocinas como si hubiera una audiencia? —preguntó.

—Solo cuando sé que van a criticarme.

—No he dicho que vaya a criticarte.

—Trajiste pan de respaldo.

Kate soltó una risa que le dobló apenas los hombros. Después miró la sartén y se quedó más seria.

—No tenía hambre esta mañana —dijo—. Priya lo notó.

—¿Ahora tienes?

—No lo sé. Pero puedo intentarlo.

Asentí. No hice de eso una instrucción. Serví dos platos, corté una porción del pan de centeno y llevé todo a la mesa.

—Si no te gusta, podemos pedir comida.

—No hay ninguna emergencia de pasta que justifique una entrega a domicilio.

—Me tranquiliza tu criterio.

Nos sentamos frente a frente. La lámpara de la mesa dejaba un círculo tibio sobre los platos. Kate había elegido la silla desde donde podía ver la puerta trasera y el pasillo. No pensé demasiado en ello. Solo lo registré.

Comió dos bocados sin hablar. Yo hice lo mismo. La lluvia sostuvo un ritmo leve contra los ventanales.

—Está bueno —dijo por fin.

—Tu tono me hace sospechar que no quieres darme demasiada confianza.

—No la administres mal.

—Haré mi mejor esfuerzo.

Kate dejó el tenedor. Se pasó un dedo por el borde del plato, recogiendo una gota de salsa que no estaba a punto de caer.

—Priya sabe —dijo.

—Me escribiste.

—Sí, pero no hablamos de eso.

—Está bien.

—No parece que esté bien.

—Parece que me estás diciendo algo que necesito saber, y lo agradezco.

—No quería que te sintieras... reemplazado.

La palabra me obligó a mirar mi plato. No era la que habría usado. Priya era su amiga. Yo era un hombre que acababa de conocerla y que compartía con ella una posibilidad que todavía no tenía nombre.

—Kate, me alegra que no estés sola.

Ella tomó agua. El vaso chocó suave contra la mesa cuando lo dejó.

—No eres bueno para esto de hacer que las cosas sean fáciles.

—No creo que eso estuviera disponible.

La frase se me escapó antes de revisarla. Esperé la reacción. Kate no sonrió ni se cerró; bajó la vista a sus manos.

—No —dijo—. No lo está.

La lámpara zumbó apenas. La casa tenía sonidos que yo no notaba hasta que alguien se quedaba en silencio dentro de ella: el refrigerador cambiando de ciclo, la lluvia en las hojas, el golpe del muelle contra el agua cuando una ola llegaba desde un bote lejano.

—¿Cómo te fue con Priya? —pregunté.

—Me abrazó. Le pedí que no se lo dijera a nadie. Me ofreció sopa y una película horrible.

—¿Qué película?

—Una comedia donde todos toman decisiones financieras imposibles y luego terminan casados. Creo que fue una amenaza.

—Suena eficiente.

—Le dije que yo elegía la próxima.

—¿Eso cuenta como plan a futuro?

Kate dejó el tenedor. El metal golpeó el plato con un sonido seco.

—¿La próxima película?

—Sí. Era una broma mala.

—Ya.

La mano con que sostenía el vaso apretó tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Lo dejó sobre la mesa y se llevó los dedos a la muñeca desnuda, donde esa mañana no había reloj.

—Lo siento —dije—. No quería convertir una película en una declaración sobre el futuro.

—No pasa nada.

—Parece que sí.

Kate alineó el tenedor con el borde del plato. Tardó varios segundos en volver a hablar.