Capítulo 5 #2
La puerta se abrió a mitad de una frase sobre métricas.
Cole entró con Marcus Webb detrás de él. Marcus era casi tan alto como Cole, con barba cerrada y una toalla colgada al cuello. Tenía el tipo de cara que parecía haber decidido hace años no impresionar a nadie.
—Perdón —dijo Marcus—. El entrenador insiste en que corramos incluso cuando hay reuniones importantes.
—Es un tirano —dijo Cole, y luego me vio.
Frenó un paso. La mirada le bajó a mi reloj, volvió a mi cara y se quedó ahí el tiempo suficiente para que yo olvidara qué cifra estaba escribiendo.
—Kate —dijo.
—Callahan.
Marcus nos miró a los dos.
—¿Ustedes ya se conocen?
—El mundo es pequeño —dije.
Cole dejó su botella de agua sobre la mesa, lejos de mi cuaderno.
—Seattle está sobrevalorado en tamaño.
Priya hizo un sonido que podría haber sido una tos. Marcus tomó asiento junto a Joel.
—Soy Marcus Webb —dijo, tendiéndome la mano—. Y por si alguien necesita una explicación, no tengo idea de qué acaba de pasar.
—Priya Nair —dijo ella—. Estoy encantada de no ser la única.
Le estreché la mano a Marcus. Cole se sentó dos sillas más allá de mí, no junto a mí. Correcto. Profesional. Me molestó que lo agradeciera.
La reunión siguió. Tessa habló de una jornada de lanzamiento.
Joel explicó que el club ya trabajaba con centros juveniles en Rainier Valley y White Center, pero que los voluntarios aparecían de manera irregular cuando la temporada se apretaba.
Cole no tomó el control de la conversación.
Escuchó, apoyado hacia delante, con la toalla enrollada entre las manos.
—No prometan jugadores en cada actividad —dijo cuando Joel terminó—. Prometan un equipo que pueda atender llamadas aunque nosotros estemos fuera de la ciudad.
Tessa se volvió hacia él.
—La presencia de los jugadores es parte de lo que atrae a la gente.
—Sí. Pero no sirve de nada atraerlos a un lugar que no puede recibirlos.
La frase era casi idéntica a la que yo había usado por la mañana. Levanté la vista. Cole no me miró; estaba observando la pantalla como si fuera un partido que no le gustaba.
—Eso es exactamente lo que necesitamos diseñar —dije—. Que el impulso lleve a una respuesta, no a una foto.
Joel asintió y anotó algo.
—Bien. Entonces el piloto no será una aparición. Será una ruta de seguimiento con dos clínicas y los socios comunitarios que ya tenemos.
Aflojé los dedos del cuaderno. Hablamos durante cuarenta minutos más: presupuesto, protección de datos, horarios de los jugadores.
Priya consiguió que Tessa admitiera que no había previsto intérpretes.
Marcus preguntó si habría comida en las jornadas, y Joel respondió que esa era una discusión para el siguiente orden del día.
Cuando la videollamada terminó, Marcus se levantó y señaló a Cole con el pulgar.
—Él sabe dónde está el vestuario. Si necesitan recorrer el lugar, no lo pierdan.
—No suelo perderme —dije.
—Eso dicen todos antes de abrir una puerta equivocada y encontrarse con veinte tipos en una tina de hielo.
—Marcus —dijo Cole.
—Ya me voy.
Priya recogió su portátil.
—Yo también. Tengo que conseguir los nombres de los socios antes de que Joel decida que un formulario es una forma de cariño.
Joel se rió, agradeció otra vez y salió con ella al pasillo. Me quedé frente a la ventana, fingiendo revisar una lista. Cole cerró la puerta detrás de ellos.
No estaba cerca. Aun así, podía oír las gotas de agua cayendo desde su cabello al suelo de linóleo.
—No sabía que esto era tuyo —dije.
—No es mío. Solo juego aquí.
—Tu modestia tiene límites extraños.
—¿Quieres ver el gimnasio? Es parte de lo que estamos intentando no usar como decoración.
Lo pensé dos segundos de más.
—Cinco minutos.
—Cinco.
El gimnasio olía a tiza y metal caliente.
Había bicicletas alineadas frente a espejos, barras cargadas en soportes y una hilera de casilleros abiertos con botas embarradas debajo.
Cole caminó a mi lado sin rozarme. Yo llevaba el cuaderno pegado al pecho, como si la lista de riesgos pudiera protegerme de cualquier cosa.
—Lo de esta mañana —dijo—. Gracias.
—No agradezcas que te mande una invitación de calendario.
—No agradezco la invitación. Agradezco que quisieras que estuviera.
No me salió ninguna contestación. Miré una bicicleta inmóvil, el monitor apagado, una cuerda de saltar enrollada en el suelo.
—No tienes que decir nada bueno —añadió Cole—. Ni nada ahora.
—Bien, porque no tengo nada ensayado.
—Eso puede ser una ventaja.
Lo miré. Tenía una mancha de césped en la rodilla y la cicatriz de la ceja más clara bajo las luces del gimnasio. Parecía cansado. No el cansancio teatral que se vende en una entrevista, sino el de alguien que había corrido hasta que el cuerpo decidía por él.
—Esto tiene que funcionar —dije, señalando vagamente hacia el pasillo, hacia las oficinas, hacia todo el plan que acabábamos de abrir—. La gente no debería necesitar una estrella de rugby para que alguien le explique cómo tomar un medicamento.
—No —dijo—. Pero si mi cara consigue que entren por una puerta donde alguien puede ayudarlos, la presto.
La sencillez de la respuesta me dejó sin réplica. Cole bajó la vista a mi cuaderno.
—¿Cinco minutos ya pasaron?
—Sí.
—Eres implacable.
—Lo estoy intentando.
Una sonrisa breve le movió la boca. No dijo peligro. El hecho de que no lo dijera era una cortesía; también fue una pérdida ridícula.
—Te veo el miércoles —dijo.
Asentí.
—El miércoles.
Volví a la sala de reuniones antes de que pudiera convertir dos palabras en una estrategia.
* * *
Priya esperó hasta que estuvimos en el estacionamiento de Halcyon, al final de la tarde, junto a su automóvil azul cubierto de polen. La lluvia se había ido y los edificios del centro devolvían una luz pálida sobre los charcos.
—No voy a preguntarte quién es —dijo.
—Es Cole Callahan.
—Gracias por ahorrar tiempo. No voy a preguntarte por qué él te miró como si alguien hubiera cambiado las reglas del rugby.
—Eso también habría sido una pregunta mala.
—Sí. Soy muy versátil.
Abrí la puerta de mi coche. Priya la sostuvo antes de que pudiera cerrarla.
—Kate.
La voz le había cambiado. Nada de bromas. Sus anillos golpearon el borde de la puerta cuando ajustó la mano.
Miré el asfalto entre las dos. Una hoja de arce vieja, cobriza por el invierno, se había pegado a un charco. No quería que nadie me mirara mientras decía aquello. Quería mantenerlo dentro de una frase técnica, limpia, sin consecuencias.
—Estoy embarazada —dije.
Priya no habló enseguida. Me miró la cara, no el reloj ni el bolso ni el teléfono. Después soltó la puerta y dio un paso hacia mí.
—¿Estás bien?
La pregunta era imposible. Eso me salvó de responder con una mentira preparada.
—No sé. —El aire me salió a tirones—. Tengo miedo. Estoy furiosa conmigo por tener miedo. Tengo una cita el miércoles y él va a ir. No sé qué quiero hacer después.
Priya apoyó una mano en mi brazo. No me abrazó hasta que asentí.
Entonces me rodeó con los dos brazos, firme y sin apretar demasiado. Olía a perfume cítrico y al café de la oficina. Yo apoyé la frente en su hombro. El botón de su abrigo me dejó una marca en la mejilla.
—No tienes que saberlo hoy —dijo Priya, muy bajo—. Pero no vas a atravesar esta semana sola.
Me quedé quieta un momento más. La gente salía del edificio, hablaba por teléfonos, cruzaba hacia el tren ligero. Nadie nos prestaba atención.
—No se lo digas a nadie —dije cuando me separé.
—No lo haré. Ni siquiera a Lena, y sé cosas de su vida que ella considera patrimonio de la humanidad.
Una risa me raspó la garganta. Priya me pasó un pañuelo que sacó de un bolsillo interior.
—¿Cole sabe?
—Sí.
—¿Es decente?
Pensé en la tostadora de Fremont, en su cuaderno apartado, en el mensaje que no había intentado mejorar mi respuesta.
—Hasta ahora.
—Perfecto. Tenemos una evaluación provisional. Sin ascensos hasta nueva orden.
—Eso es razonable.
—Y comerás algo esta noche.
—Ahí está la administración.
—No te estoy administrando. Te estoy ofreciendo sopa, una película mala y el derecho de expulsarme de tu sofá si te molesto.
Miré mi coche, luego el teléfono en la mano. Había un mensaje nuevo de Cole: Ya llegué a casa. Te escribo después de cenar, si te parece.
El mundo seguía dejando avisos en la pantalla. Esta vez no sentí que todos exigieran una respuesta inmediata.
—Sopa —dije—. Pero la película la elijo yo.
Priya sonrió.
—Eso sí que me preocupa.
Antes de subir al coche, respondí a Cole.
Yo: Priya ya sabe. Y sí, escríbeme después.
Guardé el teléfono sin esperar la contestación. Priya arrancó delante de mí y la seguí hacia Capitol Hill, con el reloj cerrado sobre la muñeca y una persona más al otro lado de la noticia.