Capítulo 5
El correo de Diane llegó a las siete y ocho, con un asunto que parecía una broma de mal gusto: ALIANZA COMUNITARIA — CONFIDENCIAL HASTA ANUNCIO.
Lo abrí de pie en mi cocina, mientras el hervidor empezaba a temblar sobre la hornilla. Afuera, Capitol Hill brillaba con asfalto mojado. La albahaca del alféizar había perdido otra hoja durante la noche. Mi teléfono, boca abajo junto al azucarero, llevaba treinta y siete minutos sin encenderse.
No lo había mirado desde la llamada con Cole.
No porque estuviera aplicando una regla. Solo porque cada vez que pensaba en hacerlo, la nuca se me tensaba y encontraba algo más urgente: medir café, revisar el cierre de la ventana, comprobar que la puerta estuviera cerrada. La revisé dos veces. A la tercera me obligué a bajar la mano.
El correo tenía una invitación a una reunión de las ocho y media, una presentación de doce diapositivas y una frase de Diane que no admitía negociación: Kate, quiero que lideres la parte operativa. Llegas con preguntas, no con una presentación.
Abrí las diapositivas.
Halcyon Health y los Seattle Sentinels. Una colaboración de salud comunitaria para reforzar el seguimiento tras las altas hospitalarias en tres barrios donde las urgencias se llenaban de pacientes que no tenían a quién llamar cuando el medicamento cambiaba, el transporte fallaba o la instrucción escrita no servía para una casa donde se hablaban dos idiomas.
La foto de portada mostraba a jugadores de rugby alrededor de una mesa con niños. En el extremo derecho, medio apartado del grupo, Cole Callahan sostenía un casco infantil de bicicleta mientras un niño intentaba ponérselo al revés.
La imagen debía tener meses. Yo llevaba menos de un mes sabiendo que sus manos eran cuidadosas incluso cuando no tenía público.
El hervidor silbó. Apagué el fuego demasiado rápido y el agua salpicó la encimera.
—Muy profesional —murmuré.
Preparé café, lo dejé enfriar y me vestí con un blazer gris, pantalón negro y una blusa que esa mañana me pareció demasiado blanca. Elegí el reloj de mi abuela. El cierre cedió a la primera. Me lo puse de todos modos.
El teléfono vibró cuando ya estaba en el rellano.
Cole: ¿Dormiste algo?
La pregunta no llevaba instrucciones ni soluciones. Solo ocupaba la pantalla.
Yo: Lo suficiente para presentarme como una persona funcional.
Cole: Una meta alta para un lunes.
Yo: Mi empresa va a trabajar con los Sentinels.
Tardó unos segundos.
Cole: Es un mundo bastante pequeño.
Yo: Diane quiere que lidere operaciones.
Cole: Entonces tendremos que aprender a usar salas de reuniones sin hablar de tu calendario.
Leí el mensaje apoyada contra la pared descascarada del descanso. Podría haber respondido con una broma. Podría haber dicho que su calendario no era asunto de nadie. En lugar de eso, escribí:
Yo: Mi cita es el miércoles. A las nueve. Me dieron hora en First Hill.
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces.
Cole: Gracias por decírmelo.
Cole: ¿Quieres que vaya?
El ascensor no existía en mi edificio, así que no podía fingir que el ruido de una puerta me había obligado a seguir moviéndome. Me quedé allí, con el bolso cruzado sobre el hombro y una gota de lluvia creciendo en la punta de mi zapato.
Yo: Sí.
Mandé el mensaje antes de tener tiempo de convertirlo en una cláusula.
Cole: Voy a estar.
No añadió nada. No preguntó si debía pasar por mí, si quería que llamara, si había que llevar algo. El alivio fue tan inmediato que me irritó.
Guardé el teléfono y bajé los tres pisos con el sabor del café frío todavía en la boca.
* * *
La sala grande de Halcyon ya estaba ocupada cuando llegué. La pantalla mostraba el logotipo verde de la empresa junto al escudo azul y blanco de los Sentinels; los dos parecían haber sido colocados ahí por una persona que no había tenido que mirar un solo presupuesto.
Diane estaba junto a la ventana, con una taza sin tapa y el cabello recogido en el mismo moño bajo de siempre. Sasha repasaba unas notas en su tableta. Priya había encontrado una caja de pasteles en la cocina y estaba abriendo uno sobre una servilleta con la concentración de una cirujana.
—Llegas puntual —dijo Priya sin levantar la vista—. Me preocupaba que tu ascenso te hubiera convertido en una de esas personas que entran tarde para demostrar que todos deben esperarlas.
—No tengo tiempo para desarrollar un defecto nuevo.
Priya me ofreció la caja. El glaseado olía a mantequilla y canela. Mi estómago se cerró antes de que pudiera decidir si tenía hambre.
—Luego —dije.
Ella miró mi mano vacía. No insistió. Diane sí miró el reloj de pared.
—Bien. Empecemos.
La presentación hablaba de impacto, alcance y visibilidad de marca. Diane dejó pasar tres diapositivas antes de cerrar el portátil con una mano.
—No vamos a hacer un anuncio con atletas para sentirnos generosos —dijo—. Los Sentinels quieren financiar y prestar tiempo de sus jugadores. Nosotros necesitamos que el programa sobreviva a la fotografía del primer día. Kate, dime dónde se rompe.
Todas las caras se volvieron hacia mí. Me alegré de eso. Las preguntas de trabajo eran una superficie firme; sabías dónde poner los pies.
—En la transición —dije—. Si la campaña lleva a las personas a una línea telefónica que no puede responderles, habremos creado más frustración de la que quitamos.
Necesitamos coordinadores de alta en las clínicas asociadas, rutas de derivación claras y datos compartidos con consentimiento. No una cinta inaugural.
Diane asintió una vez.
—¿Qué necesitas para diseñarlo?
—Acceso a los equipos comunitarios de los Sentinels. Quiero saber a qué barrios llegan de verdad, quiénes son sus socios y qué pueden prometer sin convertir a un jugador lesionado en una pieza de cartelería.
Sasha levantó la vista.
—También necesitaremos saber qué hacen cuando un jugador decide hablar de salud mental ante una cámara sin haber consultado el guion.
—Por eso no debería haber un guion que finja que una persona es una campaña —dije.
Priya soltó un ruido de aprobación detrás de su taza.
Diane me señaló con el bolígrafo.
—Hoy a las dos, Georgetown. Primera reunión de trabajo con el club. Tú, Priya y el equipo legal. No prometas plazos. Averigua si podemos construir algo útil.
—Entendido.
—Y Kate.
—¿Sí?
—No les expliques rugby.
Priya levantó una mano.
—Eso era exactamente lo que pensaba hacer.
—Por eso no vas a dirigir la reunión —dijo Diane.
La risa de Sasha fue corta, pero real. La mía apareció después, más débil de lo habitual. En la mesa, mi bolígrafo había quedado torcido respecto a la libreta. Lo enderecé antes de tomar notas.
La reunión terminó veinte minutos más tarde. Diane salió primero, seguida por Sasha, que me dijo que revisaría los datos de cobertura antes del mediodía. Priya cerró la puerta con el hombro y se quedó apoyada contra ella.
—¿Qué fue eso de los pasteles?
—No tenía hambre.
—Kate.
—Priya.
—No estoy preguntando por los pasteles.
El climatizador zumbaba sobre nosotras. La pantalla seguía mostrando dos logotipos demasiado seguros de sí mismos. Mi teléfono vibró dentro del bolso y no lo saqué.
—No aquí —dije.
Priya no cambió de postura. Solo recogió la caja de pasteles.
—Está bien. Pero voy a tomarme el resto como compensación emocional.
—Eso parece una política de recursos humanos bastante cuestionable.
—Demándame.
* * *
Las instalaciones de los Sentinels no se parecían a nada que Halcyon llamara oficina.
El vestíbulo tenía paredes de ladrillo, vitrinas con camisetas enmarcadas y un olor limpio de pasto recién cortado que no lograba cubrir el linimento.
Desde algún sitio al fondo llegaban golpes rítmicos contra sacos de placaje. Cada impacto me atravesaba los zapatos.
Un hombre de traje azul marino nos esperaba junto a la recepción. Era bajo, ancho de hombros y llevaba una insignia del club prendida en la solapa.
—Kate Mercer, Priya Nair. Soy Joel Brandt, director de comunidad —dijo, estrechándonos la mano—. Gracias por venir. Cole dijo que el equipo de Halcyon haría preguntas incómodas.
—Cole es optimista —dije.
Joel sonrió.
—Eso no es lo que solemos decir de él cuando el marcador está apretado.
Nos condujo por un pasillo donde había fotografías de equipos anteriores, botas alineadas bajo bancos de madera y una pizarra llena de flechas rojas. Priya se detuvo frente a una imagen de un jugador suspendido en el aire, con la pelota apretada contra el pecho.
—¿Eso es legal? —preguntó.
—Depende de a quién le pregunte —respondió Joel.
—Excelente. Ya tenemos una estrategia de cumplimiento.
La sala de reuniones daba a uno de los campos. Por el vidrio se veían conos naranjas sobre el césped húmedo y un grupo de hombres moviéndose en bloques rápidos, demasiado grandes para parecer coordinados hasta que cambiaban de dirección al mismo tiempo.
Cole estaba entre ellos. Llevaba camiseta gris de entrenamiento, pantalón corto oscuro y vendas blancas en ambos antebrazos. Su pelo, húmedo por la lluvia, se le pegaba en la frente. Al agacharse para recoger un balón, reconocí la curva de su espalda antes de querer hacerlo.
No era un lugar para recordar su cocina. Mi cuerpo no recibió el aviso.
—¿Él es el que conoce? —preguntó Priya en voz baja.
La miré.
—Conozco a varios jugadores por... los medios.
Priya mantuvo la vista en el campo. La expresión de su boca cambió apenas. Anotado.
Joel abrió la puerta de la sala.
—Nuestro director ejecutivo se une por videollamada. Marcus Webb y Cole representan al plantel. Quieren asegurarse de que el programa no les pida posar dos horas y desaparecer después.
—Es una preocupación razonable —dije.
—Me alegra oírlo.
Cuando nos sentamos, Cole todavía estaba afuera. Apreté el borde de mi cuaderno con la mano izquierda hasta que las uñas granate marcaron el cartón. El reloj me pesaba en la muñeca.
Joel encendió la pantalla. Una mujer de Relaciones Públicas se presentó como Tessa y comenzó a hablar de fechas de lanzamiento. Yo tomé notas. Priya hizo preguntas sobre idiomas, transporte y quién pagaría a los coordinadores cuando terminara el entusiasmo inicial.