Capítulo 4 #2
—Detalle menor.
La vi darse cuenta de lo que había dicho. Bajó la mirada al café.
—Lo que quiero decir es que no tengo una respuesta limpia.
—No hace falta que la tengas hoy.
—No quiero que eso sea una forma elegante de dejarlo en tus manos.
—No lo es. Es tu cuerpo. La decisión es tuya. Pero si me dejas, quiero estar en la conversación. No para inclinarla. Para estar.
Kate no respondió de inmediato. Afuera pasó un autobús levantando agua sucia junto al cordón. El ruido llegó amortiguado por el vidrio.
—¿Y si decido no seguir? —preguntó.
—Te acompaño si quieres que te acompañe.
—¿Y si decido seguir?
La respuesta se acumuló en la boca antes de salir. Había imágenes que no me pertenecían: una cuna en el cuarto de invitados, mis padres enviando cajas de manzanas, una mano diminuta cerrándose alrededor de mi dedo. Las aparté. No podía ponerlas frente a ella como argumentos.
—Entonces hablamos de cómo hacerlo —dije—. Los dos. Sin fingir que será sencillo.
Kate me estudió. Sus ojos no se apartaron de los míos, pero su mano buscó el borde de la mesa y lo recorrió una vez.
—No tienes miedo al dinero —dijo.
—No.
—Yo tampoco.
—Eso no resuelve casi nada.
—No, pero evita que llamemos «pánico» a algo que es otra cosa.
El nombre de esa otra cosa no salió. No hacía falta. Teníamos tiempo, trabajo, cuerpos que no conocíamos bien, una noche compartida y una vida que había dejado de obedecer los acuerdos escritos.
—Somos adultos —dije—. Tenemos seguro médico. Podemos pagar una cuna, una niñera, abogados si alguien decide que el bebé necesita una constitución.
—No necesita abogados. Todavía.
—No lo sabemos. Puede ser muy ambicioso.
Kate dejó escapar otra risa, más pequeña. Después su cara volvió a cerrarse.
—No uses el humor para sacarnos de esto.
—No lo haré.
—No estoy diciendo que no puedas hacer bromas. Solo... —Se detuvo. Miró el panecillo deshecho—. No quiero que parezca que estamos tranquilos porque podemos pagar el miedo.
—No estamos tranquilos.
—No.
El café sabía a ceniza. Dejé el vaso.
—¿Qué necesitas de mí hasta que tengamos más información?
Kate frotó el pulgar contra la uña agrietada.
—Dos semanas.
—¿Dos semanas para qué?
—Para pensar sin que alguno convierta la primera reacción en una promesa. Quiero ir a la cita. Quiero hablar contigo cuando tenga algo más que dos líneas de plástico. Quiero que todas las opciones sigan siendo opciones, incluso si a uno de los dos le da miedo escucharlas.
La petición no dejaba espacio para discutir. Asentí.
—Dos semanas.
—Y honestidad. Si investigas clínicas, me lo dices. Si hablas con alguien, me lo dices. Si de pronto decides que esto es una catástrofe o una buena noticia, también me lo dices.
—No voy a hablar con nadie sin que tú lo sepas.
—No puedes prometer eso por mí.
—No. Pero puedo prometerlo por mí.
Kate movió el café hasta alinearlo con la veta de la mesa. Reconocí el gesto y tuve que impedir que mi mano corrigiera la posición del salero imaginario que no estaba allí.
—Yo también —dijo—. No voy a desaparecer.
La frase me devolvió a la servilleta bajo mi parasol. No me busques. La había respetado porque era lo mínimo. Ahora ella estaba sentada frente a mí, con el abrigo todavía puesto y los ojos cansados, ofreciéndome una promesa más pequeña y mucho más peligrosa.
—De acuerdo —dije.
—No es un acuerdo de socios.
—Lo sé.
Kate cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había cansancio y algo cercano a una decisión.
—Te llamaré cada noche —dijo—. No para resolver nada. Para mantenerte al tanto y darnos tiempo de pensarlo bien.
—Puedo hacer eso.
—Y la cita. Si quiero que vengas, vienes. Si no, no apareces en la sala de espera con una carpeta.
—No tengo una carpeta.
Miró el cuaderno.
—Tienes una carpeta emocional con anillas.
—Es una acusación justa.
—Lo sé.
Por primera vez desde que llegó, apoyó la palma sobre el cuaderno. No lo tomó. Solo lo dejó quieto.
—No tienes que tirarlo —dijo—. Solo no lo uses para manejarme.
Quise decir que no la manejaría. Quise decir que sabía la diferencia. Las dos cosas habrían sido mentiras si las decía con esa seguridad.
—Voy a intentarlo —respondí.
Kate retiró la mano. El panecillo quedó reducido a migas entre nosotros.
—¿Eso es todo? —preguntó.
Miré el reloj de la pared. Habíamos pasado la hora acordada por catorce minutos.
—Por hoy, quizá.
—No me digas «quizá». Me pone nerviosa.
—Por hoy, sí.
Se puso el abrigo bien sobre los hombros. No había tocado más que una miga. Tomó el bolso y el vaso vacío.
—Te mandaré la fecha de la cita cuando la tenga.
—Gracias.
Fuimos hacia la puerta. Allí, con el olor de café pegado a la ropa y la lluvia inclinándose contra el vidrio, ella se detuvo.
—Una cosa más —dijo.
—Dime.
—Esa noche no fue un error.
El local seguía lleno. El molino volvió a rugir. Aun así, escuché cada palabra.
—No —dije—. No lo fue.
Kate asintió una vez. Luego abrió la puerta y salió a la lluvia sin mirar atrás.
Me quedé dentro hasta que dobló la esquina. Después regresé a la mesa, metí el cuaderno en la mochila y tiré las migas del panecillo a la basura.
En la camioneta, antes de arrancar, saqué el teléfono. Había un mensaje de Rick preguntando si podía hablar esa tarde sobre San Diego. Debajo, uno de Marcus: ¿Vas a cenar el domingo o tengo que inventar otra tragedia para que aparezcas?
No respondí a ninguno.
Guardé el teléfono boca abajo en la consola y arranqué.