Donde aterrizamos Capítulo 4
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Capítulo 4

El cuchillo quedó suspendido sobre el ajo.

—Estoy embarazada —dijo Kate.

La tabla de cortar estaba llena de cáscaras de cebolla y el agua de la olla hervía sin nada dentro.

A través de la ventana, el lago era una franja negra entre las luces de los edificios.

Había puesto música baja, algo de guitarra que Joanne me enviaba cada vez que pensaba que yo estaba comiendo mal, y llevaba diez minutos discutiendo con una zanahoria demasiado vieja para una sopa decente.

—Está bien —dije.

La frase salió sola. No servía para nada.

Del otro lado hubo un silencio. Oí un golpe pequeño, quizá sus uñas contra la mesa. Recordé sus uñas color granate, el reloj sobre mi mesilla, la manera en que se había reído en mi cocina y después había dejado cada cosa en su sitio antes de irse.

—No, no lo está —respondió.

Dejé el cuchillo sobre la tabla. Tenía el teléfono entre el hombro y la oreja y las manos húmedas de lavar verduras. Lo agarré bien.

—Tienes razón. Lo siento. No quise decir que...

No sabía qué había querido decir. Que había oído. Que seguía ahí. Que su voz no se iba a perder entre el agua hirviendo y la música de fondo.

—Hice dos pruebas —dijo Kate—. No era una línea dudosa. Fueron dos. Leí las instrucciones. Dos veces.

La imagen se formó sola: Kate en su baño, con ese gesto preciso que ponía cuando el mundo no cumplía lo prometido. No pregunté si estaba segura. No pregunté por qué no me había llamado antes. No había una versión de esas preguntas que no sonara como una factura.

—¿Estás sola?

—Sí.

—¿Te duele algo?

—No. Estoy sentada en mi cocina. Tengo agua. También tengo una manzana que no pienso comer, por si el informe de situación te interesa.

La broma llegó con el filo roto. Me apoyé en la encimera.

—Me interesa.

—Cole.

—Lo sé. Perdón.

El vapor de la olla me humedeció la cara. Apagué el fuego. En mi casa, cuando una receta se iba de las manos, lo primero era bajar la temperatura. Aquello no era una receta. Mi cuerpo insistía en buscar una equivalencia que pudiera usar.

—No quiero que vengas —dijo ella antes de que yo abriera la boca—. No esta noche.

—No voy a ir.

Kate tardó un momento en responder. Al menos ya no tenía que defender la puerta de su apartamento.

—Gracias —dijo al cabo de un momento.

—¿Quieres que me quede al teléfono?

—No sé.

—Está bien no saber.

Kate soltó aire por la nariz. Casi una risa, casi una protesta.

—No me des frases de taza, por favor.

—No tengo tazas con frases. Marcus intentó regalarme una y la usé para guardar tornillos.

Eso obtuvo una exhalación más clara. Me agarré a ella, pero no añadí nada.

—Mañana podemos vernos —dije—. Donde tú quieras. Una hora. Sin decisiones si no quieres tomar decisiones.

—Quiero hablar, pero no aquí ni en tu casa.

—Fremont tiene una tostadora de café. Es ruidosa y el café es demasiado caro. Nadie puede oír nada útil allí.

—Eso suena diseñado para que no vuelva a escaparme antes del desayuno.

La frase me dolió más de la cuenta. Ella había salido de mi casa exactamente como prometió. Yo había respetado la nota exactamente como debía. Aun así, miraba el parasol cada vez que subía a la camioneta.

—No voy a cerrar ninguna salida —dije.

Kate no respondió enseguida.

—Nueve y media —dijo por fin—. Mañana. Una hora.

—Una hora.

—Y no investigues nada esta noche.

Miré el ordenador portátil cerrado sobre la mesa del comedor. No solía dejarlo ahí. Había traído a casa los papeles del entrenamiento por si quería revisar la defensa de los Breakers antes de dormir.

—No voy a investigar nada.

—No te creo, pero gracias por intentar que parezca posible.

—Peligro.

La palabra se me escapó antes de calcular si aún me pertenecía. Ella guardó silencio. Después, con voz más baja, dijo:

—Hasta mañana, Cole.

—Hasta mañana, Kate.

La llamada terminó.

Me quedé mirando el teléfono. La olla dejaba de soltar vapor. Sobre la tabla, el ajo empezaba a oler más fuerte que antes y la cebolla se había quedado con una capa brillante de humedad. Me lavé las manos, sequé la encimera y guardé el cuchillo en el bloque.

No encendí el ordenador durante cuatro minutos.

Luego lo abrí.

* * *

A las nueve y media menos doce ya estaba sentado bajo el tragaluz de la tostadora de Fremont.

La lluvia golpeaba el vidrio en ráfagas cortas.

Detrás del mostrador, el molino rugía cada treinta segundos y el aire olía a azúcar quemada, café tostado y ropa mojada.

Había elegido una mesa junto a la pared, lejos de la puerta y con dos sillas que no obligaban a nadie a sentarse de espaldas al local.

Después de hacerlo, me odié un poco. Eso no era presencia. Era logística disfrazada de atención.

Guardé el cuaderno en la mochila antes de que Kate llegara.

No había escrito mucho. Solo una lista de nombres de clínicas, una línea de la aseguradora de mi plan, un enlace a una calculadora de fechas y seis preguntas que parecían sensatas hasta que las vi juntas.

¿Te sientes segura? ¿Quieres que vaya contigo?

¿Has llamado a alguien? ¿Necesitas dinero?

¿Qué te dijo el médico? ¿Qué hacemos ahora?

La última era la única honesta. También era la peor.

Kate entró con un abrigo azul marino abierto sobre un vestido negro y una coleta baja que le tiraba de la cabeza. Llevaba un vaso de cartón vacío en una mano y el bolso pegado al costado. No parecía haber dormido. Tampoco parecía dispuesta a permitir que nadie lo notara.

Al verme, frenó apenas. Después vino hacia la mesa.

—Llegaste temprano —dijo.

—Tengo una relación complicada con los horarios.

—Eso sí lo recuerdo.

Se sentó frente a mí, dejó el bolso en la silla libre y miró el menú escrito en la pared.

—¿Ya pediste?

—Esperé.

—Bien. No conviertas esto en un hábito.

Fui a la barra por dos cafés y un panecillo de arándanos que ella no había pedido. Cuando volví, Kate tenía las manos escondidas bajo la mesa. La luz gris del tragaluz marcaba las sombras bajo sus ojos. No llevaba el reloj.

Dejé el panecillo entre los dos.

—No tienes que comerlo —dije.

—Qué generoso.

—Estoy practicando.

Una esquina de su boca se movió. Tomó el vaso, comprobó la tapa y bebió con cuidado.

—No tengo náuseas —dijo—. Por si vas a sacar una libreta.

—No saqué una libreta.

—¿Pero la trajiste?

No mentí. Incliné la cabeza hacia la mochila bajo mi silla.

Kate miró el bulto azul durante un segundo. Después apoyó los dedos en el borde de la mesa. Las uñas granate tenían una pequeña grieta en el índice derecho.

—No quiero que me conviertas en un proyecto —dijo.

—No quiero hacerlo.

—Eso no es lo mismo.

No tenía una defensa que no empeorara las cosas. Abrí la mochila, saqué el cuaderno y lo dejé sobre la mesa. Luego lo empujé hacia ella.

—Tienes razón.

Kate no lo abrió. Sus dedos quedaron cerca de la tapa.

—¿Qué hay ahí?

—Clínicas. Mi seguro. Fechas aproximadas. Preguntas que me dieron vergüenza cuando las escribí.

—¿Cuántas preguntas?

—Seis.

—Eso es peor de lo que esperaba.

—No quiero ganarme ningún premio hoy.

El molino se encendió detrás de nosotros. Kate esperó a que el ruido bajara.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.

La escuché repetir mi propia pregunta, la que había dejado al final de la lista. No tenía tono acusador. Solo estaba cansada.

—No lo sé —dije.

Ella me miró de frente por primera vez desde que había llegado. No era alivio lo que vi; no me debía eso. Pero sus hombros bajaron un poco.

—Bien —dijo—. Porque yo tampoco.

Tomé el café, aunque ya se había enfriado.

—Podemos empezar por lo que sí sabemos.

—No hagas una reunión de trabajo de mi embarazo.

—No quería hacer eso.

—Lo sé. Es que suena igual.

Asentí. Había pasado años escuchando a entrenadores decir que había que volver a los fundamentos cuando un partido se rompía. Correr. Placar. Pasar. A veces funcionaba. A veces era una manera de no reconocer que el equipo estaba asustado.

—Sé que te llamas Kate Mercer —dije—. Sé que eres mala comiendo tostadas y que te vas antes de que amanezca si te lo propones. Sé que tienes dos pruebas positivas. Sé que no estoy preparado para esta conversación y que voy a decir algunas cosas torpes.

Ella miró el panecillo. Arrancó una miga con el pulgar.

—Eso es bastante exacto.

—¿Puedo preguntar cuándo fue tu última regla?

Kate me sostuvo la mirada. Esperé. Al final respondió.

—El veinticinco de febrero. Más o menos. No llevo un diario de mi cuerpo, Cole.

—No te estoy pidiendo que lo lleves.

—Ya sé.

—Solo quiero saber si necesitas atención hoy.

Su mano se cerró sobre la miga.

—Llamé a una clínica antes de venir. Me dijeron que podía pedir una cita la próxima semana.

—Bien.

—No digas «bien» como si acabáramos de cerrar una venta.

—No era eso.

—Lo sé. —Bebió otro sorbo—. Lo siento. Estoy intentando no pelear contigo y llevamos menos de veinte minutos.

—Puedes pelear conmigo si te ayuda. Solo no voy a fingir que no tienes motivos para estar alterada.

—No quiero que me des permiso para estar alterada.

—Entendido.

La palabra se quedó entre los dos. Una pareja en la mesa de al lado compartía una tostada con aguacate y discutía por un mapa en un teléfono. Un niño golpeaba una cuchara contra un vaso, ajeno a la mirada agotada de su padre. La normalidad de los demás me resultó ofensiva durante un segundo.

Kate arrancó otra miga.

—No quería hijos ahora —dijo.

—Yo tampoco.

No adorné la respuesta. Ella levantó la vista.

—¿Nunca?

La pregunta llegó despacio. Era una pregunta que no tenía derecho a hacerme, y por eso parecía más importante.

—No lo sé. —Pasé un dedo por el borde del vaso—. Supongo que siempre pensé que, si ocurría, sería después de renovar el contrato. Con una casa más ordenada. Con alguien a quien conociera mejor que a ti.

—Eso es brutalmente romántico.

—Estoy en mi mejor momento.

Kate soltó una risa corta. Se tapó la boca enseguida, como si no hubiera querido dármela. No la señalé.

—Yo creía que tendría tiempo —dijo—. Para decidir si quería hacerlo. Para tener un puesto estable, un apartamento menos caro, una persona que no fuera una apuesta de una noche.

—Tienes un apartamento bonito.

—Tú no has visto mi albahaca.

—No he visto tu apartamento.