Capítulo 20 #4
—Regresaré a Estados Unidos. Naomi y otras integrantes quieren crear una compañía propia. Yo escribiré y produciré.
—Asteria intentará bloquearlas.
—Mis abogados creen que la filtración y la colaboración con Aristeo invalidan varias cláusulas.
—Ginny puede revisar…
Me detuve.
Evie también.
Ofrecer una solución antes de que la solicitara.
El hábito continuaba vivo.
—Puedo pedirle a Ginny que te envíe un contacto si lo deseas —me corregí.
Algo se suavizó en su rostro.
—Sí. Gracias.
Asentí.
Volvimos a quedar en silencio.
—Noah y yo terminamos —dijo.
La noticia produjo una reacción inmediata.
Alivio.
Esperanza.
Vergüenza por ambas.
—Lo siento.
—Mientes.
—Solo parcialmente.
La comisura de sus labios se movió.
—Él sabía que continuaba enamorada de ti.
—Noah demostró una capacidad extraordinaria para aceptar malas decisiones.
—Acostarme con él no fue una mala decisión.
Los celos aparecieron.
No con la violencia anterior.
Como una herida presionada desde dentro.
—No necesito detalles.
—No pensaba ofrecerlos. Solo quiero que comprendas que no voy a convertirlo en un error porque nuestra relación terminara.
—Lo comprendo.
—¿De verdad?
—No.
Evie soltó una risa breve.
La primera entre ambos desde antes de que todo se quebrara.
El sonido desapareció demasiado rápido.
—Lo que tuvimos fue real —dijo—. No igual a lo que siento por ti. Pero real.
—Lo sé.
—Noah merecía que se lo reconociera.
—Sí.
—Y tú merecías la verdad antes de que yo utilizara nuestros documentos para vengarme.
La ligereza desapareció.
Evie bajó los ojos.
—No voy a explicarlo otra vez.
—Bien.
—Tampoco intentaré convencerte de que mi dolor lo justificaba.
—Mejor.
—Solo quiero decirlo sin esperar que respondas.
Levantó la mirada.
—Lo siento.
No añadió pero.
No habló de mis mentiras.
No mencionó a Isabella.
—Quise que sintieras exactamente lo que yo había sentido —continuó—. Quería que descubrieras que alguien podía amarte y aun así decidir que tu intimidad era un precio aceptable.
El frío tensó la piel alrededor de la cicatriz.
—Funcionó.
—Lo sé.
—No digas eso.
Evie cerró los ojos brevemente.
—Tienes razón.
—Resulta irritante cuando las personas utilizan esa frase después de destruir algo.
—También tienes razón sobre eso.
—Deja de concederme cosas.
—No sé qué otra cosa hacer.
—Podrías discutir.
—No vine para ganar.
La observé.
Evie parecía distinta.
No más débil.
Menos protegida por la rabia.
—¿Por qué viniste? —pregunté.
—Para despedirme.
La palabra encontró un lugar que todavía no había cicatrizado.
—¿Cuándo te marchas?
—Mañana.
—Naturalmente.
—Si te lo hubiera dicho antes, habrías intentado organizar mi seguridad.
—Tu seguridad continúa siendo insuficiente.
—Tengo cuatro agentes.
—Dos trabajan para una empresa que Asteria recomendó.
Evie arqueó una ceja.
—¿Los investigaste?
—Bash lo hizo.
—¿Porque se lo pediste?
—Porque posee iniciativa.
—Adrien.
—Sí.
Soltó el aire.
—No puedes continuar vigilándome después de que me vaya.
—Puedo. Solo se volverá más caro.
—No era una broma.
—La mía tampoco.
Evie se acercó.
—No quiero que me protejas sin preguntarme.
—Continúas recibiendo amenazas.
—Entonces pregunta.
La palabra quedó entre nosotros.
Algo tan sencillo.
Algo que nos había costado sangre, mentiras y demasiado tiempo aprender.
—¿Quieres que Bash mantenga una evaluación de seguridad mientras se resuelve el caso? —pregunté.
Evie pensó.
No fingió hacerlo solo para demostrar un punto.
—Sí. Pero los informes llegarán también a mí y podré rechazar cualquier medida.
—De acuerdo.
—Sin ubicaciones permanentes.
—Eso reduce…
—Adrien.
—De acuerdo.
—Sin intervenir en mis contratos.
—Aunque sean mediocres.
—Puedes darme tu opinión si la pido.
—Una estructura autoritaria.
Evie sonrió.
Esta vez duró un poco más.
Después miró mi costado.
—¿Puedo?
No necesitó especificar.
El cuerpo se me tensó.
Aun así, asentí.
Evie levantó la mano.
La apoyó sobre mi abrigo, encima del lugar donde la bala había entrado.
El calor atravesó la tela.
—Pensé que habías muerto —murmuró.
—También yo. Resultó decepcionante para varias personas.
—No hagas bromas.
—Beatrice dijo lo mismo. Parece que organizaron una campaña.
Los dedos de Evie temblaron.
—Había tanta sangre.
Su voz se quebró.
—Y tú continuabas intentando llegar hasta Alexander.
—Era mi hermano.
—Lo sé.
—Era Orfeo.
—También lo sé.
—No puedo conseguir que ambas cosas existan al mismo tiempo.
Evie levantó los ojos.
—No tienes que conseguirlo hoy.
—Todo el mundo parece creer que el duelo tiene una agenda flexible.
—No hablaba del duelo.
Su mano continuaba sobre mi cuerpo.
—¿De nosotros?
—Sí.
Tomé su muñeca.
No para apartarla.
Deslicé los dedos hasta entrelazar nuestras manos.
Evie dejó escapar una respiración.
—Fui cruel contigo en la capilla —dije.
—Estabas herido.
—No lo utilices para justificarme.
—No lo hago.
—Quería romperte. Te seguí porque necesitaba ver que te dolía lo que habías hecho.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Lo conseguiste.
—Lo sé.
La ironía resultó amarga.
—Dije que tu amor y tu venganza habían producido el mismo resultado.
—Sí.
—No era cierto.
Evie apretó mis dedos.
—Gracias.
—No significa que pueda perdonarte.
La esperanza se redujo en su rostro.
No desapareció completamente.
—Lo sé.
—Tampoco confío en ti.
—Lo entiendo.
—Y todavía te amo.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Esta vez la limpié.
El pulgar rozó su piel.
Evie inclinó el rostro hacia mi mano.
—Eso es lo peor —continué—. Desperté y una parte de mí se sintió aliviada porque estabas junto a la cama. Después recordé lo que hiciste y quise que te marcharas. Ambas cosas eran ciertas.
—Puedo vivir con eso.
—No deberías tener que hacerlo.
—No te estoy pidiendo que decidas ahora.
—Te marchas mañana.
—Sí.
—Parece una fecha límite.
—No lo es.
Evie colocó una mano sobre mi rostro.
Esperó.
No me aparté.
—Si me pides que me quede —dijo—, lo haré.
La tentación llegó con tanta fuerza que dolió más que la herida.
Podía pedirlo.
Podía organizar una residencia, seguridad y contratos. Podía utilizar cada recurso de una Corona que todavía no había aceptado para conservarla cerca.
Evie también lo sabía.
Sus ojos buscaron los míos.
—Pero si lo hago —continuó—, no sabremos si me quedé porque te elegí o porque todavía no sé quién soy sin que otra persona diseñe mi vida.
Cerré los ojos.
Alexander apareció.
Quería que fueras libre.
Me quitaste la libertad para obligarme a serlo.
No repetiría lo mismo.
No con Evie.
—No te pediré que te quedes.
Su respiración se quebró.
Abrí los ojos.
—No porque no quiera hacerlo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Quiero esconder tu pasaporte, cancelar el vuelo y colocar agentes en cada puerta.
Evie soltó una risa entre lágrimas.
—Eso suena más familiar.
—Quiero que permanezcas hasta que pueda confiar en ti. Quiero saltarme la parte donde debemos descubrir si lo que destruimos puede reconstruirse. Quiero no imaginarte viviendo una vida donde Noah o cualquier otro hombre aprenda cosas sobre ti que yo creía mías.
—Adrien…
—Pero no te pediré que te quedes.
Evie apoyó la frente contra la mía.
—Gracias.
—Continúo odiando cuando dices eso.
—Lo sé.
Permanecimos juntos.
Sin besarnos.
La boca de Evie estaba a pocos centímetros. Podía sentir su respiración sobre mis labios.
Un beso habría resultado sencillo.
También habría prometido algo que ninguno estaba preparado para cumplir.
Me aparté primero.
Evie cerró los ojos.
—¿Algún día? —preguntó.
—No lo sé.
—Una respuesta horrible.
—Es la única honesta.
Asintió.
Soltó mi mano.
El frío ocupó inmediatamente su lugar.
—Adiós, Adrien.
—Adiós, Evie.
Caminó hacia la salida del jardín.
Cada paso despertó el impulso de llamarla.
No lo hice.
Evie llegó a la puerta.
Se volvió.