Capítulo 20 #3
—Quiero que hagas aquello que no permití a Alexander: decidir con toda la información.
Solté una risa amarga.
—La información completa incluye una organización criminal hereditaria, un Gobierno que intentó declarar incapaz a mi hermano y una familia que utiliza matrimonios como acuerdos comerciales.
Isabella levantó una ceja.
—Algunas negociaciones fueron más agradables que otras.
—No es el momento.
—Pasé un año esperando que lo fuera. Estoy aprendiendo flexibilidad.
Ginny abrió otra carpeta.
—Existe una alternativa intermedia —dijo—. Adrien puede aceptar la sucesión bajo un acuerdo público de reforma constitucional y mantener abierta una consulta sobre la estructura futura de la monarquía.
—¿Convertir mi ascensión en una negociación? —pregunté.
—Estudiaste Negocios Internacionales. Finalmente podrías justificar las tasas universitarias.
Bash ocultó una sonrisa.
Ginny distribuyó varias páginas.
—Entrega completa de los archivos de Aristeo a una comisión independiente. Renuncia limitada a inmunidades. Supervisión parlamentaria de seguridad real. Auditoría del Fondo de Continuidad. Protección jurídica para las víctimas y revisión de los contratos vinculados.
Leí.
—Esto reduciría las facultades privadas de la Corona.
—Ese es el propósito.
—Padre no lo aceptará.
—Ya lo hice —respondió Edmund.
Levanté la mirada.
—¿Por qué?
—Porque Alexander tenía razón sobre la institución y estaba equivocado sobre el método.
Mi padre se inclinó hacia delante.
—Si la Corona solo puede sobrevivir ocultando aquello que hizo, no merece hacerlo.
La habitación quedó en silencio.
Regresé al documento.
Había una cláusula específica sobre la información médica.
Ninguna condición física o neurológica de un miembro de la familia podría utilizarse para modificar la sucesión sin evaluación independiente, consentimiento y debido proceso.
Alexander habría odiado que llegara demasiado tarde.
También habría comprendido por qué resultaba necesaria.
—Tengo condiciones —dije.
Ginny tomó un bolígrafo.
—Naturalmente.
—Beatrice no asumirá patronatos, viajes ni funciones que no haya elegido.
Mi hermana abrió la boca.
Levanté una mano.
—No decido cuáles realizará. Solo que tendrá derecho a rechazarlos.
Beatrice cerró la boca.
Asintió.
—Los expedientes de Alexander se publicarán con contexto médico —continué—. Su enfermedad no será utilizada como explicación automática de sus crímenes.
—De acuerdo —dijo Ginny.
—Las víctimas de Aristeo participarán en la comisión con voto, no como figuras decorativas.
—De acuerdo.
—Asteria y cualquier empresa que haya compartido información privada perderán contratos con fundaciones reales hasta reparar a las afectadas.
Pensé en Evie.
En sus informes convertidos en una herramienta.
—De acuerdo —repitió Ginny.
—La familia renunciará a intervenir en relaciones personales mediante acuerdos diplomáticos.
Isabella cruzó los brazos.
—España apreciará la sutileza.
—España sobrevivirá.
—Probablemente.
Mi padre observó el documento.
—¿Eso incluye cualquier posibilidad futura con Isabella?
—Eso pertenece a ella y a mí.
—Bien —dijo la princesa—. Acabas de aprender algo.
Continué:
—Si la comisión determina que la institución no puede reformarse, apoyaré un referéndum.
Mi madre levantó los ojos.
Edmund quedó inmóvil.
—Eso podría terminar con la monarquía —dijo.
—Sí.
—Adrien…
—Dijiste que no merece sobrevivir si necesita ocultar sus delitos. Quiero comprobar si también lo crees cuando la consecuencia puede ser real.
Mi padre miró a Helena.
Ella sostuvo su mirada.
Después Edmund regresó hacia mí.
—Acepto.
La palabra cambió mi vida.
No porque mi padre hubiera abdicado.
Porque, por primera vez, un rey Hawthorne aceptaba que la Corona podía dejar de existir.
Ginny escribió la última condición.
—Entonces ¿aceptas la sucesión? —preguntó.
Pensé en Alexander.
Si aceptas por tuya.
Beatrice tomó mi mano.
No para obligarme.
Solo para que no decidiera solo.
—Sí —respondí—. Pero no aceptaré conservarla intacta.
Mi padre asintió.
—Entonces quizá seas exactamente el rey que intenté impedir que fueras.
—Eso no fue un elogio.
—No pretendía que lo fuera.
* * *
Isabella regresó a España la víspera de la abdicación.
Nos encontramos en la galería privada antes de que partiera. Afuera, la lluvia golpeaba las ventanas y varios vehículos esperaban en el patio.
Llevaba un traje marfil, zapatos oscuros y el cabello negro suelto sobre los hombros. No había representantes con nosotros.
Solo dos personas que habían pasado demasiado tiempo hablando mediante acuerdos.
Isabella sostenía la carpeta original de nuestras negociaciones.
—Pensé que padre la había destruido —dije.
—Guardé una copia.
—Una futura reina responsable.
—Una mujer que necesitaba recordar cuántas veces aceptó ser tratada como una condición contractual.
Abrió la carpeta.
Las páginas contenían los compromisos culturales, las visitas coordinadas y el acercamiento diseñado para convertirnos en una unión inevitable.
Isabella rompió la primera hoja.
Después la segunda.
Me entregó la mitad.
—Ayúdame.
Tomé las páginas restantes.
Las rompimos juntos.
Los emblemas de ambas casas quedaron divididos sobre la mesa.
—Mi padre continúa considerando posible una unión —dijo.
—Tu padre tiene una relación preocupante con la negación.
—Le expliqué que cualquier nuevo intento provocará que anuncie mi rechazo delante del Parlamento español.
—¿Lo harías?
—Con un vestido excelente.
Sonreí.
Isabella me observó.
—Ahí estás.
—¿Dónde?
—Debajo de todo este desastre.
La sonrisa desapareció.
—No sé qué decirte.
—Eso sería una novedad agradable.
Se acercó.
La luz gris perfiló su rostro. Los ojos color miel no ocultaban el cansancio.
—Te amo —dijo.
No aparté la mirada.
—Isabella…
—No es una petición.
—Yo también te amo.
El dolor apareció.
—Pero no de la misma forma.
—No.
Asintió lentamente.
—Pasé meses diciéndome que podía luchar por ti sin convertirme en una mujer que esperaba ser elegida.
—Nunca fuiste sumisa.
—No. Fui obstinada. A veces produce resultados igualmente humillantes.
—No pretendía…
—Lo sé.
Colocó una mano sobre mi pecho, lejos de la herida.
—No perdí contra Evie.
—Esto nunca fue una competencia.
—Lo fue para mí.
Su honestidad me obligó a callar.
—Y me perdí a mí misma esperando que convirtieras mi lealtad en amor —continuó—. Tú confiabas en mí. Me deseabas. Podías imaginar una vida conmigo. Quise creer que esas cosas terminarían transformándose en aquello que sentías por ella.
—Pudieron hacerlo.
—No.
La certeza de su voz fue más amable que cualquier consuelo.
—Quizá habríamos construido un matrimonio sólido —dijo—. Una alianza extraordinaria. Incluso podríamos haber sido felices. Pero siempre habría una parte de ti buscando a Evie dentro de cada habitación.
Miré hacia la ventana.
—No sé si puedo perdonarla.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces no existe nada que buscar.
—Eso tampoco es cierto.
Isabella tomó mi rostro entre las manos.
—El amor no desaparece porque alguien deje de merecer tu confianza.
—Una información profundamente inconveniente.
—Lo sé.
Su pulgar recorrió la cicatriz de mi ceja.
—No esperaré a que decidas si puedes regresar con ella.
—No quiero que lo hagas.
—Bien.
Sonrió con tristeza.
—Finalmente coincidimos antes de necesitar abogados.
Me incliné y besé su frente.
Isabella cerró los ojos.
Después rodeó mi cuello con los brazos y me abrazó.
El movimiento produjo dolor en el costado.
No me aparté.
La sostuve por la cintura.
No como una futura esposa.
Como una mujer que había permanecido junto a mi cama, protegido a mi hermana y defendido una Corona que nunca le perteneció.
Cuando retrocedió, sus ojos estaban húmedos.
—Serás un rey insoportable.
—Probablemente durante un periodo breve, si el referéndum sale bien.
—Incluso como ciudadano resultarás agotador.
—Es una habilidad independiente del título.
Isabella recogió la carpeta destruida.
—España apoyará la comisión.
—¿Tu padre aceptó?
—Todavía no.
—Entonces ¿cómo puedes prometerlo?
—Porque algún día seré reina y poseo una memoria excelente.
Caminó hacia la puerta.
—Isabella.
Se volvió.
—Gracias.
—No vuelvas a ofrecerme gratitud cuando deberías ofrecerme disculpas.
—Lo siento.
—Mejor.
Abrió la puerta.
Antes de salir, añadió:
—No permitas que el miedo a repetir tus errores se convierta en otra razón para no elegir nunca.
—¿Hablas de Evie?
—Hablo de ti.
Se marchó.
No la seguí.
No porque no me importara.
Porque comenzaba a comprender que dejar ir a alguien también podía ser una forma de respetarla.
* * *
Evie fue al hospital aquella noche.
Yo había solicitado caminar por los jardines antes de regresar definitivamente al Palacio. El médico autorizó quince minutos, acompañado y sin pendientes.
Conseguí que Bash permaneciera junto a la puerta.
Dos victorias de tres.
La lluvia había terminado, pero las hojas continuaban húmedas. El aire frío dolía al entrar en el pulmón.
Caminé despacio.
El bastón se hundía ligeramente en la tierra.
Evie esperaba junto al invernadero.
Llevaba pantalones negros, un abrigo color crema y botas bajas. El cabello oscuro estaba recogido en una cola que dejaba expuesta la línea de su cuello.
No había cámaras.
Noah.
Representantes.
Ni una Corona entre ambos.
Solo todo lo que habíamos hecho.
Evie me vio acercarme.
Sus ojos descendieron hacia el bastón.
—No sabía que todavía lo necesitabas.
—Oculto mis debilidades con menor eficacia desde que casi muero delante de trescientas personas.
—¿Cómo te sientes?
—Como un hombre al que perforaron y después felicitaron por sobrevivir.
—Eso no responde.
—Sí responde. Solo no te agrada.
Se acercó.
Dejó suficiente distancia para no tocarme.
La recordaba en la capilla.
Su mano levantándose hacia mi rostro.
Mis dedos cerrándose alrededor de su muñeca.
No vuelvas a tocarme.
La crueldad continuaba allí.
No podía fingir que había pertenecido a otro hombre.
—Asteria terminó mi contrato —dijo.
—Lo escuché.
—¿Beatrice?
—Isabella.
—Naturalmente.
No había celos en su voz.
Solo reconocimiento.
—¿Qué harás? —pregunté.