Capítulo 20 #2
—Durante gran parte de su vida interpreté su sufrimiento como una amenaza para la continuidad. Oculté su enfermedad. Permití evaluaciones que jamás debieron realizarse y le enseñé que su valor dependía de su capacidad para ocupar un trono.
Mi madre cerró los ojos.
—Nada de eso justifica sus crímenes —continuó Edmund—. Alexander tomó decisiones conscientes. Manipuló, amenazó y puso vidas en peligro. Las investigaciones continuarán y la Corona no interferirá para proteger su memoria.
Algunos invitados bajaron la mirada.
Otros parecieron decepcionados porque mi padre no transformara el funeral en una absolución.
—Sin embargo, si este país desea comprender cómo un hombre al que muchos consideraban amable terminó convirtiéndose en Orfeo, deberá mirar también a la familia y a la institución que le enseñaron que amar era controlar el resultado.
Mi padre observó el ataúd.
—Yo construí al hombre que creyó que debía destruirnos para poder salvarnos.
Su voz se quebró.
Nunca había escuchado a Edmund IV perder el control durante un discurso.
—Alexander fue responsable de aquello que hizo. Yo soy responsable de haberle enseñado que una Corona importaba más que el cuerpo que debía sostenerla.
El rey inclinó la cabeza ante el cuerpo de su hijo.
No una reverencia ceremonial.
Una disculpa pronunciada con todo el cuerpo.
—Lo siento —susurró.
Sus piernas cedieron.
Bash y yo avanzamos al mismo tiempo.
El movimiento tiró de mi herida.
El dolor me detuvo.
Bash alcanzó primero a mi padre y lo ayudó a regresar a la silla.
Permanecí inmóvil junto al pasillo.
Otra vez demasiado lejos para salvar a alguien.
La ceremonia continuó.
Cuando el ataúd descendió, Beatrice se aferró a mi brazo.
Mis rodillas temblaron.
No supe si por debilidad o porque una parte de mí continuaba esperando que Alexander golpeara la madera y nos insultara por haberlo enterrado demasiado pronto.
No ocurrió.
La tierra cubrió al heredero.
Y el mundo continuó.
Aquello fue lo más ofensivo.
* * *
Tres días después del funeral, Ginny llevó la última grabación de Alexander al hospital.
Me habían obligado a regresar después de desmayarme dentro del vehículo.
La versión oficial hablaba de agotamiento.
La verdadera incluía fiebre, una infección menor y un cirujano que me llamó arrogante con una creatividad admirable.
Ginny cerró la puerta de la habitación.
Llevaba pantalones negros, una blusa color crema y el cabello castaño recogido en una cola alta. Colocó un ordenador sobre la mesa.
—Esto no forma parte de la confesión pública —dijo.
—¿Quién la encontró?
—Bash. Estaba programada para enviarse después de la confirmación de la muerte de Alexander y de que hubieras recuperado la conciencia.
—Previsor incluso desde el infierno.
Ginny no sonrió.
—No tienes que verla hoy.
—Reprodúcela.
—Adrien.
—No conseguiré estar más preparado mañana.
Me observó durante varios segundos.
Después giró la pantalla.
Alexander apareció sentado frente a una ventana de la casa del lago.
La grabación se había realizado antes del incendio. Llevaba un suéter gris y el cabello caía sobre su frente. No parecía un príncipe.
Tampoco Orfeo.
Solo mi hermano dentro de la habitación donde había dormido de niño.
—Hola, Adrien —dijo.
La voz me golpeó físicamente.
El monitor aceleró.
Ginny se acercó.
Le indiqué que continuara.
—Si estás viendo esto, significa que Mercer me mató, tú me mataste o finalmente conseguí hacer algo demasiado grande para sobrevivirlo.
Alexander sonrió brevemente.
—Espero que no hayas sido tú. No por razones morales. Sería insoportable que tuvieras razón en una discusión durante el resto de la eternidad.
Cerré una mano sobre la sábana.
—No grabé esto para pedirte perdón —continuó—. Durante años utilicé tus sentimientos para construir decisiones que creía necesarias. Pedirte que me perdones sería hacerlo otra vez.
Bajó la mirada.
Sus dedos jugaban con el anillo de la familia.
—Encontré los primeros archivos de Frederick después de perder seis horas durante un episodio.
Estaban dentro de mi habitación. Al principio creí que alguien intentaba convencerme de que había participado.
Después comprendí que los documentos describían nuestra infancia completa como una evaluación.
La cámara captó el temblor de sus manos.
—Quise destruirlo todo. Los archivos. El Fondo. La sucesión. A padre. A mí.
Alexander levantó los ojos.
—Después pensé en ti.
El aire dejó de llegar correctamente.
—Sabía que asumirías mi lugar. Fingirías que no lo deseabas, insultarías a todos durante las reuniones y terminarías entregando tu vida a la misma institución que me estaba matando. No podía permitirlo.
—Podías preguntarme —murmuré.
La grabación continuó sin escucharme.
—Mi mayor error no fue pensar que podía manipularlos sin que lo descubrieran. Fue creer que podía hacerlo sin convertirme en Frederick.
Alexander tragó.
—Utilicé tu amor como una herramienta. También el de Beatrice. El de Isabella. El de Evie. Cada vez que alguien resultaba herido, me convencía de que el resultado final justificaría lo que estaba haciendo.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—No lo hizo.
Aparté la mirada.
Ginny permanecía junto a la puerta. No observaba la pantalla.
Me concedía la ilusión de estar solo.
—Dejé pruebas suficientes para demostrar que no autorizaste las cuentas del Fondo —continuó Alexander—. El teléfono de Praga fue retirado por un agente de Lawson mientras estabas inconsciente. Las denuncias fueron eliminadas. Tú no creaste Orfeo.
Una parte de mí que había continuado esperando otra acusación se quedó en silencio.
—Beatrice tampoco participó. Isabella nunca conoció el proyecto. Evie fue seleccionada sin saberlo y ninguna integrante de VANTA colaboró voluntariamente.
Alexander respiró.
—Padre conocía Aristeo, pero no mi operación. Mi enfermedad es real. Mis pérdidas de memoria también lo fueron hasta que comprendí que podía fingir algunas para construir una coartada.
No ocultaba nada.
Ni siquiera aquello que podía transformar su memoria en algo peor.
—No sé qué serás después de mí —dijo—. Hermano, heredero, rey o el hombre que finalmente consiga marcharse. Solo sé que pasé toda mi vida intentando impedir que fueras elegido por una Corona que jamás preguntó si la querías.
Se inclinó hacia la cámara.
—Si aun así terminas llevándola, asegúrate de que sea ella la que te pertenezca a ti.
La imagen se oscureció durante un segundo.
Después regresó.
Alexander sostenía un sobre.
—Hay una carta dentro del archivo de Ginny. No la abras hasta que decidas.
—¿Decida qué?
La respuesta llegó desde la grabación.
—Si vas a huir de la Corona por mi culpa o aceptarla por la tuya.
Sonrió.
—Te quiero, Adrien. Lo hice de una manera que no deberías perdonar. Pero fue real.
La pantalla quedó negra.
Permanecí inmóvil.
No sentí que lloraba hasta que una lágrima cayó sobre mi mano.
Después otra.
Intenté contenerlas.
El esfuerzo tiró de la herida y me obligó a inclinarme.
Ginny cruzó la habitación.
Se sentó sobre el borde de la cama y me rodeó con los brazos.
—No —murmuré.
—Cállate.
Apoyó mi cabeza contra su hombro.
Lloré.
No como en la Sala de la Corona, donde cada lágrima competía con la sangre y las órdenes médicas.
Lloré por el niño del lago.
Por el hombre que se sentaba junto a mí durante las crisis familiares.
Por Orfeo.
Por el hermano que había convertido su amor en una herida y había muerto antes de aprender otra forma.
Ginny sostuvo mi nuca.
No intentó decir que Alexander había sido bueno.
No prometió que el tiempo lo arreglaría.
Solo permaneció.
A veces eso era todo lo que la protección debía significar.
* * *
Mi padre anunció la abdicación dos semanas después.
Nos reunió en la biblioteca de Buckingham.
Helena ocupaba el sillón junto a él. Beatrice estaba sentada sobre el alféizar, con una pierna doblada debajo del cuerpo. Isabella permanecía cerca de la chimenea.
Había postergado su regreso a España hasta conocer la decisión.
Bash y Ginny también asistieron.
No como empleados.
Como las únicas personas fuera de la familia a las que todavía estaba dispuesto a confiarles una habitación cerrada.
Yo permanecía sentado frente a Edmund.
Había aprendido a odiar las sillas de ruedas después de utilizar una durante casi un mes. Aquella mañana insistí en caminar con el bastón, pero no discutí cuando el médico colocó una silla cerca.
El progreso emocional adoptaba formas humillantes.
Mi padre abrió una carpeta.
—Firmaré el instrumento de abdicación el viernes.
Beatrice dejó de mover el pie.
Mi madre no reaccionó.
Ya lo sabía.
—¿Por salud? —pregunté.
—En parte.
—¿Y la otra parte?
Edmund sostuvo mi mirada.
—No poseo la autoridad moral para dirigir las reformas que requiere la Corona.
—La autoridad moral rara vez ha sido un requisito monárquico.
—Precisamente.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
—La investigación de Aristeo continuará. Entregaré mis comunicaciones, autorizaciones y registros médicos. Renunciaré a cualquier inmunidad aplicable a mis actos personales.
Mi madre apoyó una mano sobre la suya.
No para detenerlo.
Para acompañarlo.
—Después de la firma —continuó—, tú te convertirás en rey.
—No.
La respuesta llegó antes de que terminara la frase.
Edmund no pareció sorprendido.
—Puedes rechazarlo mediante una declaración formal.
—Entonces prepara una.
—No —dijo Beatrice.
Me volví.
Mi hermana bajó del alféizar.
—No puedes decidir por mí —dije.
—No. Pero puedo impedir que pretendas que esto solo te afecta.
—Si rechazo, tú quedarías después.
—Exactamente.
—Eres demasiado joven.
—Tengo diecinueve años, no nueve.
—No quieres ser reina.
—Tú tampoco.
—Eso no mejora el argumento.
Beatrice se acercó.
—Si rechazas porque quieres una vida distinta, te apoyaré. Si lo haces porque Alexander pasó tres años intentando apartarte de la Corona, entonces todavía permites que decida por nosotros.
—Está muerto.
—Eso no significa que haya dejado de ocupar todas las habitaciones.
Miré a mi padre.
—Podrías continuar hasta que Beatrice estuviera preparada.
—No quiero que se prepare —respondió Edmund—. Quiero que elija.
—Y quieres que yo acepte.