Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Donde arden las coronas

Alexander fue enterrado nueve días después de morir.

Los médicos calificaron mi asistencia al funeral como médicamente irresponsable.

Yo la consideré una mejora respecto a morir antes de llegar.

La bala había atravesado la parte inferior del pulmón derecho, fracturado una costilla y lesionado vasos sanguíneos que, según el cirujano, poseían nombres excesivamente largos para estructuras tan pequeñas.

Había pasado seis días en coma.

Dos conectado a un respirador.

Uno intentando convencer a los médicos de que el dolor era tolerable mientras vomitaba sobre un residente.

La palabra tolerable había perdido credibilidad.

Aquella mañana permanecía sentado frente al espejo de mis habitaciones dentro del Palacio de Buckingham. La camisa blanca estaba abierta y una venda cubría el costado. Debajo, una cicatriz descendía desde las costillas hasta el abdomen.

La piel alrededor continuaba inflamada.

Cada respiración profunda producía la sensación de que alguien introducía un cuchillo entre los huesos y lo giraba lentamente.

Julian sostenía la chaqueta del uniforme.

—Podemos modificar el programa —dijo.

—No.

—La ceremonia privada comenzará a las once. Puede asistir desde la capilla lateral y evitar la procesión.

—No.

—Los médicos solicitaron que no permanezca de pie más de cinco minutos.

—Entonces tendrán una tarde emocionante.

Julian apretó la chaqueta entre las manos.

Estaba más delgado que antes del ataque. El cabello oscuro continuaba peinado hacia atrás, aunque nuevas líneas rodeaban sus ojos.

—Señor…

—Ayúdame a vestirme.

No discutió.

Eso me preocupó más que si lo hubiera hecho.

Introduje primero el brazo izquierdo. El movimiento del derecho tiró de los puntos y el dolor me obligó a detenerme.

Julian fingió no verlo.

Colocó la chaqueta sobre mis hombros y cerró los botones con movimientos precisos.

—La condecoración debe ir aquí —dijo.

Señaló el lado izquierdo.

Sobre el corazón.

El mismo lugar donde Alexander llevaba la medalla que contenía la clave del Fondo de Continuidad.

—No llevaré ninguna.

—El protocolo…

—Mi hermano construyó una organización criminal detrás de varias. Creo que podemos concederles un día libre.

Julian retiró la caja.

Un bastón esperaba junto a la silla.

Negro.

Empuñadura de plata.

Pertenecía a mi padre.

Me negaba a utilizar el de Alexander.

El suyo continuaba dentro de una bolsa de pruebas, con sangre seca sobre la madera.

Tomé el bastón y me puse de pie.

La habitación se inclinó.

Apoyé una mano sobre el escritorio.

Julian dio un paso hacia mí.

—No.

Se detuvo.

Esperé hasta que el mareo cediera.

Mi reflejo no parecía el de un hombre preparado para enterrar a su hermano.

El cabello negro estaba demasiado largo y caía sobre la cicatriz de mi ceja. Había perdido peso. Las sombras debajo de mis ojos destacaban el gris de la mirada y el uniforme parecía pertenecer a una versión más saludable de mí.

—Parece que me preparan para mi propio funeral —dije.

—Ese comentario no resultará especialmente divertido hoy.

—No pretendía que lo fuera.

La puerta se abrió.

Beatrice entró.

Llevaba un vestido negro de cuello alto, medias oscuras y zapatos planos. El cabello rubio ceniza estaba recogido en una trenza que descansaba sobre un hombro.

No llevaba tiara.

Tampoco maquillaje.

Sostenía un papel doblado contra el pecho.

Sus ojos descendieron hasta el bastón.

—Dijiste que utilizarías la silla.

—Dije que consideraría utilizarla.

—Eso no significa lo mismo.

—Precisamente.

Beatrice se colocó frente a mí.

—¿Puedes caminar?

—Una pregunta ofensiva cuando me ves de pie.

Me golpeó el pecho con cuidado, suficientemente lejos de la herida.

—No puedes convertir cada preocupación en una broma.

—Puedo intentarlo.

—Hoy no.

La voz se le quebró.

La ligereza desapareció.

Levanté la mano y acomodé un mechón detrás de su oreja.

Beatrice apoyó la mejilla contra mi palma.

—No sé cómo hacer esto —susurró.

—Yo tampoco.

—Tú siempre sabes qué hacer.

—Esa es una mentira familiar. Al parecer coleccionamos varias.

Mi hermana bajó la mirada hacia el papel.

—Encontré esto entre mis cosas.

Lo abrió.

Era el dibujo de la casa del lago.

Tres figuras tomadas de la mano.

Yo llevaba una Corona desproporcionada. Alexander permanecía en el centro. Beatrice era apenas un círculo rubio junto a nosotros.

El papel estaba arrugado y una esquina mostraba una mancha de humo.

Lo había salvado del incendio.

—Quiero colocarlo dentro del ataúd —dijo.

No respondí inmediatamente.

—No sé si debería —continuó—. No sé si merece llevarse algo nuestro después de todo lo que hizo.

—No tienes que entregárselo a Orfeo.

—Era la misma persona.

—Sí.

La respuesta dolió.

Beatrice apretó el dibujo.

—Entonces ¿cómo se supone que debo separar al hermano que me enseñó a leer del hombre que utilizó mis teléfonos?

—No puedes.

—Eso no ayuda.

—Alexander saltó al lago por mí y después construyó una conspiración que casi nos mató. Te quería y vulneró cada parte de tu vida. Estaba enfermo y utilizó su enfermedad para ocultar delitos. Ninguna verdad elimina la otra.

Mi hermana levantó los ojos.

—¿Lo odias?

—Sí.

La palabra salió con facilidad.

—¿Lo amas?

Esta tardó más.

—Sí.

Beatrice asintió.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Yo también.

Le devolví el dibujo.

—Ponlo dentro.

—¿Por qué?

—Porque esa niña existió. Y el hermano al que dibujó también.

—Aunque después se convirtiera en Orfeo.

—Aunque después se convirtiera en Orfeo.

Beatrice dobló cuidadosamente el papel.

Después se colocó a mi lado y rodeó mi cintura con un brazo, evitando la herida.

—Si te caes, diré a la prensa que estabas borracho.

—Una narrativa familiar y reconfortante.

—Y si intentas caminar más de lo permitido, llamaré a los médicos.

—Una traición sorprendente después de nuestra conversación sobre la complejidad moral.

—No soy compleja. Estoy enfadada.

Salimos juntos.

* * *

La capilla de San Jorge estaba llena de personas que no sabían si habían acudido a despedir a un príncipe o a condenar a un criminal.

El funeral era privado.

Aun así, miles de personas se reunían fuera del castillo. Algunas sostenían fotografías de Alexander durante visitas oficiales. Otras llevaban carteles con los nombres de las víctimas de Aristeo.

HÉROE.

ASESINO.

VÍCTIMA.

ORFEO.

Habían reducido una vida de treinta y cuatro años a cuatro palabras incompatibles.

Dentro de la capilla, las cámaras estaban prohibidas.

No los teléfonos de ciertas personas que confundían un funeral con una oportunidad profesional. Dos invitados fueron retirados antes de que comenzara la ceremonia.

Mi madre llegó primero.

Helena vestía completamente de negro. Un velo cubría parcialmente su rostro y llevaba el anillo de nacimiento de Alexander sujeto mediante una cadena alrededor del cuello.

Caminaba erguida.

Solo la mano cerrada sobre la de Beatrice revelaba cuánto esfuerzo requería.

Mi padre entró en silla de ruedas.

El veneno había debilitado su corazón y los médicos no podían determinar cuánto daño sería permanente. Su cabello gris estaba peinado con precisión, pero el traje colgaba alrededor de un cuerpo que había envejecido durante pocas semanas.

Edmund no miró a los invitados.

Observó el ataúd.

La bandera real cubría la madera. Encima descansaban el uniforme de Alexander, una espada ceremonial y la insignia del heredero.

No la Corona.

Mi padre había ordenado retirarla.

Permanecí junto a Beatrice cuando comenzó la procesión.

Los médicos habían preparado una silla en la primera fila.

La ignoré.

Bash caminaba detrás de mí. Llevaba un traje negro y un auricular transparente. La quemadura de la casa del lago había dejado una marca rosada sobre su mano.

—Tres minutos —murmuró.

—¿Qué?

—Eso llevas de pie.

—¿También trabajas para los médicos?

—Me pagan menos.

Avancé.

El bastón golpeó contra el suelo de piedra.

Un paso.

Respiración.

Otro.

Dolor.

Beatrice mantuvo una mano cerca de mi brazo sin tocarme. Sabía que no quería ayuda delante de todos.

También sabía que la necesitaría.

Alcanzamos el ataúd.

Apoyé la palma sobre la madera.

Estaba fría.

No debería haberme sorprendido.

Aun así, la retiré.

—Hola, Alex —murmuró Beatrice.

Su voz terminó de quebrar aquello que el dolor físico había conseguido mantener unido.

Mi hermana sacó el dibujo.

Lo colocó junto al uniforme.

—No te perdono —dijo—. Pero todavía eres el idiota que me enseñó a hacer trampa en ajedrez.

Alexander jamás le había enseñado a hacer trampa.

Solo a mover las piezas mientras nadie miraba.

Una distinción que probablemente explicaba demasiado.

Beatrice besó sus dedos y tocó la madera.

Después retrocedió.

Me quedé solo frente al ataúd.

Había preparado palabras.

Ninguna sobrevivió al momento.

—Dijiste que viviera sin volver por ti —murmuré—. Podrías haber mencionado cómo.

Apoyé ambas manos sobre el bastón.

—Te odio.

El silencio de la capilla recibió la confesión.

—No por ser Orfeo. No únicamente. Te odio porque moriste antes de responder suficientes preguntas. Porque me protegiste de la bala después de utilizarme durante años. Porque conseguiste que incluso tu último acto fuera imposible de separar entre amor y manipulación.

La herida del pecho ardió.

—Y te odio porque todavía habría vuelto por ti.

Toqué nuevamente el ataúd.

—Siempre.

Me aparté.

La ceremonia comenzó.

Un sacerdote habló sobre el pecado, la responsabilidad y la posibilidad de que la muerte no convirtiera a los culpables en inocentes ni a los culpables en incapaces de haber amado.

No sabía si alguien había elegido las palabras para nosotros.

No necesitaba saberlo.

Cuando llegó el momento de pronunciar el discurso familiar, mi padre se levantó de la silla.

El médico avanzó.

Edmund lo apartó.

Sus piernas temblaron, pero permaneció de pie frente al ataúd.

—Mi hijo Alexander nació dentro de una institución que le asignó un destino antes de entregarle una infancia —dijo.

La voz era débil.

La capilla guardó silencio para escucharlo.