Capítulo 19 #6
—Debería estar asustada. Pasé casi toda mi vida adulta dentro de esa empresa. No sé quién soy sin un horario decidido por otras personas.
Levantó mi mano y apoyó los labios sobre mis dedos.
—Supongo que tendré que descubrirlo.
Alexander se puso de pie.
La grieta se abrió entre nosotros.
—Ve con ella —dijo.
—No me pidas que la perdone.
—No lo hice.
—Me traicionó.
—Sí.
—Quiso destruirme.
—Sí.
—Tú también.
Mi hermano inclinó la cabeza.
—Y aun así intentaste morir por ambos.
—Eso no significa que deba regresar.
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
Alexander miró el agua debajo del hielo.
—Que elijas cuando estés despierto.
Evie comenzó a hablar otra vez.
—No sé si puedes escucharme.
—Puedo —intenté decir.
—La última vez que estuvimos solos me dijiste que mi amor y mi venganza habían producido el mismo resultado.
Su voz se quebró.
—Quizá tenías razón.
No.
—Pero no fueron lo mismo para mí.
La grieta alcanzó mis pies.
—Puedo aceptar que no me perdones —susurró—. Puedo aceptar que elijas a Isabella o que no elijas a ninguna. Puedo vivir sabiendo que te perdí por algo que hice conscientemente.
Sus lágrimas mojaron mi mano.
—No puedo vivir sabiendo que moriste creyendo que nunca te amé.
El hielo se rompió.
Alexander comenzó a alejarse.
—No —dije.
Esta vez escuché mi voz.
Débil.
Apenas aire.
Mi hermano sonrió.
—Eso es.
—No te vayas.
—Ya me fui.
—Alex.
—Despierta, Adrien.
Cayó dentro del agua.
Evie sollozó.
—Puedes odiarme cuando despiertes —dijo—. Solo despierta para hacerlo.
Moví los dedos.
No dentro del sueño.
Dentro de su mano.
Evie quedó inmóvil.
—Adrien.
Intenté hacerlo otra vez.
Sus dedos apretaron los míos.
La silla cayó.
—¡Médico!
Pasos.
Puertas.
Voces.
Luz.
Demasiada luz.
Intenté escapar hacia el lago.
Alexander ya no estaba allí.
Abrí los ojos.
El mundo era blanco.
Una figura oscura se inclinaba sobre mí.
Evie.
Tenía el cabello desordenado, los ojos hinchados y una mano cerrada alrededor de la mía.
—Hola —dijo entre lágrimas.
Intenté responder.
Algo ocupaba mi garganta.
El pánico llegó inmediatamente.
Manos médicas me sujetaron.
—Está intubado, Su Alteza. No intente hablar.
Isabella apareció detrás de Evie.
Llevaba un traje negro y el cabello recogido. Tomó a Evie por los hombros y la apartó para que los médicos pudieran acercarse.
—Déjalos trabajar.
Evie retrocedió.
No soltó mi mano hasta que la distancia la obligó.
Isabella permaneció al pie de la cama.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió.
No como una princesa.
Como una mujer que llevaba seis días esperando aquel momento y ya no tenía fuerzas para ocultar el alivio.
Después todo volvió a oscurecerse.
Esta vez no había lago.
* * *
Retiraron el tubo varias horas después.
Respirar dolía.
Tragar dolía.
Abrir los ojos parecía una actividad diseñada por alguien con una opinión excesivamente optimista sobre la capacidad humana.
Beatrice estaba sentada junto a la cama.
Llevaba un vestido negro.
La tiara había desaparecido.
El cabello rubio estaba recogido en una trenza simple y las ojeras oscurecían la piel debajo de sus ojos.
—Hola —dijo.
Intenté sonreír.
El rostro no colaboró.
—Pareces… horrible.
Mi voz era un susurro áspero.
Beatrice soltó una risa que se convirtió en llanto.
Se inclinó sobre mí con cuidado y apoyó la frente contra mi hombro sano.
—Eres un imbécil.
—También… te extrañé.
Su mano se cerró sobre la mía.
Miré la habitación.
Mi madre estaba junto a la ventana.
Bash permanecía cerca de la puerta con un vendaje en una mano.
Ginny hablaba en voz baja con un médico.
Isabella estaba de pie detrás de Beatrice.
Evie esperaba en el corredor, visible a través del cristal.
No entró.
No sabía si porque alguien se lo había pedido.
O porque recordaba mis palabras.
Busqué otro rostro.
El único que importaba.
No estaba.
La memoria regresó en fragmentos.
El uniforme rojo.
La bala.
Su sangre atravesando mis dedos.
Uno cae.
El otro…
—Alexander —susurré.
Beatrice dejó de llorar.
Toda la habitación quedó en silencio.
Mi hermana levantó el rostro.
No necesitó responder.
Lo vi dentro de sus ojos.
Aun así, necesitaba escucharla.
—¿Dónde está?
La boca le tembló.
—Murió.
El monitor aceleró.
Una enfermera se acercó.
Isabella apoyó una mano sobre el hombro de Beatrice.
—Lo vi —dije.
—Sí.
—Murió conmigo.
—Sí.
—Y yo…
La respiración se interrumpió.
El dolor atravesó el pecho.
No sabía si provenía de la bala o de algo que ningún médico podría reparar.
—Sobreviviste —murmuró Beatrice.
Cerré los ojos.
Alexander apareció detrás de ellos.
Once años.
Empapado.
Temblando dentro del cobertizo mientras yo sujetaba su mano y le ordenaba que no se durmiera.
Treinta años después había vuelto a perderlo en mis brazos.
Solo que esta vez ningún médico llegaría a tiempo.
Evie permanecía detrás del cristal.
Isabella seguía dentro de la habitación.
Dos mujeres en extremos distintos de una vida que mi hermano había intentado diseñar.
Mi padre continuaba vivo.
La Corona me esperaba.
Alexander estaba muerto.
Yo había sobrevivido a la bala, a la traición y a seis días suspendido entre dos mundos.
Lo único que todavía no sabía era cómo sobrevivir a ser el hermano que permaneció.