Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 20 #5
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Capítulo 20 #5

Nuestros ojos se encontraron por última vez.

Después desapareció.

Permanecí junto al invernadero con una mano cerrada alrededor del bastón y la otra todavía recordando el calor de su piel.

Alexander había pasado años intentando obligarme a escoger una vida.

Aquella noche realicé mi primera elección sin convertirla en una prisión.

Dejé ir a la mujer que amaba.

No porque hubiera dejado de quererla.

Porque quererla ya no podía significar impedir que se marchara.

* * *

Edmund IV abdicó un viernes lluvioso.

Firmó el documento frente al Consejo, al primer ministro y a representantes de la comisión independiente.

La ceremonia duró diecisiete minutos.

Toda una vida convertida en una firma.

A las doce y tres, mi padre dejó de ser rey.

A las doce y cuatro, yo me convertí en Adrien I.

No sentí nada cuando lo anunciaron.

Quizá el cuerpo había agotado su capacidad para reconocer catástrofes.

El primer ministro se inclinó.

Los consejeros hicieron lo mismo.

Mi madre besó mi mejilla.

Beatrice permaneció recta.

—No pienso hacer una reverencia cada vez que te vea —murmuró.

—Ordenaré construir una mazmorra.

—Ginny consiguió que renunciaras a ese privilegio.

—Empiezo a lamentar las reformas.

Mi hermana sonrió.

Después me abrazó.

—Alexander estaría furioso.

—Espero que exista una forma de informárselo.

Mi padre se acercó utilizando un bastón.

Sin el uniforme, las insignias ni la autoridad, parecía más pequeño.

Más libre.

—Su Majestad —dijo.

—No hagas eso.

—Es el protocolo.

—Tú lo escribiste.

—Entonces tendrás la oportunidad de modificarlo.

Extendió una mano.

La tomé.

Edmund me atrajo hacia él y me abrazó.

El gesto fue torpe.

No recordaba la última vez que mi padre me había sostenido sin que alguno estuviera herido.

—Lo siento —murmuró junto a mi oído.

—Lo sé.

No era perdón.

Todavía no.

Pero no necesitábamos decidirlo aquel día.

Cuando se apartó, tenía los ojos húmedos.

—La gente espera.

—La gente ha demostrado una tolerancia admirable.

—No la pongas a prueba durante tu primer minuto.

—¿Por qué no?

Mi padre sonrió.

El hombre debajo del rey continuaba pareciéndome un desconocido.

Quizá tendríamos tiempo para cambiarlo.

Ginny se acercó antes de que saliéramos al balcón.

Llevaba un traje azul oscuro y un sobre negro entre las manos.

—Esto es tuyo.

Reconocí la escritura.

PARA EL REY QUE JURASTE NO SER.

Los dedos se me tensaron.

—Alexander.

—Sí.

—Dijo que no lo abriera hasta que decidiera.

—Decidiste.

Rompí el sello.

Dentro había una sola hoja.

Si la Corona intenta convertirte en nosotros, quémala.

Debajo aparecía una posdata.

Beatrice siempre hizo trampa en ajedrez. Yo solo asumí la culpa.

Solté una risa.

El sonido se transformó en algo cercano a un sollozo.

Mi hermana leyó por encima del hombro.

—Mentiroso.

—¿Tú hacías trampa?

—No es el momento.

—Acabo de convertirme en rey. Puedo ordenar una investigación.

—Entonces la monarquía no sobrevivirá una semana.

Doblé la carta.

La guardé dentro del uniforme.

Sobre el corazón.

Exactamente encima de la cicatriz que la bala había dejado.

Las puertas del balcón se abrieron.

El sonido de la multitud entró primero.

Miles de personas ocupaban la avenida. Banderas, carteles y cámaras llenaban cada espacio visible.

Algunos celebraban.

Otros protestaban.

Muchos exigían conocer la verdad sobre Alexander y Aristeo.

No pediría que guardaran silencio.

Una Corona no podía continuar sobreviviendo mediante aquello que obligaba al país a ignorar.

Mi madre salió primero.

Beatrice después.

Yo permanecí frente a las puertas.

Durante toda mi vida había buscado formas de escapar del palacio.

Puertas de servicio.

Abrigos robados.

Balcones suficientemente bajos.

Alexander había intentado construir una salida utilizando a todas las personas que amábamos.

Al final, su plan me había colocado exactamente donde nunca quiso verme.

Frente a una nación.

Con una Corona que no había elegido mi nacimiento, sino una tragedia.

Apoyé una mano sobre el costado.

Todavía dolía respirar.

Quizá siempre lo haría.

Salí.

La multitud gritó mi nombre.

No el de Alexander.

No el de Orfeo.

El mío.

Adrien.

Rey.

Hermano superviviente.

Beatrice tomó mi mano.

Juntos avanzamos hasta el borde del balcón.

Mi padre observaba desde el interior.

Isabella había regresado a España.

Evie volaba hacia una vida que ya no pertenecía a ninguna empresa ni a mí.

Alexander descansaba debajo de una tierra que no podía absolverlo ni condenarlo más de lo que ya lo había hecho su propia vida.

Levanté la mirada.

Las campanas comenzaron a sonar.

El país creyó que acababa de ganar un monarca.

No sabía que había aceptado a un hombre dispuesto a investigar cada secreto, abrir cada archivo y reducir la institución hasta que solo quedara aquello capaz de sobrevivir a la verdad.

Saqué la nota de Alexander.

La sostuve dentro de la mano.

La multitud continuó celebrando mientras el papel se arrugaba entre mis dedos.

Había pasado toda mi vida buscando una forma de escapar de la Corona.

Ahora entendía que también existía otra posibilidad.

Permanecer.

Abrir las puertas.

Y encender el fuego desde dentro.