Capítulo 19 #3
—Tienes razón. Para robar algo primero debería haber sido mío.
La frase la golpeó.
Evie apretó la boca.
—Nunca quisiste que fuera tuya —dijo—. Querías ser la única persona a la que yo eligiera, aunque tú continuaras eligiendo a Isabella, a tu hermano y a la Corona cada vez que te convenía.
—Elegí a Alexander porque estaba enfermo.
Los cables dejaron de moverse detrás de nosotros.
Mi hermano escuchaba.
—Elegí a Isabella porque nuestras familias amenazaban con convertir cada rechazo en una crisis diplomática.
Isabella no estaba allí para oír cómo reducía su amor a un problema institucional.
Aquello no convertía la frase en menos injusta.
—¿Y a mí? —preguntó Evie.
—A ti te elegí cada vez que sabía que hacerlo podía destruirme.
Sus ojos se llenaron.
—Entonces ¿por qué parecía que yo siempre era la única que debía pagar el precio?
No tuve respuesta.
Alexander sí.
—Porque lo preparé de esa manera.
Evie y yo nos volvimos.
Mi hermano continuaba arrodillado frente al panel.
—Cada amenaza aumentaba el costo de permanecer juntos —dijo—. Cada intervención de Adrien confirmaba tus temores sobre el control. Cada reacción tuya confirmaba los suyos sobre el abandono.
—Cállate —ordené.
Alexander unió dos cables.
Una chispa iluminó su rostro.
—Yo construí la guerra. Ustedes eligieron las armas.
La puerta se abrió.
Al otro lado esperaba Daniel Mercer.
Sostenía un arma.
La herida del abdomen había empapado su camisa, pero continuaba de pie. Una mano presionaba el costado. Su piel tenía el tono gris de alguien que sobrevivía mediante rabia y una cantidad limitada de sangre.
—Qué reunión tan conmovedora —dijo.
El agente levantó su arma.
Mercer disparó primero.
La bala atravesó la garganta del hombre.
Cayó delante de Alexander.
Naomi empujó a Noah y Evie detrás de una estantería.
Me lancé hacia la columna más cercana.
—Daniel —dijo Alexander.
Mercer sonrió.
—No vuelvas a utilizar mi nombre como si me hubieras reconocido alguna vez.
—Necesitas un médico.
—Necesitaba un padre. Frederick me entregó un proyecto. Tú me entregaste órdenes.
Su mano temblaba alrededor del arma.
—Y ahora ambos pretenden que acepte desaparecer para proteger a sus hijos legítimos.
—La confesión te otorgaba inmunidad parcial.
—Me convertía en un fanático muerto.
—No ordené que te dispararan.
—No. Solo organizaste una operación donde todos tenían razones para hacerlo.
Alexander se puso de pie.
—Entrégame el arma.
Mercer soltó una carcajada.
—Continúas creyendo que eres el heredero.
—No me importa la Corona.
—Por eso tuviste la libertad de destruirla. Yo pasé toda mi vida intentando demostrar que tenía derecho a acercarme.
—Frederick te utilizó.
—Y tú también.
—Sí.
Mercer quedó inmóvil.
La admisión lo desarmó durante un segundo.
—Te utilicé —continuó Alexander—. Te ofrecí reconocimiento porque sabía que aceptarías cualquier cosa que llevara su nombre. Después preparé pruebas suficientes para que parecieras el único responsable.
Lo miré.
Alexander no intentaba suavizarlo.
No había nobleza dentro de la confesión.
Solo verdad.
—¿Por qué se lo dices? —pregunté.
—Porque ya no quiero sobrevivir mediante otra mentira.
Mercer levantó el arma hacia él.
—Entonces no sobrevivas.
Vi el movimiento de su dedo.
Vi el cañón.
Vi a Alexander inmóvil frente a la bala.
Mi cuerpo tomó la decisión antes que yo.
Me interpuse.
El disparo me golpeó debajo de las costillas.
No sentí dolor al principio.
Solo una fuerza brutal que me arrojó contra mi hermano.
Alexander me sostuvo.
El aire desapareció.
Miré hacia abajo.
Una mancha oscura crecía sobre el uniforme azul.
—Adrien.
La voz de Alexander llegó desde muy lejos.
Intenté respirar.
Algo burbujeó dentro de mi pecho.
El dolor apareció.
Blanco.
Incandescente.
—Eso —conseguí decir— ha sido desagradable.
Las rodillas cedieron.
Alexander descendió conmigo. Presionó ambas manos sobre la herida.
—No. No, no, no.
—Un vocabulario… limitado para un heredero.
—Mírame.
—Todo el mundo continúa… ordenándome eso.
Evie gritó mi nombre.
La vi intentar salir desde detrás de la estantería.
Naomi la retuvo cuando Mercer volvió a apuntar.
—¡La medalla! —gritó Bash desde algún lugar al otro lado del archivo.
Mercer giró.
Disparó hacia la puerta.
Bash respondió.
La bala alcanzó el hombro de Mercer, pero no lo derribó.
Alexander buscó la medalla en el suelo.
Mercer lo vio.
—No.
Apuntó hacia mí.
Alexander se levantó.
Se colocó delante.
—Alexander —murmuré.
Mi hermano volvió la cabeza.
Durante un segundo nuestros ojos se encontraron.
El lago.
El hielo.
Su cuerpo saltando detrás de mí.
La misma elección treinta años después.
—Prometiste no morir por mí —dijo.
—Tú también.
Mercer disparó.
La bala entró en el pecho de Alexander.
El impacto lo hizo retroceder.
Cayó sobre mí.
Su peso expulsó el poco aire que me quedaba.
La sangre llegó inmediatamente.
Caliente sobre mis manos.
Demasiada.
Bash disparó tres veces.
Mercer chocó contra la pared y cayó. El arma resbaló lejos de sus dedos.
Evie corrió hacia nosotros.
Naomi permaneció con Noah.
Bash se arrodilló junto a Alexander.
—Necesitamos médicos ahora.
—Comunicaciones bloqueadas —dijo alguien.
—¡Abran ese maldito corredor!
Evie presionó las manos sobre mi herida.
—Adrien, mírame.
—No… otra vez.
—Mírame.
Sus lágrimas cayeron sobre mi rostro.
—Alexander —dije.
Mi hermano yacía parcialmente sobre mis piernas.
La sangre cubría la chaqueta roja. Intentaba respirar, pero cada intento producía un sonido húmedo.
Me aparté de Evie.
—No.
—No te muevas —ordenó.
—Quítate.
—Estás perdiendo demasiada sangre.
—¡Quítate!
La empujé.
El movimiento abrió algo dentro de mi pecho.
El aire se convirtió en líquido.
Me arrastré hasta Alexander.
Bash intentó detenerme.
—Adrien, la bala pudo perforar el pulmón.
—Ayúdame.
—Necesitamos contener tu herida.
—¡Ayúdame a levantarlo!
Mi mejor amigo obedeció.
Colocó a Alexander entre mis brazos.
Mi hermano dejó escapar un gemido.
Sujeté su nuca y presioné una mano contra la herida del pecho.
La sangre atravesó mis dedos.
—Está bien —mentí—. Ya vienen.
Alexander me miró.
Sus ojos estaban sorprendentemente claros.
—No.
—Cállate.
—Adrien…
—No hables.
—Debo…
—No me importa.
La puerta del corredor finalmente se abrió. Agentes y paramédicos entraron.
Beatrice apareció detrás de ellos.
Isabella intentó sujetarla.
Mi hermana vio la sangre.
—Alex.
El sonido que salió de ella no parecía humano.
Corrió.
Cayó de rodillas al otro lado de nuestro hermano.
—No —repitió—. No. No, no, no.
Alexander levantó una mano.
Beatrice la tomó y la llevó contra su mejilla.
—Lo siento —susurró él.
—No quiero que lo sientas. Quiero que te quedes.
—Bea…
—Te odio.
Las lágrimas caían sobre los dedos de Alexander.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Te odio y te amo y no sé qué hacer con ninguna de las dos cosas.
—No tienes que decidirlo ahora.
Beatrice soltó una risa rota.
—Por una vez no vas a decidir cuándo lo hago.
Alexander intentó sonreír.
El gesto terminó en tos.
Sangre apareció sobre sus labios.
—Necesitamos apartarlos —dijo un paramédico.
—No —respondí.
—Su Alteza, ambos están gravemente heridos.
—Atiéndanlo.
—Debemos revisar su respiración.
—¡Atiéndanlo a él!
Alexander apretó débilmente mi muñeca.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Qué?
—Convertir tu vida en el costo de la mía.
—Tú recibiste una bala por mí.
—La primera era para mí.
—No lo sabes.
—Sí.
Su voz se debilitaba.
—Yo diseñé la elección.
—Mercer disparó.
—Yo lo traje.
—Entonces sobrevive para responder por ello.
Alexander cerró los ojos.
Lo sacudí.
—Mírame.
Los abrió.
—No puedes morir ahora.
—Parece que continúo teniendo dificultades con la obediencia.
—Todavía no decido si puedo perdonarte.
—No lo hagas.
—No te estoy ofreciendo absolución.
—Lo sé.
—Quiero que vivas sabiendo que te odio.
Una lágrima descendió hacia su sien.
—Mientras vivieras para hacerlo… me parecía suficiente.
La frase destruyó lo último que mantenía mi voz firme.
—No.
Alexander buscó algo sobre su pecho.
Sus dedos encontraron el lugar vacío donde había estado la medalla.
Bash se la entregó.
Mi hermano la colocó dentro de mi mano.
—La clave.
—No me importa.
—Detendrá el archivo.
—Que arda.
—Beatrice.
Miré a mi hermana.
Alexander continuó:
—Evie. Isabella. Madre. Todos están allí.
Cerré los dedos alrededor de la medalla.
Incluso agonizando conseguía encontrar el nombre exacto para obligarme a obedecer.
—Eres un hijo de puta.
Su sonrisa fue apenas visible.
—Una condición hereditaria.
Presioné con mayor fuerza la herida.
La sangre no se detenía.
—¿Por qué volviste por mí? —pregunté.
—¿Cuándo?
—Westminster. El lago. Ahora. Podías dejarme morir y conservar tu plan.
Alexander parecía confundido por la pregunta.
—Eres mi hermano.
—Eso no fue suficiente para impedirte destruirme.
—No.
—Entonces ¿qué significa?
Tardó varios segundos en responder.
—Que podía hacerte daño si eso te mantenía lejos de la Corona.
—Eso no es amor.
—Era el único que conocía.
—Podías aprender otro.
—Tú también.
Sus ojos se desplazaron hacia Evie.
Ella estaba detrás de los paramédicos, con ambas manos cubiertas por mi sangre.
Alexander volvió a mirarme.
—No termines como yo.
—No hables de ella.
—No la perdones si no puedes.
—Alexander.
—Pero no utilices el dolor para convertirla en una prisión.
Su respiración se interrumpió.
El cuerpo se tensó dentro de mis brazos.
—Alex.
Volvió a inhalar.
Apenas.
—No vuelvas por mí —murmuró.
—Siempre vuelvo.
—Lo sé.
Su mano se cerró alrededor de la mía.
Como en el cobertizo.
Como cuando éramos niños y ninguno sabía si el otro sobreviviría hasta que llegara el médico.
—Esta vez… vive sin hacerlo.
—No.
—Elijan algo que no los haya elegido nuestra familia.
—Alexander.
Sus ojos encontraron los de Beatrice.
—Pequeña tirana.
Mi hermana sollozó.
—Idiota.
—Zapatos… inapropiados para actos oficiales.
Beatrice apoyó la frente contra su mano.
—Cállate.
Alexander sonrió.
Después me miró una última vez.
No había Orfeo en sus ojos.
Tampoco inocencia.
Solo mi hermano.
El hombre que me había salvado.
El hombre que me había destruido.
Ambos verdaderos.
—Uno cae —susurró.
—No.
—El otro…
Su respiración se detuvo.