Capítulo 19 #4
Esperé el final de la frase.
No llegó.
—Alexander.
Su mano perdió fuerza.
—Alex.
Lo sacudí.
La cabeza cayó contra mi brazo.
—No.
Un paramédico se acercó.
Lo aparté.
—Todavía respira.
El hombre buscó el pulso.
Su expresión cambió.
—Iniciamos reanimación.
Intentaron retirar a Alexander de mis brazos.
No lo permití.
—¡Suéltelo!
—No.
—¡Adrien! —gritó Bash—. Deben atenderlos.
—Está vivo.
—Déjalos trabajar.
—¡Está vivo!
Bash me sujetó por los hombros.
El dolor explotó dentro de mi pecho.
Aflojé los brazos.
Los paramédicos colocaron a Alexander sobre el suelo.
Cortaron el uniforme.
Comenzaron las compresiones.
Uno.
Dos.
Tres.
El cuerpo de mi hermano se movía bajo las manos de un desconocido.
No parecía real.
Beatrice gritaba.
Isabella la abrazó desde atrás y apoyó una mano sobre su boca.
Otro paramédico se arrodilló frente a mí.
—Necesito que se recueste.
—Mi hermano…
—Estamos perdiéndolo a usted también.
Evie apareció a mi lado.
—Adrien.
—No me toques.
La crueldad salió incluso entonces.
Ella quedó inmóvil.
Después colocó las manos sobre mí de todos modos.
—Puedes odiarme cuando sobrevivas.
—Evie…
—Pero vas a sobrevivir.
El paramédico abrió mi chaqueta.
Presionó una gasa sobre la herida.
Intenté respirar.
No pude.
El aire entraba solo a la mitad y regresaba convertido en sangre.
—Neumotórax —dijo alguien—. Necesito descomprimir.
Una aguja atravesó mi costado.
El dolor fue tan intenso que perdí la visión durante varios segundos.
Cuando regresó, Alexander continuaba inmóvil.
—Sin pulso —anunció el paramédico.
—Otra carga.
El desfibrilador liberó la descarga.
El cuerpo de mi hermano se arqueó.
Nada.
—Otra vez.
—No —murmuré.
No porque quisiera que se detuvieran.
Porque comprendí.
Isabella estaba arrodillada junto a mí. Había sangre en el vestido azul y una herida pequeña sobre la frente.
Tomó mi rostro entre las manos.
—Adrien, mírame.
—Alexander.
—Lo sé.
—No.
—Lo sé.
Sus ojos color miel se llenaron de lágrimas.
—Hora de muerte —dijo una voz—: quince horas y cuarenta y siete minutos.
Beatrice gritó.
El sonido atravesó la piedra, el humo y todo lo que todavía quedaba dentro de mí.
Intenté llegar hasta ella.
Mi cuerpo no respondió.
Evie sujetó mi mano.
Isabella continuaba sosteniendo mi rostro.
Dos mujeres a ambos lados.
Una a la que amaba y no podía perdonar.
Otra que me amaba y a la que nunca había sabido elegir.
—Qué conveniente —murmuré.
Isabella se inclinó.
—¿Qué?
—Finalmente… tengo público para morir.
—No vas a morir.
—Alexander tampoco iba a hacerlo.
Evie apretó mis dedos.
—Quédate.
La miré.
Su cabello oscuro estaba desordenado. Había hollín sobre su mejilla y sangre debajo de las uñas.
Mi sangre.
—No te perdono —conseguí decir.
Las lágrimas descendieron por su rostro.
—Lo sé.
—No confundas…
—No lo haré.
—Evie.
—Estoy aquí.
—Eso tampoco… arregla nada.
—Lo sé.
La oscuridad comenzó en los bordes.
Isabella llamó a los médicos.
Alguien colocó una mascarilla sobre mi rostro.
El aire no llegó.
—Adrien —dijo Beatrice desde algún lugar—. No te atrevas.
Quise responder.
No pude.
La última cosa que vi fue la mano de Alexander sobre el suelo.
Inmóvil.
A menos de un metro de la mía.
Intenté alcanzarla.
Mis dedos no se movieron.
Después todo desapareció.
* * *
Caí bajo el hielo.
El agua era negra.
Tan fría que no parecía agua.
Sobre mí, Alexander golpeaba la superficie con las manos. Tenía once años. El cabello castaño caía sobre sus ojos y gritaba mi nombre, aunque el hielo convertía su voz en un sonido distante.
Levanté los brazos.
No llegué.
El abrigo tiró de mí hacia abajo.
Entonces Alexander desapareció de la superficie.
Un segundo después estaba dentro del agua.
Sus dedos encontraron los míos.
Intentó empujarme hacia la grieta.
Yo quería decirle que no.
Que saliera.
Que esta vez no volviera.
Pero tenía ocho años y los pulmones llenos de agua.
Solo pude aferrarme a él.
* * *
—La presión está bajando.
Una voz desconocida.
Luz blanca atravesando mis párpados.
—Otra unidad.
—Perdió el pulso.
—Iniciamos compresiones.
Algo golpeó mi pecho.
Alexander volvió a hundirse.
* * *
—Uno, dos, tres, cuatro…
La voz de Beatrice.
No contaba compresiones.
Contaba respiraciones.
—Cuatro al inhalar. Cuatro para sostener. Cuatro para soltar.
Su mano era pequeña alrededor de la mía.
—Tú me lo enseñaste cuando tenía siete años y debía salir al balcón. Dijiste que el miedo era solo el cuerpo intentando protegerme de algo que todavía no había ocurrido.
Su voz se quebró.
—Ahora está ocurriendo. Así que puedes despertar y explicarme qué se supone que debo hacer.
Intenté apretar sus dedos.
No tenía manos.
Solo agua.
—No puedo perderlos a los dos —susurró—. No puedes obligarme a ser la que permanece.
Una lágrima cayó sobre mi piel.
O quizá era el lago.
* * *
—Día dos. Sin cambios significativos.
Una voz médica.
Pasos.
Una silla desplazándose.
Después mi madre.
Reconocí su perfume antes que sus palabras.
Helena me apartó el cabello de la frente.
Lo había hecho cuando era niño.
Solo cuando estaba enfermo.
Nunca delante de otras personas.
—Tu padre despertó —dijo—. Preguntó por Alexander.
Silencio.
Los dedos de mi madre se quedaron inmóviles sobre mi cabello.
—No pude decírselo.
Su respiración se rompió.
—Soy la reina. He anunciado guerras, muertes y abdicaciones sin que me temblara la voz. Pero no pude decirle a tu padre que nuestro hijo murió.
Algo húmedo cayó sobre mi sien.
—No me obligues a hacerlo dos veces.
Quise abrir los ojos.
No pude.
—No sé cómo enterrar a Alexander mientras tú todavía no decides si vas a regresar.
Su mano cubrió la mía.
—Por favor, Adrien.
Nunca había escuchado a mi madre decir aquella palabra de esa forma.
Sin estrategia.
Sin protocolo.
Solo una madre pidiéndole a su hijo que no muriera.
* * *
El lago cambió.
Ahora Alexander estaba sentado sobre el hielo.
Adulto.
Llevaba el uniforme rojo y la sangre continuaba extendiéndose sobre su pecho.
—Estás tardando —dijo.
—Estoy herido.
—Siempre fuiste dramático.
—Estás muerto.
Alexander observó el agujero negro entre ambos.
—Sí.
—Eres Orfeo.
—También.
—Te odio.
—Lo sé.
—No sé qué hacer sin ti.
Mi hermano levantó los ojos.
—Eso era lo único que intentaba cambiar.
—Lo hiciste de una manera terrible.
—Nunca destaqué por la moderación.
Me senté frente a él.
El hielo crujió.
—¿Debo perdonarte?
—No.
—¿Debo amarte?
—Ya lo haces.
—No es justo.
Alexander sonrió.
—Nada relacionado con nosotros lo fue.
La grieta avanzó entre ambos.
—No te vayas.
—Adrien.
—No.
—Despierta.
El hielo se rompió.
* * *
—Daniel Mercer murió durante la cirugía.
La voz de Bash.
Estaba sentado cerca.
Podía reconocer el ruido que hacía cuando frotaba el pulgar sobre el reloj.
—Lorraine sobrevivió. Los archivos están bajo custodia. Ginny utilizó la medalla antes de que el servidor completara la transmisión.
Una pausa.
—Isabella consiguió que el Gobierno bloqueara las copias. Evie entregó sus dispositivos y declaraciones. Noah está bien. La bala atravesó el hombro.
Movió la silla.
—Alexander dejó una confesión.
La rabia apareció incluso dentro del agua.
—Completa. Grabaciones, nombres, cuentas, instrucciones. Todo programado para entregarse si él moría.
Bash soltó una risa amarga.
—Incluso su muerte tenía un plan.
Su mano se cerró sobre mi brazo.
—Lo siento.
No sabía por cuál de nosotros.
Quizá por ambos.
—Debí verlo —continuó—. Revisé sus equipos. Sus rutas. Sus agentes. Pensé que estaba protegiendo a un hombre enfermo y nunca consideré que la enfermedad pudiera ser real y la traición también.
No era culpa suya.
Intenté decirlo.
Ninguna parte de mi cuerpo respondió.
—Despierta para insultarme —dijo—. Empiezo a cansarme de que Ginny tenga el monopolio.
* * *
—Su Majestad no debería permanecer más de diez minutos.
Una voz médica.
Ruedas sobre el suelo.
Mi padre.
Edmund respiraba con dificultad.
—Déjenme solo con él.
La puerta se cerró.
Durante un minuto no dijo nada.
Después tomó mi mano.
La suya estaba fría.
—Alexander murió creyendo que debía destruir la Corona para protegerte de mí.
No había rey dentro de su voz.
Solo un hombre viejo.
—Y tenía razón en una parte.
El pulgar de mi padre recorrió mis nudillos.
—Los enfrenté incluso cuando fingía prepararlos para trabajar juntos. Convertí su enfermedad en una amenaza institucional. Convertí tu lealtad en una obligación. Los amé como un rey antes de aprender a amarlos como un padre.
Su respiración se volvió irregular.
—Me queda un hijo.
Beatrice habría disfrutado corrigiéndolo.
Quizá ya lo había hecho.
—Y una hija —añadió— que me informó que, si vuelvo a olvidarlo, desconectará personalmente mis máquinas.
Incluso dentro del coma, casi sonreí.
—No sé reparar lo que hice —continuó—. Pero si despiertas, renunciaré antes de permitir que la Corona vuelva a exigirte el cuerpo.
No le creí.
O quizá sí.
Resultaba difícil confiar en promesas pronunciadas junto a una cama cuando la persona que debía aceptarlas no podía responder.
—Lo siento, hijo.
Su frente se apoyó sobre mi mano.
—Perdí a Alexander mucho antes de que muriera. Solo fui demasiado arrogante para verlo.
* * *
Isabella olía a jazmín y café.
Permanecía durante el día.
La escuchaba dar instrucciones, corregir comunicados y discutir con ministros que insistían en que mi supervivencia debía describirse como estable antes de que los médicos pudieran asegurarlo.
—No publicarán que está estable —dijo—. Publicarán que continúa en estado crítico y que su familia solicita privacidad.
Una voz masculina protestó.
—Los mercados…
—Si la economía británica depende de que un hombre inconsciente parezca saludable, deberían revisar algo más que el comunicado.
La puerta se cerró.
Isabella soltó el aire.
Se sentó junto a mí.
—Siempre consigues obligarme a discutir con hombres mediocres.
Sus dedos corrigieron el borde de la sábana.
—Mi padre ordenó que regrese a España. Dice que permanecer junto a tu cama después de la publicación de nuestros acuerdos me hace parecer débil.
Acercó la silla.
—Le respondí que abandonar a un hombre al que amo porque está inconsciente sería una definición mucho más precisa de debilidad.
Su mano tocó mi rostro.