Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Uno cae

Las puertas cedieron.

El primer hombre entró disparando.

Bash respondió antes de que el sonido terminara de atravesar la sala. El atacante recibió dos impactos en el pecho y cayó hacia atrás, pero otro ocupó inmediatamente su lugar.

Me lancé sobre Beatrice.

Mi hermana golpeó el suelo debajo de mí. La protegí con el cuerpo mientras los disparos arrancaban fragmentos de madera de la antigua silla ceremonial.

Isabella permanecía agachada al otro lado. Había perdido uno de los pendientes y varios mechones negros se habían soltado del moño. Sostenía el arma con ambas manos.

Disparó.

El segundo atacante se dobló sobre sí mismo.

No vaciló.

No cerró los ojos.

No esperó que un hombre la protegiera.

Se arrastró hasta Beatrice y la sujetó del brazo.

—Ven conmigo.

Mi hermana se resistió.

—Alexander.

—Está con Adrien.

—Eso no significa que esté a salvo.

—Significa que tiene a alguien que todavía moriría por él.

La frase encontró su objetivo.

Alexander también la escuchó.

Permanecía junto a la silla, con una mano apoyada sobre el respaldo. La pierna derecha temblaba. Había sangre en su boca por el golpe que le había dado.

Sus ojos encontraron los míos.

No vi a Orfeo.

Vi a mi hermano.

Aquello era lo peor.

—Pasadizo este —dijo—. Detrás del tapiz.

—¿Por qué deberíamos creerte? —preguntó Isabella.

Un disparo atravesó el dosel sobre su cabeza.

Alexander no se agachó.

—Porque diseñé el cierre para que la familia pudiera abandonar la sala mientras los demás accesos permanecían bloqueados.

—Diseñaste una ruta secreta para ti —dije.

—Para los tres.

Beatrice levantó la mirada.

—¿Nos incluiste?

—Siempre.

—Eso no consigue que me sienta mejor.

El tercer atacante apareció en la puerta.

Bash lo derribó.

—¡Nos quedan segundos! —gritó.

El humo entraba por el corredor. No sabía si provenía de un incendio real o de algún dispositivo destinado a obligarnos a desplazarnos.

Alexander avanzó hacia el tapiz.

La pierna falló después del segundo paso.

Lo sujeté por la cintura.

El contacto me provocó una repulsión inmediata.

No hacia su cuerpo.

Hacia la memoria de cuántas veces había realizado el mismo gesto convencido de que su enfermedad era lo único que debía temer.

Alexander apoyó una mano sobre mi hombro.

—Puedo caminar.

—Has mentido sobre asuntos más importantes.

—La lesión no era uno de ellos.

—Qué tranquilizador. Conservaste una categoría limitada de honestidad.

Su rostro se contrajo.

—Adrien…

—No hables.

Lo obligué a rodear mi cuello con un brazo.

Bash y los agentes mantuvieron la puerta mientras avanzábamos. Isabella apartó el tapiz y encontró un panel de piedra con un lector oculto.

Alexander extendió la mano.

Sus dedos dejaron una marca de sangre sobre el cristal.

La pared se abrió.

—Primero la reina y Beatrice —ordenó Bash.

—Mi madre está en la nave —dije.

—El equipo dos la está evacuando.

—¿Confirmación?

—Perdimos la comunicación antes de recibirla.

—Entonces no está confirmada.

Una alarma comenzó a sonar.

Una voz automática surgió desde los altavoces:

—Transmisión del Fondo de Continuidad iniciada. Tiempo estimado para publicación completa: treinta y dos minutos.

Alexander cerró los ojos.

—El servidor.

—¿Dónde? —preguntó Bash.

—Cripta oeste. Debajo del archivo eclesiástico.

—La cripta donde encontramos a Mercer estaba al norte.

—Porque necesitaba que miráramos en la dirección contraria.

Lo observé.

—¿Tú instalaste el servidor?

—Sí.

—¿También el temporizador?

—No. El sistema requería una clave física para iniciar la transmisión.

—La carpeta negra.

—Mercer tiene una copia del código.

—Mercer se está desangrando.

Alexander levantó los ojos.

—Entonces la activó antes de la ceremonia.

Beatrice se colocó frente a él.

El humo comenzaba a llenar la sala, pero mi hermana parecía haber olvidado el ataque.

—¿Qué contiene el archivo completo?

Alexander no respondió.

—¿Qué contiene sobre mí?

—Registros de movimientos. Comunicaciones. Informes psicológicos.

—¿Utilizaste mis teléfonos?

—Sí.

—¿Mis conversaciones con amigos?

—Algunas.

—¿Fotografías?

El silencio fue una admisión.

Beatrice le dio una bofetada.

La cabeza de Alexander giró.

Nadie intentó detenerla.

—Eso es por abrazarme mientras fingías que alguien más nos vigilaba —dijo.

Alexander volvió lentamente el rostro.

No mostró rabia.

—Lo merecía.

—No vuelvas a decidir también eso por mí.

Isabella tomó a Beatrice por los hombros.

—Debemos salir.

Mi hermana continuó mirando a Alexander.

—No sé quién eres.

Él tragó.

—Lo siento.

—Deja de decirlo.

Beatrice entró al pasadizo.

Isabella se volvió hacia mí.

—Llevaré a Beatrice hasta el punto de evacuación y buscaré a Helena.

—No te separes de los agentes.

—No necesito instrucciones evidentes.

—Isabella.

—Sé lo que está en juego.

Me sujetó por la chaqueta y me obligó a inclinarme.

Durante un segundo creí que me besaría.

En lugar de hacerlo, apoyó la frente contra la mía.

—No mueras —murmuró.

—Todo el mundo está especialmente exigente esta mañana.

—Lo digo en serio.

—Yo también.

Isabella cerró los ojos.

Cuando los abrió, la futura reina había reemplazado a la mujer.

—Regresa.

Me soltó y desapareció detrás de Beatrice.

Bash observó el corredor secreto.

Después me miró.

—Debo ir por el servidor.

—Ve.

—Tú vienes conmigo.

—Evie continúa en la nave.

—Tiene seguridad.

—También la tenía en Kensington.

—Adrien.

—No voy a dejarla.

Alexander apoyó el peso sobre el bastón que uno de los agentes había recuperado.

—Conozco una ruta hacia la galería lateral.

Bash lo miró como si calculara dónde dispararle.

—No confío en ti.

—Yo tampoco —respondí—. Pero lo necesitamos consciente.

Mi mejor amigo apretó la mandíbula.

—Doce minutos. Si no respondes, abandonaré el servidor e iré por ti.

—Eso arruinaría la única decisión sensata de esta conversación.

Bash me sujetó la nuca.

El gesto fue brusco.

Casi un abrazo.

—Doce minutos.

—Sí.

—No once ni trece.

—Tu rigidez explica por qué la RAF se mostró tan aliviada cuando renunciaste.

—Y tú explicas por qué las monarquías deberían extinguirse.

Me soltó y entró en el pasadizo junto a uno de los agentes.

El otro permaneció con nosotros.

Alexander y yo quedamos frente a frente.

Hermanos.

Enemigos.

La misma sangre distribuida entre dos hombres que ya no sabían qué significaba pertenecer a una familia.

—Muéstrame el camino —dije.

* * *

El pasadizo descendía detrás de la pared norte.

Era más estrecho que el de la casa del lago y olía a polvo, piedra húmeda y humo. Las luces de emergencia apenas iluminaban los escalones.

Alexander bajó primero.

Yo permanecí detrás, con una mano cerca de su espalda.

No para protegerlo.

Al menos eso me dije.

Su pierna arrastraba ligeramente después de cada peldaño. El bastón chocaba contra la piedra con una regularidad irritante.

Golpe.

Paso.

Respiración.

Golpe.

Paso.

Mentira.

—¿Cuántos pasadizos instalaste? —pregunté.

—No los instalé. La mayoría existe desde el siglo diecisiete.

—Solo los convertiste en parte de una conspiración internacional.

—Sí.

—Una afición más costosa que coleccionar sellos.

Alexander apoyó una mano sobre la pared.

—Necesito un momento.

—No lo tenemos.

—Mi pierna tampoco parece interesada en el calendario.

Se sentó sobre un escalón.

La palidez había adquirido un tono gris. Pequeñas gotas de sudor cubrían su frente.

El agente revisó el corredor superior.

Yo me quedé frente a mi hermano.

—¿Necesitas medicación?

—Está dentro del bolsillo.

—Tómala.

Alexander no se movió.

—¿Ahora desconfías de tus propios medicamentos?

—Me tiembla la mano.

Miré sus dedos.

Era cierto.

Saqué el pequeño frasco del interior de su chaqueta. Comprobé la etiqueta por costumbre y dejé dos comprimidos sobre su palma.

Alexander los observó.

—Todavía revisas lo que me dan.

—No confundas un hábito con perdón.

—No lo hago.

Le entregué agua.

Bebió.

Sus labios dejaron una mancha roja sobre la botella.

—¿Por qué Evie? —pregunté.

Mi hermano bajó la botella.

—Ya te lo dije.

—Dijiste que reconocería algo de mí en ella. No es suficiente.

—¿Qué respuesta sería suficiente?

—Ninguna. Aun así, quiero escucharla.

Alexander apoyó la cabeza contra la pared.

Por primera vez desde que confesó, pareció más cansado que enfermo.

—Asteria la había evaluado durante años —dijo—. Inteligencia, resistencia, tendencia a desafiar órdenes cuando creía que alguien podía resultar perjudicado. No se inclinaba ante figuras de autoridad a menos que considerara que lo merecían.

—La elegiste mediante un informe psicológico.

—Al principio.

—¿Qué significa eso?

—Vi una entrevista. Le preguntaron por qué continuaba dentro de una empresa que controlaba su cuerpo, sus relaciones y su voz. Respondió que marcharse habría demostrado que solo las personas con poder podían sobrevivir.

Recordaba aquella entrevista.

La había visto después de conocerla.

Evie llevaba un traje blanco y una sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos.

—Pensé que la odiarías —continuó Alexander—. O que te obsesionarías con ella. Ambas posibilidades podían apartarte del acuerdo con España.

—Entonces Isabella también fue una víctima aceptable.

—No.

—La utilizaste.

—Isabella conocía parte de la intención institucional.

—No conocía la tuya.

Alexander cerró los dedos alrededor de la botella.

—Creí que podía ofrecerte una vida real.

—¿Con una mujer que me amaba mientras tú esperabas que eligiera a otra?

—Isabella podía hacerte feliz.

—Pero no lo suficiente para alterar tu plan.

—No sabía qué elegirías.

Me agaché hasta quedar frente a él.

—Mientes.

Alexander sostuvo mi mirada.

—Esperaba que eligieras a Evie.

La verdad dolió más porque ya la conocía.

—¿Por qué?

—Porque Isabella podía ofrecerte una Corona distinta. Evie era la única que habría conseguido que no quisieras ninguna.

Me levanté.

La piedra parecía demasiado estrecha para contener el aire.

—Amenazaste a una mujer para que yo pudiera aprender una lección.

—Mercer no debía colocar un arma real en el escenario.

—¿Qué?

Alexander bajó los ojos.

—El dispositivo solo debía proyectar el punto de mira. Queríamos que seguridad detectara la vulnerabilidad y que tú reaccionaras.

—Había componentes compatibles con un sistema de disparo.