Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 18 #5
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Capítulo 18 #5

Beatrice gritó.

Bash avanzó, pero Isabella levantó una mano para detenerlo.

Mi hermano quedó en el suelo.

La sangre apareció sobre su labio.

No intentó defenderse.

Lo sujeté por la parte delantera del uniforme y lo levanté parcialmente.

—Me viste destruirla.

—Sí.

—Me escuchaste mentirle.

—Sí.

—Me consolaste.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí.

Lo solté.

Alexander cayó sobre una rodilla.

—¿Cómo pudiste?

—Porque cada mentira te alejaba de la Corona.

—Me alejaba de ella.

—Necesitabas elegir.

—¡No tenías derecho a construir la elección!

Mi voz sacudió la sala.

Alexander apoyó una mano sobre el suelo.

—No.

—Isabella también era parte de tu plan.

La princesa endureció el rostro.

—Recomendaste que continuara el acercamiento —dijo—. Permitiste que creyera que tenía una oportunidad real.

—La tenía.

Isabella dio un paso hacia él.

—No intentes protegerme con otra mentira.

—No lo hago. Adrien podía elegirte.

—Pero esperabas que no lo hiciera.

Alexander guardó silencio.

La respuesta estaba allí.

Isabella inclinó el rostro como si hubiese recibido una bofetada.

Beatrice se acercó a nuestro hermano.

—¿Y yo?

Alexander la miró.

El amor apareció con tanta claridad que resultó insoportable.

—Nunca fuiste parte del proyecto.

—Utilizaste mis teléfonos.

—Solo para rutas que no podían exponerte.

—Me pediste que confiara en ti.

—Lo sé.

—Me abrazaste después de cada ataque.

—Bea…

—¿También estaban planeados?

—No.

—¿El accidente de Westminster?

—No de esa forma.

—¿La casa?

—Sabía que el fuego comenzaría cuando estuviéramos fuera de la habitación.

—Adrien tuvo que cargarte.

Alexander cerró los ojos.

—El mecanismo se activó antes.

—¿Tus episodios son reales?

—Sí.

—¿Tu pierna?

—Sí.

—¿Algo de ti es real?

Nuestro hermano abrió los ojos.

Las lágrimas descendían por su rostro.

—Mi amor por ustedes.

Beatrice retrocedió.

—No quiero que me ames de esa forma.

La frase destruyó lo poco que quedaba de Alexander.

Lo vi en sus hombros.

En la manera en que bajó la cabeza.

En el temblor de sus dedos sobre el suelo.

Aun así, no sentí compasión.

Todavía no.

—¿Por qué? —pregunté.

Alexander levantó la mirada.

—Porque Frederick tenía razón en una cosa. Juntos jamás permitiríamos que la Corona destruyera al otro. Pero padre pasó toda nuestra vida separándonos. A mí me enseñó que debía reinar aunque me matara. A ti, que solo serías amado mientras fueras útil.

—Así que repetiste exactamente lo mismo.

—Intenté romperlo.

—Utilizando a todas las personas que amábamos.

—No encontraba otra forma.

—Siempre existe otra forma.

—¿Cuál?

Se puso de pie con ayuda de la silla.

La pierna tembló.

Alexander no apartó los ojos de mí.

—Dímela, Adrien. ¿Habrías abandonado la sucesión si te lo hubiera pedido?

—Sí.

—Mientes.

—No puedes saberlo.

—Te conozco. Habrías tomado mi lugar cuando mi cuerpo fallara. Habrías renunciado a Evie, a Isabella y a cualquier vida propia porque yo necesitaba que cumplieras.

—Era mi decisión.

—Una decisión construida por esta familia antes de que aprendieras a hablar.

—Igual que las decisiones que construiste para Evie.

La acusación lo silenció.

—Te convertiste en Frederick —continué—. Estudiaste nuestras heridas, diseñaste las situaciones y llamaste amor al resultado que esperabas obtener.

—No.

—Él también creía que protegía la continuidad.

—Yo quería destruirla.

—No. Querías controlarla tú.

Alexander negó.

—Yo no quería tu Corona.

—Querías decidir qué hombre debía existir después de ella.

—Quería que fueras libre.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Me quitaste la libertad para obligarme a serlo.

La frase quedó entre nosotros.

Alexander se cubrió la boca con una mano. La sangre manchó sus dedos.

—Lo siento.

—No.

—Adrien…

—No utilices una disculpa para pedir que te consuele.

—No lo hago.

—Lo has hecho toda la vida.

El dolor atravesó sus facciones.

—Quizá.

Miró a Beatrice.

Después a Isabella.

Finalmente regresó hacia mí.

—Mercer perdió el control. Quería reemplazarme y utilizar el archivo para reclamar reconocimiento. Esta ceremonia debía exponerlo.

—Lo utilizaste como culpable.

—Él aceptó.

—Hasta que dejó de obedecer.

—Sí.

—¿Y ahora?

Alexander observó las puertas cerradas.

—Ahora intentará completar el plan de Frederick.

—¿Cuál?

El primer disparo sonó en el corredor.

Los agentes levantaron las armas.

Las luces de emergencia cambiaron de rojo a blanco.

Una voz automática anunció:

—Protocolo de continuidad iniciado. Sellado institucional en curso.

Bash presionó el auricular.

—Perdimos comunicación con el exterior.

Isabella comprobó su teléfono.

Sin señal.

Beatrice se acercó a mí.

Alexander miró hacia el techo.

No parecía sorprendido.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—Yo no activé esto.

—¿Esperas que te crea?

—Mercer tiene el archivo y parte de los códigos.

—Mercer se está desangrando en la cripta.

Alexander perdió el color.

—Entonces Cantor no era el único.

Un segundo disparo.

Más cerca.

La puerta tembló bajo un golpe.

Bash distribuyó a los agentes.

—Salida posterior.

—Está conectada con la galería norte —dijo Alexander—. Si activaron el protocolo, estará bloqueada.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Beatrice.

Mi hermano la miró.

—Porque yo lo diseñé.

El silencio apenas duró un segundo.

Después el cristal de la ventana estalló.

Me lancé sobre Beatrice.

Isabella cayó detrás de la silla. Bash respondió al fuego.

Alexander permaneció de pie junto a la Corona.

—¡Al suelo! —grité.

Mi hermano me miró.

En su rostro vi al niño del lago.

Al heredero que saltó al agua.

Al hombre que había convertido cada herida de nuestra vida en una pieza sobre un tablero.

—Todavía queda una elección —dijo.

—¿Qué elección?

Una alarma comenzó a sonar.

Desde el corredor llegó el olor a humo.

Alexander sostuvo mi mirada.

—La familia, Evie o la Corona.

Sentí que el mundo volvía a incendiarse alrededor de nosotros.

—Esta vez no decidirás por mí.

Mi hermano sonrió.

No con triunfo.

Con una tristeza tan profunda que pareció una confesión final.

—Eso era lo único que siempre quise escuchar.

Las puertas cedieron.

Y mientras los hombres armados entraban en la Sala de la Corona, comprendí que Alexander había construido toda aquella guerra para obligarme a dejar de salvarlo.

El problema era que aún lo amaba.

Y todavía no comprendía que aquella noche ya no se decidiría quién de los dos merecía la Corona, sino cuál de los dos estaría dispuesto a morir para que el otro sobreviviera.