Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—Viniste a un acto de mi familia.

—Vine por las víctimas de Aristeo.

—Naturalmente. La justicia siempre ha sido una explicación conveniente.

—Sé que lo que hice estuvo mal.

—Lo sabías antes de hacerlo.

—Sí.

La honestidad me irritó.

Quería que se defendiera.

Que negara.

Que me entregara una razón para gritar.

—Entonces no fue un error —dije—. Fue una elección.

—Sí.

—Elegiste los informes de Alexander.

—Intenté pedir que eliminaran la información médica.

—Pero publicaste lo suficiente para que medio país cuestione si puede gobernar.

—Necesitaba demostrar que la Corona había utilizado su enfermedad para…

—No necesitabas nada. Querías herirme y descubriste que destruir a mi hermano era el método más eficiente.

Evie bajó la mirada.

—No pensé que el artículo utilizaría su condición de esa forma.

—Le entregaste los documentos a una periodista. ¿Esperabas que los utilizara como material de lectura durante sus vacaciones?

—Mara acordó proteger ciertos detalles.

—Y tú acordaste no compartir la información fuera de tu defensa legal.

Su respiración se quebró.

—Lo sé.

—Deja de decir eso como si reconocerlo redujera el daño.

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

—Tú me seguiste.

—Porque quería verte intentando justificarlo.

—No estoy justificándolo.

—Entonces estamos desperdiciando una conversación.

Me dirigí hacia la puerta.

—Adrien.

Me detuve.

Evie caminó hacia mí.

Sus tacones sonaron sobre la piedra. Cuando quedó cerca, el olor de su perfume me golpeó con una familiaridad casi violenta.

Mi cuerpo la reconoció.

La rabia también.

—Lo que hice no significa que nunca te amara —dijo.

Me reí.

El sonido no contenía humor.

—No utilices esa palabra.

—Es la verdad.

—La verdad es aquello que publicas cuando necesitas castigar a alguien.

—Te amé.

—Y te acostaste con Noah.

El rostro de Evie se endureció.

—No estábamos juntos.

—Lo sé.

—Me habías mentido durante meses.

—Lo sé.

—Habías besado a Isabella y después viniste a mi cama.

—No llegamos a acostarnos.

—¿Eso es lo que utilizas para sentirte mejor?

—No me siento mejor.

Los ojos de Evie brillaron.

—Noah no fue una venganza.

—Eso ya me lo dijo.

La sorpresa la hizo retroceder.

—¿Hablaste con él?

—Tuvo la cortesía de preguntar si lo utilizaste. Le dije que no.

—¿Por qué?

—Porque, a diferencia de ti, no necesitaba destruir algo verdadero para sentir que habíamos quedado iguales.

Evie recibió la frase sin apartarse.

Una lágrima escapó y descendió por su mejilla.

No la limpié.

Meses antes habría cruzado una habitación para impedir que llorara.

Ahora observé la lágrima llegar hasta su mandíbula.

—No quería destruirte —susurró.

—Querías que sintiera tu dolor.

—Sí.

—Lo conseguiste.

—Adrien…

—¿Te hizo sentir mejor?

Evie negó.

—No.

—Entonces además de cruel fue inútil.

Cerró los ojos.

El pecho subía y bajaba demasiado rápido. Sus dedos buscaron el borde de la manga y comenzaron a retorcer la tela.

Conocía aquel gesto.

Significaba que estaba intentando mantener el control.

Una parte de mí quiso tomarle las manos.

La obligué a permanecer inmóvil.

—Lo siento —dijo.

—Yo también.

Evie abrió los ojos.

—¿Por qué?

—Porque durante meses creí que eras diferente.

La crueldad produjo exactamente el efecto que buscaba.

Su rostro se quebró.

No mediante un llanto dramático.

Fue peor.

La esperanza desapareció de sus ojos.

—No digas eso.

—¿Por qué? ¿Porque todavía necesitas pensar que la mujer de la que me enamoré existe debajo de todo esto?

—Porque tú sabes quién soy.

—Sabía quién fingías ser cuando estabas conmigo.

Evie levantó una mano.

Intentó tocarme la cara.

Le sujeté la muñeca antes de que llegara.

No con violencia.

Con una frialdad mucho más efectiva.

—No vuelvas a tocarme.

Las palabras regresaron desde la primera noche.

El corredor.

Su pulso bajo mis dedos.

Mi sangre sobre su piel.

Evie también lo recordó.

Retiré la mano.

—Entiendo —murmuró.

—Lo dudo.

—Me odias.

—Ojalá.

La respuesta salió demasiado sincera.

Evie me miró.

Durante un instante el amor permaneció desnudo entre nosotros. Destrozado, humillante y todavía vivo.

Lo odié más que a ella.

—No te odio —continué—. El odio sería sencillo. Todavía me despierto pensando en ti. Todavía quiero arrancarle las manos a Noah cada vez que te toca. Todavía entro en una habitación y busco tu rostro antes de recordar lo que hiciste.

Evie dejó escapar un sollozo.

—Adrien…

—Eso no significa que vaya a perdonarte. Significa que conseguiste convertir el amor en algo que me repugna sentir.

La puerta se abrió.

Noah permanecía al otro lado.

Su mirada pasó de las lágrimas de Evie a mi cuerpo bloqueando la salida.

Se acercó.

—Aléjate de ella.

—Noah —murmuró Evie.

—He dicho que te alejes.

Era casi de mi altura, aunque menos ancho. Sus manos permanecían abiertas junto a los costados.

No parecía buscar una pelea.

Estaba preparado para terminar una.

Di un paso hacia él.

—¿Vas a golpearme dentro de una iglesia?

—Si es necesario.

—La prensa disfrutará la coherencia temática.

Noah se colocó junto a Evie.

Ella no buscó su mano.

Aquello no disminuyó mis celos.

—No necesitaba que la siguieras —dijo.

—Ella tampoco necesitaba que respondieras por ella.

Evie soltó una risa rota.

—Ahora decides defender mi autonomía.

La miré.

—Aprendí de la humillación pública.

Noah endureció la mandíbula.

—Basta.

—No te confundas. Que hayas dormido con ella no te convierte en parte de esta conversación.

—No. Que ella me haya pedido que la acompañara sí.

La frase atravesó el lugar exacto donde la rabia ya había abierto una herida.

Evie lo había elegido para estar allí.

Para escucharla.

Para sostenerla después de mí.

Me acerqué hasta quedar frente a Noah.

—¿Sabes que todavía me ama?

Evie inhaló.

Noah no retrocedió.

—Sí.

La respuesta me detuvo.

—¿Y eso no te molesta?

—Me duele.

—Entonces tienes menos dignidad de la que imaginaba.

—Probablemente. Pero no necesito castigarla para demostrar que me hizo daño.

El golpe fue limpio.

No elevó la voz.

No me insultó.

Solo mostró la diferencia entre ambos.

—Disfruta siendo la alternativa segura —dije—. Quizá algún día deje de pronunciar mi nombre mientras duerme.

Noah cerró una mano.

Evie se colocó entre los dos.

—Vete, Adrien.

Había lágrimas sobre su rostro.

Aun así, su voz fue firme.

—Con gusto.

Me dirigí hacia la puerta.

—Lo que hice fue imperdonable —dijo Evie detrás de mí—. Pero no conviertas eso en una excusa para fingir que nunca te amé.

No me volví.

—Tu amor y tu venganza produjeron exactamente el mismo resultado. Perdóname si ya no aprecio la diferencia.

Salí.

La puerta se cerró detrás de mí.

Caminé por el corredor sin mirar atrás.

Esperé sentir satisfacción.

Solo sentí la forma exacta de cada herida que acababa de dejarle.

Y la certeza de que ninguna había cerrado las mías.

* * *

La ceremonia comenzó a las catorce horas.

Evie subió al estrado junto a Noah.

Había reparado el maquillaje. Nadie que no la conociera habría advertido que había llorado.

Yo sí.

Vi la ligera hinchazón debajo de sus ojos.

La tensión de sus dedos alrededor de las tarjetas.

La forma en que Noah permanecía medio paso detrás, suficientemente cerca para alcanzarla si perdía el equilibrio.

Evie habló sobre las personas convertidas en daños aceptables por instituciones poderosas.

No me miró.

No necesitaba hacerlo.

Cada palabra encontró su objetivo.

—La protección sin consentimiento puede transformarse en otra forma de violencia —dijo—. La verdad, utilizada sin compasión, también.

Su voz se quebró apenas.

—He conocido ambas. También he cometido una de ellas.

El salón quedó inmóvil.

Noah levantó la mirada hacia ella.

Evie continuó:

—Que una persona haya sido herida no convierte todas sus decisiones posteriores en justas. El dolor explica. No absuelve.

Aquello no formaba parte del discurso aprobado.

Julian se tensó junto a la pared.

Ginny no se movió.

Evie bajó las tarjetas.

—Yo entregué documentos privados a una periodista. Parte de esa información ayudó a demostrar abusos reales. Otra parte expuso dolores que no me pertenecían. Asumo la responsabilidad por ambas cosas.

Los murmullos atravesaron la Abadía.

—No solicitaré perdón públicamente a las personas afectadas. Una disculpa frente a las cámaras podría obligarlas a responder. Solo diré que colaboraré para reparar legalmente el daño y aceptaré las consecuencias.

Finalmente me miró.

El arrepentimiento en sus ojos era real.

No cambió nada.

O eso me dije.

Evie abandonó el estrado.

Noah extendió una mano.

Ella la tomó.

Mis uñas se hundieron en la palma.

Los celos y la pérdida se mezclaron hasta resultar indistinguibles.

Alexander avanzó hacia el centro.

Dos agentes empujaron la silla hasta la rampa. Mi hermano les indicó que se detuvieran.

Se puso de pie.

El esfuerzo tensó todo su cuerpo. Sujetó el bastón con una mano y apoyó la otra sobre el atril.

Los invitados se levantaron.

Alexander esperó hasta que regresara el silencio.

—Mi nombre es Alexander Edmund Hawthorne —comenzó—. Nací heredero de la Corona antes de tener edad suficiente para comprender qué significaba pertenecerle a una institución.

Las cámaras acercaron la imagen.

—Durante los últimos años sufrí una condición neurológica que afectó mi memoria y mi capacidad física. Esa enfermedad fue ocultada, investigada sin mi consentimiento y utilizada para evaluar si debía continuar existiendo dentro de la línea sucesoria.

Mi madre cerró los ojos.

Beatrice tomó su mano.

—Daniel Mercer ha exigido mi renuncia —continuó Alexander—. También exige que esta familia reconozca los delitos cometidos mediante Aristeo y el Fondo de Continuidad.

Una pantalla se encendió detrás.

Mercer apareció.

En directo.

Lorraine estaba arrodillada junto a él.

—Finalmente —dijo Mercer—. El heredero aprendió a obedecer.

Alexander sostuvo su mirada.

—Reconozco que la Corona permitió la existencia de Aristeo.

Un murmullo recorrió el lugar.

—Reconozco que miembros de mi familia ocultaron delitos para proteger la continuidad institucional. También reconozco que mi enfermedad fue utilizada para justificar decisiones tomadas sobre mi cuerpo y mi futuro.

Mercer sonrió.

—Renuncia.

Alexander apretó el bastón.

—No.