Capítulo 18 #2
—Entonces no.
Mi hermano apretó mi brazo.
—Eres insoportable.
—Una condición hereditaria.
Lo ayudé a sentarse.
Acomodé el bastón junto a su mano.
Alexander mantuvo los dedos alrededor de mi muñeca.
—Lo que Evie hizo no cambia quién eres —murmuró.
Mi cuerpo se endureció.
—No hables de ella.
—Estás utilizando su traición para confirmar cada cosa terrible que siempre creíste sobre ti.
—Te advertí.
—Que amas de manera equivocada. Que todo lo que tocas termina herido. Que confiar es una debilidad.
Retiré la mano.
—No necesito otro análisis.
—No. Necesitas que alguien te impida convertirte en un hombre que ella habría tenido razón en abandonar.
Lo miré.
Alexander comprendió demasiado tarde que había cruzado una línea.
—Al menos ella tuvo el valor de hacerlo —dije—. Tú necesitaste una enfermedad para intentar enviarme a otro país.
Su rostro perdió el color.
Esta vez la culpa llegó inmediatamente.
—No quise decir eso.
—Sí.
—Adrien…
La puerta se abrió.
Isabella entró acompañada por Ginny.
La princesa llevaba un vestido azul oscuro de cuello alto y un abrigo blanco sobre los hombros. Su cabello negro estaba recogido en un moño bajo. Los pendientes de zafiro pertenecían a la colección de su abuela.
Ginny vestía un traje color carbón. Llevaba el cabello castaño recogido en una cola y un maletín sujeto contra el costado.
Ambas nos observaron.
Alexander apoyó una mano sobre la rodilla para ocultar el temblor.
—Llegan en el momento ideal —dijo—. Adrien estaba demostrando los beneficios de una educación emocionalmente represiva.
Isabella se acercó a él.
—¿Necesitas a la médica?
—Necesito otra familia.
—España tiene demasiados primos. Podemos organizar un intercambio.
Alexander sonrió.
La facilidad con que Isabella conseguía devolverle calidez a una habitación me irritó por razones que no tenían relación con ella.
Ginny dejó el maletín sobre la mesa.
—Mercer transmitió una nueva grabación hace diecisiete minutos.
Bash entró detrás de ellas y cerró la puerta.
Tenía el cabello castaño todavía húmedo y el uniforme negro de seguridad se ajustaba sobre sus hombros. Una funda permanecía oculta bajo la chaqueta.
—¿Lorraine? —pregunté.
—Aparece viva —respondió—. Sostiene el periódico de esta mañana y menciona la filtración de Voss.
—Entonces la grabación es actual.
—Probablemente realizada durante las últimas seis horas.
Ginny abrió el ordenador.
La imagen mostró a Lorraine sentada frente a una pared de piedra. Tenía las manos atadas y una herida seca junto a la boca.
Daniel Mercer apareció detrás.
El cabello gris estaba desordenado y llevaba la barba más larga que en la transmisión anterior. Sostenía la carpeta negra bajo un brazo.
—A las catorce horas, Alexander Hawthorne se presentará ante la Corona que lo enfermó —dijo—. Confesará que la continuidad institucional fue construida mediante secuestros, vigilancia, manipulación médica y sacrificios humanos. Después renunciará.
Alexander no apartó los ojos de la pantalla.
—Si se niega —continuó Mercer—, publicaré el archivo completo. Si la ceremonia se cancela, Lorraine Shaw morirá. Si el príncipe Adrien intenta sustituirlo, también.
La grabación cambió.
Apareció una imagen del salón donde se celebraría la conmemoración.
Tomada esa misma mañana.
—Tiene a alguien dentro —dije.
—O una cámara instalada antes —respondió Bash.
Mercer regresó a la pantalla.
—Uno cae. El otro permanece. Hoy descubriremos cuál de los dos merece sobrevivir.
La grabación terminó.
Alexander soltó el aire lentamente.
—Asistiré.
—Eso nunca estuvo en discusión —dijo Isabella—. La cuestión es cuánto control creerá tener Mercer mientras lo haces.
Se inclinó sobre la mesa y señaló el plano del edificio.
—El Gobierno aceptó mantener la ceremonia con público reducido. Evacuaremos a los invitados civiles después del primer discurso mediante una alerta médica. Los agentes permanecerán disfrazados entre el personal.
—¿Evie? —pregunté.
El nombre salió antes de que pudiera detenerlo.
Ginny me miró.
—Su intervención ocurre antes de la evacuación.
—Se cancela.
—Su equipo ya rechazó esa posibilidad —dijo Isabella.
—No les pregunté.
—Y por eso no eres la persona adecuada para decidirlo.
La observé.
Isabella sostuvo mi mirada.
No había hostilidad. Tampoco compasión.
—Evie conoce la amenaza —continuó—. Su abogada, Noah y seguridad revisaron los riesgos. Eligió participar.
—Mercer la utilizó una vez.
—Lo sabe.
—El archivo sobre ella continúa en sus manos.
—También lo sabe.
—Entonces está tomando una decisión estúpida.
—Una decisión informada puede seguir siendo estúpida —dijo Ginny—. Continúa perteneciéndole.
Cerré una mano.
La herida de la palma había desaparecido meses antes.
Algunas veces todavía sentía el cristal.
—Si algo le ocurre…
—No será culpa tuya —dijo Alexander.
Me volví hacia él.
—No intentes consolarme.
—No lo hago. Intento recordarte que ella existe fuera de tus decisiones.
La frase era casi idéntica a la que Evie me había enviado.
El enojo regresó.
—Todos parecen haber memorizado la misma lección.
Ginny cerró el ordenador.
—El plan no cambia. Alexander pronunciará el discurso. Bash y Adrien seguirán cualquier comunicación interna. Isabella permanecerá con Beatrice y la reina. Yo coordinaré la conservación de pruebas con la fiscalía.
—¿Y padre? —preguntó Alexander.
—El hospital permanece cerrado —respondió Bash—. Solo el equipo médico validado puede entrar.
Mi hermano asintió.
—Entonces hagámoslo.
Se puso de pie.
Esta vez no perdió el equilibrio.
Tomó el bastón y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo junto a mí.
—No importa lo que ocurra hoy —dijo—, nunca quise que pensaras que tu vida valía menos que la mía.
No supe por qué aquello sonó como una despedida.
Le acomodé una de las medallas sobre el pecho.
—No mueras antes de que pueda continuar enfadado contigo.
Alexander cubrió mi mano con la suya.
—Haré lo posible.
* * *
La Abadía estaba llena de personas fingiendo que no temían morir.
El Gobierno había reducido los invitados a trescientos, aunque las cámaras transmitían el acto a millones. Los agentes se distribuían junto a las columnas. Algunos llevaban armas debajo de las túnicas ceremoniales.
Los detectores habían sido revisados tres veces.
Los pasadizos, cuatro.
El techo, cinco.
Nada de aquello me tranquilizaba.
Mercer ya había demostrado que las medidas de seguridad eran solo una lista de obstáculos cuya solución había estudiado antes que nosotros.
Permanecí detrás de una columna mientras los invitados ocupaban sus lugares.
Mi uniforme azul oscuro llevaba las insignias correspondientes al segundo hijo. Julian había intentado convencerme de utilizar guantes para ocultar las cicatrices de la mano.
Me negué.
Necesitaba sentirlas.
La orquesta comenzó a tocar.
Beatrice entró junto a mi madre. Mi hermana llevaba un vestido plateado. El cabello rubio estaba recogido sobre la nuca y una tiara pequeña brillaba bajo las luces.
No me miró.
Helena avanzaba a su lado con un vestido violeta y el mentón elevado. Solo quienes la conocíamos podían advertir la tensión en los dedos apoyados sobre el bolso.
Isabella apareció detrás.
Caminaba sola.
No como mi posible prometida.
No como una pieza dentro de una negociación.
Como la heredera española que había decidido permanecer durante la caída de otra Corona.
Encontró mi mirada.
Asintió una vez.
Estoy preparada.
Alexander fue el último miembro de la familia en entrar.
Utilizaba la silla de ruedas.
Dos agentes lo acompañaban, pero él impulsaba las ruedas con sus propias manos. El uniforme rojo atrajo las cámaras. El público se levantó.
Mi hermano sonrió.
Una sonrisa serena.
Casi feliz.
El aplauso comenzó en el fondo y se extendió hasta llenar la nave.
Alexander se detuvo frente a mí.
—Podrías fingir entusiasmo —murmuró.
—Estoy reservándolo para tu supervivencia.
—Siempre fuiste sentimental.
Se dirigió hacia su lugar.
Entonces vi a Evie.
Estaba cerca del pasillo lateral junto a Noah.
Llevaba un vestido negro de manga larga que se ajustaba a su cintura y descendía hasta los tobillos. El cabello oscuro caía suelto sobre un hombro. No llevaba joyas salvo unos pequeños pendientes plateados.
Parecía cansada.
Hermosa.
Inalcanzable.
Noah vestía un traje oscuro sin corbata. Mantenía una mano cerca de la espalda de Evie sin llegar a tocarla.
No necesitaba hacerlo.
Su cuerpo ya estaba colocado entre ella y cualquier persona que intentara acercarse.
Incluido yo.
Evie levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
El dolor apareció primero.
Después la cautela.
No intentó aproximarse.
No pidió nada.
Aquello me enfureció más que si hubiera suplicado.
Porque una parte despreciable de mí quería verla destruida por lo que había hecho.
Quería que no pudiera dormir.
Que cada respiración le recordara mi voz diciéndole que jamás la perdonaría.
Quería que Noah no fuera suficiente para consolarla.
Evie murmuró algo y se alejó hacia uno de los corredores laterales.
Noah se quedó hablando con una integrante de la fundación.
La seguí.
No pensé que estuviera en peligro.
No pretendía protegerla.
Solo quería hacerle daño de cerca.
* * *
La encontré dentro de una pequeña capilla cerrada al público.
La luz atravesaba los vitrales y proyectaba colores sobre el suelo. Evie estaba frente a una hilera de velas apagadas. Tenía ambas manos apoyadas sobre el respaldo de un banco.
Cerré la puerta.
Su espalda se tensó.
No se volvió inmediatamente.
—Pensé que no querías que volviera a contactarte —dijo.
—No lo hiciste.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Quería comprobar algo.
Evie giró.
El maquillaje ocultaba mal el cansancio. Había una pequeña marca roja junto a su labio inferior, como si lo hubiera mordido repetidamente.
—¿Qué cosa?
—Si parecías arrepentida.
El golpe encontró su rostro.
—Lo estoy.
—No lo suficiente.
—No puedes saberlo.
—Estás aquí, preparada para pronunciar un discurso sobre la verdad después de utilizarla como un cuchillo. Parece que dormiste razonablemente bien.
—No he dormido en tres días.
—Una tragedia.
Evie cerró los dedos sobre el banco.
—No vine para hablar contigo.