Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

El heredero superviviente

La mañana de la conmemoración encontré mi rostro junto al de Evie en la portada de siete periódicos.

En cuatro aparecíamos besándonos.

En dos, discutiendo.

En el último, ella estaba junto a Noah mientras yo observaba desde el fondo de una fotografía tomada varios meses antes.

El titular decía:

UNA CORONA DIVIDIDA POR AMOR Y TRAICIÓN.

Lo arranqué por la mitad.

No porque fuera falso.

Porque era demasiado preciso.

—Eso no evita que se hayan impreso otros tres millones —dijo Beatrice.

Mi hermana estaba sentada frente al espejo de mis habitaciones. Llevaba una bata de seda azul sobre el vestido y sostenía una taza de café entre ambas manos. El cabello rubio ceniza permanecía dividido en secciones mientras una estilista esperaba detrás de ella con un puñado de horquillas.

—No intentaba resolver el problema —respondí—. Solo mejorar mi desayuno.

Beatrice miró los pedazos del periódico sobre la mesa.

—La entrevista de Mara Voss ya supera los cuarenta millones de lecturas.

—Una cifra inspiradora.

—Evie está recibiendo amenazas.

Mis dedos se detuvieron sobre la taza.

La reacción duró menos de un segundo.

Mi hermana la vio.

—Su abogada solicitó protección adicional —continuó—. Ginny consiguió dos agentes independientes.

—Bien.

—Asteria intenta cancelar sus contratos restantes.

—Eso también parece un problema para sus abogados.

Beatrice dejó la taza.

—No puedes fingir que no te importa.

—No estoy fingiendo nada.

—Entonces mírame cuando lo digas.

Me apoyé contra el borde de la mesa y levanté los ojos.

Beatrice ya estaba maquillada, pero el corrector no ocultaba completamente las sombras bajo ellos. Había dormido poco desde el incendio de la casa del lago. Todos lo habíamos hecho.

—Evie tomó documentos que recibió porque confié en que los utilizaría para defenderse —dije—.

Después entregó información sobre Alexander, Isabella, nuestra familia y mis decisiones privadas a una periodista porque quería castigarme.

Lo consiguió. No veo qué parte necesita una conversación adicional.

—La parte donde todavía la amas.

—El amor no modifica los hechos.

—No. Solo modifica cuánto duelen.

—Gracias por el descubrimiento. Deberías publicarlo antes de que otra persona convierta nuestros traumas en una exclusiva.

La estilista bajó las manos.

Beatrice le sonrió mediante el espejo.

—¿Podrías dejarnos un momento?

La mujer abandonó la habitación con la rapidez de quien había aprendido que las discusiones familiares podían ser más peligrosas que las amenazas terroristas.

Beatrice esperó hasta que la puerta se cerró.

—Estás siendo cruel con todos.

—Resulta más eficiente que asignar turnos.

—Alexander no salió de su habitación después de la declaración.

—Alexander tiene una pierna reconstruida, una enfermedad neurológica y un hombre que amenaza con asesinarlo durante un acto televisado. Su vida social no ocupa el primer lugar de nuestras preocupaciones.

—Anoche le dijiste que debió haberse retirado cuando comenzaron sus episodios.

Recordé el silencio de mi hermano.

Su mano inmóvil sobre el bastón.

La manera en que había bajado los ojos antes de responder que quizá yo tenía razón.

Lo había herido porque, durante algunos minutos, quise que otra persona sintiera una parte de aquello que Evie había dejado dentro de mí.

—Era una conversación privada —dije.

—La escuché desde el corredor.

—Deberían construir paredes más gruesas.

Beatrice se levantó. La bata se abrió lo suficiente para mostrar la falda plateada de su vestido.

—Lo que hizo Evie estuvo mal.

La miré.

Mi hermana rara vez comenzaba concediéndome algo.

—No tenía derecho a exponer los informes médicos de Alexander ni los sentimientos de Isabella —continuó—. Tampoco debió utilizar aquello que sabía que te haría daño. Pero si conviertes ese dolor en permiso para destruir todo lo que tocas, entonces terminarás pareciéndote a padre.

—Padre está conectado a una máquina porque alguien lo envenenó. Quizá deberíamos actualizar nuestros insultos.

Beatrice apretó los labios.

—Sabes exactamente a qué me refiero.

—También sé que dentro de dos horas Alexander se ofrecerá como objetivo frente a medio mundo y Daniel Mercer intentará utilizar la ceremonia para terminar el proyecto de un hombre muerto. No tengo tiempo para realizar crecimiento emocional antes del almuerzo.

—Siempre tienes tiempo para ser un hijo de puta.

—Es una habilidad que requiere menos preparación.

Mi hermana recogió la taza.

La dejó otra vez sin beber.

—Evie estará allí.

El estómago se me cerró.

Mantuve el rostro inmóvil.

—¿Por qué?

—La fundación se negó a retirar la participación de las víctimas de Aristeo. Ella y Noah hablarán durante el acto.

—Cancélalo.

—No.

—Beatrice.

—No vas a utilizar una amenaza para castigarla profesionalmente.

—Mercer lleva meses estudiándola.

—Y por eso tendrá seguridad.

—No es suficiente.

—Nunca será suficiente para ti.

Mi hermana se acercó hasta quedar frente a mí.

Apenas superaba el metro sesenta. Aun así, consiguió mirarme como si fuera yo quien ocupaba menos espacio.

—Si realmente quieres que Evie salga de tu vida, tendrás que aprender a verla sin intentar encerrarla en una habitación protegida.

—La última vez que no lo hice, alguien siguió su vehículo.

—La última vez que lo hiciste, tomaste decisiones en su nombre y después mentiste para conservarla.

La herida todavía era reciente.

Beatrice acababa de introducir los dedos dentro.

—Sal de mi habitación.

—Adrien…

—Has dicho suficiente.

—No me castigues por recordártelo.

—No todo es un castigo, Beatrice. A veces las personas simplemente dejan de soportar tu voz.

La crueldad llegó a su rostro antes que las lágrimas.

Mi hermana retrocedió.

Odié lo que acababa de hacer.

No lo retiré.

—De acuerdo —murmuró.

Recogió la falda con una mano y caminó hacia la puerta.

—Bea.

Se detuvo.

No volvió la cabeza.

Podía disculparme.

Podía decirle que apenas reconocía al hombre en el que me estaba convirtiendo desde que Evie admitió que había querido herirme.

—No te alejes de Alexander durante la ceremonia —dije.

Los hombros de Beatrice se tensaron.

—Naturalmente, Su Alteza.

Cerró la puerta.

Permanecí solo frente a los periódicos destruidos.

La fotografía de Evie y Noah seguía intacta.

Ella inclinaba el rostro hacia él. Noah tenía una mano apoyada sobre su espalda y la observaba con la clase de atención que no necesitaba esconderse.

Pasé un dedo por el borde del papel.

Después lo arrojé al fuego.

La imagen se dobló bajo las llamas.

No sentí alivio.

Los celos no funcionaban de aquella manera.

No desaparecían cuando destruías la prueba.

Solo aprendían a vivir sin ella.

* * *

Alexander esperaba en el Salón Blanco.

Llevaba el uniforme ceremonial de coronel de la Guardia Galesa, adaptado para ocultar parcialmente la órtesis de la pierna derecha. La chaqueta roja se ajustaba a sus hombros y varias condecoraciones cubrían el pecho.

Estaba de pie junto a la ventana.

Sin el andador.

Una mano sostenía un bastón negro. La otra descansaba sobre el marco.

—La médica dijo que debías utilizar la silla hasta el inicio del acto —dije.

—La médica también dijo que no debía asistir.

—Por una vez parece una mujer sensata.

Alexander volvió la cabeza.

El cabello castaño estaba peinado hacia atrás, aunque un mechón ya había caído sobre su frente. La palidez acentuaba los ojos azules y las cicatrices recientes junto a su sien.

—Beatrice está llorando —dijo.

—Tiene diecinueve años. A veces ocurre.

—¿Qué le dijiste?

—Nada que te concierna.

Mi hermano me observó durante varios segundos.

Después caminó hacia una silla.

Cada paso era cuidadoso. Apoyaba primero el bastón, después la pierna herida y finalmente arrastraba el peso del cuerpo. La mandíbula se le tensó antes de llegar.

No lo ayudé.

Él lo notó.

—También estás enfadado conmigo —dijo.

—Estoy enfadado con una cantidad considerable de personas. No eres especial.

—¿Por recomendar el acercamiento con Isabella?

—Por decidir que podías diseñar una salida para mí sin explicar por qué.

—Ya hablamos de esto.

—Hablamos antes de que los documentos aparecieran en todos los periódicos de Europa.

Alexander se sentó.

Dejó el bastón entre las piernas y apoyó ambas manos sobre la empuñadura.

—Evie eligió publicarlos.

—Tú ayudaste a crearlos.

—Sugerí que escucharas una propuesta.

—Porque querías apartarme de la sucesión.

—Porque quería que tu vida no dependiera de mi cuerpo.

—La distinción parece menos noble cada vez.

El dolor cruzó su rostro.

No levantó la voz.

Alexander nunca necesitaba hacerlo para conseguir que me sintiera como un monstruo.

—¿Quieres que me disculpe otra vez? —preguntó.

—No.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que hoy no intentes convertirte en mártir.

—Mercer exigió que el heredero se presentara.

—Mercer no dirige tu agenda.

—Tiene a Lorraine.

—Una mujer que participó en tu secuestro.

—Y que puede identificar a otras personas vinculadas con Aristeo.

—Siempre existe una razón institucional para sacrificarte.

—No voy a sacrificarme.

—Vas a subir a un escenario después de desafiar públicamente a un hombre que construyó su vida alrededor del resentimiento hacia nuestra familia.

Alexander inclinó la cabeza.

—¿Qué propones?

—Que permanezcas detrás de la barrera de seguridad. Yo responderé las preguntas.

—No eres el heredero.

—Precisamente. Mi muerte tendría menos consecuencias administrativas.

—No digas eso.

—Era una observación práctica.

—No.

La palabra salió con una fuerza inesperada.

Alexander se puso de pie demasiado rápido. La pierna cedió.

Extendí la mano por reflejo.

Mi hermano se sostuvo de mi antebrazo.

Durante un segundo quedamos unidos como en la casa del lago. Su peso descansaba contra mí y sus dedos se cerraban sobre la manga del uniforme.

—No vuelvas a hablar de tu muerte como si fuera una pérdida aceptable —dijo.

Sus ojos estaban húmedos.

La rabia desapareció antes de que pudiera conservarla.

Sujetarlo continuaba siendo más fácil que odiarlo.

—Siéntate.

—Promételo.

—Alexander.

—Prométeme que hoy no intentarás morir por mí.

—No puedo controlar todos los resultados.

—Eso no es lo que pregunté.