Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 17 #5
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Capítulo 17 #5

—Eres insoportablemente sabio después de los analgésicos.

—La lesión dañó mi modestia.

—Nunca estuvo especialmente desarrollada.

La puerta se abrió.

Bash entró acompañado por Julian y tres cámaras oficiales.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Alexander soltó mi mano.

—Haré una declaración.

Lo miré.

—¿Ahora?

—El reportaje afirma que no puedo decidir si quiero continuar como heredero.

—No necesitas demostrar nada.

—No. Necesito quitarle a Mercer el control de la ceremonia.

Julian entregó a mi hermano una hoja.

Alexander no la leyó.

—¿Qué dirás? —pregunté.

—La verdad.

—Eso se ha vuelto una actividad peligrosa.

—Por eso quiero hacerlo antes de que alguien más la utilice.

Los asistentes colocaron una bandera detrás. Alexander rechazó que ocultaran la silla.

Pidió que apartaran la manta de sus piernas.

La órtesis negra quedó visible.

—No tienes que mostrarla —dije.

—Precisamente por eso lo haré.

Me colocó a su lado.

—No.

—Adrien.

—La declaración es tuya.

—La amenaza es contra ambos.

Extendió la mano.

Frente a las cámaras.

No como una petición privada.

Como una elección visible.

Tomé sus dedos.

La luz roja se encendió.

Alexander miró directamente al objetivo.

—Mi nombre es Alexander Edmund Hawthorne. Soy el príncipe heredero del Reino Unido.

Su voz no tembló.

—Durante los últimos meses, mi información médica fue manipulada, mis episodios utilizados para justificar decisiones tomadas sin mi consentimiento y mi familia atacada por una organización que afirma proteger la continuidad de la Corona.

Hizo una pausa.

—No renunciaré mientras exista una persona intentando convertir mi enfermedad en una abdicación. Tampoco permitiré que mi hermano sea acusado por haber sobrevivido al atentado dirigido contra nosotros.

Alexander apretó mi mano.

—Daniel Mercer exigió que el heredero comparezca durante el aniversario de coronación. Lo haré.

Julian perdió el color.

Bash ya lo sabía.

La decisión estaba tomada antes de que yo entrara.

—Responderé públicamente sobre la Fundación Aristeo y el Fondo de Continuidad. No porque Mercer tenga derecho a exigirlo, sino porque el país tiene derecho a conocer aquello que la Corona ocultó.

Sus ojos se endurecieron.

—Querías al heredero frente a la Corona.

Alexander elevó ligeramente el mentón.

—Aquí estoy. Ven a buscarme.

La grabación terminó.

La habitación quedó en silencio.

—Eso no estaba en el texto —dijo Julian.

—Por eso no lo leí —respondió Alexander.

—Acaba de desafiar públicamente a un terrorista.

—Hijo secreto de un príncipe —lo corrigió—. Parece que los títulos importan demasiado en esta historia.

Me incliné hacia él.

—Preparaste esto sin decírmelo.

—Sabía que intentarías detenerme.

—Porque es una estupidez.

—Por eso necesitaba anunciarlo antes.

—Eso es manipulación.

—Es estrategia.

—No es diferente cuando la haces tú.

La frase produjo una pausa.

Alexander me observó.

El arrepentimiento apareció.

—Tienes razón.

La admisión me detuvo.

—Debí decírtelo.

—Sí.

—Pero no me arrepiento de la declaración.

—Naturalmente.

Bash intervino:

—La ubicación continuará oculta. Mercer tendrá que responder para intentar modificar el plan.

—Si responde —dije.

Mi teléfono vibró.

Después el de Julian.

Después todos los dispositivos de la habitación.

La declaración ya se transmitía.

En otra ciudad, quizá Evie la observaba junto a Noah.

No la llamaría.

No preguntaría qué sintió al verme junto a Alexander después de haber utilizado nuestros secretos.

Había perdido el derecho a esperar una reacción.

Me acerqué a la ventana.

Afuera, las cámaras giraban hacia el hospital.

El país acababa de ver a mi hermano en silla de ruedas desafiando al hombre que decía haber heredado Orfeo.

Parecía valentía.

También lo era.

Eso sería lo más difícil de comprender después.

Alexander no fingía cuando nos amaba.

No mentía cada vez que tenía miedo.

No necesitaba representar a una víctima porque parte de él realmente lo era.

Frederick había construido una herida dentro de un niño y la había llamado preparación.

Mercer parecía haber heredado el cuchillo.

Yo todavía no sabía que Alexander había aprendido a sostenerlo.

Aquella noche solo vi a mi hermano.

Al hombre que saltó al lago, recibió una estructura sobre el cuerpo y ahora ofrecía enfrentarse al responsable para protegernos.

Tomé nuevamente su mano.

—No volverás a preparar algo así sin decírmelo.

—De acuerdo.

—Eso fue demasiado fácil.

—Estoy débil por la medicación.

—Mentirosa real.

—También es una habilidad familiar.

Beatrice entró corriendo y abrazó a Alexander desde atrás.

—Eres un idiota.

—Eso dicen las encuestas.

Mi hermana comenzó a llorar.

Alexander cubrió sus manos.

Yo me arrodillé junto a ambos.

Durante unos segundos, la traición de Evie, el rostro de Mercer y los gritos frente al hospital desaparecieron.

Solo existíamos nosotros.

Tres hermanos abrazados alrededor de una silla.

Orfeo había intentado separarnos toda la vida.

Creí que la declaración de Alexander era la forma definitiva de desafiarlo.

No entendí que acababa de señalar el lugar exacto donde pensaba terminar su propia historia.