Capítulo 17 #4
Isabella llegó una hora después.
No llamó.
Entró en la habitación privada donde me había escondido y dejó una copia impresa del reportaje sobre la mesa.
Llevaba un traje blanco y el cabello recogido. Su rostro estaba sereno.
Demasiado.
—Lo siento —dije.
—¿Por qué?
—Los documentos hablan de ti.
—Lo sé.
—No autoricé que se publicaran.
—También lo sé.
—Evie lo hizo.
—Sí.
Esperé la rabia.
No apareció.
Isabella tomó asiento.
—¿Qué sientes? —pregunté.
—¿Quieres la respuesta diplomática?
—No.
—Estoy furiosa.
La palabra salió limpia.
—No porque el mundo sepa que te amo. Nunca me avergoncé de eso. Estoy furiosa porque utilizó evaluaciones realizadas sin mi consentimiento para contar una historia sobre mis sentimientos.
—Puedes demandarla.
—Podría.
—¿Lo harás?
—No lo sé.
Cruzó las piernas.
—El reportaje demuestra que Aristeo manipuló decisiones españolas y que mi padre recibió información que me ocultó. Esa verdad debía conocerse.
—No de esta forma.
—No.
—Entonces ¿por qué pareces defenderla?
—Comprender no es defender.
Una frase de Alexander.
—Evie fue utilizada por una empresa, una fundación y tu familia —continuó Isabella—. Le entregaron una herramienta para demostrarlo y ella la utilizó sin preocuparse suficiente por quién más podía resultar herido.
—Quería herirme.
—¿Lo admitió?
—Sí.
El dolor apareció en los ojos de Isabella.
No por ella.
Por mí.
—Eso cambia algo —dijo.
—Todo.
—No todo.
—Utilizó mi confianza.
—Sí.
—Expuso a mi hermano.
—Sí.
—Y convirtió una decisión con la que intentaba demostrarle que había cambiado en la manera de castigarme.
—Sí.
La facilidad con que aceptaba cada punto me desarmó.
—¿Por qué no la odias?
Isabella se inclinó hacia delante.
—Porque si convierto a Evie en un monstruo, tu familia podrá fingir que el reportaje no contiene verdades. Y si la convierto en una heroína, tendré que fingir que no me hizo daño.
—Entonces ¿qué es?
—Una mujer herida que tomó una decisión cruel.
—Eso suena demasiado humano.
—Suele ser la explicación más incómoda.
Miré mis manos.
—Le dije que nunca la perdonaría.
—¿Era cierto?
—Sí.
—¿O querías herirla?
No respondí.
Isabella me estudió.
—Pueden ser ambas cosas.
—No puedo confiar en ella otra vez.
—No ahora.
—Nunca.
—No utilices una palabra eterna durante el peor momento de tu dolor.
—Ella me preguntó.
—Y tú respondiste.
—¿Crees que me equivoqué?
—Creo que tenías derecho a decir que no podías perdonarla.
—Eso tampoco responde.
—No voy a decidir por ti qué debes sentir.
La respuesta era otra prueba de cuánto habíamos cambiado.
Isabella se levantó.
—Alexander quiere hablar contigo.
—No quiero verlo.
—Precisamente por eso debes hacerlo.
—Todos continúan ordenándome cosas mientras elogian mi respeto por la autonomía.
—Puedes quedarte aquí y hundirte dentro de una alfombra extraordinariamente cara.
Caminó hacia la puerta.
—Yo iré con tu hermano.
—Isabella.
Se volvió.
—Gracias.
—No me agradezcas por no odiar a la mujer que amas.
—No era por eso.
—¿Entonces?
—Por estar aquí.
Su expresión se suavizó.
—No confundas mi presencia con una espera.
—No lo hago.
—Bien.
Salió.
La seguí varios minutos después.
* * *
Alexander estaba solo.
Había pedido a Beatrice que acompañara a nuestra madre y colocado el teléfono boca abajo sobre una mesa.
Entré.
—¿Cómo te sientes?
—Expuesto.
—Lo siento.
—No fuiste tú.
—Le entregué acceso.
—Yo también firmé.
—Me advertiste.
—No para impedirlo. Solo quería que comprendieras el riesgo.
Me senté frente a él.
—¿Por qué no estás enfadado?
Alexander miró sus manos.
—Lo estoy.
—No parece.
—No todos convertimos la rabia en una disciplina competitiva.
—Publicó tus episodios.
—Parte.
—No la defiendas.
—No lo hago.
Soltó el aire.
—Cuando despertaba sin recordar varias horas, todos a mi alrededor sabían más sobre mí que yo. Médicos, agentes, padre, Marcus. Cada persona decidía cuánto debía contarme.
—Precisamente por eso debería comprender que fue una traición.
—Lo comprendo.
—Entonces deja de actuar como si debiéramos perdonarla.
—No he dicho eso.
Alexander dirigió la silla hacia la ventana.
—Una parte de la información debía salir. Padre autorizó Aristeo. Asteria utilizó a Evie y todos ayudamos a mantener el secreto porque la verdad resultaba inconveniente.
—Podía exponer eso sin publicar tus notas.
—Sí.
—No lo hizo porque quería castigarme.
—Sí.
—Entonces ¿qué intentas decir?
Mi hermano levantó la mirada.
—Que no quiero ser la excusa que utilices para odiarla.
—No necesito una excusa.
—La amas.
—También amaba a padre cuando descubrí que nos había evaluado.
—Todavía lo amas.
—No significa que lo perdone.
—Exactamente.
La palabra quedó entre ambos.
Me puse de pie.
—No puedo hacer esto.
—¿Qué?
—Recibir otra lección sobre cómo el amor debe volverme infinitamente comprensivo.
—No te estoy pidiendo que vuelvas con ella.
—Bien.
—Te estoy pidiendo que no conviertas el dolor en otra identidad.
La frase encontró su objetivo.
Sonreí.
El viejo reflejo.
Alexander lo vio.
—Ahí está —dijo—. La sonrisa que utilizas cuando alguien alcanza algo real.
La dejé desaparecer.
—No confío en ella.
—Entonces no lo hagas.
—Creí que me dirías que debía intentarlo.
—La confianza no es caridad. No se entrega para demostrar que eres mejor persona.
—¿Y el perdón?
—Tampoco.
Alexander se acercó.
Tomó mi mano.
—Si algún día la perdonas, no lo hagas por mí. Y si no puedes hacerlo, tampoco utilices mi nombre para justificarlo.
Apreté sus dedos.