Donde arden las coronas (Una corona de mentiras 2) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Habían visto suficiente.

—¿Fue Evie? —preguntó Alexander.

No encontré una mentira que pudiera protegerlo sin repetir cada error.

—Sí.

Su rostro quedó vacío.

—¿Qué publicó sobre mí?

—No todo.

—¿Qué?

Beatrice apretó el teléfono.

—La recomendación sobre España. Parte de los episodios y los informes de dependencia emocional.

Alexander bajó la mirada.

—Entonces ahora creen que utilicé mi enfermedad para enviarte lejos.

—No importa lo que crean.

—El país lleva semanas decidiendo si estoy capacitado para pensar por mí mismo. Claro que importa.

—Hablaré con la prensa.

—¿Y qué dirás? ¿Que tu hermano enfermo ayudó a negociar tu matrimonio por amor?

—La verdad.

—La verdad también me hace parecer culpable.

La frase llenó la habitación.

Ginny apartó los ojos.

Alexander leyó parte del reportaje.

Sus dedos comenzaron a temblar.

—Ella sabía —murmuró.

—Sí.

—Le entregamos los documentos para defenderse de Asteria.

—Sí.

—¿Por qué publicó esto?

No podía responder sin hablar por Evie.

—Voy a preguntárselo.

Alexander levantó la cabeza.

—No la ataques por mí.

—Expuso tus episodios.

—No completamente.

—No necesitaba hacerlo completamente para vulnerarte.

—La Corona hizo lo mismo con ella.

—Tú no.

—Yo recomendé España.

—Intentabas salvarme.

—Sin preguntarte qué querías.

Su serenidad me enfureció.

—No la defiendas.

—No lo hago.

—Parece exactamente eso.

Alexander colocó el teléfono sobre la mesa.

—No quiero convertirme en la razón por la que la odies.

—No se trata solo de ti.

—Entonces ¿de qué?

—Confié en ella.

La voz se quebró.

Odié que ocurriera frente a todos.

—Me pidió que le demostrara que podía dejar de controlar cada verdad. Le entregué los documentos y utilizó esa decisión para exponer a mi familia.

Beatrice se acercó.

—Quizá deberías escucharla antes de decidir.

—Decidió antes de que yo pudiera escuchar.

Tomé el teléfono.

—¿Vas a llamarla? —preguntó Ginny.

—Ahora es una vulneración de seguridad.

—No utilices esa frase si la razón verdadera es personal.

—Es ambas.

Salí.

* * *

Evie respondió al segundo tono.

No habló.

Escuché movimiento al otro lado.

Una puerta cerrándose.

—Dime que no sabías qué publicaría —dije.

Silencio.

—Evie.

—Lo sabía.

La respuesta fue limpia.

No dejó espacio para otra interpretación.

—¿Incluidos los documentos de Alexander?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque demostraban que la Corona utilizó su enfermedad para justificar tu matrimonio y que Asteria participó en el plan.

—Alexander no es la Corona.

—Era el heredero y participó en la decisión.

—Intentaba darme una salida.

—Sin preguntarte.

—Eso no te daba derecho a publicar sus episodios.

—No publiqué el diagnóstico ni las grabaciones.

—Publicaste suficiente para que millones de personas vuelvan a analizar si puede pensar por sí mismo.

—Esa conversación ya existía.

—Y decidiste alimentarla.

Evie soltó el aire.

—Necesitaba demostrar el alcance del proyecto.

—Podías censurar su información.

—Entonces Asteria habría afirmado que se trataba de un conflicto privado entre nosotros.

—También publicaste los informes de Isabella.

—Porque la utilizaron.

—Ella no te autorizó a exponer sus sentimientos.

—Nadie me pidió autorización cuando los estudiaron.

—No eras tú quien debía entregarla.

—¿Y quién decidiría? ¿Tu familia?

Su voz comenzó a temblar.

—Todos llevan meses diciendo que la verdad debe esperar porque puede perjudicar a alguien importante. Mientras tanto, Asteria destruye mi carrera, utiliza mis ataques de pánico y afirma que yo inventé todo.

—Te entregué pruebas contra Asteria.

—Me entregaste la versión que tu familia aprobó.

—Te dimos acceso completo.

—Bajo la condición de que ustedes decidieran qué podía hacerse público.

—Porque contenía la vida de otras personas.

—Mi vida también estaba allí.

—Y podías publicar cada página sobre ti.

—No bastaba.

—No —dije—. No bastaba para hacerme daño.

La línea quedó en silencio.

Escuché la respiración de Evie.

—Dilo —exigí.

—¿Qué?

—Que no se trataba solo de justicia.

No respondió.

—Evie.

—No.

La palabra llegó baja.

—No era solo justicia.

Cerré los ojos.

Una parte de mí había esperado que lo negara.

Que la culpa fuera de la abogada, la periodista o una cláusula que no comprendió.

—Querías herirme.

—Sí.

La honestidad fue peor que otra mentira.

—¿Por qué?

Evie soltó una risa rota.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

—Sí.

—Porque durante meses decidiste que mi dolor era un precio aceptable. Me escondiste el acuerdo con Isabella. Permitiste que Asteria controlara mis movimientos. Convertiste mis ataques de pánico en información que otros podían administrar mientras me decías que lo hacías para protegerme.

—Lo sé.

—No. Lo comprendías intelectualmente. Podías disculparte, asistir a terapia y esperar que tu crecimiento te convirtiera nuevamente en alguien digno de confianza.

—Confié en ti.

—Exactamente.

Su voz se quebró.

—Quería que sintieras lo que era recibir una parte íntima de otra persona y descubrir que había decidido utilizarla.

Me apoyé contra la pared.

—Ahora sé cómo se sintió amarte —dijo.

—No.

La palabra salió antes que el pensamiento.

—No sabes nada de cómo se sintió.

—Adrien…

—Ahora sé cómo se siente descubrir que alguien puede amarte y aun así elegir el lugar exacto donde hacerte daño.

Evie guardó silencio.

—No publiqué esos documentos porque dejara de amarte —murmuró.

—Eso lo vuelve peor.

—Tu familia debía responder.

—Mi padre, sí. Asteria, sí. Yo también. Alexander estaba hospitalizado cuando te dio acceso.

—También firmó.

—Porque confió en ti.

—Y yo confié en todos ustedes.

—Entonces decidiste convertirte en nosotros.

El golpe llegó al otro lado.

Escuché cómo contenía el aire.

—No soy igual que tu padre.

—No. Él al menos todavía afirma que solo intentaba protegernos. Tú puedes admitir que querías venganza.

—No me arrepiento de que la verdad saliera a la luz.

—No te pregunté si te arrepentías de la verdad.

—Me arrepiento de haber herido a Alexander e Isabella.

—¿Y a mí?

Evie no respondió.

Apreté el teléfono.

—¿Te arrepientes de haberme utilizado?

—Una parte de mí sí.

—¿Y la otra?

—La otra necesitaba que supieras cómo se sentía.

La crueldad de la respuesta no estaba en las palabras.

Estaba en que la comprendía.

Yo había creado esa parte de ella.

No significaba que pudiera perdonarla.

—No vuelvas a contactar conmigo —dije.

—Adrien.

—La investigación hablará con tu abogada. Cualquier documento adicional será retirado.

—Lo entiendo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Nada.

Evie respiró.

—¿Algún día podrás perdonarme?

La pregunta llegó con miedo.

Por primera vez desde que contesté, imaginé su rostro.

Los ojos oscuros.

Los labios apretados.

Una mano enredándose en su cabello mientras esperaba una respuesta capaz de decidir algo que todavía no comprendíamos.

La amaba.

Hasta la médula.

De una manera que había sobrevivido a Noah, la distancia y cada mentira.

Pero el amor ya no parecía una razón suficiente para dejar abierta la puerta.

—No —respondí.

Evie dejó escapar una respiración rota.

—Entiendo.

—No, no entiendes.

—Tal vez más de lo que crees.

La llamada terminó.

Me quedé inmóvil.

No arrojé el teléfono.

No golpeé la pared.

No fui tras ella.

El dolor era demasiado profundo para convertirse en rabia física.

Me deslicé hasta sentarme sobre el suelo.

Por primera vez comprendí que podía dejar de perdonar a una persona sin dejar de amarla.

Aquello era mucho más cruel que el odio.

* * *

Noah llamó veinte minutos después.

Su nombre apareció en la pantalla.

Consideré ignorarlo.

Respondí.

—¿Qué quieres?

—Saber si Evie está bien.

Solté una risa sin humor.

—Está contigo.

—Se encerró en una habitación después de hablarte.

La imagen apareció.

Noah esperando al otro lado de una puerta.

Otra vez el hombre que llegaba cuando yo ya había dejado la herida.

—Entonces pregúntale a ella.

—No me responde.

—Parece que compartimos una experiencia.

—No llamé para pelear.

—Una decepción constante.

Noah guardó silencio.

—No sabía que entregaría esos documentos —dijo.

—¿Qué sabías?

—Que hablaría con una periodista sobre Asteria y Aristeo.

—¿Y no preguntaste qué utilizaría?

—Dijo que su abogada estaba revisándolo.

—Confiabas en ella.

—Sí.

La palabra no contenía vergüenza.

—¿Todavía?

Noah tardó.

—No lo sé.

La respuesta me sorprendió.

—Le advertí que no podía construir una relación si cada decisión seguía dirigida hacia ti —continuó—. Me aseguró que esto no tenía relación con su necesidad de hacerte daño.

—Mintió.

—Sí.

—Finalmente encontramos un defecto.

—No disfrutes demasiado.

—No disfruto nada desde que escuché tu nombre por primera vez.

—Lo sé.

Noah soltó el aire.

—Necesito preguntarte algo.

—No estoy de humor para satisfacer curiosidades.

—¿Crees que se acostó conmigo para vengarse de ti?

La pregunta eliminó cualquier sarcasmo.

—No.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque me dijo que una parte de ella quería herirme. También dijo que no fue la razón por la que te eligió.

—Podía mentir.

—Podía.

—Pero le crees.

—Sobre eso, sí.

Noah permaneció en silencio.

—No te utilizó en esa cama —dije—. Utilizó los documentos.

Pronunciarlo dolió.

También resultó necesario.

No quería que él convirtiera cada momento con Evie en otra extensión de mi relación.

Yo había hecho suficiente de eso.

—Gracias —dijo.

—No lo interpretes como afecto.

—Sería difícil.

—¿Continuarás con ella?

—No lo sé.

El alivio intentó aparecer.

Lo rechacé.

Evie perdiendo a Noah no repararía lo que había ocurrido conmigo.

Solo la dejaría sola dentro del desastre que había creado.

—No la abandones esta noche —dije.

Noah guardó silencio.

—¿Por qué?

—Porque se encerró después de escuchar que no la perdonaré.

—No eres responsable de lo que haga ahora.

—Lo sé.

—No parece.

—No te pedí que la consolaras por mí. Te pedí que compruebes que está bien.

—Lo haré.

—Y Noah.

—¿Qué?

—Si decides marcharte después, díselo antes de hacerlo.

—No soy tú.

El golpe fue merecido.

—Exactamente.

Terminó la llamada.

Permanecí sentado en el suelo.

Había entregado a la mujer que amaba al cuidado del hombre que podía alejarla definitivamente de mí.

No fue noble.

Fue insoportable.

Tal vez ambas cosas podían coexistir.

* * *