Capítulo 17 #2
—Apoyo la declaración con un lugar controlado, siempre que ninguno conozca la ubicación definitiva hasta el último momento.
—¿Incluido Alexander? —pregunté.
—Incluidos todos.
Mi hermano lo consideró.
—Acepto.
Bash levantó una mano.
—También.
—Naturalmente. Siempre deseaste vernos morir de manera eficiente.
—Prefiero una operación planificada que perseguirlos después de que escapen por una puerta de servicio.
Ginny no levantó la mano.
—Mi participación es legal, no suicida.
Isabella apareció más cerca de la cámara.
—España aportará seguridad y una segunda ruta falsa.
—Cuatro contra uno —dijo Beatrice.
—No he votado —respondió Ginny.
—Tu abstención beneficia la mayoría.
—Esa no es la función de una abstención.
Alexander sonrió.
—Nuestra hermana será una política peligrosa.
—No necesito que me feliciten.
Todos me miraron.
No podía impedirlo sin volver a utilizar la protección como control.
Odié que comprender la diferencia no hiciera la decisión menos aterradora.
—De acuerdo —dije—. Pero si seguridad detecta cualquier anomalía, abandonamos.
—Sí —aceptó Alexander.
—Si los médicos consideran que no puedes…
—Participaré sentado.
—Si sufres un episodio…
La habitación se quedó inmóvil.
Mi hermano bajó los ojos.
—Entonces tú asumirás el control.
No había resentimiento.
Solo confianza.
—No quiero hacerlo.
—Por eso confío en ti.
La frase encontró un lugar profundo.
Asentí.
Alexander extendió una mano sobre la mesa.
La tomé.
No como heredero y repuesto.
Como dos hermanos que todavía creían poder terminar juntos algo que uno de ellos había iniciado en secreto.
* * *
La gira de Evie fue suspendida el mismo día.
No me enteré por ella.
Un video de Noah apareció mientras revisábamos las rutas de la ceremonia.
Estaba afuera de un teatro de París, rodeado por periodistas. Llevaba una chaqueta oscura y mantenía una mano sobre la espalda de Evie.
Ella estaba junto a él.
El cabello negro caía sobre los hombros y unas gafas ocultaban parte de su rostro. Sostenía una carpeta contra el pecho.
Los representantes gritaban preguntas.
—¿Asteria consiguió detener el álbum?
—¿La gira fue cancelada?
—¿Su relación con Noah afectó al grupo?
—¿La Casa Real financia su demanda?
Evie no respondió.
Noah abrió la puerta de un vehículo.
Antes de que ella entrara, alguien preguntó si continuaba enamorada de mí.
Evie se detuvo.
El movimiento duró un segundo.
Noah también.
Después colocó ambos brazos alrededor de ella.
Evie escondió el rostro contra su pecho.
Él besó su cabello.
No había espectáculo.
No había provocación.
Solo una mujer cansada buscando refugio en el hombre que estaba a su lado.
Reproduje el video otra vez.
—No lo hagas —dijo Beatrice.
Estaba sentada frente a mí.
—Necesito comprobar si había alguna persona sospechosa cerca del vehículo.
—Bash ya tiene el video.
—Pudo no advertir algo.
—Viste el abrazo seis veces.
—La multitud bloquea varios ángulos.
Mi hermana cerró la pantalla.
—No.
—Devuélvelo.
—Prometiste no investigar su vida privada.
—Esto es público.
—Eso no significa que debas utilizarlo para lastimarte.
Intenté recuperar el teléfono.
Beatrice lo guardó detrás de su espalda.
—Tienes diecinueve años.
—Continúa siendo cierto.
—Y yo casi duplico tu tamaño.
—También continúas en un hospital con seguridad capaz de derribarte.
Alexander observaba desde la silla junto a la ventana.
—Parece que ella tiene ventaja táctica.
—Nadie solicitó tu opinión.
—Estoy hospitalizado. Mis opciones de entretenimiento son limitadas.
Beatrice dejó el teléfono sobre su propio regazo.
—¿Por qué sigues mirando?
La respuesta llegó antes de que pudiera construir una más digna.
—Porque él estaba allí.
—También tú estuviste muchas veces.
—No de esa forma.
—¿Qué forma?
Miré la imagen congelada.
La mano de Noah sobre la nuca de Evie.
Su rostro escondido contra él.
—Comparte las derrotas con él.
Mi voz sonó más baja.
—No solo se acuestan. Ella lo busca cuando algo sale mal. Es la persona a la que permite verla antes de reconstruirse.
Alexander apartó los ojos.
Beatrice perdió parte de la dureza.
—Eso es lo que realmente te da celos.
—Sí.
Admitirlo no alivió nada.
—Puedo sobrevivir pensando que otro hombre la toca —continué—. Resulta desagradable, pero anatómicamente comprensible.
—Qué romántico —murmuró mi hermano.
—No puedo soportar que se haya convertido en su hogar.
Beatrice me entregó el teléfono.
No reproduje el video.
—Quizá todavía no lo sea —dijo.
—¿Eso debería darme esperanza?
—No. Debería recordarte que no sabes lo que existe entre ellos.
—Sé suficiente.
—Entonces deja de mirar.
Bloqueé la pantalla.
—No la llamaré.
—Bien.
—No necesitas parecer sorprendida.
—Estabas viendo un abrazo como si buscaras evidencia de un crimen.
—Noah posee un rostro sospechosamente simétrico.
Alexander soltó una risa.
El gesto se convirtió en una mueca de dolor.
La médica se acercó.
—¿Otra vez la pierna?
—Está bien.
Ella lo miró.
Alexander soltó el aire.
—Seis.
—Gracias.
Aceptó el analgésico después de comprobar el sello.
Observé cómo lo hacía.
Incluso su confianza en una ampolla había quedado destruida.
Mercer le había hecho aquello.
Mercer había utilizado a Lorraine.
Mercer tenía el archivo.
Mercer era Orfeo.
Necesitaba que fuera cierto.
* * *
Asteria consiguió la orden judicial a las seis de la tarde.
La compañía obtuvo una prohibición temporal sobre las nuevas canciones de Evie y Noah, argumentando que habían utilizado información, estudios y recursos vinculados con el contrato original de VANTA.
La gira no desapareció completamente.
Se convirtió en algo peor.
Evie podía subir a un escenario.
No podía cantar la música que había escrito para recuperar su voz.
No hice nada.
No llamé.
No intenté comprar la compañía.
Solo pedí a Ginny que confirmara que la abogada de Evie disponía de los documentos autorizados.
—Los recibió —respondió.
—¿Puede utilizarlos?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no impidió la orden?
—Porque un tribunal necesita revisar las pruebas.
—¿Cuándo?
—La próxima semana.
—La gira comienza ahora.
—Lo sé.
—Puedo pagar la garantía, negociar una licencia temporal o…
Ginny dejó el bolígrafo.
—No.
—Solo estoy enumerando alternativas.
—Ninguna solicitada.
—Evie puede perder millones.
—También puede ganar la demanda.
—Después de perder el momento.
—No puedes comprarle cada momento correcto.
Me levanté.
—No hago nada y la empresa gana.
—No hacerte protagonista no equivale a no hacer nada. Entregaste las pruebas, autorizaste su uso y respetaste su decisión.
—No parece suficiente.
—Para ti nunca lo es.
Mi teléfono vibró.
Un titular apareció.
LA CORONA CONSTRUYÓ A EVELYN HAN PARA CONTROLAR A UN PRÍNCIPE.
Debajo aparecía el nombre de una periodista británica.
Mara Voss.
Abrí el artículo.
La primera página contenía un documento de Aristeo.
Uno de los archivos que había autorizado bajo confidencialidad.
—Ginny.
Ella ya estaba tomando su teléfono.
—¿Qué ocurre?
Le mostré la pantalla.
El color abandonó su rostro.
—No.
El reportaje se extendía por treinta páginas.
Transferencias desde Aristeo hacia Asteria.
Evaluaciones sobre la popularidad de Evie.
Informes psicológicos.
La recomendación de colocarla en el centro del escenario durante la gala.
Mensajes de Mercer.
También aparecían mis instrucciones.
No revelar la naturaleza completa de la amenaza a la señorita Han.
Limitar desplazamientos fuera de la residencia.
Coordinar con Asteria cualquier comunicación pública.
Cada frase tenía contexto.
Ninguna lo necesitaba para parecer una orden.
La siguiente página exponía las negociaciones con Isabella.
Su educación.
Su evaluación como futura esposa.
Un informe describía su atracción hacia mí como un factor favorable.
—Hija de puta —murmuré.
No sabía si hablaba de la periodista o de la persona que entregó los documentos.
Seguí leyendo.
Alexander aparecía en la sección siguiente.
Su recomendación de que escucháramos la propuesta española.
Los informes que analizaban cómo su enfermedad podía convertirlo en dependiente de mí.
Una nota clínica describía el episodio donde repitió que alguien debía quemar la Corona.
No aparecía su diagnóstico completo.
No era necesario.
Suficiente información para volver a exponer la parte más frágil de su vida.
—¿De dónde salió? —pregunté.
Ginny conectó el ordenador.
—Cada paquete llevaba una marca digital diferente.
—El de Evie.
—No lo sabemos todavía.
—Sí.
La certeza apareció antes que la prueba.
No porque creyera que Evie fuera cruel.
Porque conocía su rabia.
Porque le había entregado la llave y pedido que no me hiciera lamentarlo.
Abrí los mensajes.
Su última respuesta continuaba allí.
Haré todo lo posible.
No había prometido que no lo haría.
Solo que intentaría.
Ginny revisó el archivo principal.
—La marca corresponde al paquete de la abogada de Evie.
La habitación se quedó en silencio.
—Pudo filtrarlo alguien dentro del despacho.
—Sí.
—Asteria pudo robarlo.
—Sí.
—Mara Voss pudo conseguirlo de otra fuente y copiar la marca.
—Adrien.
—Necesito saberlo.
Ginny cerró el ordenador.
—Su abogada me llamó hace tres minutos.
—¿Qué dijo?
—Que Evie autorizó compartir los documentos con la periodista.
Algo dentro de mí dejó de moverse.
No fue rabia.
Todavía no.
Fue el instante de quietud antes de comprender completamente una herida.
—¿Sabía qué publicarían?
—Sí.
—¿Incluidos los documentos de Alexander?
Ginny no respondió.
—Dilo.
—Sí.
Me levanté.
La silla cayó detrás.
—Firmó confidencialidad.
—Su abogada argumentará interés público y defensa frente a un abuso corporativo.
—Eso no elimina el acuerdo.
—No.
—Entonces demándala.
Ginny se quedó inmóvil.
—¿Quieres que lo haga?
—No.
Me pasé una mano por el cabello.
—No sé.
—Respira.
—No me digas que respire.
—Entonces deja de actuar como si romper el teléfono pudiera retirar el artículo.
Lo tenía tan fuerte dentro de la mano que los bordes se clavaban en la piel.
Lo dejé sobre la mesa.
—¿Alexander lo vio?
—Todavía no.
—Bloquea sus dispositivos.
—No puedes…
—No permitiré que lo descubra por una alerta.
La puerta se abrió.
Mi hermano estaba al otro lado.
Beatrice permanecía detrás de su silla con el teléfono entre las manos.