Capítulo 17
La verdad también podía ser un arma
Daniel Mercer tardó cuarenta y tres segundos en convertirse en el hombre más buscado de Europa.
Necesitó menos de veinte para convencer al mundo de que era Orfeo.
A la mañana siguiente, su rostro ocupaba todas las pantallas del hospital. Los canales repetían la transmisión, detenían la imagen sobre el anillo de Frederick y analizaban la carpeta negra como si el ángulo de la cámara pudiera revelar su contenido.
HIJO SECRETO DE UN PRÍNCIPE brITÁNICO SECUESTRA A MÉDICA.
EL HEREDERO INVISIBLE DE LA CORONA.
DANIEL MERCER CONFIESA SER ORFEO.
Mi padre contemplaba los titulares desde la cama.
Habían retirado parte de los monitores, pero continuaba débil y su voz apenas superaba un murmullo.
—Apágalo —ordenó.
Tomé el control remoto.
—Creí que los reyes disfrutaban verse en televisión.
—No mientras descubren hijos secretos de otros hombres.
Apagué la pantalla.
Mi madre estaba sentada junto a él. Había recuperado el moño perfecto, la ropa impecable y la apariencia de una mujer capaz de mantener una monarquía unida mediante la postura.
Solo las sombras debajo de sus ojos revelaban que no había dormido.
—El Gobierno exige una respuesta antes del mediodía —dijo.
—La tendrá cuando encontremos a Lorraine —respondí.
—Mercer pidió que reconociéramos el Fondo.
—Ya entregaremos los registros a la comisión.
—No todos.
Miré a mi padre.
—¿Qué más ocultas?
Edmund cerró los ojos.
—Los nombres de familias extranjeras. Operaciones realizadas durante conflictos. Fondos que todavía financian medidas de protección.
—¿Protección o manipulación?
—Ambas.
—Entonces el país tiene derecho a conocerlas.
Mi madre me observó.
—Publicar todo podría provocar la caída de varias casas reales.
—Por una vez, parece que la verdad afectará a las personas correctas.
—También expondrá a trabajadores, familias y organizaciones que no participaron en los delitos.
—Mercer ya tiene los archivos.
—Precisamente por eso debemos decidir qué revelar antes de que él controle el contexto.
Mi padre abrió los ojos.
—Daniel no quiere únicamente reconocimiento.
—¿Qué quiere?
—Demostrar que la rama legítima es incapaz de sobrevivir sin los mecanismos creados por Frederick.
—Intentó matarnos para probar que somos débiles.
—Frederick nunca distinguió correctamente entre una prueba y una herida.
—Daniel tampoco.
Edmund intentó incorporarse. Mi madre acomodó las almohadas detrás de él.
—La ceremonia debe cancelarse —dijo.
—Alexander no está de acuerdo.
El monitor aumentó la frecuencia.
—No asistirá.
—Intenta decírselo tú.
—Soy el rey.
—Eso ha comenzado a impresionar a menos personas.
Mi madre pronunció mi nombre.
No retiré la frase.
Mi padre apretó la mandíbula.
—Mercer exigió que el heredero aparezca durante el aniversario. Llevar a Alexander sería entregárselo.
—Por eso prepararemos una trampa.
—No puede caminar.
—Utiliza una silla de ruedas.
—Su cuerpo todavía se recupera.
—Y continúa perteneciéndole.
—Eres responsable de su seguridad.
—Soy su hermano, no su propietario.
Mi padre me observó.
La frase parecía provenir de otra persona.
Probablemente Evie.
Todo lo que había aprendido sobre amor durante aquel año llevaba de alguna manera sus heridas.
—Si Alexander muere —dijo Edmund—, cargarás con la Corona.
—No.
—No podrás negarte.
—Observa.
La puerta se abrió.
Alexander entró en la silla de ruedas.
Beatrice empujaba desde atrás, aunque mi hermano mantenía ambas manos sobre las ruedas para dirigir el movimiento. Llevaba pantalones oscuros, una camisa blanca y un suéter negro. La pierna permanecía elevada.
—Me agrada que todos discutan mi muerte antes del desayuno —dijo.
Mi padre se tensó.
—No asistirás al aniversario.
Alexander indicó a Beatrice que detuviera la silla.
—Sí.
—Mercer te está esperando.
—Nos espera a los dos.
—Eres el heredero.
—Una observación constitucional innecesaria.
—Alexander.
—Padre.
Se miraron.
Dos generaciones educadas para convertir la preocupación en autoridad.
Mi hermano avanzó hasta la cama.
—Mercer no liberará a Lorraine si cancelamos —continuó—. Tampoco dejará de publicar documentos. Solo elegirá otro lugar donde tengamos menos control.
—Podemos negociar.
—¿Con el hijo al que tu familia ocultó durante décadas?
—Daniel no es mi hijo.
—No. Solo ayudaste a Frederick a fingir que no existía.
Edmund perdió parte del color.
—No conoces todo lo ocurrido.
—Ese es siempre el problema.
Alexander apoyó una mano sobre la cama.
—No renunciaré, no aceptaré que Adrien sea presentado como mi reemplazo y no permaneceré escondido mientras Mercer utiliza mi enfermedad para decidir qué puedo soportar.
—No se trata de tu enfermedad.
—Siempre se trata de ella cuando quieren que obedezca.
Mi padre miró la silla.
El gesto fue involuntario.
Alexander lo vio.
—También puedo ser heredero sentado.
—No he dicho lo contrario.
—No era necesario.
Beatrice colocó una mano sobre su hombro.
Mi hermano la cubrió con la suya.
—Participaré en la ceremonia —dijo—. Con un recorrido controlado, vigilancia internacional y todas las medidas que Bash considere necesarias.
—Bash no pudo impedir Westminster ni el incendio.
—Tampoco tú.
El golpe cayó.
Mi padre volvió el rostro.
Alexander cerró los ojos un segundo.
Se arrepentía.
—No quise decirlo así.
—Sí —respondió Edmund—. Solo preferirías que no fuera cierto.
El rey miró hacia mí.
—¿Lo apoyarás?
Podía negarme.
Ordenar a los médicos que declararan imposible el traslado.
Utilizar la investigación, el Gobierno o la seguridad para impedir que Alexander saliera.
Todas las herramientas estaban disponibles.
También la certeza de que emplearlas lo convertiría otra vez en prisionero de mi miedo.
—Trabajaremos juntos —respondí.
Mi padre soltó una respiración amarga.
—Ambos morirán intentando demostrar que nadie puede decidir por ustedes.
—Entonces al menos será una decisión familiar —murmuró Alexander.
Beatrice le dio un golpe suave en el hombro.
—No es gracioso.
—Adrien continúa utilizando humor.
—Adrien es emocionalmente defectuoso.
—Estoy aquí —dije.
—Lo sabemos —respondieron los dos.
Durante un instante pareció una conversación normal.
Después recordé que planeábamos utilizar el aniversario de la coronación para atraer a un hombre que había envenenado al rey, manipulado la enfermedad de Alexander y apuntado un arma hacia Evie.
La normalidad nunca había durado demasiado dentro de nuestra familia.
* * *
La grabación de Mercer no había sido transmitida en directo.
Bash lo confirmó a las once.
Nos encontrábamos dentro de una sala segura de Kensington. Había mapas, fotografías y pantallas distribuidas sobre tres paredes. Alexander ocupaba el centro de la mesa y Beatrice revisaba los registros de Aristeo junto a Ginny.
Isabella participaba mediante una llamada cifrada desde la embajada española.
—Las sombras no cambiaron durante los doce minutos —explicó Bash—. También encontramos una inconsistencia en el reloj detrás de Lorraine.
Amplió la imagen.
La fecha correspondía a dos días antes del incendio.
—Entonces pudieron trasladarla —dije.
—Sí.
—¿Está viva?
—No podemos confirmarlo.
Alexander observó el rostro detenido de Lorraine.
—Mercer dijo que permanecería viva hasta el aniversario.
—Mercer también afirmó que era Orfeo —respondió Bash.
—Lo es.
—Probablemente.
—¿Todavía dudas? —pregunté.
Bash cruzó los brazos.
—Dudo de cualquier hombre que entrega una confesión perfecta después de pasar meses eliminando testigos.
—Tiene el archivo, el anillo, el acceso y el linaje.
—También una cámara y una historia diseñada para la prensa.
—Wren lo identificó.
—Wren dijo que Cantor transmitía las órdenes. No que las creara.
Alexander levantó la mirada.
—Mercer heredó el proyecto. Puede haber utilizado instrucciones preparadas por Frederick durante años.
—Eso explicaría parte —aceptó Bash—. No todo.
—¿Qué falta? —preguntó Beatrice.
—La rapidez con que Orfeo respondía a decisiones privadas. Frederick murió hace años. Ningún archivo antiguo podía anticipar cada cambio.
—Mercer vigilaba nuestras comunicaciones —dije.
—Entonces necesitamos encontrar el acceso que sigue utilizando.
Ginny giró el ordenador hacia nosotros.
—Existe otra preocupación. El archivo negro contiene los códigos originales del Fondo de Continuidad. Si Mercer consigue autenticar su posición como custodio, puede mover recursos que todavía no hemos congelado.
—¿Cuánto dinero? —preguntó Beatrice.
—No lo sabemos.
—Una respuesta tranquilizadora.
Isabella habló desde la pantalla:
—España identificó cuatro cuentas vinculadas. Juntas superan los doscientos millones de euros.
Mi hermana dejó de sonreír.
—¿Para qué necesita tanto?
—Personal, propiedades, empresas, sobornos —respondí—. Aristeo no era una organización. Era un mercado interno.
—También puede comprar protección —añadió Bash.
Alexander frotó los dedos sobre el borde de la mesa.
—Mercer no se acercará a Westminster si sabe que controlamos la ceremonia.
—No necesita hacerlo personalmente —dije.
—Entonces debemos darle una razón.
—¿Cuál?
Mi hermano me observó.
—Yo.
—No.
—Ya aceptaste que asistiría.
—No que te utilizaríamos como carnada visible.
—Mercer quiere al heredero frente a la Corona.
—También quiere el reconocimiento de su linaje.
—Entonces se lo ofreceremos.
—¿Qué propones?
Alexander apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Anunciaré públicamente que compareceré y responderé sobre Aristeo durante el aniversario.
—Eso colocará una mira sobre tu cabeza.
—Ya existe.
—No necesitas dibujar un círculo alrededor.
—Mercer creerá que tendrá una oportunidad para controlar la confesión.
—O activará otra estructura desde kilómetros de distancia.
—Por eso modificaremos el lugar.
—La ceremonia es en Westminster.
—El acto religioso. La declaración puede realizarse después, dentro de un espacio preparado.
—Alexander.
—Dijiste que trabajaríamos como iguales.
—Eso no significa que deba aceptar cada idea suicida.
—Solo las buenas.
Beatrice cerró el ordenador.
—Votación.
La miré.
—No somos una democracia.
—Padre utiliza demasiado esa frase.
—Una razón suficiente para abandonarla —dijo Alexander.
Mi hermana levantó la mano.