Capítulo 16 #4
Se acercó.
—No necesito que me elijas hoy. Solo necesito dejar de actuar como si mi deseo me obligara a esperar indefinidamente.
—¿Qué harás?
—Vivir.
La misma respuesta que Evie me había dado de otra manera.
Isabella apoyó brevemente una mano sobre mi pecho.
No intentó besarme.
—Si algún día me quieres, tendrás que encontrarme mientras avanzo. No estaré donde me dejaste.
Se marchó.
Observé la puerta cerrada.
Evie avanzaba con Noah.
Isabella comenzaba a avanzar sola.
Yo continuaba junto a una cama, esperando que mi hermano pudiera caminar y que mi padre recordara suficientes secretos para decirme quién intentaba destruirnos.
Tal vez ese era mi lugar.
No como castigo.
Como consecuencia.
* * *
Edmund habló al día siguiente.
La voz era áspera después del respirador y cada frase exigía pausas, pero se negó a esperar.
Nos reunimos dentro de su habitación.
Mi madre se sentó junto a él. Alexander ocupaba la silla de ruedas al otro lado. Beatrice permanecía entre ambos lechos familiares, como si todavía intentara asegurarse de que ninguno desapareciera.
Bash y Ginny esperaban cerca de la puerta.
—Daniel nació antes de mi matrimonio —explicó mi padre—. Frederick tuvo una relación con una mujer que trabajaba para una fundación cultural.
—¿Qué ocurrió con ella? —preguntó Beatrice.
—Murió cuando Daniel tenía cinco años.
—¿Frederick lo reconoció?
—En privado. Nunca legalmente.
—¿Quién lo crió?
—Familias vinculadas con Aristeo. Colegios privados. Después universidades financiadas por la fundación.
—Construyó un hijo institucional —dije.
Edmund cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué aparecía como posible regente?
—Frederick creía que, si nuestra línea directa fallaba, Daniel podía ejercer como custodio durante una transición.
—No tenía derecho.
—Frederick consideraba que el derecho podía construirse después de una crisis.
—¿Qué significa “heredero superviviente”? —preguntó Alexander.
Mi padre lo observó.
—Daniel.
La respuesta fue inmediata.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—Frederick utilizaba esa expresión para él. El hijo que permanecería si la rama visible se destruía.
Alexander soltó lentamente el aire.
La tensión abandonó parte de sus hombros.
La frase no se refería a mí.
Tampoco a él.
Durante un instante, una designación que había intentado convertirnos en culpables encontró otro cuerpo donde quedarse.
—¿Por qué no nos hablaste de él? —pregunté.
—Después de la muerte de Frederick, intenté cerrar Aristeo y ofrecí a Daniel una vida fuera de la fundación.
—¿Qué ofreciste?
—Dinero. Una identidad nueva. Protección.
—Silencio.
—Sí.
—¿Aceptó?
—Durante algunos años.
—Hasta que reactivó el fondo.
Mi padre miró a Alexander.
—Creí que se había marchado.
—Siempre crees que las personas desaparecen porque dejas de mirarlas —dijo mi hermano.
Edmund recibió el golpe sin defenderse.
—¿Daniel dirigió la evaluación sobre mí? —preguntó.
—No al principio. La autoricé mediante un antiguo comité. Daniel aparecía como consultor administrativo.
—Entonces le entregaste acceso.
—Sí.
Mi hermano giró la silla hacia la ventana.
—Cada verdad termina igual.
Mi padre extendió una mano.
No podía alcanzarlo.
—Alexander.
—No.
—No sabía que…
—Eso tampoco cambia nunca.
Beatrice apoyó una mano sobre el hombro de mi hermano.
—¿Daniel es Orfeo? —preguntó.
Edmund respiró.
—Creo que sí.
—Creer no es saber —dijo Bash.
Mi padre volvió hacia él.
—Conoce el proyecto, el fondo, el sello y los métodos de Frederick. Tenía acceso a Mercer porque Mercer era él.
—Utilizó su propio apellido —dije.
—El de su madre.
—Entonces no se escondía.
—Se escondía a plena vista. Frederick le enseñó que las personas no ven aquello que consideran indigno de importancia.
Recordé al consultor de facciones ordinarias.
El hombre que caminaba entre técnicos, productores y agentes sin llamar la atención.
Un hijo real al que todos habían confundido con personal.
—¿Por qué Evie? —pregunté.
—No lo sé.
—Estudió nuestros perfiles.
—Sí.
—Sabía lo que haría si alguien la amenazaba.
—Probablemente.
—¿Y Noah?
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver el señor Reyes?
Nada.
Todo.
Otro hombre colocado junto a la mujer que amaba.
Una forma de despertar mis celos, provocar errores y obligarme a elegir entre perseguirla o proteger a mi familia.
—No importa —respondí.
Mi padre comprendió suficiente para no preguntar.
Alexander se volvió.
—Si Daniel es Orfeo, ¿por qué intentó matar a Edmund?
—Porque cerró la fundación —dijo Bash—. Porque lo mantuvo oculto o porque necesitaba eliminar al único hombre capaz de confirmar su identidad.
—Y ahora despertó —añadió Ginny—. Mercer tendrá que actuar antes de que Edmund pueda declarar públicamente.
Mi padre miró hacia las cámaras de seguridad.
—Entonces lo hará pronto.
* * *
La transmisión comenzó a las diecinueve horas.
Interrumpió tres canales de noticias, la página oficial de la Corona y varias plataformas digitales.
Yo me encontraba en la habitación de Alexander cuando la pantalla se volvió negra.
Beatrice levantó la cabeza.
—¿Qué ocurre?
Un símbolo dorado apareció.
La lira rodeada por llamas.
Después apareció Daniel Mercer.
Estaba sentado dentro de una habitación sin ventanas. Llevaba un traje oscuro y un anillo de sello en la mano derecha.
Reconocí el escudo.
Había pertenecido a Frederick.
Mercer era mayor de lo que recordaba. El cabello castaño tenía canas en las sienes y una barba corta cubría su mandíbula. Sus ojos eran claros.
Los ojos Hawthorne.
No idénticos.
Suficientes.
—Mi nombre es Daniel Frederick Mercer —dijo—. Soy hijo del príncipe Frederick Hawthorne y heredero del Fondo de Continuidad.
Alexander se acercó a la pantalla mediante la silla.
Mercer levantó una carpeta negra.
El archivo de la casa del lago.
—Durante generaciones, la Fundación Aristeo protegió las monarquías de los hombres y mujeres incapaces de comprender que una Corona no pertenece a quien la lleva.
La imagen cambió.
Fotografías de mi padre.
De Alexander.
Mías.
De Isabella.
De Evie.
—El rey Edmund intentó destruir el proyecto después de utilizarlo para evaluar a sus propios hijos. Ahora finge ignorancia porque descubrió que la continuidad también puede exigir su sacrificio.
La cámara se amplió.
Al fondo apareció Lorraine Shaw.
Estaba atada a una silla.
Tenía una herida junto a la sien y cinta sobre la boca.
—Lorraine Shaw conserva los registros que demuestran cada intervención autorizada por la Casa Real. Permanecerá viva hasta el aniversario de la coronación.
Bash entró mientras hablaba por el teléfono.
—Estamos rastreando la transmisión.
—Si la familia reconoce la existencia del Fondo, libera todos los archivos de Aristeo y admite los crímenes cometidos para proteger la sucesión, la doctora Shaw será entregada a las autoridades.
Mercer apoyó ambas manos sobre la carpeta.
—Si continúan ocultando la verdad, publicaré cada expediente médico, grabación, transferencia y evaluación. El mundo conocerá la enfermedad del heredero, la preparación del segundo hijo y las mujeres utilizadas para obligarlos a obedecer.
La fotografía de Evie llenó la pantalla.
Había sido tomada dentro de un camerino.
Dormía sobre un sofá.
No sabía que la observaban.
Mis manos se cerraron.
—Hijo de puta.
Mercer volvió a aparecer.
—Mi padre creó el Proyecto Orfeo.
Levantó la mano con el anillo.
—Yo lo heredé.
La transmisión terminó.
La pantalla quedó negra.
Beatrice permaneció inmóvil.
Alexander tenía los ojos clavados en su propio reflejo.
—¿Rastreo? —pregunté.
—La señal pasó por doce países —respondió Bash—. Necesitaremos tiempo.
—Lorraine está viva.
—Si la grabación es reciente.
—La herida parecía reciente.
—Eso no demuestra la fecha.
Mi teléfono comenzó a vibrar.
El de Beatrice también.
Después el de Bash.
La transmisión estaba en todas partes.
El hijo secreto de Frederick.
El archivo negro.
La mujer retenida.
Una confesión.
El mundo finalmente tenía un rostro para Orfeo.
Alexander levantó la mirada hacia mí.
Había lágrimas en sus ojos.
También alivio.
—Lo encontramos.
Me acerqué.
Tomé su mano.
—Entonces esto termina con Mercer.
Mi hermano cerró los dedos alrededor de los míos.
Detrás de nosotros, la pantalla repitió automáticamente la imagen de Daniel levantando el anillo de Frederick.
Todo encajaba.
El hijo oculto.
El proyecto heredado.
La fundación.
Cantor.
La casa del lago.
La necesidad de destruir a los hermanos que habían recibido públicamente el lugar que a él le negaron.
Por primera vez desde la gala, teníamos una identidad, un motivo y un enemigo visible.
Creí que el incendio había destruido las últimas dudas.
Creí que Mercer había revelado su rostro porque ya no necesitaba esconderse.
Creí que Alexander y yo finalmente estábamos del mismo lado de una guerra que alguien más había iniciado.
No comprendí la verdad más sencilla.
Un hombre que había permanecido invisible durante tantos años no se revelaría para ganar.
Se revelaría porque alguien necesitaba que todos dejaran de buscar.