Capítulo 16
El hijo que nadie nombró
La casa del lago continuó ardiendo durante cuatro horas.
Nosotros tardamos tres en regresar al hospital.
Alexander pasó la primera dentro de una ambulancia, conectado a un monitor y discutiendo con la médica que intentaba administrarle otro analgésico.
—Ya recibí uno —dijo.
—Hace cuarenta minutos.
—Entonces todavía debe funcionar.
—Su presión y su rostro sugieren lo contrario.
—Mi rostro siempre ha sido dramático.
—Esa es mi frase —dije desde el asiento contrario.
Alexander abrió los ojos.
Tenía el cabello castaño pegado a la frente, hollín sobre la mejilla y una mascarilla de oxígeno cubriendo parte de su rostro. La pierna permanecía inmovilizada, pero la hinchazón ya se extendía por encima de la órtesis.
—Puedes recuperarla cuando deje de dolerme todo —murmuró.
—¿Cuánto?
—Cuatro.
La médica levantó una ceja.
—Ocho —lo corregí.
—Nadie te preguntó.
—Te cargué por una escalera mientras gritabas contra mi cuello. Poseo información suficiente para ofrecer una segunda opinión.
—No grité.
Beatrice soltó una risa desde el otro lado.
Tenía una manta de emergencia alrededor de los hombros y el rostro manchado con hollín. Sujetaba la grabadora de Frederick dentro de una bolsa transparente como si fuera algo vivo.
—Gritaste —dijo—. También amenazaste con vomitar sobre Adrien.
—Fue una observación médica.
—Lo dijiste como una promesa.
La ambulancia pasó sobre una irregularidad del camino.
El cuerpo de Alexander se tensó.
Sus dedos se cerraron alrededor del borde de la camilla.
La broma desapareció.
La médica preparó otra dosis.
—Muéstrasela —pedí.
Ella levantó el frasco, señaló la etiqueta y abrió el sello frente a él.
Alexander observó cada movimiento.
Solo entonces extendió el brazo.
—Gracias —dijo.
La mujer administró el medicamento.
Mi hermano apoyó la cabeza y cerró los ojos.
Me acerqué.
—Lo siento.
—¿Por qué esta vez?
—Por permitir que fueras.
Volvió a abrir los ojos.
—No lo permitiste.
—Debí impedirlo.
—Eso tampoco habría sido permitir.
—No estabas en condiciones de subir.
—Encontramos el archivo porque fui.
—Y casi destruyes la reparación de tu pierna.
—Tú casi te caes cargándome.
—No ocurrió.
—Tampoco destruí la reparación.
—Todavía no lo sabemos.
Alexander giró el rostro.
—No conviertas cada decisión mía en una culpa tuya.
—Soy tu hermano.
—No es una profesión.
—En nuestra familia se parece demasiado.
La mascarilla se empañó con una respiración.
—Fui porque el archivo estaba en mi habitación —dijo—. Porque necesitaba saber qué habían hecho conmigo cuando era niño y porque estoy cansado de que todos descubran partes de mi vida antes que yo.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablar como si hubiera sido incapaz de decidir.
Asentí.
La respuesta no alivió la culpa.
Solo impidió que la utilizara para quitarle otra decisión.
Alexander cerró los ojos nuevamente.
—Además —añadió—, si te hubiera dejado solo, probablemente habrías incendiado la casa antes de encontrar los documentos.
—No fui yo quien activó tres focos.
—La investigación continúa abierta.
—Duerme.
—Una orden.
—Una petición pronunciada con autoridad.
—Progreso insuficiente.
Sonrió antes de quedarse dormido.
Beatrice me observó.
—¿Estará bien?
La médica respondió:
—La circulación permanece estable. Necesitamos realizar imágenes y comprobar si hubo desplazamiento de la fijación.
—Eso significa que no sabe.
—Significa que no inventaré una respuesta para tranquilizarla.
Beatrice bajó los ojos.
Extendí la mano.
Ella tomó mis dedos.
En el reflejo de la ventana vi la columna de humo alejándose detrás de nosotros.
La casa donde Alexander me había salvado del lago desaparecía bajo el fuego.
El archivo negro también.
Solo conservábamos una grabadora, una fotografía y una página donde un hombre muerto había transformado nuestro amor en una vulnerabilidad institucional.
Aquella noche parecía poco.
Todavía no sabía que era suficiente para entregarnos al culpable equivocado.
* * *
La fijación de Alexander no se había roto.
Dos tornillos se desplazaron y la inflamación retrasaría la rehabilitación varias semanas. Los médicos lo describieron como un contratiempo.
Mi hermano eligió palabras que no podían pronunciarse frente a Beatrice.
Lo instalaron en otra habitación del mismo piso que mi padre.
Edmund seguía inconsciente.
La aconitina ya no circulaba por su sangre, pero el daño cardíaco permanecía. Los médicos habían reducido algunos medicamentos durante la madrugada para comprobar si podía despertar.
Mi madre dividía su tiempo entre ambas puertas.
No se quejaba.
No dormía.
A las cuatro de la mañana la encontré sentada en el corredor, descalza y con dos tazas de café frío sobre una mesa.
—¿Cuál es tuyo? —pregunté.
—No lo recuerdo.
Tomé una.
—Este contiene azúcar.
—Entonces era de Beatrice.
Bebí de todos modos.
Helena observaba la ventana situada al final del corredor. La oscuridad impedía ver los manifestantes, pero sus voces llegaban incluso hasta el piso protegido.
Algunos apoyaban a Alexander.
Otros exigían su renuncia.
Varios pedían una investigación contra mi padre.
—La casa se perdió —dije.
—Lo sé.
—El fuego comenzó en la antigua habitación de Alexander.
Mi madre apretó las manos sobre el regazo.
—¿Encontraron el archivo?
—Sí. Después alguien lo robó.
—¿Qué conservan?
Me senté a su lado.
—Una grabación de Frederick describiendo el accidente del lago como una prueba.
Helena volvió lentamente la cabeza.
—¿Qué dijo?
—Que Alexander priorizó mi supervivencia sobre la suya. Que debían separarnos emocionalmente y utilizar a las personas que amáramos si nos negábamos a competir.
Mi madre perdió el color.
—Edmund no sabía eso.
—¿Estás segura?
—Sí.
—También estabas segura de que padre no permitiría que Aristeo accediera a la información médica de Alexander.
La frase fue cruel.
No la retiré.
Mi madre observó la puerta de su esposo.
—No conocía cada decisión que tomaba.
—¿Y Frederick?
—Lo detestaba.
—Permitía que se acercara a nosotros.
—Era el hermano del rey. No podía prohibirle aparecer durante reuniones familiares.
—Podías impedir que nos utilizara como experimentos.
Helena cerró los ojos.
—No sabía que lo hacía.
—Nadie sabía nada y, aun así, todos parecían encontrarse en la habitación correcta para no verlo.
—Adrien.
—¿Qué?
—Estoy intentando responderte como tu madre.
—Tal vez necesito respuestas de la reina.
El dolor apareció.
—La reina sabía que Frederick dirigía una fundación destinada a proteger la continuidad monárquica. La madre pensaba que el hombre que llevaba regalos a sus hijos era un anciano insoportable, pero inofensivo.
—No lo era.
—Lo sé ahora.
—Nos observaba desde el cobertizo mientras casi moríamos.
—Lo sé.
La voz de mi madre se quebró.
No elevó las manos para ocultar el rostro. Solo dejó que una lágrima descendiera.
—He pasado toda la noche pensando en cada ocasión en que lo dejé solo con ustedes.
Mi rabia perdió parte de la fuerza.
—No fuiste tú quien nos llevó al lago.
—Los traje a esa casa.
—Padre insistió.
—Y yo acepté.
La palabra quedó entre nosotros.
Acepté.
Una decisión pequeña que, años después, podía parecer el origen de todo.
Entendí la trampa porque llevaba meses construyendo una versión similar de mi propia culpa.
—No sabías —dije.
—Eso no eliminó las consecuencias.
—No.
No intenté absolverla.
Ella tampoco lo pidió.
Apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Permanecimos en silencio.
No como reina y príncipe.
Como dos personas cansadas de descubrir que la ignorancia también podía herir.
La puerta de la habitación de Edmund se abrió.
Un médico salió.
—Está despertando.
Mi madre se levantó tan deprisa que perdió uno de los zapatos.
Llegamos juntos hasta la cama.
Mi padre tenía los ojos abiertos.
No completamente.
Su mirada se movía sin reconocer la habitación. Un tubo todavía lo ayudaba a respirar y varios monitores rodeaban su cuerpo.
Helena tomó su mano.
—Edmund.
Sus ojos se detuvieron en ella.
Después me encontraron.
Intentó hablar.
El tubo lo impidió.
—No lo haga —advirtió el médico—. Si mantiene la respiración estable, podremos retirarlo durante las próximas horas.
Mi padre levantó una mano.
Sus dedos buscaron el rostro de mi madre.
No alcanzó.
Ella se inclinó hasta apoyar la mejilla contra su palma.
Edmund cerró los ojos.
Una lágrima salió desde un extremo.
Nunca había visto llorar a mi padre.
La Corona parecía haberle enseñado que incluso el dolor debía permanecer dentro.
Me acerqué.
—Encontramos la casa.
Sus ojos se abrieron.
El monitor aumentó la frecuencia.
—El archivo desapareció —continué—, pero conservamos una grabación de Frederick.
Mi madre me dirigió una mirada de advertencia.
—No ahora.
Edmund apretó los dedos alrededor de su mano.
Necesitaba saber.
—Frederick registró el accidente del lago —dije—. Lo llamó una prueba de respuesta dinástica.
Mi padre intentó incorporarse.
El médico lo detuvo.
—Debe permanecer quieto.
Edmund señaló una tableta sobre una mesa.
Se la entregué.
Sus dedos temblaban demasiado para escribir.
Mi madre sostuvo el dispositivo mientras él formaba una palabra.
DANIEL.
—¿Quién es Daniel? —pregunté.
Mi padre cerró los ojos.
Volvió a escribir.
MERCER.
El apellido me golpeó.
Daniel Mercer.
El consultor de Asteria.
El hombre que desapareció después de la gala.
La persona que había trabajado con Lawson y utilizado nuestras rutas.
—¿Qué relación tiene con Frederick?
Mi padre tardó casi un minuto en escribir.
HIJO.
Mi madre soltó la tableta.
La alcancé antes de que golpeara el suelo.
—Frederick no tenía hijos —dijo.
Edmund negó.
Escribió:
NO RECONOCIDO.
La habitación pareció volverse más fría.
—¿Lo sabías? —pregunté.
Mi padre asintió.
—¿Desde cuándo?
TODA SU VIDA.
Las palabras aparecieron lentamente.
—¿Lo mantuviste oculto?
Otra vez sí.
—¿Por qué?
ESCÁNDALO. SUCESIÓN. FREDERICK.
El médico volvió a intervenir.
—Necesita descansar.
—Necesitamos saber si Daniel heredó Aristeo.
Mi padre golpeó débilmente la cama con la mano.
No quería que me marchara.
Escribió:
LO PREPARÓ.
—¿Frederick preparó a Daniel?
Sí.
—¿Como sucesor de Aristeo?
Sí.
—¿Daniel es Orfeo?
Edmund cerró los ojos.
La mano se quedó inmóvil.